Samartín: a principios de noviembre se celebraba en los pueblos astures una festividad tradicional, basada en el sacrificio de un cerdo cebado con bellotas, castañas. Exigía la colaboración de toda la comunidad, y aseguraba el aprovechamiento de la carne durante una larga temporada.
CAPÍTULO 6
EL SAMARTÍN
Ladera oriental del monte Mofrechu, 11 de noviembre
del año 713 d. C.
La niebla aún no se había levantado cuando Dana
detuvo a la niña con un gesto seco. Entre ellas se había establecido una
simbiosis tan profunda que eran capaces de entenderse sin palabras. Ya había
pasado casi un cuarto de luna desde el Samaín, y la niña aún no se había
recuperado del todo. Llevaba varios días sin apenas probar bocado, y su
vitalidad habitual todavía no había regresado por completo. Corría más
despacio, y se reía menos. Dana no dejaba de repetirle que era lo habitual
cuando se hacía uso de la magia.
Esa mañana se habían levantado con las primeras
luces del alba a recoger hierbas y plantas, pero algo había alertado a la
hechicera, que se llevó el dedo índice a los labios, entornando la cabeza en
dirección a unos densos matorrales. Anna obedeció en silencio hasta
adelantarla.
—¿Qué
ves? —preguntó
la vieja.
—Pasos
recientes, abuela. Dos personas. Bajaron por aquí al oscurecer, cuando aún no
había caído la noche. Corpulentos, y cargados con algo pesado. Podrían ser
herramientas o armas…
—¿Cómo lo
sabes?
—Sus
huellas aún están húmedas, y las árgomas no han sido aplastadas por el peso de
las pisadas, sino que han sido cortadas con algún objeto afilado. Uno de ellos
cojea de la diestra; el surco de su pisada es más profundo y alargado. Yo me
atrevería a decir que han sido Sabino y su hijo Evelio, acortando camino en
dirección a su cabaña de Costadova. Esta noche la niebla ha bajado pronto, y
supongo que no han querido correr el riesgo de quedarse atrapados en medio del
monte. Creo que estos días andaban con mucha faena herrando a unos caballos en
la zona de Corao.
La anciana asintió desviando la mirada con orgullo,
pero sin adular a la chiquilla. Las mujeres con sus habilidades no estaban
acostumbradas a premiar con palabras lo que otras antes que ellas habían
entendido siempre como una obligación.
—Si no
sabes quién cruza tus tierras no te mereces la responsabilidad de protegerlas.
Recuérdalo siempre, neña.
Dana emitió un suave silbido, y un pequeño lobezno
apareció de la nada, olfateando nervioso en todas direcciones. La niña le pasó
la mano por el lomo, y el animal se arrastró por el suelo ofreciéndole la
barriga entre gañidos excitados. La anciana le premió con un trozo de corteza
de queso, que el cachorro engulló de un solo bocado, volviendo a desaparecer
entre los bardiales.
—No
debería haberlo alimentado. En su naturaleza está buscarse sus propias presas,
pero ya ves que todas tenemos nuestras debilidades… Algún día será el macho
dominante de una manada, pero le pasa lo que a nosotras, neña… Los dioses han decidido que se críe en solitario. Eso le hará
más fuerte e independiente y agudizará su ingenio. En estos montes prevalece
siempre la ley del más fuerte.
La niña se quedó unos segundos pensativa,
preguntándose si, además de haber perdido a su madre, ese cachorro no habría
perdido además a su abuela. Sintió una enorme lástima. La anciana no le dio
tiempo a más cavilaciones, porque enseguida añadió:
—Nosotras
no podemos convivir con la gente normal, Anna. Somos como los lobos solitarios.
Nuestro modo de vida es distinto, y algún día tú también serás feliz viviendo
alejada de los poblados, porque aprenderás a saber dónde buscar los infinitos
recursos que la naturaleza nos ofrece. No te hará falta nunca suplicar caridad,
como hacen los mendigos o los comediantes, ni se te permitirá exigir donativos
de ningún tipo, como las matronas o los curanderos. Nuestra labor es altruista.
Estarás por encima de todo eso, Anna, serás tan fuerte que serás capaz de
mantener tu independencia sin ayuda de nadie.
La niña escuchaba sin afectarse demasiado,
habituada a los largas y aburridas peroratas de su abuela. En los últimos
meses, además, su mensaje ya le estaba resultando demasiado recurrente y
aburrido. Aun así, trató de disimular, poniendo buena cara. La anciana continuó
con sus indicaciones, inalterable:
—Ahora ya
no eres una cría, y lo que se espera de ti en el futuro pondrá tu salud y tu
cordura a prueba a diario, neña. Yo
estoy aquí para guiarte, pero tendrás que endurecer tu mente y tu cuerpo, y en
eso yo no puedo ayudarte, has de hacerlo tu sola. Muchas veces te he contado
los sufrimientos que padecí cuando traje al mundo a Briana sin ayuda de nadie,
para que entendieras que, en tu caso, al igual que me sucedió a mí, la
maternidad no te supondrá solamente un riesgo físico. Las mujeres como nosotras
estamos obligadas a viajar en completa libertad, haciendo acopio de los
ingredientes necesarios para mantener la salud de los nuestros. No podrás tener
marido, ni hijos, porque eso exige cargos familiares y someterte al control de
un solo hombre, pero eso ya lo entenderás más adelante por ti misma.
La anciana tanteó los matorrales con su bastón,
apartando los matojos hasta quedar satisfecha. Entonces se agachó con gran
esfuerzo para apartar una gruesa capa de musgo, dejando al descubierto una gran
roca hincada a la tierra. La superficie más lisa de la piedra estaba marcada
con una serie de líneas y espirales desdibujadas por el paso del tiempo.
—¿Ves
esto? —preguntó.
—Es un
mojón, abuela —indicó
Anna un poco chasqueada—,
y marca las lindes de nuestros pastos, porque lleva las marcas de las
nuestras.
—Cierto,
es un mojón. Para muchos, no es más que una simple piedra, pero en nuestro
mundo esto marca antiguos acuerdos. Esta piedra le recuerda a todo el mundo
quién tiene derecho a subir el ganado aquí. Es un título de propiedad.
La niña asintió con indiferencia, pisoteando unos
erizos de castañas con hastío. Llevaban toda la semana subiendo al monte con
esa misma monserga y ya sabía lo que vendría a continuación: «Te entreno porque llegará el día en el que hayas de
enfrentarte a unos extranjeros que no entenderán esta tierra, alguien tendrá
que explicárselo o usar sus poderes contra ellos. Tienes que poner mucha
atención en esto y en aquello…».
La anciana meneó la cabeza un poco contrariada,
pero no dijo nada, reanudando la marcha a buen paso, de manera que no tardaron
en llegar a lo alto del Mofrechu. La niña se tuvo que esforzar a fondo para
aguantar el ritmo de su abuela, porque Dana, a pesar de su edad y su cojera,
aún podría competir caleyando con
cualquiera de los pastores de Brigantia.
Desde la cumbre del Joyadongu se divisaba la
comarca entera, amaneciendo envuelta en volutas de niebla. El sol arrancaba
reflejos dorados allí donde se ensanchaba el río Sella al encuentro con el mar
Cantábrico.
—No hay
mayor esclavitud que vivir rodeada de paredes, neña… Cierra los ojos, y escucha lo que nos susurra el viento…
¿Puedes sentir el olor del salitre, viajando desde el nordeste? Desde aquí
puedes otear el horizonte en todas direcciones, anticipando las corrientes de
aire perniciosas. En los valles viven desorientados, cercados por muros de
piedra, techos de adobe y paja.
—Ven,
acércate al precipicio. No tengas miedo.
La anciana le cedió el hueco en el saliente más
elevado de la peña, señalando con su báculo hacia el norte, donde las montañas
se suavizaban como lomos de vacas dormidas.
—En esa
dirección está la sierra del Cuera. Y un poco más allá, Peña Tú. Cuando bajes
allí, no hables. Descifra lo que otros dejaron grabado en la piedra, y cuando
hayas satisfecho tu curiosidad, ofrécele algo a cambio. Es un mojón mágico, en
el que aparecen reflejados ciertos presagios. Está custodiado por un antiguo
dios de la guerra. Que no te intimide su carácter belicoso; se comporta así
porque guarda los hitos más relevantes de nuestro linaje Te servirá de
calendario en caso necesario. Aprenderás a entender sus símbolos sin que nadie
tenga necesidad de explicártelos. Algún día tú misma dejarás tu propio mensaje
grabado para dar instrucciones a las que hayan de sucederte.
Anna asintió con gravedad, anotando mentalmente
todo cuanto le decía la hechicera, que se volteó en dirección al monte Auseva.
—L’Oyu el
agua —dijo señalando a sus espaldas—. El
lugar donde todo nace. Ahí fui yo engendrada. La mayor fuente de poder de
nuestra estirpe. Ahí conectarás con tu feminidad, porque es el vientre mismo de
la Madre. Aprenderás a leer los presagios de las aguas, y podrás negociar con
la Señora de las Xanas, con la que
compartimos refugio ahí en la época de los calores estivales. De su manantial
puedes hacer acopio de un agua tan pura que puede limpiar maldiciones, y en la
poza del Chorrón abundan las piedras de rayo.
Sin darle tiempo a responder, la anciana señaló un
poco más al sur, anunciando con gesto solemne:
—El
dolmen de Cangas. Es un lugar de descanso. Entra solamente cuando te encuentres
muy cansada. En lo más profundo de la cueva reposan protegidas por el poder del
fuego las cenizas de varias generaciones de Guardianas. Es un lugar de gran
poder mágico. Puedes usar su barro para sanar heridas infectadas, igual que en
el Monsacro. Es un lugar de conexión con el mundo de los muertos. No te quedes
mucho tiempo en ninguno de ellos. Son solamente lugares de paso. Hazles saber
de tu presencia, pero no reclames su propiedad. Una guardiana no puede hacer
suyos por la fuerza portales que no le hayan sido reclamados.
—¿Y
después? —preguntó
Anna un tanto desconcertada.
—Después,
cuidarás nuestro legado: la Cova de la Donna... Si te fijas con atención verás
que te he señalado los cuatro elementos básicos de nuestro poder. En el norte
puedes invocar la fuerza de la piedra. Arrancando una lasca de cuarcita
obtendrás el don de la Visión, y podrás ver al enemigo antes de que este
llegue. En el Oyu La Madre tendrás a tu disposición el poder de la
Adivinación. Si lo unes a la tierra del Dolmen de Cangas obtendrás la Sanación…
—Abuela… —susurró Anna entusiasmada—. ¡En nuestra cueva se
cierra el círculo!
—En
efecto, mi neña… Nuestra cueva del
monte Auseva es el eje del mundo. En ese lugar está escrito que el agua se ha
de trasformar en sangre cuando los cuatro caminos se fundan en uno solo.
¿Recuerdas la canción que te repetía cuando apenas sabías andar, aquella que me
transmitió a mí mi abuela?
La niña comenzó a tararear: «Que la piedra mire al mar, y el muertu
guarde el llar; que el agua rebote en la peña, y el aire de la cueva te faiga
la dueña».
La abuela continuó: «Nacerá un pueblu de buena xente, una
raza que mirará de frente, pero guárdate bien de aceptar un tratu, que,
si a la montaña la callan, secarase el regatu».
La anciana meneó la cabeza, como si estuviera
saliendo de un profundo trance y empujó a su nieta ladera abajo hasta llegar a
una hondonada que se adentraba en las profundidades de la tierra. Los aldeanos
lo llamaban la Cueva Negra. Ya habían estado allí en otras ocasiones, pero
nunca en esa época del año.
—Tenemos mucho
trabajo por delante, neña… Vamos, no
perdamos más tiempo.
Anna estaba acostumbrada a los cambios de humor de
su abuela —lo que
ellas llamaban alloriadas—, pero
arrugó el entrecejo cuando reconoció varios objetos envueltos en pieles. Había
cuerdas trenzadas, tablillas de distinta madera y cuencos de semillas
entremezclados. Se avecinaba otra lección de cosas aburridas.
—Nómbralos
—ordenó
su abuela.
Anna se arrodilló, ladeando el cuerpo para permitir
que un hilo de luz se colase por la oquedad de la cueva.
—Escanda,
mijo, cebada, centeno…
—¿Cuál
más echas en falta?
—El trigo
blanco, abuela.
—Exacto —afirmó con rotundidad la
vieja—, el trigo
blanco; y no está ahí porque se siembra en las tierras del sur. Los granos no
se mezclan al azar. Cada uno tiene su lugar, su estación y su tiempo de
cosecha. La escanda y el centeno se ofrecen a los que desarrollan las tareas
más penosas en la aldea, porque ofrecen mucha fuerza; el mijo a los niños,
porque ayuda al crecimiento y es de fácil digestión; y la cebada, cuando hay
especial abundancia, al ganado, para premiarlo por su esfuerzo.
Satisfecha con la primera de las pruebas, la
anciana extendió por el suelo el contenido de un saquito de cuero que llevaba
siempre prendido a su refajo.
—Nómbralos
sin tocarlos —indicó.
—Valeriana
silvestre, beleño, muérdago, cirigüeña, belladona, saúco, raíz de zarza macho…
—Continúa
—rezongó
la anciana—. A mí
también me parece muy aburrido, pero es muy importante, concéntrate. De ésa que
tienes ahí delante ya hemos hablado en infinidad de ocasiones… ¿Qué es lo que
te dije de esa planta?
«Si supiera la casada
para qué sirve la ruda, trasnocharía y madrugaría para recogerla en cada luna»
—recitó la niña.
—En
efecto, Anna… La ruda favorece el sangrado femenino, y gracias a ella podemos
nosotras ser capaces de decidir dónde, cuándo y con quién decidimos quedar
preñadas. Que no se te olvide jamás, porque tu posición te exigirá que escojas
un buen semental. Hay otra canción muy graciosa acerca de la ruda… «El secreto de la ruda bien lo guarda la soltera,
que disfruta de la alcoba hasta la edad casadera»…
La hechicera mostró un par de dientes picados al
esbozar una sonrisa cargada de picardía. Hizo un gesto a la niña para que se
acercase, bajando la voz como si le fuese a continuar contando algo más subido
de tono y divertido. Anna se hizo un ovillo entre los pliegues de su sayo y se
dejó acariciar el pelo.
—Te voy a
contar una historia muy antigua. Tan antigua que mi abuela ya la sabía por
otras anteriores a ella…
Anna palmoteó, excitada, aguantando la respiración
mientras le daba tiempo a poner en orden los recuerdos a su abuela, que se
aclaró la voz antes de comenzar:
—El
urogallo es un animal extraordinario. No nació como lo vemos ahora, pero muy
pocos lo recordarán. Su nombre procede del uro, la bestia más fuerte que estos
montes hayan conocido jamás, tan salvaje que prefirió la extinción antes que
verse sometido a ningún yugo.
—¿Y lo de
gallo? —añadió
la niña, divertida—. No
parece muy grandioso ni extraordinario.
—No te
equivoques, Anna. El gallo es el único animal que se permite anunciar la
llegada del día sin pedirle permiso a nadie. ¿Te parece poca cosa?
Anna asintió en silencio, dejando continuar a su
abuela.
—El
urogallo, neña, no busca compañía
como otros animales. No acecha ni persigue a las hembras, ni las somete con
violencia. Cuando llega su momento, sube al claro más alto del bosque, allí
donde nadie puede esconderse, y canta…
La niña abrió mucho los ojos, visiblemente
interesada.
—Canta
hasta quedarse sin voz, y mientras lo hace se muestra fuerte y seguro, a pesar
de estar en una posición tan vulnerable. No le importa que los depredadores
puedan escucharle. La hembra se acerca cuando ella quiere, atraída por su
canto. Entonces comienza la danza. El urogallo abre el pecho, despliega las
alas y golpea el suelo con las patas. No espera respuesta, porque sabe que su
llamada ya ha sido aceptada. Cuando su pareja acude, camina a su lado, no
delante ni atrás, y se mueven sincronizados girando en círculos cada vez más
estrechos mientras baten las alas generando una vibración rítmica. Esa danza es
su ritual de creación, y no hay nada más sagrado en nuestra familia que la
imagen de la espiral y las plumas del urogallo. Nosotras somos como el
urogallo, Anna. Llevamos una vida solitaria, pero cuando creemos llegado el
momento, nos aparejamos, sin violencia, sin ataduras, sin promesas ni
obligaciones.
La niña se levantó de un brinco, entusiasmada,
golpeando con los pies en el suelo y girando sobre sí misma, tal y como lo
haría un urogallo. La anciana aporreó el suelo con su bastón, marcando el ritmo
que le pareció más adecuado. Cuando Anna menos se lo esperaba, sacó de entre
los pliegues de su túnica un cuerno de uro, que sopló con delicadeza. Varias
sombras en el fondo de la cueva respondieron agitándose. Dejó bailar a la
muchacha hasta que esta se dejó caer de nuevo a su lado, exhausta.
—Nosotras
honramos su presencia desde tiempos inmemoriales, neña, porque al igual que el ave, hemos heredado la independencia y
la fuerza del uro, y la voz del gallo. Por eso no es un animal de rebaño, ni de
corral… Le gusta vivir en soledad, como a nosotras. Hay muchas otras con
nuestras mismas habilidades, pero ninguna tan poderosa. Descendemos de una
línea primigenia. Somos principio y final. Con nosotras se cierra el círculo,
por eso somos las guardianas del portal con más poder de todos: la Cova de la
Donna…
Después de ese momento de recreo todo fue más
fluido entre las dos. Se pasaron el resto de la tarde entretenidas sonriendo,
cortando raíces con cuchillos de hueso y preparando toda suerte de ungüentos,
reconociendo a través de todos sus sentidos los ingredientes más variopintos:
grasa de oso, guano de murciélago, sangre menstrual, ojos de sapo, veneno de sacavera…
—Todo lo
que es capaz de curar, también es capaz de matar; todo depende de las dosis y
el conocimiento que se tenga. Vas a tener que asumir la responsabilidad de
escoger a quién sanar y a quién arrebatarle la vida. Las hierbas venenosas no
siempre castigan, a pesar de su mortal poder. Has de dominar este arte hasta
que sepas cuáles han de untarse y cuáles han de prepararse en infusión. Es el
cuerpo el que decide en qué forma ha de aceptarlo.
Fue al declinar la tarde cuando decidieron llegado
el momento de enfilar en dirección a Les Canaliegues. La niña se encargó de
cubrir los rastros de su paso, camuflando la entrada de la cueva con árgomas, y
su abuela se asomó de nuevo al borde del precipicio para asegurarse de que no
se encontrarían a ningún aldeano indeseado en su descenso.
—Hay caminos
que no aparecen en los mapas de los hombres, Anna. Pasos de bestias; cañadas
utilizadas por los animales en sus desplazamientos en busca de alimento y agua.
Desde aquí, si te fijas con atención, puedes reconocerlos para hacerlos tuyos.
Memorízalos, porque son siempre los mismos, y aunque estés perdida en medio de
la niebla más densa te indicarán la dirección en la que puedes ponerte a salvo.
No temas que cambien, porque los animales, igual que los hombres, se mueven por
costumbre. Transmiten sus conocimientos de generación en generación, y solo
sobreviven los más fuertes e inteligentes. Eso les hace mejorar como especie,
evolucionando en cada ciclo reproductivo. La propia Madre se encarga de
mantener el equilibrio entre los depredadores y sus presas. Nosotras somos sus
ojos, sus oídos y, si las circunstancias lo justifican, también su voz.
Estaba cayendo la noche cuando llegaron a la casa
de Garduño. El molino llevaba varios días parado sin dar servicio, pero el
horno en su casa nunca se apagaba. Su mujer se esmeraba en cocinar a su marido
los más exquisitos panes y dulces, pero el molinero se negaba a probar bocado.
El desgraciado estaba muy desmejorado. Aseguraba entre gemidos que no era capaz
de escapar de una pesadilla en la que sueño y realidad se entremezclaban
impidiéndole el descanso.
Lo cierto es que no eran pocos los que deseaban sin
disimulo que su mal de ojo fuera capaz de cumplir su cometido, especialmente
los que no tenían permiso para moler allí y los que acumulaban retrasos en los
pagos.
La realidad era que Garduño, en lugar de mejorar,
empeoraba. Su piel se había vuelto traslúcida, y sus ojos brillaban como brasas
encendidas, incapaces de enfocar su vista en nada. Un temblor ingobernable se
había adueñado de sus extremidades, y no controlaba sus esfínteres. La comida
decía que le sabía a cenizas y a serrín empapado de meados.
Su mujer, devota sierva cristiana, desbordada por
el llanto, había dejado ya de rezar, convencida de que algo muy malo tenía que
haber hecho el molinero para merecer ese castigo de Dios. El mismísimo cura de
Cangas ya se había acercado días antes para administrarle los óleos de la
extremaunción, a petición del interesado, que había decidido confesarse porque,
según afirmaba, cada vez que cerraba los ojos sufría la misma pesadilla. El
molinero las veía:
mujeres. Jóvenes, maduras, algunas incluso viejas, desnudas de cintura para
arriba; pero no se aparecían como él las deseaba en sus fantasías más
recurrentes y depravadas, sino silenciosas, con los brazos cruzados sobre el
pecho, juzgándole y condenándole desde la oscuridad.
Anna y su abuela entraron al piso superior trepando
por la parte de atrás, sin hacer apenas ruido. Toda la estancia olía a mugre y
a encierro. El aire, viciado, desprendía un desagradable hedor a sudor rancio y
excrementos. Garduño reconoció a Anna, lamentándose con un quejido seco.
—Tú,
bruja malnacida… A ti te debo este sufrimiento. Desde que pasaste por aquí no
duermo, ni pruebo bocado. Puedo sentir cómo me miran. Son cientos, miles de
ellas, y se ríen de mí a carcajadas. Me clavan astillas de madera en los ojos
en cuanto cierro los párpados.
—Mírame y
déjate de lloriqueos —ordenó
la niña.
—No voy a
suplicarte, guaja…
—Tampoco
yo vengo a pedirte que lo hagas. No me gusta perder el tiempo.
El molinero no le quitaba el ojo de encima,
aterrorizado. Ella sonreía, consciente de su superioridad. Con gesto
ceremonioso, extrajo de uno de los bolsillos interiores de su manto una vejiga
de cabra, de la que asomaba un poco de pomada, y la colocó sobre una esquina
del jergón de paja. Un olor amargo invadió la estancia. Su abuela la observaba
con curiosidad, vigilando a Garduño por el rabillo del ojo, con el mismo
desprecio con el que un gato observaría a un topo ciego saliendo de su
madriguera a respirar.
La niña llamó entonces a Cándida, la molinera, que
se santiguó al verlas. Subía a la carrera, tropezando por las escaleras, con un
pañuelo negro mal atado en el moño, y las manos enrojecidas de fregar sin
descanso las estancias de la casa a fin de espantar los malos humores.
—¡Por Dios
bendito! —exclamó. ¡Nadie os
ha hecho llamar! Tened piedad, os lo ruego…
El molinero quiso protestar desde su lecho, pero el
miedo dejó su protesta reducida a un gruñido ininteligible. Cándida se
desplomó, agotada.
—Dios
castiga, pero también perdona… —gimoteó
arrodillándose ante ellas mientras alzaba un pesado crucifijo de plata.
—No creo
que hubiese sido de mucha utilidad que fuera Dios el que hubiera venido a
visitaros esta noche; los cristianos siempre estáis rezando en busca de milagros
que nunca llegan, pero hemos venido nosotras en su lugar a poner un poco de
orden, porque Él parece estar siempre demasiado ocupado.
La réplica de Anna hizo mella en la molinera, que
rompió a llorar desconsolada.
—Mi
marido ha pecado. Yo lo sé. Y el Señor también. He rezado sin descanso todos
estos días, y entregado buenos cuartos al señor cura de Cangas por todas las
que ofendió. Estamos en paz con Dios, porque Garduño se ha confesado y le han
concedido la absolución de sus pecados. Os lo ruego… ¡Tened piedad!
Anna se adelantó un paso hacia ella, levantando la
voz con desprecio.
—¿Piedad?
La piedad no tiene sitio aquí esta noche. ¿Rezabas también mientras escuchabas
nuestros gritos de auxilio? ¿Rezabas las noches que le admitías en tu lecho
cargado de arañazos después de forzarlas?
—Una
mujer debe obedecer a su marido —dijo
ella tratando de defenderse, bajando la mirada avergonzada.
Anna estalló, encolerizada:
—¡Te
equivocas, Cándida! Una mujer debe obedecer a su instinto. A su sentido común,
a su pueblo, a su compasión como hembra…
Garduño se revolvió sobre el lecho, comenzando a
balbucear, aterrorizado.
—¡Yo no
quería, Cándida! ¡Eran ellas, que se portaban como busconas y se me abrían de
patas! Siempre he sido un hombre débil, tú lo sabes, pero cualquier otro hombre
hubiera hecho lo mismo… Estáis
levantando mucho alboroto por nada… Ya sabéis cómo se comportan las niñas
cuando se asustan…
Anna le respondió con suavidad, pasando el dorso de
la mano por su cara haciendo un amago de bofetada:
—Hace
tiempo que he dejado de ser niña, y hay que estar muy ciego para creer que
estoy asustada.
Acto seguido señaló el pellejo de cabra, sin
apartar la mirada de la molinera, que se deshacía en lágrimas.
—A ti te
hago responsable de sus abusos. Yo creo que no se merece partir con la caricia
del tejo. Esta pomada le hará sentir en su piel el resquemor de tantas lágrimas
vertidas. Los dioses le han juzgado y condenado, pero de tu buen juicio
dependerá que tenga una muerte rápida o cargada de sufrimientos. El molino estará
mejor atendido sin él —añadió
Anna con sencillez—, y a ti
no han de faltarte pretendientes, aunque aún no hayas sido bendecida con la
maternidad. Este lugar ha de ser un lugar de paso, de convivencia y de
comercio, no de abusos, engaños y miedo. Nuestros dioses, que nada tienen que
consultar al tuyo, han decidido que ninguna mujer vuelva a cruzar esa puerta
temiendo que haya de pagar con su cuerpo.
La molinera meneaba la cabeza desesperada, incapaz
de aceptar la responsabilidad que se escondía tras las órdenes de la joven
hechicera.
—No te
pido que le quites la vida por mí, ni porque yo le tenga rabia —añadió conciliadora la
muchacha—. Te pido
que lo hagas porque es lo justo, y te quiero dar la oportunidad de enmendar tus
faltas siendo tú la que restablezcas el equilibrio. Tú decidirás la forma en
que se vaya, y su sacrificio salvará a muchas otras de pasar por las mismas
circunstancias. Te lo diré como un cura, si así lo prefieres: «A cada gochín la llega su Samartín».
Cuando salían de la casa, Anna aún temblaba, pero
no de miedo. Una sensación desconocida había despertado en ella esa noche. Era
algo instintivo, primario, cruel pero agradable. La anciana trazó una espiral
sobre el suelo mientras sentenciaba.
—Con este
acto te has ganado el respeto de nuestro pueblo. No nos queda mucho tiempo;
hace lunas que siento que mi luz ya se apaga. Todo en mí está preparado para
partir al otro lado, pero debemos dejarlo todo bien dispuesto para mi sucesión.
Los oráculos estaban en lo cierto, neña,
ya estás preparada para ser la nueva Guardiana.
