viernes, 10 de abril de 2026

LA PRIMERA SANTA. CAPITULO SEIS. El Samartín.

 


Samartín: a principios de noviembre se celebraba en los pueblos astures una festividad tradicional, basada en el sacrificio de un cerdo cebado con bellotas, castañas. Exigía la colaboración de toda la comunidad, y aseguraba el aprovechamiento de la carne durante una larga temporada. 






CAPÍTULO 6

EL SAMARTÍN

 

Ladera oriental del monte Mofrechu, 11 de noviembre del año 713 d. C.

 

La niebla aún no se había levantado cuando Dana detuvo a la niña con un gesto seco. Entre ellas se había establecido una simbiosis tan profunda que eran capaces de entenderse sin palabras. Ya había pasado casi un cuarto de luna desde el Samaín, y la niña aún no se había recuperado del todo. Llevaba varios días sin apenas probar bocado, y su vitalidad habitual todavía no había regresado por completo. Corría más despacio, y se reía menos. Dana no dejaba de repetirle que era lo habitual cuando se hacía uso de la magia.

Esa mañana se habían levantado con las primeras luces del alba a recoger hierbas y plantas, pero algo había alertado a la hechicera, que se llevó el dedo índice a los labios, entornando la cabeza en dirección a unos densos matorrales. Anna obedeció en silencio hasta adelantarla.

¿Qué ves? preguntó la vieja.

Pasos recientes, abuela. Dos personas. Bajaron por aquí al oscurecer, cuando aún no había caído la noche. Corpulentos, y cargados con algo pesado. Podrían ser herramientas o armas…

¿Cómo lo sabes?

Sus huellas aún están húmedas, y las árgomas no han sido aplastadas por el peso de las pisadas, sino que han sido cortadas con algún objeto afilado. Uno de ellos cojea de la diestra; el surco de su pisada es más profundo y alargado. Yo me atrevería a decir que han sido Sabino y su hijo Evelio, acortando camino en dirección a su cabaña de Costadova. Esta noche la niebla ha bajado pronto, y supongo que no han querido correr el riesgo de quedarse atrapados en medio del monte. Creo que estos días andaban con mucha faena herrando a unos caballos en la zona de Corao.

La anciana asintió desviando la mirada con orgullo, pero sin adular a la chiquilla. Las mujeres con sus habilidades no estaban acostumbradas a premiar con palabras lo que otras antes que ellas habían entendido siempre como una obligación.

Si no sabes quién cruza tus tierras no te mereces la responsabilidad de protegerlas. Recuérdalo siempre, neña.

Dana emitió un suave silbido, y un pequeño lobezno apareció de la nada, olfateando nervioso en todas direcciones. La niña le pasó la mano por el lomo, y el animal se arrastró por el suelo ofreciéndole la barriga entre gañidos excitados. La anciana le premió con un trozo de corteza de queso, que el cachorro engulló de un solo bocado, volviendo a desaparecer entre los bardiales.

No debería haberlo alimentado. En su naturaleza está buscarse sus propias presas, pero ya ves que todas tenemos nuestras debilidades… Algún día será el macho dominante de una manada, pero le pasa lo que a nosotras, neña… Los dioses han decidido que se críe en solitario. Eso le hará más fuerte e independiente y agudizará su ingenio. En estos montes prevalece siempre la ley del más fuerte.

La niña se quedó unos segundos pensativa, preguntándose si, además de haber perdido a su madre, ese cachorro no habría perdido además a su abuela. Sintió una enorme lástima. La anciana no le dio tiempo a más cavilaciones, porque enseguida añadió:

Nosotras no podemos convivir con la gente normal, Anna. Somos como los lobos solitarios. Nuestro modo de vida es distinto, y algún día tú también serás feliz viviendo alejada de los poblados, porque aprenderás a saber dónde buscar los infinitos recursos que la naturaleza nos ofrece. No te hará falta nunca suplicar caridad, como hacen los mendigos o los comediantes, ni se te permitirá exigir donativos de ningún tipo, como las matronas o los curanderos. Nuestra labor es altruista. Estarás por encima de todo eso, Anna, serás tan fuerte que serás capaz de mantener tu independencia sin ayuda de nadie.

La niña escuchaba sin afectarse demasiado, habituada a los largas y aburridas peroratas de su abuela. En los últimos meses, además, su mensaje ya le estaba resultando demasiado recurrente y aburrido. Aun así, trató de disimular, poniendo buena cara. La anciana continuó con sus indicaciones, inalterable:

Ahora ya no eres una cría, y lo que se espera de ti en el futuro pondrá tu salud y tu cordura a prueba a diario, neña. Yo estoy aquí para guiarte, pero tendrás que endurecer tu mente y tu cuerpo, y en eso yo no puedo ayudarte, has de hacerlo tu sola. Muchas veces te he contado los sufrimientos que padecí cuando traje al mundo a Briana sin ayuda de nadie, para que entendieras que, en tu caso, al igual que me sucedió a mí, la maternidad no te supondrá solamente un riesgo físico. Las mujeres como nosotras estamos obligadas a viajar en completa libertad, haciendo acopio de los ingredientes necesarios para mantener la salud de los nuestros. No podrás tener marido, ni hijos, porque eso exige cargos familiares y someterte al control de un solo hombre, pero eso ya lo entenderás más adelante por ti misma.

La anciana tanteó los matorrales con su bastón, apartando los matojos hasta quedar satisfecha. Entonces se agachó con gran esfuerzo para apartar una gruesa capa de musgo, dejando al descubierto una gran roca hincada a la tierra. La superficie más lisa de la piedra estaba marcada con una serie de líneas y espirales desdibujadas por el paso del tiempo.

¿Ves esto? preguntó.

Es un mojón, abuela indicó Anna un poco chasqueada—, y marca las lindes de nuestros pastos, porque lleva las marcas de las nuestras.

Cierto, es un mojón. Para muchos, no es más que una simple piedra, pero en nuestro mundo esto marca antiguos acuerdos. Esta piedra le recuerda a todo el mundo quién tiene derecho a subir el ganado aquí. Es un título de propiedad.

La niña asintió con indiferencia, pisoteando unos erizos de castañas con hastío. Llevaban toda la semana subiendo al monte con esa misma monserga y ya sabía lo que vendría a continuación: «Te entreno porque llegará el día en el que hayas de enfrentarte a unos extranjeros que no entenderán esta tierra, alguien tendrá que explicárselo o usar sus poderes contra ellos. Tienes que poner mucha atención en esto y en aquello…».

La anciana meneó la cabeza un poco contrariada, pero no dijo nada, reanudando la marcha a buen paso, de manera que no tardaron en llegar a lo alto del Mofrechu. La niña se tuvo que esforzar a fondo para aguantar el ritmo de su abuela, porque Dana, a pesar de su edad y su cojera, aún podría competir caleyando con cualquiera de los pastores de Brigantia.

Desde la cumbre del Joyadongu se divisaba la comarca entera, amaneciendo envuelta en volutas de niebla. El sol arrancaba reflejos dorados allí donde se ensanchaba el río Sella al encuentro con el mar Cantábrico.

No hay mayor esclavitud que vivir rodeada de paredes, neña… Cierra los ojos, y escucha lo que nos susurra el viento… ¿Puedes sentir el olor del salitre, viajando desde el nordeste? Desde aquí puedes otear el horizonte en todas direcciones, anticipando las corrientes de aire perniciosas. En los valles viven desorientados, cercados por muros de piedra, techos de adobe y paja.

Ven, acércate al precipicio. No tengas miedo.

La anciana le cedió el hueco en el saliente más elevado de la peña, señalando con su báculo hacia el norte, donde las montañas se suavizaban como lomos de vacas dormidas.

En esa dirección está la sierra del Cuera. Y un poco más allá, Peña Tú. Cuando bajes allí, no hables. Descifra lo que otros dejaron grabado en la piedra, y cuando hayas satisfecho tu curiosidad, ofrécele algo a cambio. Es un mojón mágico, en el que aparecen reflejados ciertos presagios. Está custodiado por un antiguo dios de la guerra. Que no te intimide su carácter belicoso; se comporta así porque guarda los hitos más relevantes de nuestro linaje Te servirá de calendario en caso necesario. Aprenderás a entender sus símbolos sin que nadie tenga necesidad de explicártelos. Algún día tú misma dejarás tu propio mensaje grabado para dar instrucciones a las que hayan de sucederte.

Anna asintió con gravedad, anotando mentalmente todo cuanto le decía la hechicera, que se volteó en dirección al monte Auseva.

L’Oyu el agua —dijo señalando a sus espaldas—. El lugar donde todo nace. Ahí fui yo engendrada. La mayor fuente de poder de nuestra estirpe. Ahí conectarás con tu feminidad, porque es el vientre mismo de la Madre. Aprenderás a leer los presagios de las aguas, y podrás negociar con la Señora de las Xanas, con la que compartimos refugio ahí en la época de los calores estivales. De su manantial puedes hacer acopio de un agua tan pura que puede limpiar maldiciones, y en la poza del Chorrón abundan las piedras de rayo.

Sin darle tiempo a responder, la anciana señaló un poco más al sur, anunciando con gesto solemne:

El dolmen de Cangas. Es un lugar de descanso. Entra solamente cuando te encuentres muy cansada. En lo más profundo de la cueva reposan protegidas por el poder del fuego las cenizas de varias generaciones de Guardianas. Es un lugar de gran poder mágico. Puedes usar su barro para sanar heridas infectadas, igual que en el Monsacro. Es un lugar de conexión con el mundo de los muertos. No te quedes mucho tiempo en ninguno de ellos. Son solamente lugares de paso. Hazles saber de tu presencia, pero no reclames su propiedad. Una guardiana no puede hacer suyos por la fuerza portales que no le hayan sido reclamados.

¿Y después? preguntó Anna un tanto desconcertada.

Después, cuidarás nuestro legado: la Cova de la Donna... Si te fijas con atención verás que te he señalado los cuatro elementos básicos de nuestro poder. En el norte puedes invocar la fuerza de la piedra. Arrancando una lasca de cuarcita obtendrás el don de la Visión, y podrás ver al enemigo antes de que este llegue. En el Oyu La Madre tendrás a tu disposición el poder de la Adivinación. Si lo unes a la tierra del Dolmen de Cangas obtendrás la Sanación…

Abuela… susurró Anna entusiasmada—. ¡En nuestra cueva se cierra el círculo!

En efecto, mi neña… Nuestra cueva del monte Auseva es el eje del mundo. En ese lugar está escrito que el agua se ha de trasformar en sangre cuando los cuatro caminos se fundan en uno solo. ¿Recuerdas la canción que te repetía cuando apenas sabías andar, aquella que me transmitió a mí mi abuela?

La niña comenzó a tararear: «Que la piedra mire al mar, y el muertu guarde el llar; que el agua rebote en la peña, y el aire de la cueva te faiga la dueña».

La abuela continuó: «Nacerá un pueblu de buena xente, una raza que mirará de frente, pero guárdate bien de aceptar un tratu, que, si a la montaña la callan, secarase el regatu».

La anciana meneó la cabeza, como si estuviera saliendo de un profundo trance y empujó a su nieta ladera abajo hasta llegar a una hondonada que se adentraba en las profundidades de la tierra. Los aldeanos lo llamaban la Cueva Negra. Ya habían estado allí en otras ocasiones, pero nunca en esa época del año.

Tenemos mucho trabajo por delante, neña… Vamos, no perdamos más tiempo.

Anna estaba acostumbrada a los cambios de humor de su abuela lo que ellas llamaban alloriadas, pero arrugó el entrecejo cuando reconoció varios objetos envueltos en pieles. Había cuerdas trenzadas, tablillas de distinta madera y cuencos de semillas entremezclados. Se avecinaba otra lección de cosas aburridas.

Nómbralos ordenó su abuela.

Anna se arrodilló, ladeando el cuerpo para permitir que un hilo de luz se colase por la oquedad de la cueva.

Escanda, mijo, cebada, centeno…

¿Cuál más echas en falta?

El trigo blanco, abuela.

Exacto afirmó con rotundidad la vieja—, el trigo blanco; y no está ahí porque se siembra en las tierras del sur. Los granos no se mezclan al azar. Cada uno tiene su lugar, su estación y su tiempo de cosecha. La escanda y el centeno se ofrecen a los que desarrollan las tareas más penosas en la aldea, porque ofrecen mucha fuerza; el mijo a los niños, porque ayuda al crecimiento y es de fácil digestión; y la cebada, cuando hay especial abundancia, al ganado, para premiarlo por su esfuerzo.

Satisfecha con la primera de las pruebas, la anciana extendió por el suelo el contenido de un saquito de cuero que llevaba siempre prendido a su refajo.

Nómbralos sin tocarlos indicó.

Valeriana silvestre, beleño, muérdago, cirigüeña, belladona, saúco, raíz de zarza macho…

Continúa rezongó la anciana. A mí también me parece muy aburrido, pero es muy importante, concéntrate. De ésa que tienes ahí delante ya hemos hablado en infinidad de ocasiones… ¿Qué es lo que te dije de esa planta?

«Si supiera la casada para qué sirve la ruda, trasnocharía y madrugaría para recogerla en cada luna» —recitó la niña.

En efecto, Anna… La ruda favorece el sangrado femenino, y gracias a ella podemos nosotras ser capaces de decidir dónde, cuándo y con quién decidimos quedar preñadas. Que no se te olvide jamás, porque tu posición te exigirá que escojas un buen semental. Hay otra canción muy graciosa acerca de la ruda… «El secreto de la ruda bien lo guarda la soltera, que disfruta de la alcoba hasta la edad casadera»

La hechicera mostró un par de dientes picados al esbozar una sonrisa cargada de picardía. Hizo un gesto a la niña para que se acercase, bajando la voz como si le fuese a continuar contando algo más subido de tono y divertido. Anna se hizo un ovillo entre los pliegues de su sayo y se dejó acariciar el pelo.

Te voy a contar una historia muy antigua. Tan antigua que mi abuela ya la sabía por otras anteriores a ella…

Anna palmoteó, excitada, aguantando la respiración mientras le daba tiempo a poner en orden los recuerdos a su abuela, que se aclaró la voz antes de comenzar:

El urogallo es un animal extraordinario. No nació como lo vemos ahora, pero muy pocos lo recordarán. Su nombre procede del uro, la bestia más fuerte que estos montes hayan conocido jamás, tan salvaje que prefirió la extinción antes que verse sometido a ningún yugo.

¿Y lo de gallo? añadió la niña, divertida—. No parece muy grandioso ni extraordinario.

No te equivoques, Anna. El gallo es el único animal que se permite anunciar la llegada del día sin pedirle permiso a nadie. ¿Te parece poca cosa?

Anna asintió en silencio, dejando continuar a su abuela.

El urogallo, neña, no busca compañía como otros animales. No acecha ni persigue a las hembras, ni las somete con violencia. Cuando llega su momento, sube al claro más alto del bosque, allí donde nadie puede esconderse, y canta…

La niña abrió mucho los ojos, visiblemente interesada.

Canta hasta quedarse sin voz, y mientras lo hace se muestra fuerte y seguro, a pesar de estar en una posición tan vulnerable. No le importa que los depredadores puedan escucharle. La hembra se acerca cuando ella quiere, atraída por su canto. Entonces comienza la danza. El urogallo abre el pecho, despliega las alas y golpea el suelo con las patas. No espera respuesta, porque sabe que su llamada ya ha sido aceptada. Cuando su pareja acude, camina a su lado, no delante ni atrás, y se mueven sincronizados girando en círculos cada vez más estrechos mientras baten las alas generando una vibración rítmica. Esa danza es su ritual de creación, y no hay nada más sagrado en nuestra familia que la imagen de la espiral y las plumas del urogallo. Nosotras somos como el urogallo, Anna. Llevamos una vida solitaria, pero cuando creemos llegado el momento, nos aparejamos, sin violencia, sin ataduras, sin promesas ni obligaciones.

La niña se levantó de un brinco, entusiasmada, golpeando con los pies en el suelo y girando sobre sí misma, tal y como lo haría un urogallo. La anciana aporreó el suelo con su bastón, marcando el ritmo que le pareció más adecuado. Cuando Anna menos se lo esperaba, sacó de entre los pliegues de su túnica un cuerno de uro, que sopló con delicadeza. Varias sombras en el fondo de la cueva respondieron agitándose. Dejó bailar a la muchacha hasta que esta se dejó caer de nuevo a su lado, exhausta.

Nosotras honramos su presencia desde tiempos inmemoriales, neña, porque al igual que el ave, hemos heredado la independencia y la fuerza del uro, y la voz del gallo. Por eso no es un animal de rebaño, ni de corral… Le gusta vivir en soledad, como a nosotras. Hay muchas otras con nuestras mismas habilidades, pero ninguna tan poderosa. Descendemos de una línea primigenia. Somos principio y final. Con nosotras se cierra el círculo, por eso somos las guardianas del portal con más poder de todos: la Cova de la Donna…

 

Después de ese momento de recreo todo fue más fluido entre las dos. Se pasaron el resto de la tarde entretenidas sonriendo, cortando raíces con cuchillos de hueso y preparando toda suerte de ungüentos, reconociendo a través de todos sus sentidos los ingredientes más variopintos: grasa de oso, guano de murciélago, sangre menstrual, ojos de sapo, veneno de sacavera

Todo lo que es capaz de curar, también es capaz de matar; todo depende de las dosis y el conocimiento que se tenga. Vas a tener que asumir la responsabilidad de escoger a quién sanar y a quién arrebatarle la vida. Las hierbas venenosas no siempre castigan, a pesar de su mortal poder. Has de dominar este arte hasta que sepas cuáles han de untarse y cuáles han de prepararse en infusión. Es el cuerpo el que decide en qué forma ha de aceptarlo.

 

Fue al declinar la tarde cuando decidieron llegado el momento de enfilar en dirección a Les Canaliegues. La niña se encargó de cubrir los rastros de su paso, camuflando la entrada de la cueva con árgomas, y su abuela se asomó de nuevo al borde del precipicio para asegurarse de que no se encontrarían a ningún aldeano indeseado en su descenso.

Hay caminos que no aparecen en los mapas de los hombres, Anna. Pasos de bestias; cañadas utilizadas por los animales en sus desplazamientos en busca de alimento y agua. Desde aquí, si te fijas con atención, puedes reconocerlos para hacerlos tuyos. Memorízalos, porque son siempre los mismos, y aunque estés perdida en medio de la niebla más densa te indicarán la dirección en la que puedes ponerte a salvo. No temas que cambien, porque los animales, igual que los hombres, se mueven por costumbre. Transmiten sus conocimientos de generación en generación, y solo sobreviven los más fuertes e inteligentes. Eso les hace mejorar como especie, evolucionando en cada ciclo reproductivo. La propia Madre se encarga de mantener el equilibrio entre los depredadores y sus presas. Nosotras somos sus ojos, sus oídos y, si las circunstancias lo justifican, también su voz.

 

Estaba cayendo la noche cuando llegaron a la casa de Garduño. El molino llevaba varios días parado sin dar servicio, pero el horno en su casa nunca se apagaba. Su mujer se esmeraba en cocinar a su marido los más exquisitos panes y dulces, pero el molinero se negaba a probar bocado. El desgraciado estaba muy desmejorado. Aseguraba entre gemidos que no era capaz de escapar de una pesadilla en la que sueño y realidad se entremezclaban impidiéndole el descanso.

Lo cierto es que no eran pocos los que deseaban sin disimulo que su mal de ojo fuera capaz de cumplir su cometido, especialmente los que no tenían permiso para moler allí y los que acumulaban retrasos en los pagos.

La realidad era que Garduño, en lugar de mejorar, empeoraba. Su piel se había vuelto traslúcida, y sus ojos brillaban como brasas encendidas, incapaces de enfocar su vista en nada. Un temblor ingobernable se había adueñado de sus extremidades, y no controlaba sus esfínteres. La comida decía que le sabía a cenizas y a serrín empapado de meados.

Su mujer, devota sierva cristiana, desbordada por el llanto, había dejado ya de rezar, convencida de que algo muy malo tenía que haber hecho el molinero para merecer ese castigo de Dios. El mismísimo cura de Cangas ya se había acercado días antes para administrarle los óleos de la extremaunción, a petición del interesado, que había decidido confesarse porque, según afirmaba, cada vez que cerraba los ojos sufría la misma pesadilla. El molinero las veía: mujeres. Jóvenes, maduras, algunas incluso viejas, desnudas de cintura para arriba; pero no se aparecían como él las deseaba en sus fantasías más recurrentes y depravadas, sino silenciosas, con los brazos cruzados sobre el pecho, juzgándole y condenándole desde la oscuridad.

 

Anna y su abuela entraron al piso superior trepando por la parte de atrás, sin hacer apenas ruido. Toda la estancia olía a mugre y a encierro. El aire, viciado, desprendía un desagradable hedor a sudor rancio y excrementos. Garduño reconoció a Anna, lamentándose con un quejido seco.

Tú, bruja malnacida… A ti te debo este sufrimiento. Desde que pasaste por aquí no duermo, ni pruebo bocado. Puedo sentir cómo me miran. Son cientos, miles de ellas, y se ríen de mí a carcajadas. Me clavan astillas de madera en los ojos en cuanto cierro los párpados.

Mírame y déjate de lloriqueos ordenó la niña.

No voy a suplicarte, guaja…

Tampoco yo vengo a pedirte que lo hagas. No me gusta perder el tiempo.

El molinero no le quitaba el ojo de encima, aterrorizado. Ella sonreía, consciente de su superioridad. Con gesto ceremonioso, extrajo de uno de los bolsillos interiores de su manto una vejiga de cabra, de la que asomaba un poco de pomada, y la colocó sobre una esquina del jergón de paja. Un olor amargo invadió la estancia. Su abuela la observaba con curiosidad, vigilando a Garduño por el rabillo del ojo, con el mismo desprecio con el que un gato observaría a un topo ciego saliendo de su madriguera a respirar.

La niña llamó entonces a Cándida, la molinera, que se santiguó al verlas. Subía a la carrera, tropezando por las escaleras, con un pañuelo negro mal atado en el moño, y las manos enrojecidas de fregar sin descanso las estancias de la casa a fin de espantar los malos humores.

—¡Por Dios bendito! —exclamó. ¡Nadie os ha hecho llamar! Tened piedad, os lo ruego…

El molinero quiso protestar desde su lecho, pero el miedo dejó su protesta reducida a un gruñido ininteligible. Cándida se desplomó, agotada.

Dios castiga, pero también perdona… gimoteó arrodillándose ante ellas mientras alzaba un pesado crucifijo de plata.

No creo que hubiese sido de mucha utilidad que fuera Dios el que hubiera venido a visitaros esta noche; los cristianos siempre estáis rezando en busca de milagros que nunca llegan, pero hemos venido nosotras en su lugar a poner un poco de orden, porque Él parece estar siempre demasiado ocupado.

La réplica de Anna hizo mella en la molinera, que rompió a llorar desconsolada.

Mi marido ha pecado. Yo lo sé. Y el Señor también. He rezado sin descanso todos estos días, y entregado buenos cuartos al señor cura de Cangas por todas las que ofendió. Estamos en paz con Dios, porque Garduño se ha confesado y le han concedido la absolución de sus pecados. Os lo ruego… ¡Tened piedad!

Anna se adelantó un paso hacia ella, levantando la voz con desprecio.

¿Piedad? La piedad no tiene sitio aquí esta noche. ¿Rezabas también mientras escuchabas nuestros gritos de auxilio? ¿Rezabas las noches que le admitías en tu lecho cargado de arañazos después de forzarlas?

Una mujer debe obedecer a su marido dijo ella tratando de defenderse, bajando la mirada avergonzada.

Anna estalló, encolerizada:

¡Te equivocas, Cándida! Una mujer debe obedecer a su instinto. A su sentido común, a su pueblo, a su compasión como hembra…

Garduño se revolvió sobre el lecho, comenzando a balbucear, aterrorizado.

¡Yo no quería, Cándida! ¡Eran ellas, que se portaban como busconas y se me abrían de patas! Siempre he sido un hombre débil, tú lo sabes, pero cualquier otro hombre hubiera hecho lo mismo… Estáis levantando mucho alboroto por nada… Ya sabéis cómo se comportan las niñas cuando se asustan…

Anna le respondió con suavidad, pasando el dorso de la mano por su cara haciendo un amago de bofetada:

Hace tiempo que he dejado de ser niña, y hay que estar muy ciego para creer que estoy asustada.

Acto seguido señaló el pellejo de cabra, sin apartar la mirada de la molinera, que se deshacía en lágrimas.

A ti te hago responsable de sus abusos. Yo creo que no se merece partir con la caricia del tejo. Esta pomada le hará sentir en su piel el resquemor de tantas lágrimas vertidas. Los dioses le han juzgado y condenado, pero de tu buen juicio dependerá que tenga una muerte rápida o cargada de sufrimientos. El molino estará mejor atendido sin él añadió Anna con sencillez—, y a ti no han de faltarte pretendientes, aunque aún no hayas sido bendecida con la maternidad. Este lugar ha de ser un lugar de paso, de convivencia y de comercio, no de abusos, engaños y miedo. Nuestros dioses, que nada tienen que consultar al tuyo, han decidido que ninguna mujer vuelva a cruzar esa puerta temiendo que haya de pagar con su cuerpo.

La molinera meneaba la cabeza desesperada, incapaz de aceptar la responsabilidad que se escondía tras las órdenes de la joven hechicera.

No te pido que le quites la vida por mí, ni porque yo le tenga rabia añadió conciliadora la muchacha—. Te pido que lo hagas porque es lo justo, y te quiero dar la oportunidad de enmendar tus faltas siendo tú la que restablezcas el equilibrio. Tú decidirás la forma en que se vaya, y su sacrificio salvará a muchas otras de pasar por las mismas circunstancias. Te lo diré como un cura, si así lo prefieres: «A cada gochín la llega su Samartín».

Cuando salían de la casa, Anna aún temblaba, pero no de miedo. Una sensación desconocida había despertado en ella esa noche. Era algo instintivo, primario, cruel pero agradable. La anciana trazó una espiral sobre el suelo mientras sentenciaba.

Con este acto te has ganado el respeto de nuestro pueblo. No nos queda mucho tiempo; hace lunas que siento que mi luz ya se apaga. Todo en mí está preparado para partir al otro lado, pero debemos dejarlo todo bien dispuesto para mi sucesión. Los oráculos estaban en lo cierto, neña, ya estás preparada para ser la nueva Guardiana.


 


jueves, 9 de abril de 2026

LA PRIMERA SANTA. CAPITULO CINCO: LA NOCHE DE HONRAR A LOS MUERTOS.

 


SEGUIMOS AVANZANDO... DANA YA ES CONSCIENTE DE SU RESPONSABILIDAD. AHORA ES EL CASTRO DE BRIGANTIA, PERO... RECORDEMOS QUE NOS MOVEMOS EN UN PERÍODO HISTÓRICO MUY CONVULSO...





CAPÍTULO 4

LA VÍSPERA DEL SAMAÍN

 

Castro de Les Becerreres, finales de octubre del año 713 d. C.

 

En Brigantia, al contrario de lo que estaba sucediendo en otras zonas situadas al sur de Hispania, nada hacía peligrar aún el ciclo vital de los habitantes de las aldeas. Las cosechas habían sido atendidas y el ganado había medrado de manera satisfactoria en los pastos de verano. Ese año había resultado especialmente abundante la cosecha de nueces y castañas, que se apilaban de manera ordenada en los baldes más altos de los graneros, a buen recaudo de los ratones.

Corría el año 713, y mientras Anna crecía instruyéndose bajo la atenta supervisión de su abuela Dana, comenzaban a llegar con creciente urgencia los rumores de una guerra todavía lejana. A las luchas de poder habituales entre los señores de la zona se había sumado recientemente la peligrosa amenaza de un ejército invasor extranjero, que había borrado de un plumazo en Toledo a todos los representantes del poder visigodo. Muchos culpaban de esa situación al hasta entonces obispo de Sevilla, Oppa, hermano del difunto rey Witiza. Su búsqueda de apoyos en la lucha de su sobrino Akila por la sucesión al trono visigodo contra el rey Rodrigo había favorecido el cruce de numerosas tropas de origen bereber a través del estrecho de Gades. Las tropas mahometanas, comandadas por Tariq Ibn Ziyad y su lugarteniente, Munuza, avanzaban con rapidez aprovechando las viejas calzadas romanas sin encontrar apenas resistencia.

Los mercaderes y pastores trashumantes aseguraban que, por fortuna, los sarracenos se habían quedado estancados en las proximidades de Astúrica Augusta, merced a las oportunas ramificaciones de los pasos de puertos de montaña en la zona del territorio astur. Muchos daban gracias a Dios mientras rezaban en silencio, pero el atasco del ejército invasor no obedecía a ningún mandato divino, sino que era una simple cuestión de fortuna: las vías de La Carisa y el Camín de la Mesa se estrechaban a medida que avanzaban hacia el norte, haciendo muy difícil el movimiento de grandes contingentes armados.

El miedo hacía que muchos comerciantes comenzaran a esconder sus mercancías, provocando una recesión en el comercio, y el creciente belicismo enardecía las cada vez más frecuentes disputas taberneras. Era cuestión de tiempo que los sarracenos solventaran sus problemas logísticos y no escaseaban los nobles que decidían emigrar a las montañas del norte buscando refugio y protección.

Las noticias que llegaban a las zonas rurales, alejadas de los centros de gobierno e información, eran confusas, pero tenían un argumento en común: ciudades tomadas sin resistencia, nobles que juraban vasallaje a los nuevos señores de la guerra a cambio de tributos…

La crispación política se reflejaba en las actividades de todos los hogares dispersos por los valles astures, que no eran ajenos a los peligros que supondría la llegada de unos nuevos amos. Como matriarcas de Brigantia, Dana y su hija, Briana, no eran una excepción. A ellas también las estaba afectando esa incertidumbre. Tanto, que sus conversaciones se habían ido enquistando de manera progresiva, incapaces de establecer de mutuo acuerdo una estrategia a seguir. Sus experiencias como gestoras del autosuficiente castro de Brigantia nunca habían contemplado el pago de tributos a ningún señor, ya fuera un jefe tribal, un noble godo o un descendiente de romanos con avaricia. La supervivencia de su pueblo dependía, como siempre había sido, de la prosperidad de sus tierras y una guerra era lo que menos falta les hacía en esos momentos. Pero más que nada les pesaba la responsabilidad. Ellas no eran mujeres corrientes. Descendían de una respetada estirpe de Guardianas… Sabían que sus decisiones no tardarían en ser imitadas por sus vecinos, afectando al resto de poblados diseminados por la comarca. De ahí que sus desavenencias vinieran motivadas, en gran medida, por el impacto que sus acciones pudieran tener en el pueblo.

Fue Briana la que inició la conversación, absorta en sus pensamientos mientras revolvía la calderada de cordero con un palo de avellano. El delicioso aroma se escapaba ligado con los vapores, provocando en la anciana gruñidos de estómago involuntarios.

Creo, madre, que lo más conveniente sería hacer acopio de víveres; pero si lo ordena usted podrían entenderlo como una advertencia de la Gran Madre. En el castro ya están acostumbrados a mi prudencia habitual, pero su presencia en el valle siempre provoca nerviosismo. Muchos hablan de hacer nuevos sacrificios a los dioses, en previsión de una tragedia. Además continuó con tono arisco—, ha bajado usted del monte acompañada de mi hija. Muchos le tienen miedo a la niña. Murmuran que ella es la razón de todo, que su nombre va unido a esta guerra desde el mismo momento de su alumbramiento.

No metas a Anna en esto. Los aldeanos siempre murmuran cuando tienen miedo y más aún cuando están desocupados. Deberían estar más preocupados por los preparativos del amagüestu que por la presencia nuestra aquí en Brigantia. Además, si dejan de confiar en el mensaje de los antiguos, no creo que tengan cabida en estos muros, y eso es responsabilidad tuya, hija mía…

Yo no gobierno espíritus, madre. Eso lo dejo para las que habéis sido bendecidas con el dedo de la Madre. Yo me preocupo de las bocas que alimentar y de los turnos de siembra y pasto. Lo que necesitamos ahora, más que nunca, es orden y prudencia, y menos visiones mágicas, leyendas o sacrificios.

A la gente le gusta mucho sacar la lengua a pacer, Briana, y a ti más que a nadie, por lo que escucho… ¡Ah…! Y de ahora en adelante muéstrame un poco más de respeto, que bien sabes el motivo que nos ha traído a nosotras aquí. Esta noche es la víspera del Samaín, así que vete enterrando esta ofensiva indiferencia, que esta noche y la siguiente honraremos a los muertos, y no hay discusión posible. Tú deberías saber mejor que nadie que, para que un pueblo sobreviva, no basta con alimentar a la gente; hay que mantener vivas las tradiciones.

Lo siento, madre… Estoy un poco ofuscada. Tenemos mucho ganado todavía por los montes, en los pastos de verano, y Taranio...

La frase quedó suspendida en el aire, porque un ladrido lejano fue contestado por un toque de cuerno en lo alto de la montaña. Briana pegó un brinco, alejándose a grandes zancadas en dirección al umbral de la cabaña. Desde allí oteó nerviosa los alrededores del castro: los vigías se mantenían en sus puestos, patrullando el cercado de piedra que rodeaba las cabañas circulares, las tenadas, las cuadras y los graneros. No había movimiento en las cañadas que conducían a los pastos de montaña, pero tampoco en las trochas que descendían hacia el valle formando intrincadas encrucijadas. La niebla no tardaría en hacer acto de presencia con el atardecer.

La anciana balanceó el peso de su cuerpo, acurrucada frente al llar, pero no respondió de inmediato. Se limitó a escuchar también el sonido metálico de un cencerro lejano, tratando de ponerle nombre al propietario de ese ganado.

Sé lo que estás pensando, hija mía: Taranio y los suyos ya tendrían que haber bajado de las tierras altas. Tenemos mucho ganado en los pastos de verano, pero no estés nerviosa. Nunca se perderían el Samaín.

Hoy han llegado otros tres refugiados, madre: dos hermanos varones, huérfanos, apenas unos niños, acompañados por una mujer joven que se encarga de hacerles la comida. Dicen que vienen de la meseta; que sus señores han huido primero y que ellos se limitan a seguir su rastro, pero vienen con una mano delante y otra detrás. Les he acogido porque ella está encinta y ya me estoy arrepintiendo, porque no tardará en traer al mundo una nueva boca que alimentar. Les he acomodado en la vieja cuadra del Castañeu del Zardón, haciéndolos responsables de una veintena de ovejas xaldas y tres pitas roxas. Leche y huevos no les han de faltar, ni buenas truchas del río, así que hambre no han de pasar. Además, ellos me dijeron que tenían sobrada experiencia en el manejo de esos animales y se despidieron muy confiados, prometiendo una buena producción de lana y queso, aunque estas tierras sean tan distintas a las que ellos están acostumbrados.

Bien hecho, hija mía. Dales tiempo para que se asienten, aunque sea fuera de la protección de nuestros muros. No serán los últimos en acudir buscando amparo en nuestras tierras, pero eso nos conviene. La Gran Madre ha sido generosa con nosotros estas últimas cosechas y si nada cambia, necesitaremos manos fuertes para la próxima siembra. Además, la familia del noble señor Pelayo tiene muchas tierras desatendidas en la ribera del Sella, y más aún en las cuencas del Piloña: tierras fértiles, llanas y fáciles de trabajar. Seguro que estarían encantados de acoger nuevos sirvientes para sacarles buen provecho.

Estoy preocupada, madre… Ahora somos bastantes para mantener la actividad en el castro, pero, cuando llegue la guerra, ¿quién cuidará del ganado si los hombres son obligados a tomar las armas? ¿Habrá manos suficientes para la siega? Ya lo hemos comprobado con las epidemias de peste: un año perdido es suficiente para condenar a un pueblo a la hambruna y a la muerte…

La anciana meneó la cabeza de manera afirmativa. Ella también era consciente de las dificultades que estaban por llegar. Estudió con atención los posos del cuenco de madera que tenía entre las manos antes de tomar de nuevo la palabra. Su voz dejaba entrever un deje de cansancio.

Yo ya me estoy haciendo mayor y es voluntad de los dioses que a esta guerra le hagáis frente otros.

Después paseó la vista unos segundos por los techos de la casa. De la viga maestra colgaban unas espesas telas de araña, que se movieron a merced de una ráfaga de aire fresco. La anciana esbozó una sonrisa de complicidad y, para enmascarar el gesto, sacó de su refajo un mendrugo que esparció por el suelo. El gesto fue celebrado con gran alborozo por las gallinas, que paseaban indolentes hasta ese momento por la cocina. Un chirrido de insectos, imperceptible hasta ese momento, parecía empeñado en dar la voz de alarma ante la presencia de algún extraño. La vieja tomó aire y continuó:

Hablan ahora por los pueblos y las villas, sin descanso, de ese ejército tan poderoso que ocupa ciudades enteras, haciéndolas rendirse sin ser necesaria la lucha. Anna y yo ya habíamos escuchado el invierno pasado los nombres de algunos de esos generales extranjeros tan difíciles de pronunciar, y no eran comerciantes asustados quienes les nombraban, sino soldados que trataban de salvar los restos del reinado visigodo. Estarás de acuerdo conmigo en que no es buen momento para enemistades entre nosotras, Briana. El pueblo necesita vernos unidas. Esto que se acerca no son cuentos que deban tomarse a la ligera…

Tampoco lo fue Roma para nuestros antepasados, madre, y aun así, aquí estamos.

Dana se revolvió hacia ella, mirándola a los ojos con intensidad.

No es lo mismo, Briana. Roma llegó despacio. Aprendimos a vivir bajo su sombra. Esto es distinto… dicen que, de momento, se limitarán a pacificar las ciudades, exigiendo un vasallaje y un pago de tributos; pero «líbrennos las xanas de las pozas profundas, que de los ríos bravos ya me guardo yo».

Se miraron en silencio. Entre ellas había años de decisiones compartidas, de inviernos superados, de familiares enterrados.

Si hay guerra añadió la hechicera con pesar—, que la habrá, deberíamos acelerar el adiestramiento de la neña. Por todas partes se habla de resistencia, pero resistir siempre suena bien cuando son otros los que ponen los muertos. Nosotras no nos podemos permitir enviar a nuestros hombres a luchar, porque perderíamos las cosechas; así que me parece que lo más conveniente será resistir de otra manera. El castro ha de ser más eficiente que nunca a partir de ahora. Tenemos la responsabilidad de asegurar que haya suficiente ganado los próximos inviernos, que los niños coman y que nunca falte leche en las ubres de las madres.

Eso es fácil de decir para usted, madre. Se olvida que soy yo la que estará aquí si la guerra asoma a nuestros muros. Usted estará emboscada en algún rincón perdido de los montes, rogando por nosotros a los dioses, con Anna a su lado, como ha hecho siempre. ¡Dana, la gran Señora! ¡Dana, la gran Guardiana! ¡Anna, la niña elegida por los dioses! ¡Anna, la sucesora de la gran Guardiana! ¿Y los demás qué?

No esperaba esta aspereza de ti, hija mía, pero pierde el miedo, que cuando vengan los soldados no te buscarán a ti. Antes de venir se cuidarán de estar al tanto de quién manda, quién decide, quién responde… Y esa no serás tú, ni tan siquiera yo… Los que tienen el poder de decidir son ellos, y ellos creen en Anna…

La anciana extendió los brazos, haciendo una reverencia. Después arrojó el líquido que aún quedaba en el cuenco al fuego, que se avivó con intensas llamaradas de tonos azulados.

Siempre has sido débil, hija mía. Aún no han llegado los problemas y ya te estás preocupando, pero no te culpo a ti. Tu padre también era un hombre débil.

No meta usted a ningún hombre en esto, porque nunca se me ha dado la oportunidad de conocerle. Siempre ha sido generosa con todos menos conmigo, madre. Desde mi niñez ha sido siempre lo mismo: un día, una luna, un invierno… Me dejaba instrucciones para hacerme cargo de todo y al momento ya se estaba marchando.

Estamos obligadas a ser lo que somos, hija… Para mí tampoco ha sido nunca un camino de rosas. Ya te dije un ciento de veces que las mujeres como nosotras no podemos yacer con hombres de nuestro mismo castro. La mezcla de sangre entre parientes debilita los humores. Cuando los hijos nacen siempre de las mismas casas empiezan a salir frágiles. Como matrona tú lo has podido comprobar en infinidad de ocasiones: piernas torcidas, cabezas abombadas, cuerpos deformes… Una Guardiana es responsable de la memoria de su pueblo. No nos podemos permitir esa debilidad.

Hay cosas que se hacen por el castro, por la familia… continuó con voz cansada—. Yo también tuve que hacerlo cuando tomé la decisión de ser lo que soy. No me resultó fácil encontrar la simiente adecuada, asoladas nuestras tierras por la peste, pero eso no son cosas que se nombren en voz alta delante de nadie.

Madre… cuando yo era niña escuchaba a las ancianas afirmando que la habían visto copulando en repetidas ocasiones con un macho cabrío en la majada de Cuerres. Fueron muchos años los que viví avergonzada...

La anciana ahogó una carcajada, sonriendo mientras la memoria la acercaba a un momento muy agradable de su pasado.

Si tanto interés tienes te lo contaré… En Cuerres pasé una temporada muy intensa con Sabino, el pastor mayor de los lagos cercanos a la cueva de Nuestra Señora, que no puso ningún reparo en cubrirme a pesar de que yo ya hacía tiempo que había dejado de ser moza. Cabrío no sabría decirte si lo era, pero no te quepa duda de que se portó como un buen macho. Nos gustaba yacer en el prado, desnudos, cubiertos de pieles, pero no quiso nunca separarse de sus rebaños de ovejas y de cabras, y menos aún conocerte. Su debilidad eran sus animales; sentía más apego al monte y a sus rebaños que a una vida en familia encerrado entre los muros de este castro.

Briana iba a protestar, pero la anciana la frenó con un gesto.

Las Guardianas no podemos tener familia. Nuestras responsabilidades nos obligan a movernos libres de ataduras, dispuestas a viajar sin impedimentos. Esa es nuestra condena: debemos acostumbrarnos a vivir en soledad. Anna no será una excepción; ella también deberá hacer grandes sacrificios por el bien de nuestra comunidad.

De nuevo Briana quiso decir algo pero Dana continuó:

No me interrumpas, Briana… Este es un tema que yo creía zanjado contigo hace tiempo… A ti te dimos la opción de escoger, hija mía. A pesar de tu parentesco con Taranio, no nos negamos a tu enlace con él. Era algo positivo para ambos: tú pudiste formar el hogar con el que habías soñado siempre y él ganó autoridad en el castro uniéndose a una mujer poderosa y en edad de darle hijos.

Briana ahogó una lágrima. La anciana había tocado un tema extremadamente sensible para ella. El parto de Anna había quebrado su feminidad y, desde esa noche no sangraba con cada cambio de luna. De nada habían servido los bebedizos ni las oraciones a los antiguos. Su cuerpo había dejado de obedecer. Estaba tan resentida que hacía años ya que no podía mirar a la niña con cariño porque, en su caso particular, la derrota no había sido tan solo íntima; en el castro, la fertilidad era una demostración de fuerza y de equilibrio. Había muchas tierras que trabajar y, para eso, hacían falta muchos brazos en el poblado.

Taranio sabe que Anna no es hija suya, madre… —confesó, ahogando un suspiro de congoja—. Se lo tuve que contar cuando comenzó a exigirme cosas que yo ya no le podía dar. Hace años que soy consciente de haberle perdido, porque mis órganos ya no pueden traer a nadie más; mi cuerpo ya ha cerrado esa puerta. En cuanto puede, se escapa a la peña. Él dice que va a vigilar al ganado, pero vuelve siempre con olor a hembra y la leche de la primera mecida ya cuajada. El monte le ofrece lo que yo ya no le puedo dar.

Briana arrojó un puñado de ramas al fuego. Los maderos restallaron porque eran leños verdes, y se negaban a dejarse vencer por las llamas, ardiendo sin fuerza, limitándose a resistir las embestidas de las brasas, igual que muchas otras cosas en aquella casa.

Dana tardó en hablar, permitiendo que su silencio restara importancia a lo que Briana acababa de decir. Se tomó un tiempo en alisar las arrugas de su toquilla de lana y ladeó la cabeza, asintiendo despacio, como si la debilidad de su hija la hubiese dejado desprotegida a ella.

Eres todo lo que tengo, Briana, y no es poco. Si no eres suficiente para él, ya sabes lo que tienes que hacer. Tu sacrificio no ha sido en balde… Tu fertilidad, a cambio de Anna, me parece un precio razonable. Así funcionan las cosas en el mundo nuestro. La montaña te quitó algo que no podías quedarte, y es justo que ahora se lo ofrezca a otra. Ya lo dice el refrán: «Techo y lecho siempre dejan al hombre satisfecho».

Briana apartó el guiso del fuego, colgando el caldero de una pesada cadena que pendía del techo, a salvo de los ataques de los animales domésticos. Un gato maulló, zalamero, ronroneando mientras se frotaba entre sus piernas. Las telarañas del techo volvieron a temblar de manera casi imperceptible, pero lo suficiente para los entrenados ojos de la hechicera.

Ya puedes salir, neñadijo sin apenas levantar la voz la anciana—. Hace tiempo que sé que nos estás escuchando y, entre nosotras, sabes que no puede haber secretos…

La niña obedeció, saliendo de su escondite avergonzada, arrastrando compungida unos sucios pies descalzos. El suelo se le antojaba de repente más frío y húmedo que nunca. Su madre nunca llorabao al menos ella siempre la había creído incapaz de derramar una lágrima pero había estado a punto de hacerlo, y eso la había enternecido, porque la había hecho más madre que nunca, más humana.

Cuando estaba a punto de reunirse con ellas, la hechicera hizo un gesto que sorprendió a la niña aún más. Dana había extendido la mano, acariciando la frente de Briana.

Que no te vea yo sufrir jamás por ese hombre, Briana susurró emocionada—. Ya hace tiempo que sabemos que Taranio sube a Igena piafando como un asturcón y baja manso y vencido como un mulo viejo, y que es Dulce, esa que llaman la Quesada, quien se ocupa de mecerle la leche…

Briana se pasó el dorso de la mano por los ojos, sofocando un picor que la había pillado desprevenida, y recibió a su hija fundiéndose ambas en un caluroso abrazo.

Anna, hija mía… Sé que algún día sabrás perdonarme, pero no quiero que te sientas culpable de nada. Que no te engañe mi aparente debilidad, porque estoy dispuesta a ser ahora más fuerte que nunca. Algún día tendrás hermanos bastardos, si es eso lo que los dioses han planeado, pero no seré yo quien los alimente. Estoy harta de que las rapazas jóvenes cacareen sobre nosotras, infladas como gallinas cluecas. Eres y vas a seguir siendo mi única hija. Y, además, eres hembra. Nuestro linaje se mantendrá, aunque todos en Brigantia te miren sin acabar de entenderte, porque yo no dejaré nunca de sentirme bendecida con tu presencia. Has nacido con un propósito y no seré yo la que eche por tierra tantos años de sacrificio.

Así me gusta, Briana premió la vieja—, y deja ya de preocuparte, que Taranio está ahora mismo bajando por el colláu de Taraminguera. Esta noche te calentará el jergón, que una cosa es la herencia y otra la jodienda, de la que todos los machos son aficionados. Déjalo que suba y baje a Igena a entretenerse con la Quesada todas las veces que le venga en gana, que el invierno ya está llegando, y los hombres son como los perros: siempre vuelven a donde les ofrecen comida y cama. Mándalo pa la tenada cuando no te apetezca nada con él hasta la primavera y, para entonces, si la cosa no cambia, échalo de casa, y «que tanta paz se lleve como descanso deja».

Dana dedicó un guiño cómplice a su hija, que se limitó a encogerse de hombros, sin acabar de contagiarse por el optimismo de su madre, que continuó hablando con el mismo tono despreocupado.

Las propiedades que tenemos en Brigantia son todas tuyas, Briana, al menos hasta el día que sean de la neña; pero no tengas miedo, que cuando ese pájaro se canse de pasar fame amancebando las ubres de la Quesada, te pedirá volver arrastrándose de rodillas. Ya lo dice el refrán: «Si el casado a la vez quiere yacer y pacer, lo que diga la su muyer».

Escucha, Anna… añadió la abuela, dirigiéndose a la niña sin dramatismos innecesarios—: aún está lejano el día en el que nuestros enemigos crucen el Sella, pero debes estar preparada. Se avecinan tiempos difíciles y es posible que se produzca nuevamente una gran escasez de hombres en las aldeas a causa de la guerra. Lo que hizo Briana antes de unirse en matrimonio con tu padre ahora mismo puede que te parezca indefendible, pero es muy fácil de entender: algunas mujeres, en casos excepcionales como el nuestro, nos trasladamos desde siempre a otros castros respetuosos con las tradiciones. Los habitantes de nuestros poblados tienen comprometida, desde tiempos inmemoriales, la obligación de admitirnos como huéspedes. No siempre encontramos pretendientes adecuados, y tenemos que desplazarnos a lugares más distantes pero, entre tanto, ayudamos con nuestras habilidades a mantener la salud de las personas y los animales, y compartimos nuestros conocimientos con otras mujeres al calor del llar. Es una manera de socializar y de mantener vivas nuestras costumbres. Tu madre —siguió explicando Dana—, bebía los vientos por Taranio y él la correspondía, pero les unían lazos de sangre, así que, ante la ausencia de otros pretendientes más adecuados, el resto de guardianas de la zona y yo misma decidimos que ella se trasladase una temporada, en cuanto le llegase la menarquia, al castro de Rodiles, en lo alto del monte de Conejera. El hijo de la hechicera local era un mozo avispado y que cumplía todos los requisitos para conquistar a Briana, pero no me voy a extender… El caso es que, cuando se derritieron las nieves a principios de año, tu padre fue a buscarla para contraer matrimonio, incapaz de soportar su ausencia, pero nosotras ya sabíamos que venía preñada de ti. No lo veas como una traición. Es una cuestión de legado. Se necesitaba sangre nueva para que la vieja no se estancase.

Y, como si de una premonición se tratara, un hilillo de sangre descendió por los muslos de Anna, dando por finalizada la conversación.