domingo, 15 de julio de 2012

Fuera de cobertura


 Estos días me los he pasado desconectando del mundo, retomando esa vieja máxima de que solamente estando en paz con uno mismo puede uno estar en paz con los demás. Me ha costado un poco encontrarme a mí mismo; porque solamente a primera hora de la mañana y de la tarde puede uno asistir a momentos de auténtica intimidad. Este verano le ha tocado el turno a la costa blanca. A caballo entre Torrevieja y Guardarmar me he sentido como un extranjero más, unido por instinto a los movimientos migratorios de una masa que se expresa en todos los idiomas imaginables menos el español. Confieso que me he sentido tentado en algunos momentos de hacerme pasar por uno más de los miles de ingleses, alemanes, finlandeses, ucranianos, etc que amparados por el poder que les confiere la debilidad del euro español levantan la voz en sus idiomas maternos exigiendo un trato de favor que en muchas ocasiones no merecen.
Debe de ser mi naturaleza pacífica la que me impulsa a mirar hacia otro lado asqueado al observar la mirada prepotente de quienes parecen más empeñados en humillar a camareros y cajeras de supermercado que en disfrutar realmente de sus vacaciones.
Supongo que es una consecuencia más de esta sociedad tan competitiva, esta sociedad en la que mirarse a los ojos es un atrevimiento que nace más de un deseo de enfrentarse que de un deseo de conocerse. En todo caso yo me limito a ocupar mis días en mi desconexión particular, centrándome en los pequeños detalles que llenan mis horas muertas; como los extraños paisajes lunares que sobreviven esparcidos a través de la playa después de los juegos de los niños.
Cuando las playas se quedan desiertas es cuando se puede realmente escuchar el rumor de las olas refrescando tu alma adormecida. Ese es el momento mágico; el momento en el que puedes salir de tu escondite, a salvo de miradas indiscretas, y abandonarte a los juegos que el pudor te impide realizar a plena luz del día. Las parejas de adolescentes se refugian en el anonimato de sus toallas extendidas a modo de mantas improvisadas, haciendo que renazca en tí un deseo de retroceder en el tiempo tan recurrente como imposible.
Estos días me los he pasado cumpliendo deseos que siempre voy posponiendo; y he disfrutado torturándome al sol, dejando millones de células de mi cuerpo abrasadas sin misericordia a pesar de atiborrarme de cremas protectoras. He disfrutado de la compañía de mi mujer y de mi hijo; grabando para siempre en mi memoria carcajadas y experiencias que me alimentarán día a día hasta que pueda volver a disfrutar de otro momento de desconexión.
He acabado de leer tres libros, y me he sentido tentado en más de una ocasión de lanzarme al vacío devorador de intentar escribir yo algo que merezca la pena compartir con los demás; algo que deje constancia de lo vivo que me siento y que siempre me he sentido; pero supongo que eso podrá esperar; porque ahora lo que toca es volver a la rutina diaria;  con sus madrugones obligados que nada tienen que ver con la búsqueda de un amanecer perfecto. Ya estoy de vuelta; de nuevo en la deshumanizada civilización. Ya tengo cobertura. Ya estoy operativo.
¡¡Paso, que voyyyy!!


sábado, 30 de junio de 2012

La musa



Me había prometido a mí mismo que iba a huir de todo aquello que circula por las redes sociales, y que en la medida de lo posible no iba a colgar ninguna foto que no fuera original; pero me he quedado extasiado con esta imagen, y como no puedo quitármela de la cabeza la comparto con vosotros a ver qué os parece. A mí me parece sobrecogedoramente triste y emotiva; y nada más verla se ha convertido en una de mis nuevas musas, porque me ha impulsado a escribir como un loco. El mensaje tampoco está nada mal...

sábado, 23 de junio de 2012

Resentimiento. Sentimiento. Presentimiento. Postsentimiento.





Amor...¿Cómo has podido escaparte tan lejos?
Es como si de repente me hubiesen robado el aire de mis pulmones, una mañana nuevamente te escribo…
No soy capaz de resignarme a tu partida.¿Cómo ignorar la llamada de una boca tan hambrienta como la mía? Tu partida ha resultado tan traumática como tu tétrica llegada. Te has ido como has llegado, calando a bayoneta en mi pecho.
Recuerdo con el pulso acelerado tu sonrisa, abalanzándose sobre el recuerdo de mi piel dorada, con el ardor de tu mirada inquieta. Puedo sentir como me aprieta, porque aún no he sido capaz de salvar tu misterio y el amanecer siempre me encuentra tendida solitaria y exhausta, musitando tu nombre.
Dirás como siempre has dicho que soy una niña; que aún no he madurado. Y yo te digo lo mismo que te he dicho siempre. ¿Qué sabrás tú lo que es sentir? Tú aún no has conocido el hambre de pecho ajeno, el feroz ansia de caricias, el silencio tenso que precede al primer beso. Cuando la vida se conjuga en plural ocurren cosas asombrosas que tú nunca has conocido: Se sumergen las manos de lleno en ese aceitoso misterio, exhalando gozosos los labios la tensión que les provoca el deseo. Gimen tus manos, sudan mis pechos. Atrapo con mis piernas todo tu deseo. Poco a poco la noche se empaña, se enciende el espejo; y entre vaho y silencio se oculta tu reflejo. Queman las sábanas, se desgarra mi cuerpo...en mis entrañas te siento bien dentro.
Quizás tengas razón... Quizás solamente soy una niña con cuerpo de mujer, puede que haya dejado de tener sentido llorar esta soledad, aunque todo me recuerda que ya no estás tú. Te has ido, y te has llevado todo cuanto tenía un hueco en mi vida. No quiero abrazar de nuevo la soledad de esta cama vacía; no soporto el frío de una almohada que me repite incesantemente que tú nunca volverás a estar a mi lado.
Todo mi ser se dobla ante la injusticia de este Dios tan miserable, que niega la luz a unos ojos que se han quedado ciegos después de haber conocido la luz, sumiendo la boca y las manos al más cruel de los silencios.
Es tan hondo este abismo que siento que jamás podré recuperar a mi alma. Te necesito. Te recuerdo. Te lloro. El sangriento oscurecer de este eclipse perverso no tiene sentimientos. Ha segado mi vida como a un junco seco. Mis huesos no pueden hacer otra cosa que reclamarte, acostumbrados a llenar tu hueco.
Si esto es la locura prefiero mil veces la muerte. No puedo soportar ni un segundo más la idea de haberte perdido. Aunque siempre has afirmado que no se puede perder lo que nunca se ha tenido yo me veo obligada a admitir que he llegado a creerme que podría ver por tus ojos, que respiraba tu mismo aroma…
Ahora maldigo uno a uno todos los segundos que he fingido no necesitarte; porque la misma certeza de mi indefensión me ha dejado cubierta de un musgo hambriento de palabras. Tienes razón. Aún soy una niña. Todavía soy capaz de amar sin ser correspondida.


martes, 19 de junio de 2012

Las dos caras de una misma moneda.

Esta semana ha sido una semana extraña. Me considero afortunado de vivir en una tierra llena de contrastes; una tierra que es un paraíso natural, con las entrañas cargadas de negros tesoros; una tierra tan cargada de contrastes que es capaz de ofrecerte en menos de treinta kilómetros la imagen más reivindicativa, minera y luchadora
alternada con el más idílico de los amaneceres




Una tierra en la que montaña y mar se besan como amantes imposibles, una tierra de antepasados luchadores, de personas que nunca se dán por vencidas, y que saben que aunque parezca que estamos metidos de lleno en una situación oscura y farragosa aún hay luz al final de nuestro túnel. Aún queda esperanza.

Mi solidaridad más absoluta con los mineros de Asturias, y con todas las familias que luchan por no perder unos derechos que fueron ganados a base de sangre, sudor y lágrimas. Por mis venas también corre sangre minera.

domingo, 3 de junio de 2012

El círculo perfecto



El círculo más perfecto del mundo son las pupilas ilusionadas de mi hijo, sus gordezuelas y torpes manos buscando mi cara para acariciarla. Cuando lo que habla es el alma el mundo aguarda y calla; y es que la más sutil de sus caricias resulta demoledoramente acogedora.
El círculo más perfecto del mundo es cuando me llama con voz melosa, porque lo hace en voz tan baja que solamente el corazón puede escucharle; y aunque me pierda en mil temores de un futuro que me llena de miedos daría la vida sin dudarlo por él.

viernes, 1 de junio de 2012

La transformación de la niña en diosa.





Muchos fantasean con el origen de Samantha. Dicen que como toda deidad surgió de la Nada, pero yo la he conocido de niña. Tenía otra mirada y otro nombre; pero nadie puede escapar de su pasado. Ni tan siquiera ella…

No recuerdo su nombre real, pero dudo mucho que eso importe. En realidad estoy seguro de que ni ella misma lo recuerda. Se comenta que nunca llegó a conocer a su madre (al menos a la verdadera), y de ser cierto lo que siempre se ha dicho  pasó su infancia (si es que alguna vez la tuvo) en un constante peregrinaje de bar en bar, recogiendo a un padre demasiado borracho como para saber decir hasta aquí hemos llegado. Tuvo que sobrevivir como pudo a una dieta tan baja en cariño que una simple sonrisa hubiese bastado para hacerla sentirse especial; una simple caricia hubiese sido suficiente para olvidar que en su habitación nunca había existido una muñeca con la que jugar.
 Cierto, eso la hizo más fuerte, pero vivía en un ambiente en el que mirarse a los ojos estaba prohibido bajo pena de palizas... En realidad ella no lo podía saber, pero estaba predestinada a ser desgraciada desde el preciso instante en el que el óvulo de su madre fue brutalmente asaltado por un desconocido en el portal de su misma casa, tomando por la fuerza lo que otros se limitaban a pagar.
Dirás que soy cruel; que existen mil maneras diferentes de decirlo sin llegar a ser pueril; pero lo cierto es que  Samantha fué puta antes que niña.
Si; es cierto... Fue engendrada de manera miserable e indeseada por un asaltante desconocido, y su llegada al mundo no pudo ser más indiferente. Lo sé porque ella misma me lo ha dicho. Creo que  me he ganado el derecho a poder contarlo, porque he sido el único amigo que ella ha podido permitirse tener en esta vida.
A los quince años ya era toda una experta conocedora de los deseos más ocultos de los hombres, y las primeras colillas manchadas de carmín se las ganaba rindiendo con sus labios un impúdico culto fálico a un Dios demasiado cruel como para no apartar la mirada asqueado. Yo la conocí cuando era apenas una niña. Tenía la mirada más triste que jamás haya podido ver, y se dedicaba a repartir ofertas de adultos cuando el resto de los niños de su clase éramos apenas unos quichillos. Las tablas de multiplicar se las sabía de memoria, transcurriendo su vida entre las dos malolientes  aguas que partían de la comisura de sus labios, siendo la abeja reina de un auténtico enjambre de sucios pederastas, zánganos cegados por fluidos etílicos , carroñeros de sucios instintos corporales.

Nosotros, como niños que éramos por aquel entonces, también  la llamábamos cosas crueles, porque un paquete de cromos era suficiente para que se abriese de piernas y te enseñase las bragas; y por un paquete de Camel ya no había nada que ocultase su imberbe y desprotegido pubis.

La primera vez que hablé con ella tenía la intención de desprenderme de todos los cromos que tenía repetidos, pero hubo algo que me contuvo. No sé si fue la tristeza de su mirada o su sorprendente voz de niña. Cuando le dije que no quería nada a cambio de mis cromos la sorprendida fue ella, y ese día se limitó a marcharse llamándome gilipollas; pero a la mañana siguiente vino a verme. En el silencio de sus ojos guardaba una promesa de amistad eterna. Nunca hemos necesitado de palabras.
Poco a poco fueron pasando los años, y nos fuimos conociendo cada vez mejor. Ya estábamos acostumbrados al áspero regusto a frío acero de los barrotes en los que vivíamos encarcelados. Ella malviviendo como buenamente podía y yo bienviviendo como malamente podía.Vivíamos ajenos a todo lo que no fuese nosotros mismos, al margen de los comentarios maliciosos de la gente, tan codiciosos el uno del otro que llegamos a sentirnos capaces de matar el uno por el otro. Éso; éso sí que podía llamarse AMISTAD. Con el paso del tiempo la civilización nos fue normalizando, pero hubo un momento en el que llegamos a creernos unos Bonnie and Clyde a la española, robando en los centros comerciales y asaltando a las furtivas parejas en los descampados.
Fue precisamente en una de esas noches de salvaje violencia cuando nos dimos cuenta de que jamás habría algo entre nosotros que no fuese una estricta amistad. Cegados por la excitación del momento nos dejamos llevar por el impulso de la carne. Todo comenzó como un juego de niños, y al abrigo de la noche no supe negarme a sus encantos. Cuando ella me miró con ojos suplicantes no supe negarme, y entre ortigas y picores volví a dejarme llevar por su experta mano, sintiéndome un instrumento a merced de su inquieta pelvis; rozando sus muslos con mi lengua, sintiéndose mis manos complacidas a merced de su placentera marea de lujuria y piel morena. Hicimos el amor hasta quedar exhaustos, como animales en celo, hasta que el dolor nos obligó a entregarnos malheridos el uno en los brazos del otro; y es que no hay mayor tortura que asumir la muerte del amor antes incluso de haber nacido. Velamos su recuerdo de todas las maneras que pudimos, sucumbiendo abrazados como amantes  a un nuevo amanecer en el que todo era posible menos el estar enamorados. Rodeados por millones de estrellas fugaces observamos boquiabiertos sus forzados aterrizajes. Se diría que estaban ansiosas por rasgar el oscuro manto de la noche hasta nuestro colchón improvisado  para allí morir satisfechas.

Esa noche  la hice mía tantas veces como quise y ella quiso, arrojando lejos de mí una máscara de fría indiferencia y presentándome ante ella desnudo y con la piel brillante y tersa, con todos los poros de mi piel deseando ser el velcro de su velluda pelambrera.
Y cuando acabamos volvimos a empezar, como empiezan una y mil veces los cuentos de hadas, sorbiendo con deleite cada glorioso segundo a la sombra de una luna llena que asistía atónica a nuestro rítmico y desenfrenado ritual. Las ramas de los árboles decían entre susurros que jamás habían presenciado nada semejante; y hasta el más minúsculo de los animales se acercó a curiosear. El placer de observar no es exclusivo del género humano; y así es que cuando acabamos un nutrido coro de voces acompañó nuestro descanso.
Ella me preguntó si yo la amaba; y lo cierto es que no supe qué decir.  A partir de ese momento todo cambió.La brillante y cegadora pasión que nos había cautivado en un principio se fue poco a poco convirtiendo en un chispazo solitario y huidizo.  Los párpados y las lágrimas ganaron la batalla a las pestañas, y millones de mariposas huyeron despavoridas de nuestros estómagos, dejándonos convertidos en una simple armazón de piel y huesos. Esa noche ella se convirtió en la deidad oscura que ahora todo lo llena. Lo supe cuando me dijo adiós con los ojos inundados de lágrimas. Lo supe aún antes de saber que no volveríamos a vernos. Lo supe en el mismo momento en el que había sido tan sumamente débil como para sucumbir a su piel morena.

Con ella experimenté por vez primera la ingravidez. Con su marcha supe en carne propia lo que era el vacío. Empezaba como un diminuto poro en las entrañas, y con el paso del tiempo se convertía en una herida abierta en carne viva, una herida por la que fluía escapándoseme la  vida en una aceleración demencial. Quedaron mis talones destrozados en su loco intento por frenar esa caída libre, ese vertiginoso descenso hasta lo más profundo del Averno, y me descubrí a mí mismo desnudo, tan desprotegido como un recién nacido en medio de un desierto. Ella enseguida supo llenar mi vacío con el cariño de unas carteras bien repletas, tan acostumbrada a sobrevivir por sus propios medios que ni tan siquiera fué consciente de que las personas mortales  podíamos  llegar a sufrir de amor.
No sé si Samantha me quiso mal o bien, ni tan siquiera estoy seguro de que llegase a quererme, pero lo cierto es que se ha convertido en un sueño recurrente. Ella es mi diosa noche tras noche, reinando allí donde ninguna más ha podido llegar ni tan siquiera a acercarse. A veces creo que ni tan siquiera haya llegado a existir jamás; pero  no puedo evitar rendirle culto. Ella es mi más ferviente anhelo, y en su altar sucumbo sin remedio prisionero de cada amanecer.

sábado, 26 de mayo de 2012

Samantha. Reina de la oscuridad.


Samantha exhaló un pequeño gemido, envolviendo el cuello de su nueva víctima en un suave vaho cálido y cargado de humedad. Olía a fresas y a fruta madura. Olía a deseo. Volvió a mirarle fijamente a los ojos, engulléndole de nuevo con su lujuria abrasadora. Solamente el silencio rompía de cuando en cuando esa creciente cadencia de jadeos entrecortados. Una mano se extendió hacia sus pechos, y cuando sus temblorosos dedos alcanzaron su destino una corriente eléctrica les recorrió a ambos erizando uno a uno todos los vellos de su cuerpo, creando unos inmensos cráteres en su sudorosa piel. Cuando al final sus dedos se aferraron entrelazados ambos pudieron sentir la humedad nerviosa de su piel al transpirar acelerada. Samantha intentó reprimirse, pero la juventud de su nuevo compañero la excitaba como si emanase de su tersa piel un aroma irresistible. Entre agitada y nerviosa se arrojó de nuevo a unos brazos vencidos, absorviendo con deleite su veterana inexperiencia, siendo dueña una vez más de ese universo en el que ella reinaba como nadie.
Apenas diez minutos después Samantha exhaló un pequeño gemido justo antes de quedarse definitivamente sin resuello. Jamás lo admitiría, pero había gozado realmente. Era tanta la necesidad de afecto que sentía que había llegado a disfrutar realmente con el sexo. No podía permitírselo; pero estaba sucediendo una vez más. En silencio se dejó resbalar de encima de su víctima, deleitándose en la cálida mirada de agradecimiento de ese joven primerizo. Estaba segura de que él jamás podría olvidarlo. Con disimulo acercó su nariz a su cuello y respiró ese suave vaho que dejan los cuerpos al separarse. Aún seguía oliendo a fresas y a fruta madura, olía a deseo, macerado en costoso vino de madeira. Era lo bueno de escoger a los clientes, que una siempre quedaba satisfecha.
Lentamente decidió retroceder por donde había venido, y sin dejar de mirar con recelo a sus espaldas comenzó a sentir deseos de llorar. Al principio fue solamente un resquemor intenso que le impedía respirar con normalidad; pero cuando dejó de sentir miedo de sí misma comenzó a desgarrar el silencio con un aullido aterrador. El aullido de una mujer que lo ha perdido todo y no tiene ya nada que perder. El aullido de una fiera condenada a devorar para vivir.
Entre sus uñas esmaltadas de sangre fresca llevaba aferrados tres billetes  de cincuenta euros. Ese era el precio que costaba alquilar su piel morena. Esa noche podría descansar.

sábado, 19 de mayo de 2012

El solitario banco vacío.



Llegará el otoño, y mi banco se quedará vacío, porque a nadie aguardará hasta la llegada de una nueva primavera. Nada esperará que no sea la visita del inmisericorde frío. Vigilará en silencio las idas y venidas de la gente asumiendo que de él nada se espera. Echará en falta sin duda mi agradecida mirada, la quejumbrosa compañía del columpio ya oxidado y su chirrido. Echará en falta las risas de los niños, el olor a café recién hecho y bollería, las tertulias de los viejos entreteniendo con su amena charla el desmayar del día. Y su espalda dirá cansada que está harta ya de soportar botellones clandestinos y cagadas de palomas descompuestas. Y volverán de nuevo los orines a recordarle que no es necesario tener cuatro patas para comportarse como un animal.
Llegará el otoño, sin duda; pero ahora es primavera; y aunque el buen tiempo haya dedidido no hacer acto de presencia me acercaré a mi banco favorito para leer juntos una buena novela.

martes, 15 de mayo de 2012

Reflexiones absurdas en voz alta



Hace bastante tiempo una amiga me hizo un comentario que me dejó muy pensativo: Un producto de síntesis como la sacarina es capaz de engañar a las moscas hasta tal punto de que ellas se mueren de hambre sin darse cuenta siquiera. Me explico: Sus órganos receptores asimilan la información de que están libando algo dulce, y por lo tanto nutritivo para ellas; pero es una sensación errónea. La sacarina no aporta ningún tipo de nutrientes ni calorías, con lo que en lugar de estar dándose un atracón lo que realmente están haciendo es matarse de inanición lentamente a ellas mismas. ¿Hasta qué punto estamos interfiriendo en la Naturaleza? ¿Estaremos influenciados nosotros por estímulos que creemos vivificadores por error?
Hay ocasiones en las que mis propias reflexiones me parecen absurdas... No sé por qué; pero llevo un buen rato sin poder quitármelo de la cabeza...
Por otro lado, y sin que venga a cuento también he recordado que tenía por ahí una foto con mucha historia que contar. ¿Cada cerradura nueva implica dueño nuevo o se trata de un exceso de celo de un único dueño? A veces las cicatrices del tiempo se vuelven indescifrables...

domingo, 13 de mayo de 2012

Amanecer en Tazones










Tras la tempestad siempre llega la calma. Esa mañana he tenido la fortuna de poder captar el luminoso dedo de Dios apuntando directamente a la playa de Rodiles. Espero que os guste.

sábado, 12 de mayo de 2012

Ausencia

Pascual Moriente cerró la puerta tras de sí. Hacía meses que se había olvidado de sí mismo, y por primera vez en varios meses reparó en el caótico desorden que reinaba en su habitación. En una esquina reconoció el contorno polvoriento de su máquina de escribir, y no pudo evitar un pequeño escalofrío. No era propio de él descuidar de esa manera las cosas que le importaban, y no recordaba haberlo dejado todo así de desordenado antes de irse.
Habían sido cuatro meses. Cuatro putos meses luchando a diario con la idea de perderla, poniendo el cuerpo y el alma en su mera complacencia; y había perdido la batalla.
Desde que ella se había ido el reloj arrastraba sus agujas renqueante y maldiciendo su ausencia en un lenguaje marchito y complejo. El agua del grifo se había vuelto fría y densa, y cabeceaba escorado y sin rumbo un sol empeñado en salir por el oeste, perdida por completa su precisa orientación.
Pascual se asomó a la ventana, ansioso por sentir la caricia reconfortante del salitre y los cantos de gaviota; pero abandonó la idea entristecido por los tangos que silbaba distraído el viento quejumbroso. El mismo cielo coreaba sus acordes triste y oscuro, tan estrellado como un nocturno tapiz bizantino. No lo pudo soportar más, y rompió a llorar. Llevaba tanto tiempo empeñado en  asumir los destrozos que produciría en su vida la marcha de Cecilia que no se había parado a descansar. Estaba agotado.
El resquemor de la primera lágrima pronto fué absorvido por su piel deshidratada, y el benefactor efecto del llanto no tardó en cubrir las arrugas de unas manos que hablaban por sí mismas. Volvió a sentirse incomprendido y solitario, como si una cigüeña prepotente le hubiese negado el saludo, emigrando hacia el norte en pleno invierno. Al igual que ella solamente él era el culpable de sus propias decisiones, plenamente consciente de que al final de su forzado peregrinaje solamente una cosa tendría sentido: la Muerte.
Con los dedos temblorosos buscó a tientas un resquicio que le permitiera desplazar esa pesada losa; pero ya era demasiado tarde, y la falta de aire comenzó a silenciar poco a poco los latidos de un corazón condenado a congelarse en la oscuridad.
Quizás debería de sentir miedo; pero llevaba tantos años encerrado en esa cárcel de carne húmeda y fría que la caricia de la no vida le resultó reconfortantemente familiar. Poco a poco se fué abandonando a la ingravidez. En su último intento había despertado envuelto en una manta, pero ninguna manta podía ya llenarle de calor; porque tenía el frío tan adherido a su sangre que él mismo se había convertido en un resbaladizo y afilado témpano. Una mujer había acercado a él sus labios en un loco intento por salvarle; pero él ya estaba condenado a la soledad eterna; y para un hombre como Pascual la muerte era un descanso y no un castigo. El hueco que le ofrecían ya sus diminutas manos no podía cobijarle. Podía sentir la llamada del frío suelo con cada pisada, porque cada paso que emprendía le alejaba más de ella acercándole a Cecilia. No recordaba el momento exacto, pero hacía mucho tiempo que había dejado de titilar en su pecho la minúscula estrella que le mantenía unido a la cordura. Era la primera vez en cuatro meses que le dejaban solo; y no estaba dispuesto a dejarlo pasar por más tiempo.
Cada pastilla de neuroléptico y ansiolíticos  le alejaba de una guarida tibia e iluminada por un fuego prometedor; y es por eso que en aquel preciso instante prefirió morirse en esa estepa solitaria, sacrificado en vano por un recuerdo egoísta y asesino; tan escondido de sí mismo como un resentido anacoreta, tan absorto en preparar su despedida que ni tan siquiera los brebajes y bebedizos que le suministraban para su marchita alma fueron capaces de frenarle esa noche.
Cuando los médicos llegaron nada pudieron hacer para salvarle, porque su cuerpo se balanceaba colgado de una soga. En sus manos aún aferraba la foto de Cecilia, junto a una nota manuscrita: Que me entierren al lado de ella.

sábado, 5 de mayo de 2012

¿Qué se le regala a la persona que te ha dado la vida?


He de admitir que hoy estoy un poco confuso. Son las vísperas del Día de la Madre y tengo la mente en blanco. ¿Qué le puedo regalar a la persona que lo ha dado todo por mí? ¿Qué podría darle a esa persona que ella necesite? Podría empezar por los abrazos perdidos en la distancia, con los besos que no le he dado por la falta de tiempo. Podría...; pero es imposible. Las cosas o se hacen en su momento o no se hacen. Podría comprarle algo material, algo que ella necesite; algo que la alivie en las tareas diarias del hogar; pero eso podría haberlo hecho cualquier otro día. No tiene por qué ser mañana precisamente...
¿Qué hace distinto el día de mañana a cualquier otro día? Para mí y para ella todos y cada uno de los días de nuestra vida han sido el día del padre, el de la madre o el del hijo. Que se lo digan a ella, cansada de cambiar pañales de tres en tres, tratando de alimentarnos, educándonos; cuidándonos de la mejor manera que siempre ha podido... A ella que ha sacrificado su juventud a cambio de la nuestra...
Que se lo digan a cualquiera de las mujeres obligadas a enterrar su dolor contra natura. Que se lo pregunten una por una, todas las madres del mundo te dirán que cambiarían gustosamente todo cuanto tienen a cambio de ver crecer a sus hijos sanos y fuertes. No; definitivamente... Nada hace especial al día de mañana excepto el hecho de que por una vez al año nos permitimos el lujo de recordarnos a nosotros mismos de dónde venimos. Para mi madre y todas las madres del mundo mi humilde y particular tributo. GRACIAS.


  
El ultimo regalo que me ha hecho mi hijo ha sido esta pequeña flor. Nunca creí que se pudiera dar tanto con tan poco... Felicidades a todas las Mamás. En la grandeza de estos pequeños detalles está el verdadero sentido de la vida.                                                                                                                                    




miércoles, 25 de abril de 2012

Samantha. La deidad oscura.


Samantha se tumbó sobre un costado, recreándose con el sabor a carne humana contenido aún en su saliva. Miró con un gesto distraído sus garras teñidas aún de sangre. A su lado gemía acurrucada una nueva víctima, consciente de que ya no tenía salvación. Todo su futuro había sido engullido por sus desconcertantes ojos de gata, reducido su presente a una inexorable peregrinación constante hacia el embrujo de su piel morena.
Desde la protección de sus sábanas la observaba aturdido y somnoliento un mozalbete de rasgos aniñados y mirada limpia. Parecía confuso, tratando sin duda de comprender cómo había ido a parar a los pies de una deidad como Samantha.
Samantha no dijo nada al verle despierto, limitándose a observarle divertida, y con mano juguetona le acarició una de las mejillas. Se sintió reconfortada por la suavidad de su piel imberbe. Acercó su rostro al del muchacho y aspiró con deleite el aroma a inocencia que aún emanaba de las sábanas.
Sin mediar ningún tipo de aviso volvió a hundir sus tristes ojos en lo más profundo de las entrañas del desgraciado, tornando su amanecer incierto de nuevo, y nuevamente volvió a arrastrarle consigo a un abismo de niebla y sombras. En un principio el muchacho no sintió miedo, reconfortado con el calor de los desnudos pechos de Samantha. Simplemente se dejó llevar, perdido en la marea de placenteras sensaciones que ella le ofrecía desprendida; pero en un momento dado sintió un momento de pánico. Parecía haber adivinado en la tristeza de los ojos de su carcelera un destino sin promesas, sin expectativas de futuro ni compromiso. A pesar de su juventud reconoció el rastro abrasador que deja la indiferencia en la piel de quien la sufre.
Entre los dedos de Samantha crecían demasiadas telarañas, telarañas por las que se descolgaban infinidad de labios sedientos aferrados a su única cuerda de salvación.
A Samantha nada le importaba que no fuese ella misma. Con la pasión habitual se dedicó en cuerpo y alma a despedazarle de nuevo con sus expertos labios.

sábado, 21 de abril de 2012

Desangrándome trago a trago. Semper fidelis.




Hoy he vuelto a sentir mariposas en el estómago. Las he sentido azotarse erráticas por las paredes de mi estómago al verla acompañada de nuevo por ese imbécil con sonrisa de 6500 euros. He podido sentir sus alas desgarrarse diluidas por el ácido de mis jugos gástricos, envueltos sus agonizantes chillidos por la más reciente y sangrante de mis úlceras. A su lado caminaba ella, orgullosa de sí misma. En las hombreras de su costosa chaqueta de lana pude reconocer los miles de momentos de felicidad pasada que se llevaba con ella adheridos. Ahora todo le pertenecía a él.
Cabizbajo y humillado he tratado de encontrar el camino de regreso a mi casa. No ha sido fácil; y menos en mi estado. Una vez en casa he intentado una vez mas escapar de este círculo maldito de espinas y cajones cerrados con llave en el que ella sobrevive; pero ha sido inútil... ella siempre sobrevive...
Mil veces he estado a punto de incinerar lo poco que aún me queda de ella, y mil veces he abandonado esa idea homicida, porque si tratase de quemar ese recuerdo me sentiría un asesino. Los recuerdos no pueden borrarse de un día para otro; y mucho menos los que durante tanto tiempo te han llenado de vida. Es por eso que me he convertido en un borracho, limitándome a observar los castigos que me inflige con lentitud el paso del tiempo.
¿Crees que estoy solo? Te equivocas... Los bares están sedientos de borrachos que no saben beber y vivir, ni vivir sin beber. Está claro que ellos también han pasado por algo semejante, porque desean olvidar en la manera en que lo hacen, engullendo a grandes tragos toda su inseguridad, sus miedos y frustraciones. Somos una legión de perdedores que nos matamos en silencio trago a trago.
Debe de ser un efecto secundario generalizado, un efecto indeseado de esta estricta dieta baja en alegrías y alta en decepciones la que provoca este vacío en la mirada; un vacío que te llena de su misma nada y te conduce sin querer al miserable lugar donde tus células han decidido aparcar su condición de humanas.
Es así que nos resulta indiferente orinar o defecar en plena calle, abducido nuestro raciocinio por una etiqueta con una graduación alcohólica.
El único lugar que no se atreve a ocupar nadie en esta selva de marchitos perdedores es el que está al lado de la máquina tragaperras. He tardado en darme cuenta del por qué. Bajo su estudiado aspecto inofensivo descansa fundida en su metálico esqueleto una extraña aleación. Se trata de un compuesto indetectable que actúa como un agujero negro, devorando y consumiendo a todo el que se acerca confiado. Es una serpiente camuflada que inocula su veneno sin hacer distinciones, destrozando por completo al incauto que se acerca atraído por su hipnótico cortejo de luces de colores y melodías infantiles.


Semper fidelis?





De blanco y por la Iglesia. Eso era lo que ella decía. No pude evitar enamorarme de ella... ¿Por qué? Ni yo mismo lo sé... Tal vez porque me pareciera que enamorarse era algo romántico; tal vez porque envidiaba lo que había visto reflejado en los ojos de los demás cuando se enamoraban; porque no lo supiera o no lo pudiera evitar.. nunca lo sabré. Lo cierto es que aprendí a saborearla tan intensamente que su olor y su sabor me acompañaban cuando me iba de su casa, y su recuerdo me envolvía llenándome de paz. Todo me sabía a ella, y eso se reflejaba en mi conducta. Una sonrisa peremne y adolescente adornaba todo cuanto decía, y mis ojos brillaban como los deflectores de un campo de concentración. Su aroma a menta y hierbabuena impregnaba mi ropa aún después de lavarla.
Luego llegaron las decepciones, y con ellas las lágrimas. Recuerdo perfectamente todas las noches de permanente insomnio sin otra luz que la de su ventana solitaria atrayéndome como una carnívora luciérnaga. La sospecha de intuir que me engañaba se convirtió en certeza de la manera más cruel a dos meses de casarnos, cuando me los encontré desnudos sobre el mismo sofá de piel en el que a mí tanto me gustaba dormitar y que aún pagábamos a plazos. En mi caso no hubo nota de romántica despedida, porque todo el amor que yo sentía agonizaba gimiendo entre la ropa esparcida. ¿Cómo no me iba a convertir en un alcohólico?
Soy un alcohólico, y lo sé; pero solamente cuando el vómito me obliga a permanecer expectante al carrusel de mi vida soy capaz de sentir algo parecido a la ausencia de recuerdo. He intentado aprender a olvidarla de todas las maneras; pero la única que puedo permitirme en estos momentos es la bebida. El resultado de mis experimentos siempre es ahora el mismo, y mi piel amarillenta no soporta ya más su ausencia. Recorro solitario y en silencio cada noche las aceras que separan mi portal del bar más cercano, y lo hago como un lobo solitario sin manada en la que refugiarse. Es un camino corto y aprendio de memoria; el único que me dá una mínima seguridad de que sabré volver a casa cuando el amanecer me sorprenda de nuevo desnudo y prisionero de su maldito y maldecido nombre. Soledad.
Mi idea de hogar se quedó aquella tarde convertida en un asqueroso cuchitril que apesta a meados y humo de cigarros consumidos con tristeza. En mi taburete de siempre engullo mi vida a grandes tragos hasta que me caigo al suelo y alguien me recoge, sugiriéndome en mi mismo idioma incomprensible que ha llegado el momento de volver a casa. Ellos se han convertido en mi única familia, y soy feliz al lado de mi manada de perdedores. Juntos rendimos pleitesía a una botella de whisky barato, y aullamos a la luna llena, a la luna menguante y hasta al mismísimo sol sin permitir que nadie se atreva a decirnos lo que es mejor para nosotros.
Cuidamos los unos de los otros hasta el preciso momento en el que cruzamos el umbral de nuestro hogar de regreso a una casa que nos llena de ausencia y miedos, una casa donde el ácido amargor de nuestros vómitos se mezcla a partes iguales con espejismos irreales de una placentera vida pasada. Sabemos que son producto de nuestra sed, pero nos dá igual, porque hemos aprendido a convivir con el vértigo que provocan los recuerdos girando sobre nuestra conciencia hasta hacernos perder el sentido.
Hoy me he atrevido a mirarme de nuevo en el espejo, y los titubeantes cristales no se han atrevido a devolverme la imagen que yo recordaba de mí mismo. En su lugar me devolvieron un rostro envejecido, unos ojos extraños y unas manos temblorosas y ausentes de vida. Comprendí entonces las enloquecidas carreras de las madres apartando a sus hijos de mi camino, y el verdadero motivo de que me mirasen con esa decepcionante expresión tan familiar ya para mí, mezcla de miedo, asco y lástima. Me he estado convirtiendo poco a poco en el peor de los animales; un animal que tiene apariencia de humano pero que a la vez está muy lejos de serlo. Me había estado alimentando de mí mismo, robándome la oportunidad de darle satisfacción a la misma Muerte. Vivía enjaulado en un vaso de cristal, alimentándome de mis delirantes y contradictorios recuerdos; y no hay nada en este mundo más destructivo que los recuerdos, cuando todo lo que te empeñas en recordar está carente de vida.
Ahora creo que ya estoy listo para dejar de recordarla. Han sido necesarios cuatro intentos de suicidio involuntarios para darme cuenta de que yo merezco vivir. Es así de simple. Merezco vivir, y para ello es necesario que dé sepultura a su recuerdo.
He dejado de envenenarme, y mi lengua reseca ha vuelto a recuperar poco a poco los sabores de la fruta madura, del café recién hecho y las tostadas sin quemarse a causa de una mano temblorosa de resaca. En mis intentos de redención he tratado de ser valiente, y haciendo acopio de todas mis fuerzas he intentado sostener en mis manos lo poco que aún me queda de ella. Lo guardaba todo bien cerrado en una caja de zapatos vieja. Aún no he tenido el valor de leer esas tarjetas.