sábado, 11 de abril de 2026

LA PRIMERA SANTA. CAPÍTULO SIETE: EL ENCUENTRO DE PELAYO Y EL DUQUE PEDRO DE CANTABRIA

 


Volvamos al personaje de Pelayo. Una figura mítica, de sobra conocido por la mayoría de asturianos, pero... ¿Cómo te lo imaginas en su juventud? Con vuestro permiso yo voy a fantasear un poco, que es lo que más me gusta hacer con los personajes históricos. 



CAPÍTULO 7

ENCUENTRO DE PELAYO Y EL DUQUE PEDRO DE CANTABRIA

 

Frontera oriental astur-cántabra, invierno del año 715 d. C.

 

El valle estaba cubierto de niebla, y las escarpadas pendientes, cargadas de nieve, amenazaban con sepultar a los dos exhaustos viajeros, que ascendían resoplando los últimos tramos hacia los pasos del puerto de Liébana. Nadie en su sano juicio se hubiera embarcado en una empresa de semejante riesgo, pero ahí estaban Pelayo y su acompañante, con la vista fija en el penacho de humo que se escapaba de la vieja cabaña de piedra en la que se habían citado con el duque Pedro de Cantabria. Por su parte, este se limitaba a esperar con paciencia la llegada de los guerreros asturianos, reclinado en un jergón.

Cuando Pelayo cruzó el cercado de madera apenas podía dar un paso más. Podría decirse lo mismo de su compañero, que cojeaba de una manera preocupante. A primera vista, al duque no le parecieron gran cosa, al menos en lo referente a su corpulencia. Su fama como hombres de armas les precedía, y se esperaba la llegada de dos gigantes, pero un detalle le frenó la lengua antes de hacer ningún comentario a sus hombres. Ellos también habían sufrido las penalidades de ascender en esa época del año por los traicioneros acantilados con ese temporal tan inclemente, y no habían llegado en mejores condiciones que los recién llegados; pero estos, a pesar de haber viajado a la intemperie por zonas más que inhóspitas, ocultaban el rictus del cansancio con una sonrisa contagiosa, y aún desde esa distancia se podía reconocer que tenían el fuego en la mirada de los hombres tenaces, aquellos que nunca contemplarían la rendición como una opción.

Dos hombres de aspecto fiero y espada al cinto salieron a recibirles, atentos a una señal del duque (que nunca se produjo) para comprobar que no accedieran con armas. El noble cántabro se disculpó por el exceso de celo de sus hombres.

—Esta es una reunión de amigos. Mis hombres se preocupan demasiado por mi seguridad. Daos por bienvenidos.

Pelayo respondió con una sonrisa agradecida. Don Alonso se hizo a un lado para cederle el paso a Pelayo. Después, ambos estrecharon la diestra del cántabro con afecto sincero. Fue el duque quien tomó la iniciativa:

—Así que vos sois el hombre de quien mi sobrina no cesa de hablar. Acomodaos, vos y vuestro compañero, el señor…

—Don Alonso, mi dux. Le decimos el Joven porque es hijo del señor Alonso el Viejo, conde de Olalíes. Es uno de mis hombres de confianza. Nos hemos criado juntos, y venimos de combatir en el sur. Es lo más parecido a un hermano que un humilde soldado como yo se puede permitir. Podemos hablar con libertad; es de toda confianza, pondría mi supervivencia en sus manos sin dudarlo, aunque no sea de mi misma sangre. Pero dejémonos de formalidades y tratémonos de tú a tú, que no estamos en la corte de Toledo.

—Os lo agradezco, señor Pelayo… Y hablando de eso… Dicen que fuisteis guardia de palacio y que visteis caer la ciudad con vuestros propios ojos.

—Así es, mi señor, y también pude ver cómo los nuestros entregaban las llaves de la ciudad sin combate. Hubo lucha, y sangre, sí, pero muchos se vendieron a los moros para salvar la vida, y con ella sus negocios. Nosotros escogimos el camino del norte, buscando refugio en las montañas.

—Lo sé, Pelayo. De Amaya, mi pueblo, no hace tanto también se llevaron el oro, los caballos y los hombres; pero lo que jamás nos podrán arrebatar es nuestro orgullo. Los cántabros, igual que estáis haciendo los astures, no doblaremos la rodilla jamás ante este enjambre de parásitos infieles. Dicen que recorréis estos montes en busca de alianzas. ¿Qué puedo ofreceros yo que no tengáis ya? Sois de cuna noble y habéis sido educado en los círculos más elitistas de la corte visigoda. Por vuestras venas corre sangre de reyes y vuestros hombres os siguen a ciegas… Tierras no os faltan, ni amistades con los grandes terratenientes hispano-romanos donde se ha criado vuestra familia… Y tengo entendido que hasta los clanes tribales más poderosos, como los luggones, aceptan la convivencia pacífica con los vuestros…

—Dios me sea testigo, duque Pedro, que no vengo en son de súplica, sino buscando colaboración. Hombres y tierras no bastan. Necesito un estandarte que nos unifique y oídos fieles que aún crean en la victoria. Los cántabros y vascones compartís lazos de parentesco y amistades con muchos de mis aliados. Ambos sabemos que Toledo ha caído, pero no todo está perdido, aunque hará falta aceptar muchos sacrificios.

—Aquí también llegan los rumores. Dicen que no escapasteis de allí con las manos vacías y que escondisteis algo en las sierras del Monsacro…

Pelayo se llevó el índice a la boca, silenciando al cántabro.

—No se puede llamar algo a las reliquias de las que he sido custodio, mi señor duque… Con nosotros —y señaló a Gumersindo, que parecía más preocupado en dar con el origen del aroma a tortos de escanda y tocino recién frito que en las evoluciones de su conversación— viajaba el mismísimo obispo Urbano de Toledo. Hemos puesto a buen recaudo lo más sagrado que hemos podido salvar del saqueo mahometano. Las reliquias de nuestros santos y el orgullo de nuestra fe cristiana se encuentran a salvo en las entrañas de la tierra, y si de algo depende la supervivencia de nuestros montes, será de ellas.

—Os olvidáis de un detalle importante, mozo… —añadió el noble cántabro bajando la voz en tono reservado—. Me consta que en las cuevas del Monsacro habéis dejado más secretos encerrados. Podemos hablar con libertad de vuestro encuentro con Dana. Ella misma me lo ha hecho saber…

La piel de Pelayo se volvió pálida. Notó que se le escapaba el aliento. Su respiración se aceleró. El duque continuó, divertido.

—¿Sorprendido? No seáis ingenuo, mi buen Pelayo. Nada ni nadie se escapa de su vigilancia. Ni tan siquiera los duques… Ella y otras como ella han protegido nuestras tierras desde tiempos inmemoriales… Contáis con su beneplácito, Pelayo, que no es poca cosa. Las Madres no suelen entrometerse en temas de hombres ni de armas, pero con vos han hecho una excepción. Tenéis que ser alguien realmente importante para vuestro pueblo, ya lo creo que sí… Con ellas de nuestro lado tenemos una oportunidad única de formar un ejército formidable. Bendita sea la reina de nuestras montañas. Que ella nos proteja… Dios la salve, reina y madre…

—Estoy un poco confundido, señor duque. Os creía más comprometido con la causa de Nuestro Señor… De todos es sabido que los hombres que siguen a mujeres suelen acabar mal. Nuestra fe está en Cristo, y solamente luchando por su nombre obtendremos su favor y, con él, la salvación de nuestro pueblo.

—No habéis entendido nada todavía, mi buen Pelayo. No dudo que algún día llegaréis a ser respetado como rey, pero os quedan muchas cosas increíbles por vivir todavía. Nadie habla de seguirla, sino de entender su mensaje. Los astures creen en ella, y ella cree en vos. Si unimos estas dos fuerzas —la del linaje y la de la fe—, habrá un nuevo comienzo para todos. Sé que sois un hombre de acción y que vuestro carisma es capaz de encender los ánimos de cualquiera, pero necesitáis unas clases de política: los moros están sufriendo un auténtico quebradero de cabeza para recaudar los tributos locales aquí en el norte. Cada aldea se gestiona de manera independiente, como bien sabéis, y pueden pasar meses e incluso años sin necesitar nada entre ellas. Además, no hay muchas calzadas que permitan grandes movimientos de tropas, como en el sur. Incluso el idioma cambia de una zona a otra… No tenemos casi nada en común —o al menos no lo teníamos hasta ahora—.

 Pelayo agradeció la indirecta, asintiendo con la cabeza.

—El caso es, mi querido Pelayo, que estos infieles ya se han adueñado con facilidad de media Hispania y se han propuesto ahora invadir nuestras tierras; pero ambos sabemos que no se conformarán con lo nuestro, porque tienen las miras puestas aún más al norte, en los francos. Si aún no lo han hecho es porque les retienen estas montañas, que ralentizan su avance y dificultan su logística tan lejos de sus depósitos de armas y víveres. Somos la última esperanza de varios pueblos.

Pelayo asintió con gravedad. El duque Pedro estaba en lo cierto. Las líneas de suministro de los sarracenos se debilitaban cuanto más se adentraban en el norte. Si les daban tiempo a reunir fuerzas de reserva, los musulmanes no tardarían en aplastarlos con una fuerza de choque imparable. El cántabro meneó la cabeza, chasqueando la lengua con fastidio.

—No tenemos mucho tiempo. No tardarán en darse cuenta de nuestra debilidad y, a menos que nos pongamos de acuerdo, nos barrerán como a briznas de paja. Me acusáis de estar poco comprometido con la causa, pero apostaría esta mano derecha a que, al lado de los árabes más ricos, cabalgarán representantes cristianos para facilitar el entendimiento entre conquistados y conquistadores. No olvidéis que ellos están tan necesitados de instalarse en las capitales de provincia como los propios moros. No seáis ingenuo: si luchamos, lo haremos por la supervivencia de los nuestros, más allá de la gloria de Dios.

La conversación quedó estancada en un punto muerto. Ambos se quedaron en silencio sopesando sus próximas palabras, conscientes de las implicaciones políticas que los habían llevado hasta esa cabaña perdida en medio de las montañas.

En esas estaban cuando comenzó a descender por las escaleras una figura femenina, haciéndolo con una lentitud deliberada. Llevaba el cabello recogido en dos largas trenzas de color azabache, y escondía su figura rolliza bajo una ajustada túnica de lana, que se mantenía prendida a uno de los hombros con una fíbula de oro con forma de asturcón. Un escote generoso insinuaba el nacimiento de unos pechos turgentes, que se contoneaban amenazando rebosar la tela a cada paso, provocando en Pelayo un estremecimiento involuntario. Era evidente que esa mujer ejercía una gran atracción para él, porque se quedó boquiabierto, con la mandíbula torcida como una cortina mal colgada. El duque sonrió divertido.

—Gaudiosa, no es apropiado para una mujer interrumpir un consejo de hombres.

—Os pido disculpas, mi querido tío, pero estaba muy preocupada. Seguro que vos también habéis sido joven alguna vez… —añadió ella en un tono infantil y zalamero.

El duque entornó los ojos, conciliador, invitándola con un ademán cariñoso a ocupar un lugar a su lado en el jergón. Entre dientes, le susurró al oído un cumplido.

—Pelayo —continuó el duque señalando a su sobrina—, tenéis ante vos a la mujer más inteligente de mi familia. Le he permitido acompañarnos en esta reunión porque sé que ella os guarda un afecto sincero, y me parece evidente que vos mismo estáis en su misma situación, pero no voy a tolerar comportamientos inadecuados bajo mi techo…

Ruborizada, Gaudiosa se ajustó el vestido, depositando un beso cariñoso en la frente de su tío antes de dedicarle una graciosa reverencia que dejó nuevamente al descubierto el nacimiento de sus pechos. Pelayo resoplaba como un fuelle viejo. Ella, traviesa, le regaló una mirada cargada de intención antes de dirigirle la palabra:

—Habéis tardado, hijo de Favila. Me habíais prometido estar aquí antes de la llegada de las nieves. Ya estaba perdiendo la confianza en vos, la verdad… Sois el primer hombre que me ha hecho esperar por él en todo lo que llevo de vida.

—Si es así os pido disculpas, Gaudiosa. No era mi intención teneros preocupada, pero los caminos más transitados están ahora siempre vigilados. Hemos tenido que movernos en secreto, viajando de noche por los pasos de montaña. Nos hemos retrasado, es cierto, pero un hombre como yo no faltaría jamás a su palabra.

—Me teníais desvelada, Pelayo. De una manera inexplicable podía sentir vuestra cercanía en sueños, pero cuando despertaba nunca estabais a mi lado. Muchos se empeñaban en decir que te habían hecho preso los moros, pero yo jamás he cedido a esas fábulas.

El duque Pedro se vio obligado a intervenir. El cambio de tercio de la conversación había dejado de interesarle desde la aparición de su sobrina. Lo que había comenzado siendo una negociación política se estaba convirtiendo poco a poco en una cita romántica.

—Habláis con demasiado fervor, Gaudiosa. Refrenad vuestras palabras… ¿Hay algo que yo deba saber de vuestra relación con este hombre?

—Nada que pueda escandalizar a los hombres ni ofender a Dios, mi querido tío. Como ya os había contado nos conocimos en Toledo, cuando aún había corte. Él estaba a cargo del cuerpo de guardia que protegía a las doncellas en sus desplazamientos para asistir a la sagrada misa y, entre paseo y paseo, surgió nuestra amistad. Tenemos muchas cosas en común y su presencia siempre me resultó agradable. Fue él quien me salvó de caer prisionera. Es mucho lo que le debo…

Pelayo bajó la mirada, azorado. Un intenso rubor quedó enmascarado por su tupida barba de días, pero el gesto no le pasó inadvertido al duque Pedro, que le taladró con la mirada. El silencio se volvió incómodo por momentos. Pelayo carraspeó, antes de tomar la palabra.

—No hay nada que agradecer, Gaudiosa. Yo solamente cumplí con mi deber como hombre y como soldado. Si había una deuda ya está saldada con esta reunión. No estoy aquí para cobrarme nada, no me malinterpretéis. Vine porque yo también estaba en compromiso con vos. Me prometisteis la atención de vuestro tío y hasta ahora no hemos tenido queja; creo que ambos podríamos llegar a cerrar un buen acuerdo.

—Creo que lo más acertado ahora sería que os retiraseis a descansar un rato, Pelayo —indicó el duque Pedro con autoridad—. Seguro que el señor Alonso y vos mismo estáis agotados. En la cocina hay comida preparada de esta mañana, seguro que agradeceréis meter algo sólido en el cuerpo.

Fue Gumersindo el que intervino, al comprobar que su compañero Pelayo aún seguía azorado, incapaz de desviar la mirada de Gaudiosa, que le respondía en los mismos términos.

—Vámonos, Pelayo. Agradecemos vuestro refugio y hospitalidad, señor duque; no pretendemos ser un estorbo ni, mucho menos, haceros sentir incómodo. La verdad es que yo, al menos, llevo un rato con ganas de meterle el diente a un buen tasajo de tocino acompañado de unos buenos tortos de escanda.

Gumersindo empujó con suavidad a su amigo en dirección a la estancia contigua. No hacía falta adivinar que era la cocina, porque de allí emanaban aromas muy prometedores. El duque les indicó que ya no les necesitaba allí con un gesto de la mano, pero antes añadió, en un tono conciliador:

—Todos sabemos que nuestros pueblos celebrarían con gozo una futura alianza. Yo no veo nada que nos haga incapaces de llegar a ella, pero estas decisiones no han de ser tomadas a la ligera. El sacrificio y la sangre de muchos hombres, mujeres y niños depende de nuestras decisiones.

Luego añadió, en tono seco:

—Dejadme hablar a solas con mi sobrina, os lo ruego. Antes del anochecer tendréis mi respuesta, y podréis reanudar vuestro camino.

Pelayo se inclinó despidiéndose en silencio de Gaudiosa, que le dedicó un mohín divertido. Fuera, el viento ululaba introduciéndose por las rendijas del adobe de los tejados. Resignado, acompañó a don Alonso a la cocina, dando buena cuenta de lo que aún restaba del desayuno. No tardaron en retirarse a las cuadras, quedando ambos profundamente dormidos, acurrucados al lado de sus caballos.

Fue Gaudiosa, al cabo de unas horas, la que se acercó a hurtadillas, despertando a Pelayo antes de hacerle señas para que la acompañase en silencio a la cocina.

—Pelayo, no puedes venir así, con los ojos llenos de fuego, y esperar que mi tío no lo note…

—¿Qué ha notado?

—Que aún me miras como me mirabas en Toledo, y que yo… que yo no te he olvidado.

—Lo que pasó en Toledo volvería a repetirlo una y mil veces, Gaudiosa. Un beso, un simple beso me ha dado las fuerzas para no dejar de pensar en ti en todos estos días.

—¿Y qué es lo que le estás ofreciendo a mi tío, Pelayo? ¿Otra locura de las tuyas?

—No lo sé aún, Gaudiosa, pero déjame creer en ello. Si ha de haber un futuro entre nosotros deberemos luchar por ello. Ahora mismo poco puedo ofrecerte aparte de mi compromiso de hacerte mía en cuanto pueda. No he dejado de pensar en ti, Gaudiosa... Entre ruinas, entre muertos, cuando las fuerzas me fallaban solamente tenía que recordar tu voz y la salud me renacía con energías renovadas. Se avecinan tiempos difíciles y esos cambios implicarán lucha, muerte y sangre. Si muero, que sea luchando; pero que todos digan que tú estabas a mi lado.

—Hablas como si ya me tuvieras. No soy uno de tus caballos, al que puedes domar antes de montarlo para cabalgar a tu antojo. Tienes mi atención, y mi respeto, Pelayo, y de momento habrás de conformarte con eso; de sobra sabes que iría contigo a la lucha. A la muerte, incluso; pero antes has de ganarte la confianza de mi tío.

—Esa ya la tengo, Gaudiosa... Mi reputación habla por sí misma. Estoy seguro de que tu tío aceptará ayudarme, pero pedirá algo a cambio. Algo más poderoso que las armas y las tierras. Pedirá lazos.

—¿Qué lazos?

—De sangre, espero. Ese es el propósito de mi viaje: que tu tío me pida que unamos nuestras casas.

Los pasos del duque Pedro a sus espaldas interrumpieron esa última confesión. Se acercaba con el manto ceñido, el rostro grave y las manos crispadas. Pelayo tomó la iniciativa:

—¿Habéis decidido?

—He decidido. Mis hombres se irán al amanecer. No me cabe duda de su lealtad a nuestra tierra, pero no puedo exigirles que rindan cuentas a ningún caudillo astur… He resuelto que no van a luchar dos pueblos, sino uno. Los cántabros y astures derramarán su sangre en el mismo campo de batalla, pero un pacto sellado con palabras se lo llevaría el viento. Dejadme continuar, por favor, no me interrumpáis —añadió el duque con firmeza, advirtiendo la alarma en el rostro del asturiano—. Mi decisión ya está tomada.

El semblante del terrateniente cántabro se dulcificó un poco al desviar la mirada en dirección a su sobrina, pero su tono de voz seguía manifestando cierta gravedad. Miró fijamente a los ojos de Pelayo antes de continuar:

—Mi sobrina ha estado hablando de vos todos estos días con una pasión que me ha hecho sentir cierta envidia. Ella cree en vos y yo creo en su buen juicio. Siempre me ha parecido una mujer sensata e inteligente, y aunque muchos no lo quieran admitir, de no ser por mujeres como ella los hombres solamente pensaríamos en la lucha y en la guerra. Parece ser que ambos compartís el sueño de poder disfrutar juntos de un futuro cargado de bonanza, del deseo de una paz que se nos niega generación tras generación; así que es mi decisión que os unáis, y no por mi propia conveniencia, sino porque vuestra unión puede dar credibilidad y fe a un pueblo que ahora mismo está a punto de perderlo todo.

—Señor… Juro protegerla con mi vida, y no apartarme de ella ni en la guerra ni en el destierro, llegado el caso. Gracias por confiar en nosotros. Lo que de aquí nazca no ha de temer al cielo ni al pasado. Será algo nuevo y fuerte. Honesto, como nosotros… —añadió, visiblemente emocionado—. Nuestra humildad será la base de nuestra grandeza.

—Sois un hombre valiente, asturiano. Gaudiosa me contó que, cuando todos se escondían ante la llegada de los moros, vos defendíais con la espada lo poco que quedaba de los nuestros. No busco tan solo promesas de guerra, Pelayo. Os entrego a mi sobrina porque sé que el hombre que hay en vos no morirá bajo el soldado. Que no buscaréis gloria ni riqueza, porque antes que caudillo, seréis padre; y antes que rey, esposo.

—Duque Pedro, quedo en deuda con vos. Muchas cosechas se perdieron en las guerras anteriores a la que aún está por librarse, pero juro ante Dios y ante estas montañas que yo no quiero un trono: quiero un pueblo en el que nunca falte el pan. Haremos correr la sangre por nuestros ríos pero, cuando todo haya pasado, nuestros hijos podrán volver a bañarse y a beber de ellos sin miedo. No vengo a buscar guerras, sino a terminarlas. Para traer la paz serán necesarias muchas tumbas, pero asumiré la carga que eso supone.

—Que así sea —sentenció con solemnidad el cántabro, antes de acariciar con ternura la mano de su sobrina—. Os daré todo mi apoyo. Hombres, armas y víveres, pero no juraré vasallaje a nadie.

—Nadie os lo pide. Que la espada y la fe sean nuestro pacto. Juntos ganaremos algo que ni el oro ni las tierras pueden dar a nadie: memoria. Si nos vencen, todo lo que somos y todo lo que fuimos desaparecerá. Si resistimos, vuestros hijos —y los hijos de vuestros hijos— recordarán quién fuisteis. Quiénes fuimos. Y si el mundo olvida todo lo demás, cuando nuestra tierra vuelva a dar sus frutos nadie podrá negar que aquí se hizo algo grande; que no se luchó por avaricia, sino por libertad.


 


viernes, 10 de abril de 2026

LA PRIMERA SANTA. CAPITULO SEIS. El Samartín.

 


Samartín: a principios de noviembre se celebraba en los pueblos astures una festividad tradicional, basada en el sacrificio de un cerdo cebado con bellotas, castañas. Exigía la colaboración de toda la comunidad, y aseguraba el aprovechamiento de la carne durante una larga temporada. 






CAPÍTULO 6

EL SAMARTÍN

 

Ladera oriental del monte Mofrechu, 11 de noviembre del año 713 d. C.

 

La niebla aún no se había levantado cuando Dana detuvo a la niña con un gesto seco. Entre ellas se había establecido una simbiosis tan profunda que eran capaces de entenderse sin palabras. Ya había pasado casi un cuarto de luna desde el Samaín, y la niña aún no se había recuperado del todo. Llevaba varios días sin apenas probar bocado, y su vitalidad habitual todavía no había regresado por completo. Corría más despacio, y se reía menos. Dana no dejaba de repetirle que era lo habitual cuando se hacía uso de la magia.

Esa mañana se habían levantado con las primeras luces del alba a recoger hierbas y plantas, pero algo había alertado a la hechicera, que se llevó el dedo índice a los labios, entornando la cabeza en dirección a unos densos matorrales. Anna obedeció en silencio hasta adelantarla.

¿Qué ves? preguntó la vieja.

Pasos recientes, abuela. Dos personas. Bajaron por aquí al oscurecer, cuando aún no había caído la noche. Corpulentos, y cargados con algo pesado. Podrían ser herramientas o armas…

¿Cómo lo sabes?

Sus huellas aún están húmedas, y las árgomas no han sido aplastadas por el peso de las pisadas, sino que han sido cortadas con algún objeto afilado. Uno de ellos cojea de la diestra; el surco de su pisada es más profundo y alargado. Yo me atrevería a decir que han sido Sabino y su hijo Evelio, acortando camino en dirección a su cabaña de Costadova. Esta noche la niebla ha bajado pronto, y supongo que no han querido correr el riesgo de quedarse atrapados en medio del monte. Creo que estos días andaban con mucha faena herrando a unos caballos en la zona de Corao.

La anciana asintió desviando la mirada con orgullo, pero sin adular a la chiquilla. Las mujeres con sus habilidades no estaban acostumbradas a premiar con palabras lo que otras antes que ellas habían entendido siempre como una obligación.

Si no sabes quién cruza tus tierras no te mereces la responsabilidad de protegerlas. Recuérdalo siempre, neña.

Dana emitió un suave silbido, y un pequeño lobezno apareció de la nada, olfateando nervioso en todas direcciones. La niña le pasó la mano por el lomo, y el animal se arrastró por el suelo ofreciéndole la barriga entre gañidos excitados. La anciana le premió con un trozo de corteza de queso, que el cachorro engulló de un solo bocado, volviendo a desaparecer entre los bardiales.

No debería haberlo alimentado. En su naturaleza está buscarse sus propias presas, pero ya ves que todas tenemos nuestras debilidades… Algún día será el macho dominante de una manada, pero le pasa lo que a nosotras, neña… Los dioses han decidido que se críe en solitario. Eso le hará más fuerte e independiente y agudizará su ingenio. En estos montes prevalece siempre la ley del más fuerte.

La niña se quedó unos segundos pensativa, preguntándose si, además de haber perdido a su madre, ese cachorro no habría perdido además a su abuela. Sintió una enorme lástima. La anciana no le dio tiempo a más cavilaciones, porque enseguida añadió:

Nosotras no podemos convivir con la gente normal, Anna. Somos como los lobos solitarios. Nuestro modo de vida es distinto, y algún día tú también serás feliz viviendo alejada de los poblados, porque aprenderás a saber dónde buscar los infinitos recursos que la naturaleza nos ofrece. No te hará falta nunca suplicar caridad, como hacen los mendigos o los comediantes, ni se te permitirá exigir donativos de ningún tipo, como las matronas o los curanderos. Nuestra labor es altruista. Estarás por encima de todo eso, Anna, serás tan fuerte que serás capaz de mantener tu independencia sin ayuda de nadie.

La niña escuchaba sin afectarse demasiado, habituada a los largas y aburridas peroratas de su abuela. En los últimos meses, además, su mensaje ya le estaba resultando demasiado recurrente y aburrido. Aun así, trató de disimular, poniendo buena cara. La anciana continuó con sus indicaciones, inalterable:

Ahora ya no eres una cría, y lo que se espera de ti en el futuro pondrá tu salud y tu cordura a prueba a diario, neña. Yo estoy aquí para guiarte, pero tendrás que endurecer tu mente y tu cuerpo, y en eso yo no puedo ayudarte, has de hacerlo tu sola. Muchas veces te he contado los sufrimientos que padecí cuando traje al mundo a Briana sin ayuda de nadie, para que entendieras que, en tu caso, al igual que me sucedió a mí, la maternidad no te supondrá solamente un riesgo físico. Las mujeres como nosotras estamos obligadas a viajar en completa libertad, haciendo acopio de los ingredientes necesarios para mantener la salud de los nuestros. No podrás tener marido, ni hijos, porque eso exige cargos familiares y someterte al control de un solo hombre, pero eso ya lo entenderás más adelante por ti misma.

La anciana tanteó los matorrales con su bastón, apartando los matojos hasta quedar satisfecha. Entonces se agachó con gran esfuerzo para apartar una gruesa capa de musgo, dejando al descubierto una gran roca hincada a la tierra. La superficie más lisa de la piedra estaba marcada con una serie de líneas y espirales desdibujadas por el paso del tiempo.

¿Ves esto? preguntó.

Es un mojón, abuela indicó Anna un poco chasqueada—, y marca las lindes de nuestros pastos, porque lleva las marcas de las nuestras.

Cierto, es un mojón. Para muchos, no es más que una simple piedra, pero en nuestro mundo esto marca antiguos acuerdos. Esta piedra le recuerda a todo el mundo quién tiene derecho a subir el ganado aquí. Es un título de propiedad.

La niña asintió con indiferencia, pisoteando unos erizos de castañas con hastío. Llevaban toda la semana subiendo al monte con esa misma monserga y ya sabía lo que vendría a continuación: «Te entreno porque llegará el día en el que hayas de enfrentarte a unos extranjeros que no entenderán esta tierra, alguien tendrá que explicárselo o usar sus poderes contra ellos. Tienes que poner mucha atención en esto y en aquello…».

La anciana meneó la cabeza un poco contrariada, pero no dijo nada, reanudando la marcha a buen paso, de manera que no tardaron en llegar a lo alto del Mofrechu. La niña se tuvo que esforzar a fondo para aguantar el ritmo de su abuela, porque Dana, a pesar de su edad y su cojera, aún podría competir caleyando con cualquiera de los pastores de Brigantia.

Desde la cumbre del Joyadongu se divisaba la comarca entera, amaneciendo envuelta en volutas de niebla. El sol arrancaba reflejos dorados allí donde se ensanchaba el río Sella al encuentro con el mar Cantábrico.

No hay mayor esclavitud que vivir rodeada de paredes, neña… Cierra los ojos, y escucha lo que nos susurra el viento… ¿Puedes sentir el olor del salitre, viajando desde el nordeste? Desde aquí puedes otear el horizonte en todas direcciones, anticipando las corrientes de aire perniciosas. En los valles viven desorientados, cercados por muros de piedra, techos de adobe y paja.

Ven, acércate al precipicio. No tengas miedo.

La anciana le cedió el hueco en el saliente más elevado de la peña, señalando con su báculo hacia el norte, donde las montañas se suavizaban como lomos de vacas dormidas.

En esa dirección está la sierra del Cuera. Y un poco más allá, Peña Tú. Cuando bajes allí, no hables. Descifra lo que otros dejaron grabado en la piedra, y cuando hayas satisfecho tu curiosidad, ofrécele algo a cambio. Es un mojón mágico, en el que aparecen reflejados ciertos presagios. Está custodiado por un antiguo dios de la guerra. Que no te intimide su carácter belicoso; se comporta así porque guarda los hitos más relevantes de nuestro linaje Te servirá de calendario en caso necesario. Aprenderás a entender sus símbolos sin que nadie tenga necesidad de explicártelos. Algún día tú misma dejarás tu propio mensaje grabado para dar instrucciones a las que hayan de sucederte.

Anna asintió con gravedad, anotando mentalmente todo cuanto le decía la hechicera, que se volteó en dirección al monte Auseva.

L’Oyu el agua —dijo señalando a sus espaldas—. El lugar donde todo nace. Ahí fui yo engendrada. La mayor fuente de poder de nuestra estirpe. Ahí conectarás con tu feminidad, porque es el vientre mismo de la Madre. Aprenderás a leer los presagios de las aguas, y podrás negociar con la Señora de las Xanas, con la que compartimos refugio ahí en la época de los calores estivales. De su manantial puedes hacer acopio de un agua tan pura que puede limpiar maldiciones, y en la poza del Chorrón abundan las piedras de rayo.

Sin darle tiempo a responder, la anciana señaló un poco más al sur, anunciando con gesto solemne:

El dolmen de Cangas. Es un lugar de descanso. Entra solamente cuando te encuentres muy cansada. En lo más profundo de la cueva reposan protegidas por el poder del fuego las cenizas de varias generaciones de Guardianas. Es un lugar de gran poder mágico. Puedes usar su barro para sanar heridas infectadas, igual que en el Monsacro. Es un lugar de conexión con el mundo de los muertos. No te quedes mucho tiempo en ninguno de ellos. Son solamente lugares de paso. Hazles saber de tu presencia, pero no reclames su propiedad. Una guardiana no puede hacer suyos por la fuerza portales que no le hayan sido reclamados.

¿Y después? preguntó Anna un tanto desconcertada.

Después, cuidarás nuestro legado: la Cova de la Donna... Si te fijas con atención verás que te he señalado los cuatro elementos básicos de nuestro poder. En el norte puedes invocar la fuerza de la piedra. Arrancando una lasca de cuarcita obtendrás el don de la Visión, y podrás ver al enemigo antes de que este llegue. En el Oyu La Madre tendrás a tu disposición el poder de la Adivinación. Si lo unes a la tierra del Dolmen de Cangas obtendrás la Sanación…

Abuela… susurró Anna entusiasmada—. ¡En nuestra cueva se cierra el círculo!

En efecto, mi neña… Nuestra cueva del monte Auseva es el eje del mundo. En ese lugar está escrito que el agua se ha de trasformar en sangre cuando los cuatro caminos se fundan en uno solo. ¿Recuerdas la canción que te repetía cuando apenas sabías andar, aquella que me transmitió a mí mi abuela?

La niña comenzó a tararear: «Que la piedra mire al mar, y el muertu guarde el llar; que el agua rebote en la peña, y el aire de la cueva te faiga la dueña».

La abuela continuó: «Nacerá un pueblu de buena xente, una raza que mirará de frente, pero guárdate bien de aceptar un tratu, que, si a la montaña la callan, secarase el regatu».

La anciana meneó la cabeza, como si estuviera saliendo de un profundo trance y empujó a su nieta ladera abajo hasta llegar a una hondonada que se adentraba en las profundidades de la tierra. Los aldeanos lo llamaban la Cueva Negra. Ya habían estado allí en otras ocasiones, pero nunca en esa época del año.

Tenemos mucho trabajo por delante, neña… Vamos, no perdamos más tiempo.

Anna estaba acostumbrada a los cambios de humor de su abuela lo que ellas llamaban alloriadas, pero arrugó el entrecejo cuando reconoció varios objetos envueltos en pieles. Había cuerdas trenzadas, tablillas de distinta madera y cuencos de semillas entremezclados. Se avecinaba otra lección de cosas aburridas.

Nómbralos ordenó su abuela.

Anna se arrodilló, ladeando el cuerpo para permitir que un hilo de luz se colase por la oquedad de la cueva.

Escanda, mijo, cebada, centeno…

¿Cuál más echas en falta?

El trigo blanco, abuela.

Exacto afirmó con rotundidad la vieja—, el trigo blanco; y no está ahí porque se siembra en las tierras del sur. Los granos no se mezclan al azar. Cada uno tiene su lugar, su estación y su tiempo de cosecha. La escanda y el centeno se ofrecen a los que desarrollan las tareas más penosas en la aldea, porque ofrecen mucha fuerza; el mijo a los niños, porque ayuda al crecimiento y es de fácil digestión; y la cebada, cuando hay especial abundancia, al ganado, para premiarlo por su esfuerzo.

Satisfecha con la primera de las pruebas, la anciana extendió por el suelo el contenido de un saquito de cuero que llevaba siempre prendido a su refajo.

Nómbralos sin tocarlos indicó.

Valeriana silvestre, beleño, muérdago, cirigüeña, belladona, saúco, raíz de zarza macho…

Continúa rezongó la anciana. A mí también me parece muy aburrido, pero es muy importante, concéntrate. De ésa que tienes ahí delante ya hemos hablado en infinidad de ocasiones… ¿Qué es lo que te dije de esa planta?

«Si supiera la casada para qué sirve la ruda, trasnocharía y madrugaría para recogerla en cada luna» —recitó la niña.

En efecto, Anna… La ruda favorece el sangrado femenino, y gracias a ella podemos nosotras ser capaces de decidir dónde, cuándo y con quién decidimos quedar preñadas. Que no se te olvide jamás, porque tu posición te exigirá que escojas un buen semental. Hay otra canción muy graciosa acerca de la ruda… «El secreto de la ruda bien lo guarda la soltera, que disfruta de la alcoba hasta la edad casadera»

La hechicera mostró un par de dientes picados al esbozar una sonrisa cargada de picardía. Hizo un gesto a la niña para que se acercase, bajando la voz como si le fuese a continuar contando algo más subido de tono y divertido. Anna se hizo un ovillo entre los pliegues de su sayo y se dejó acariciar el pelo.

Te voy a contar una historia muy antigua. Tan antigua que mi abuela ya la sabía por otras anteriores a ella…

Anna palmoteó, excitada, aguantando la respiración mientras le daba tiempo a poner en orden los recuerdos a su abuela, que se aclaró la voz antes de comenzar:

El urogallo es un animal extraordinario. No nació como lo vemos ahora, pero muy pocos lo recordarán. Su nombre procede del uro, la bestia más fuerte que estos montes hayan conocido jamás, tan salvaje que prefirió la extinción antes que verse sometido a ningún yugo.

¿Y lo de gallo? añadió la niña, divertida—. No parece muy grandioso ni extraordinario.

No te equivoques, Anna. El gallo es el único animal que se permite anunciar la llegada del día sin pedirle permiso a nadie. ¿Te parece poca cosa?

Anna asintió en silencio, dejando continuar a su abuela.

El urogallo, neña, no busca compañía como otros animales. No acecha ni persigue a las hembras, ni las somete con violencia. Cuando llega su momento, sube al claro más alto del bosque, allí donde nadie puede esconderse, y canta…

La niña abrió mucho los ojos, visiblemente interesada.

Canta hasta quedarse sin voz, y mientras lo hace se muestra fuerte y seguro, a pesar de estar en una posición tan vulnerable. No le importa que los depredadores puedan escucharle. La hembra se acerca cuando ella quiere, atraída por su canto. Entonces comienza la danza. El urogallo abre el pecho, despliega las alas y golpea el suelo con las patas. No espera respuesta, porque sabe que su llamada ya ha sido aceptada. Cuando su pareja acude, camina a su lado, no delante ni atrás, y se mueven sincronizados girando en círculos cada vez más estrechos mientras baten las alas generando una vibración rítmica. Esa danza es su ritual de creación, y no hay nada más sagrado en nuestra familia que la imagen de la espiral y las plumas del urogallo. Nosotras somos como el urogallo, Anna. Llevamos una vida solitaria, pero cuando creemos llegado el momento, nos aparejamos, sin violencia, sin ataduras, sin promesas ni obligaciones.

La niña se levantó de un brinco, entusiasmada, golpeando con los pies en el suelo y girando sobre sí misma, tal y como lo haría un urogallo. La anciana aporreó el suelo con su bastón, marcando el ritmo que le pareció más adecuado. Cuando Anna menos se lo esperaba, sacó de entre los pliegues de su túnica un cuerno de uro, que sopló con delicadeza. Varias sombras en el fondo de la cueva respondieron agitándose. Dejó bailar a la muchacha hasta que esta se dejó caer de nuevo a su lado, exhausta.

Nosotras honramos su presencia desde tiempos inmemoriales, neña, porque al igual que el ave, hemos heredado la independencia y la fuerza del uro, y la voz del gallo. Por eso no es un animal de rebaño, ni de corral… Le gusta vivir en soledad, como a nosotras. Hay muchas otras con nuestras mismas habilidades, pero ninguna tan poderosa. Descendemos de una línea primigenia. Somos principio y final. Con nosotras se cierra el círculo, por eso somos las guardianas del portal con más poder de todos: la Cova de la Donna…

 

Después de ese momento de recreo todo fue más fluido entre las dos. Se pasaron el resto de la tarde entretenidas sonriendo, cortando raíces con cuchillos de hueso y preparando toda suerte de ungüentos, reconociendo a través de todos sus sentidos los ingredientes más variopintos: grasa de oso, guano de murciélago, sangre menstrual, ojos de sapo, veneno de sacavera

Todo lo que es capaz de curar, también es capaz de matar; todo depende de las dosis y el conocimiento que se tenga. Vas a tener que asumir la responsabilidad de escoger a quién sanar y a quién arrebatarle la vida. Las hierbas venenosas no siempre castigan, a pesar de su mortal poder. Has de dominar este arte hasta que sepas cuáles han de untarse y cuáles han de prepararse en infusión. Es el cuerpo el que decide en qué forma ha de aceptarlo.

 

Fue al declinar la tarde cuando decidieron llegado el momento de enfilar en dirección a Les Canaliegues. La niña se encargó de cubrir los rastros de su paso, camuflando la entrada de la cueva con árgomas, y su abuela se asomó de nuevo al borde del precipicio para asegurarse de que no se encontrarían a ningún aldeano indeseado en su descenso.

Hay caminos que no aparecen en los mapas de los hombres, Anna. Pasos de bestias; cañadas utilizadas por los animales en sus desplazamientos en busca de alimento y agua. Desde aquí, si te fijas con atención, puedes reconocerlos para hacerlos tuyos. Memorízalos, porque son siempre los mismos, y aunque estés perdida en medio de la niebla más densa te indicarán la dirección en la que puedes ponerte a salvo. No temas que cambien, porque los animales, igual que los hombres, se mueven por costumbre. Transmiten sus conocimientos de generación en generación, y solo sobreviven los más fuertes e inteligentes. Eso les hace mejorar como especie, evolucionando en cada ciclo reproductivo. La propia Madre se encarga de mantener el equilibrio entre los depredadores y sus presas. Nosotras somos sus ojos, sus oídos y, si las circunstancias lo justifican, también su voz.

 

Estaba cayendo la noche cuando llegaron a la casa de Garduño. El molino llevaba varios días parado sin dar servicio, pero el horno en su casa nunca se apagaba. Su mujer se esmeraba en cocinar a su marido los más exquisitos panes y dulces, pero el molinero se negaba a probar bocado. El desgraciado estaba muy desmejorado. Aseguraba entre gemidos que no era capaz de escapar de una pesadilla en la que sueño y realidad se entremezclaban impidiéndole el descanso.

Lo cierto es que no eran pocos los que deseaban sin disimulo que su mal de ojo fuera capaz de cumplir su cometido, especialmente los que no tenían permiso para moler allí y los que acumulaban retrasos en los pagos.

La realidad era que Garduño, en lugar de mejorar, empeoraba. Su piel se había vuelto traslúcida, y sus ojos brillaban como brasas encendidas, incapaces de enfocar su vista en nada. Un temblor ingobernable se había adueñado de sus extremidades, y no controlaba sus esfínteres. La comida decía que le sabía a cenizas y a serrín empapado de meados.

Su mujer, devota sierva cristiana, desbordada por el llanto, había dejado ya de rezar, convencida de que algo muy malo tenía que haber hecho el molinero para merecer ese castigo de Dios. El mismísimo cura de Cangas ya se había acercado días antes para administrarle los óleos de la extremaunción, a petición del interesado, que había decidido confesarse porque, según afirmaba, cada vez que cerraba los ojos sufría la misma pesadilla. El molinero las veía: mujeres. Jóvenes, maduras, algunas incluso viejas, desnudas de cintura para arriba; pero no se aparecían como él las deseaba en sus fantasías más recurrentes y depravadas, sino silenciosas, con los brazos cruzados sobre el pecho, juzgándole y condenándole desde la oscuridad.

 

Anna y su abuela entraron al piso superior trepando por la parte de atrás, sin hacer apenas ruido. Toda la estancia olía a mugre y a encierro. El aire, viciado, desprendía un desagradable hedor a sudor rancio y excrementos. Garduño reconoció a Anna, lamentándose con un quejido seco.

Tú, bruja malnacida… A ti te debo este sufrimiento. Desde que pasaste por aquí no duermo, ni pruebo bocado. Puedo sentir cómo me miran. Son cientos, miles de ellas, y se ríen de mí a carcajadas. Me clavan astillas de madera en los ojos en cuanto cierro los párpados.

Mírame y déjate de lloriqueos ordenó la niña.

No voy a suplicarte, guaja…

Tampoco yo vengo a pedirte que lo hagas. No me gusta perder el tiempo.

El molinero no le quitaba el ojo de encima, aterrorizado. Ella sonreía, consciente de su superioridad. Con gesto ceremonioso, extrajo de uno de los bolsillos interiores de su manto una vejiga de cabra, de la que asomaba un poco de pomada, y la colocó sobre una esquina del jergón de paja. Un olor amargo invadió la estancia. Su abuela la observaba con curiosidad, vigilando a Garduño por el rabillo del ojo, con el mismo desprecio con el que un gato observaría a un topo ciego saliendo de su madriguera a respirar.

La niña llamó entonces a Cándida, la molinera, que se santiguó al verlas. Subía a la carrera, tropezando por las escaleras, con un pañuelo negro mal atado en el moño, y las manos enrojecidas de fregar sin descanso las estancias de la casa a fin de espantar los malos humores.

—¡Por Dios bendito! —exclamó. ¡Nadie os ha hecho llamar! Tened piedad, os lo ruego…

El molinero quiso protestar desde su lecho, pero el miedo dejó su protesta reducida a un gruñido ininteligible. Cándida se desplomó, agotada.

Dios castiga, pero también perdona… gimoteó arrodillándose ante ellas mientras alzaba un pesado crucifijo de plata.

No creo que hubiese sido de mucha utilidad que fuera Dios el que hubiera venido a visitaros esta noche; los cristianos siempre estáis rezando en busca de milagros que nunca llegan, pero hemos venido nosotras en su lugar a poner un poco de orden, porque Él parece estar siempre demasiado ocupado.

La réplica de Anna hizo mella en la molinera, que rompió a llorar desconsolada.

Mi marido ha pecado. Yo lo sé. Y el Señor también. He rezado sin descanso todos estos días, y entregado buenos cuartos al señor cura de Cangas por todas las que ofendió. Estamos en paz con Dios, porque Garduño se ha confesado y le han concedido la absolución de sus pecados. Os lo ruego… ¡Tened piedad!

Anna se adelantó un paso hacia ella, levantando la voz con desprecio.

¿Piedad? La piedad no tiene sitio aquí esta noche. ¿Rezabas también mientras escuchabas nuestros gritos de auxilio? ¿Rezabas las noches que le admitías en tu lecho cargado de arañazos después de forzarlas?

Una mujer debe obedecer a su marido dijo ella tratando de defenderse, bajando la mirada avergonzada.

Anna estalló, encolerizada:

¡Te equivocas, Cándida! Una mujer debe obedecer a su instinto. A su sentido común, a su pueblo, a su compasión como hembra…

Garduño se revolvió sobre el lecho, comenzando a balbucear, aterrorizado.

¡Yo no quería, Cándida! ¡Eran ellas, que se portaban como busconas y se me abrían de patas! Siempre he sido un hombre débil, tú lo sabes, pero cualquier otro hombre hubiera hecho lo mismo… Estáis levantando mucho alboroto por nada… Ya sabéis cómo se comportan las niñas cuando se asustan…

Anna le respondió con suavidad, pasando el dorso de la mano por su cara haciendo un amago de bofetada:

Hace tiempo que he dejado de ser niña, y hay que estar muy ciego para creer que estoy asustada.

Acto seguido señaló el pellejo de cabra, sin apartar la mirada de la molinera, que se deshacía en lágrimas.

A ti te hago responsable de sus abusos. Yo creo que no se merece partir con la caricia del tejo. Esta pomada le hará sentir en su piel el resquemor de tantas lágrimas vertidas. Los dioses le han juzgado y condenado, pero de tu buen juicio dependerá que tenga una muerte rápida o cargada de sufrimientos. El molino estará mejor atendido sin él añadió Anna con sencillez—, y a ti no han de faltarte pretendientes, aunque aún no hayas sido bendecida con la maternidad. Este lugar ha de ser un lugar de paso, de convivencia y de comercio, no de abusos, engaños y miedo. Nuestros dioses, que nada tienen que consultar al tuyo, han decidido que ninguna mujer vuelva a cruzar esa puerta temiendo que haya de pagar con su cuerpo.

La molinera meneaba la cabeza desesperada, incapaz de aceptar la responsabilidad que se escondía tras las órdenes de la joven hechicera.

No te pido que le quites la vida por mí, ni porque yo le tenga rabia añadió conciliadora la muchacha—. Te pido que lo hagas porque es lo justo, y te quiero dar la oportunidad de enmendar tus faltas siendo tú la que restablezcas el equilibrio. Tú decidirás la forma en que se vaya, y su sacrificio salvará a muchas otras de pasar por las mismas circunstancias. Te lo diré como un cura, si así lo prefieres: «A cada gochín la llega su Samartín».

Cuando salían de la casa, Anna aún temblaba, pero no de miedo. Una sensación desconocida había despertado en ella esa noche. Era algo instintivo, primario, cruel pero agradable. La anciana trazó una espiral sobre el suelo mientras sentenciaba.

Con este acto te has ganado el respeto de nuestro pueblo. No nos queda mucho tiempo; hace lunas que siento que mi luz ya se apaga. Todo en mí está preparado para partir al otro lado, pero debemos dejarlo todo bien dispuesto para mi sucesión. Los oráculos estaban en lo cierto, neña, ya estás preparada para ser la nueva Guardiana.