Samaín
SAMAÍN: Festividad de origen celta que celebra el final de la temporada de verano y el comienzo de la “estación oscura”. Se celebra estrictamente la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre, y para los antiguos pobladores de Asturias era una fecha mágica, ya que se creía que en esa noche se abrían los muros que separaban el mundo de los vivos y los muertos, a los que guiaban con hogueras ofreciéndoles un lugar agradable en sus hogares, compartiendo con ellos comida y bebida. Con el paso de los años se fue sacralizando, sincretizándose en el actual Día de Todos los Santos. Otras culturas, como la americana, celebran en esa misma fecha la noche de Halloween.
CAPÍTULO
4
LA
VÍSPERA DEL SAMAÍN
Castro de Les Becerreres, finales de octubre del
año 713 d. C.
En Brigantia, al contrario de lo que estaba
sucediendo en otras zonas situadas al sur de Hispania, nada hacía peligrar aún
el ciclo vital de los habitantes de las aldeas. Las cosechas habían sido
atendidas y el ganado había medrado de manera satisfactoria en los pastos de
verano. Ese año había resultado especialmente abundante la cosecha de nueces y
castañas, que se apilaban de manera ordenada en los baldes más altos de los graneros,
a buen recaudo de los ratones.
Corría el año 713, y mientras Anna crecía
instruyéndose bajo la atenta supervisión de su abuela Dana, comenzaban a llegar
con creciente urgencia los rumores de una guerra todavía lejana. A las luchas
de poder habituales entre los señores de la zona se había sumado recientemente
la peligrosa amenaza de un ejército invasor extranjero, que había borrado de un
plumazo en Toledo a todos los representantes del poder visigodo. Muchos
culpaban de esa situación al hasta entonces obispo de Sevilla, Oppa, hermano
del difunto rey Witiza. Su búsqueda de apoyos en la lucha de su sobrino Akila
por la sucesión al trono visigodo contra el rey Rodrigo había favorecido el
cruce de numerosas tropas de origen bereber a través del estrecho de Gades. Las
tropas mahometanas, comandadas por Tariq Ibn Ziyad y su lugarteniente, Munuza,
avanzaban con rapidez aprovechando las viejas calzadas romanas sin encontrar
apenas resistencia.
Los mercaderes y pastores trashumantes aseguraban
que, por fortuna, los sarracenos se habían quedado estancados en las
proximidades de Astúrica Augusta, merced a las oportunas ramificaciones de los
pasos de puertos de montaña en la zona del territorio astur. Muchos daban
gracias a Dios mientras rezaban en silencio, pero el atasco del ejército
invasor no obedecía a ningún mandato divino, sino que era una simple cuestión
de fortuna: las vías de La Carisa y el Camín de la Mesa se estrechaban a medida
que avanzaban hacia el norte, haciendo muy difícil el movimiento de grandes
contingentes armados.
El miedo hacía que muchos comerciantes comenzaran a
esconder sus mercancías, provocando una recesión en el comercio, y el creciente
belicismo enardecía las cada vez más frecuentes disputas taberneras. Era
cuestión de tiempo que los sarracenos solventaran sus problemas logísticos y no
escaseaban los nobles que decidían emigrar a las montañas del norte buscando
refugio y protección.
Las noticias que llegaban a las zonas rurales,
alejadas de los centros de gobierno e información, eran confusas, pero tenían
un argumento en común: ciudades tomadas sin resistencia, nobles que juraban
vasallaje a los nuevos señores de la guerra a cambio de tributos…
La crispación política se reflejaba en las
actividades de todos los hogares dispersos por los valles astures, que no eran
ajenos a los peligros que supondría la llegada de unos nuevos amos. Como
matriarcas de Brigantia, Dana y su hija, Briana, no eran una excepción. A ellas
también las estaba afectando esa incertidumbre. Tanto, que sus conversaciones
se habían ido enquistando de manera progresiva, incapaces de establecer de
mutuo acuerdo una estrategia a seguir. Sus experiencias como gestoras del
autosuficiente castro de Brigantia nunca habían contemplado el pago de tributos
a ningún señor, ya fuera un jefe tribal, un noble godo o un descendiente de
romanos con avaricia. La supervivencia de su pueblo dependía, como siempre
había sido, de la prosperidad de sus tierras y una guerra era lo que menos
falta les hacía en esos momentos. Pero más que nada les pesaba la
responsabilidad. Ellas no eran mujeres corrientes. Descendían de una respetada
estirpe de Guardianas… Sabían que sus decisiones no tardarían en ser imitadas
por sus vecinos, afectando al resto de poblados diseminados por la comarca. De
ahí que sus desavenencias vinieran motivadas, en gran medida, por el impacto
que sus acciones pudieran tener en el pueblo.
Fue Briana la que inició la conversación, absorta
en sus pensamientos mientras revolvía la calderada de cordero con un palo de
avellano. El delicioso aroma se escapaba ligado con los vapores, provocando en
la anciana gruñidos de estómago involuntarios.
—Creo,
madre, que lo más conveniente sería hacer acopio de víveres; pero si lo ordena
usted podrían entenderlo como una advertencia de la Gran Madre. En el castro ya
están acostumbrados a mi prudencia habitual, pero su presencia en el valle
siempre provoca nerviosismo. Muchos hablan de hacer nuevos sacrificios a los
dioses, en previsión de una tragedia. Además —continuó con tono arisco—, ha bajado usted del monte
acompañada de mi hija. Muchos le tienen miedo a la niña. Murmuran que ella es
la razón de todo, que su nombre va unido a esta guerra desde el mismo momento
de su alumbramiento.
—No metas
a Anna en esto. Los aldeanos siempre murmuran cuando tienen miedo y más aún
cuando están desocupados. Deberían estar más preocupados por los preparativos
del amagüestu que por la presencia
nuestra aquí en Brigantia. Además, si dejan de confiar en el mensaje de los
antiguos, no creo que tengan cabida en estos muros, y eso es responsabilidad
tuya, hija mía…
—Yo no
gobierno espíritus, madre. Eso lo dejo para las que habéis sido bendecidas con
el dedo de la Madre. Yo me preocupo de las bocas que alimentar y de los turnos
de siembra y pasto. Lo que necesitamos ahora, más que nunca, es orden y
prudencia, y menos visiones mágicas, leyendas o sacrificios.
—A la
gente le gusta mucho sacar la lengua a pacer, Briana, y a ti más que a nadie,
por lo que escucho… ¡Ah…! Y de ahora en adelante muéstrame un poco más de respeto,
que bien sabes el motivo que nos ha traído a nosotras aquí. Esta noche es la
víspera del Samaín, así que vete enterrando esta ofensiva indiferencia, que
esta noche y la siguiente honraremos a los muertos, y no hay discusión posible.
Tú deberías saber mejor que nadie que, para que un pueblo sobreviva, no basta
con alimentar a la gente; hay que mantener vivas las tradiciones.
—Lo
siento, madre… Estoy un poco ofuscada. Tenemos mucho ganado todavía por los
montes, en los pastos de verano, y Taranio...
La frase quedó suspendida en el aire, porque un
ladrido lejano fue contestado por un toque de cuerno en lo alto de la montaña.
Briana pegó un brinco, alejándose a grandes zancadas en dirección al umbral de
la cabaña. Desde allí oteó nerviosa los alrededores del castro: los vigías se
mantenían en sus puestos, patrullando el cercado de piedra que rodeaba las
cabañas circulares, las tenadas, las cuadras y los graneros. No había
movimiento en las cañadas que conducían a los pastos de montaña, pero tampoco
en las trochas que descendían hacia el valle formando intrincadas encrucijadas.
La niebla no tardaría en hacer acto de presencia con el atardecer.
La anciana balanceó el peso de su cuerpo,
acurrucada frente al llar, pero no respondió de inmediato. Se limitó a escuchar
también el sonido metálico de un cencerro lejano, tratando de ponerle nombre al
propietario de ese ganado.
—Sé lo
que estás pensando, hija mía: Taranio y los suyos ya tendrían que haber bajado
de las tierras altas. Tenemos mucho ganado en los pastos de verano, pero no
estés nerviosa. Nunca se perderían el Samaín.
—Hoy han
llegado otros tres refugiados, madre: dos hermanos varones, huérfanos, apenas
unos niños, acompañados por una mujer joven que se encarga de hacerles la
comida. Dicen que vienen de la meseta; que sus señores han huido primero y que
ellos se limitan a seguir su rastro, pero vienen con una mano delante y otra
detrás. Les he acogido porque ella está encinta y ya me estoy arrepintiendo,
porque no tardará en traer al mundo una nueva boca que alimentar. Les he
acomodado en la vieja cuadra del Castañeu del Zardón, haciéndolos responsables
de una veintena de ovejas xaldas y
tres pitas roxas. Leche y huevos no
les han de faltar, ni buenas truchas del río, así que hambre no han de pasar.
Además, ellos me dijeron que tenían sobrada experiencia en el manejo de esos
animales y se despidieron muy confiados, prometiendo una buena producción de
lana y queso, aunque estas tierras sean tan distintas a las que ellos están
acostumbrados.
—Bien
hecho, hija mía. Dales tiempo para que se asienten, aunque sea fuera de la
protección de nuestros muros. No serán los últimos en acudir buscando amparo en
nuestras tierras, pero eso nos conviene. La Gran Madre ha sido generosa con
nosotros estas últimas cosechas y si nada cambia, necesitaremos manos fuertes
para la próxima siembra. Además, la familia del noble señor Pelayo tiene muchas
tierras desatendidas en la ribera del Sella, y más aún en las cuencas del
Piloña: tierras fértiles, llanas y fáciles de trabajar. Seguro que estarían
encantados de acoger nuevos sirvientes para sacarles buen provecho.
—Estoy
preocupada, madre… Ahora somos bastantes para mantener la actividad en el
castro, pero, cuando llegue la guerra, ¿quién cuidará del ganado si los hombres
son obligados a tomar las armas? ¿Habrá manos suficientes para la siega? Ya lo
hemos comprobado con las epidemias de peste: un año perdido es suficiente para
condenar a un pueblo a la hambruna y a la muerte…
La anciana meneó la cabeza de manera afirmativa.
Ella también era consciente de las dificultades que estaban por llegar. Estudió
con atención los posos del cuenco de madera que tenía entre las manos antes de
tomar de nuevo la palabra. Su voz dejaba entrever un deje de cansancio.
—Yo ya me
estoy haciendo mayor y es voluntad de los dioses que a esta guerra le hagáis
frente otros.
Después paseó la vista unos segundos por los techos
de la casa. De la viga maestra colgaban unas espesas telas de araña, que se
movieron a merced de una ráfaga de aire fresco. La anciana esbozó una sonrisa
de complicidad y, para enmascarar el gesto, sacó de su refajo un mendrugo que
esparció por el suelo. El gesto fue celebrado con gran alborozo por las
gallinas, que paseaban indolentes hasta ese momento por la cocina. Un chirrido
de insectos, imperceptible hasta ese momento, parecía empeñado en dar la voz de
alarma ante la presencia de algún extraño. La vieja tomó aire y continuó:
—Hablan
ahora por los pueblos y las villas, sin descanso, de ese ejército tan poderoso
que ocupa ciudades enteras, haciéndolas rendirse sin ser necesaria la lucha.
Anna y yo ya habíamos escuchado el invierno pasado los nombres de algunos de
esos generales extranjeros tan difíciles de pronunciar, y no eran comerciantes
asustados quienes les nombraban, sino soldados que trataban de salvar los
restos del reinado visigodo. Estarás de acuerdo conmigo en que no es buen
momento para enemistades entre nosotras, Briana. El pueblo necesita vernos
unidas. Esto que se acerca no son cuentos que deban tomarse a la ligera…
—Tampoco
lo fue Roma para nuestros antepasados, madre, y aun así, aquí estamos.
Dana se revolvió hacia ella, mirándola a los ojos
con intensidad.
—No es lo
mismo, Briana. Roma llegó despacio. Aprendimos a vivir bajo su sombra. Esto es
distinto… dicen que, de momento, se limitarán a pacificar las ciudades,
exigiendo un vasallaje y un pago de tributos; pero «líbrennos las xanas de las pozas profundas, que de los
ríos bravos ya me guardo yo».
Se miraron en silencio. Entre ellas había años de
decisiones compartidas, de inviernos superados, de familiares enterrados.
—Si hay
guerra —añadió
la hechicera con pesar—, que la
habrá, deberíamos
acelerar el adiestramiento de la neña.
Por todas partes se habla de resistencia, pero resistir siempre suena bien
cuando son otros los que ponen los muertos. Nosotras no nos podemos permitir
enviar a nuestros hombres a luchar, porque perderíamos las cosechas; así que me
parece que lo más conveniente será resistir de otra manera. El castro ha de ser
más eficiente que nunca a partir de ahora. Tenemos la responsabilidad de
asegurar que haya suficiente ganado los próximos inviernos, que los niños coman
y que nunca falte leche en las ubres de las madres.
—Eso es
fácil de decir para usted, madre. Se olvida que soy yo la que estará aquí si la
guerra asoma a nuestros muros. Usted estará emboscada en algún rincón perdido
de los montes, rogando por nosotros a los dioses, con Anna a su lado, como ha
hecho siempre. ¡Dana, la gran Señora! ¡Dana, la gran Guardiana! ¡Anna, la niña
elegida por los dioses! ¡Anna, la sucesora de la gran Guardiana! ¿Y los demás
qué?
—No
esperaba esta aspereza de ti, hija mía, pero pierde el miedo, que cuando vengan
los soldados no te buscarán a ti. Antes de venir se cuidarán de estar al tanto
de quién manda, quién decide, quién responde… Y esa no serás tú, ni tan
siquiera yo… Los que tienen el poder de decidir son ellos, y ellos creen en
Anna…
La anciana extendió los brazos, haciendo una
reverencia. Después arrojó el líquido que aún quedaba en el cuenco al fuego,
que se avivó con intensas llamaradas de tonos azulados.
—Siempre
has sido débil, hija mía. Aún no han llegado los problemas y ya te estás
preocupando, pero no te culpo a ti. Tu padre también era un hombre débil.
—No meta
usted a ningún hombre en esto, porque nunca se me ha dado la oportunidad de
conocerle. Siempre ha sido generosa con todos menos conmigo, madre. Desde mi
niñez ha sido siempre lo mismo: un día, una luna, un invierno… Me dejaba
instrucciones para hacerme cargo de todo y al momento ya se estaba marchando.
—Estamos
obligadas a ser lo que somos, hija… Para mí tampoco ha sido nunca un camino de
rosas. Ya te dije un ciento de veces que las mujeres como nosotras no podemos
yacer con hombres de nuestro mismo castro. La mezcla de sangre entre parientes
debilita los humores. Cuando los hijos nacen siempre de las mismas casas
empiezan a salir frágiles. Como matrona tú lo has podido comprobar en infinidad
de ocasiones: piernas torcidas, cabezas abombadas, cuerpos deformes… Una
Guardiana es responsable de la memoria de su pueblo. No nos podemos permitir
esa debilidad.
—Hay
cosas que se hacen por el castro, por la familia… —continuó con voz cansada—. Yo también tuve que hacerlo
cuando tomé la decisión de ser lo que soy. No me resultó fácil encontrar la
simiente adecuada, asoladas nuestras tierras por la peste, pero eso no son
cosas que se nombren en voz alta delante de nadie.
—Madre…
cuando yo era niña escuchaba a las ancianas afirmando que la habían visto
copulando en repetidas ocasiones con un macho cabrío en la majada de Cuerres.
Fueron muchos años los que viví avergonzada...
La anciana ahogó una carcajada, sonriendo mientras
la memoria la acercaba a un momento muy agradable de su pasado.
—Si tanto
interés tienes te lo contaré… En Cuerres pasé una temporada muy intensa con
Sabino, el pastor mayor de los lagos cercanos a la cueva de Nuestra Señora, que
no puso ningún reparo en cubrirme a pesar de que yo ya hacía tiempo que había
dejado de ser moza. Cabrío no sabría decirte si lo era, pero no te quepa duda
de que se portó como un buen macho. Nos gustaba yacer en el prado, desnudos,
cubiertos de pieles, pero no quiso nunca separarse de sus rebaños de ovejas y
de cabras, y menos aún conocerte. Su debilidad eran sus animales; sentía más
apego al monte y a sus rebaños que a una vida en familia encerrado entre los
muros de este castro.
Briana iba a protestar, pero la anciana la frenó
con un gesto.
—Las
Guardianas no podemos tener familia. Nuestras responsabilidades nos obligan a
movernos libres de ataduras, dispuestas a viajar sin impedimentos. Esa es
nuestra condena: debemos acostumbrarnos a vivir en soledad. Anna no será una
excepción; ella también deberá hacer grandes sacrificios por el bien de nuestra
comunidad.
De nuevo Briana quiso decir algo pero
Dana continuó:
—No me
interrumpas, Briana… Este es un tema que yo creía zanjado contigo hace tiempo…
A ti te dimos la opción de escoger, hija mía. A pesar de tu parentesco con
Taranio, no nos negamos a tu enlace con él. Era algo positivo para ambos: tú
pudiste formar el hogar con el que habías soñado siempre y él ganó autoridad en
el castro uniéndose a una mujer poderosa y en edad de darle hijos.
Briana ahogó una lágrima. La anciana había tocado
un tema extremadamente sensible para ella. El parto de Anna había quebrado su
feminidad y, desde esa noche no sangraba con cada cambio de luna. De nada
habían servido los bebedizos ni las oraciones a los antiguos. Su cuerpo había
dejado de obedecer. Estaba tan resentida que hacía años ya que no podía mirar a
la niña con cariño porque, en su caso particular, la derrota no había sido tan
solo íntima; en el castro, la fertilidad era una demostración de fuerza y de
equilibrio. Había muchas tierras que trabajar y, para eso, hacían falta muchos
brazos en el poblado.
—Taranio
sabe que Anna no es hija suya, madre… —confesó,
ahogando un suspiro de congoja—.
Se lo tuve que contar cuando comenzó a exigirme cosas que yo ya no le
podía dar. Hace años que soy consciente de haberle perdido, porque mis órganos
ya no pueden traer a nadie más; mi cuerpo ya ha cerrado esa puerta. En cuanto
puede, se escapa a la peña. Él dice que va a vigilar al ganado, pero vuelve
siempre con olor a hembra y la leche de la primera mecida ya cuajada. El monte
le ofrece lo que yo ya no le puedo dar.
Briana arrojó un puñado de ramas al fuego. Los
maderos restallaron porque eran leños verdes, y se negaban a dejarse vencer por
las llamas, ardiendo sin fuerza, limitándose a resistir las embestidas de las
brasas, igual que muchas otras cosas en aquella casa.
Dana tardó en hablar, permitiendo que su silencio
restara importancia a lo que Briana acababa de decir. Se tomó un tiempo en
alisar las arrugas de su toquilla de lana y ladeó la cabeza, asintiendo
despacio, como si la debilidad de su hija la hubiese dejado desprotegida a ella.
—Eres
todo lo que tengo, Briana, y no es poco. Si no eres suficiente para él, ya
sabes lo que tienes que hacer. Tu sacrificio no ha sido en balde… Tu
fertilidad, a cambio de Anna, me parece un precio razonable. Así funcionan las
cosas en el mundo nuestro. La montaña te quitó algo que no podías quedarte, y
es justo que ahora se lo ofrezca a otra. Ya lo dice el refrán: «Techo y lecho siempre dejan al
hombre satisfecho».
Briana apartó el guiso del fuego, colgando el
caldero de una pesada cadena que pendía del techo, a salvo de los ataques de
los animales domésticos. Un gato maulló, zalamero, ronroneando mientras se
frotaba entre sus piernas. Las telarañas del techo volvieron a temblar de
manera casi imperceptible, pero lo suficiente para los entrenados ojos de la
hechicera.
—Ya
puedes salir, neña… —dijo sin apenas levantar la
voz la anciana—. Hace
tiempo que sé que nos estás escuchando y, entre nosotras, sabes que no puede
haber secretos…
La niña obedeció, saliendo de su escondite
avergonzada, arrastrando compungida unos sucios pies descalzos. El suelo se le
antojaba de repente más frío y húmedo que nunca. Su madre nunca lloraba —o al menos ella siempre la
había creído incapaz de derramar una lágrima— pero había estado a punto de hacerlo, y eso la
había enternecido, porque la había hecho más madre que nunca, más humana.
Cuando estaba a punto de reunirse con ellas, la
hechicera hizo un gesto que sorprendió a la niña aún más. Dana había extendido
la mano, acariciando la frente de Briana.
—Que no
te vea yo sufrir jamás por ese hombre, Briana —susurró emocionada—. Ya hace tiempo que sabemos que Taranio sube a Igena
piafando como un asturcón y baja manso y vencido como un mulo viejo, y que es
Dulce, esa que llaman la Quesada, quien se ocupa de mecerle la leche…
Briana se pasó el dorso de la mano por los ojos,
sofocando un picor que la había pillado desprevenida, y recibió a su hija
fundiéndose ambas en un caluroso abrazo.
—Anna,
hija mía… Sé que algún día sabrás perdonarme, pero no quiero que te sientas
culpable de nada. Que no te engañe mi aparente debilidad, porque estoy
dispuesta a ser ahora más fuerte que nunca. Algún día tendrás hermanos
bastardos, si es eso lo que los dioses han planeado, pero no seré yo quien los
alimente. Estoy harta de que las rapazas jóvenes cacareen sobre nosotras,
infladas como gallinas cluecas. Eres y vas a seguir siendo mi única hija. Y,
además, eres hembra. Nuestro linaje se mantendrá, aunque todos en Brigantia te
miren sin acabar de entenderte, porque yo no dejaré nunca de sentirme bendecida
con tu presencia. Has nacido con un propósito y no seré yo la que eche por
tierra tantos años de sacrificio.
—Así me
gusta, Briana —premió
la vieja—, y deja
ya de preocuparte, que Taranio está ahora mismo bajando por el colláu de Taraminguera. Esta noche te
calentará el jergón, que una cosa es la herencia y otra la jodienda, de la que
todos los machos son aficionados. Déjalo que suba y baje a Igena a entretenerse
con la Quesada todas las veces que le venga en gana, que el invierno ya está
llegando, y los hombres son como los perros: siempre vuelven a donde les
ofrecen comida y cama. Mándalo pa la tenada cuando no te apetezca nada con él
hasta la primavera y, para entonces, si la cosa no cambia, échalo de casa, y «que tanta paz se lleve como
descanso deja».
Dana dedicó un guiño cómplice a su hija, que se
limitó a encogerse de hombros, sin acabar de contagiarse por el optimismo de su
madre, que continuó hablando con el mismo tono despreocupado.
—Las
propiedades que tenemos en Brigantia son todas tuyas, Briana, al menos hasta el
día que sean de la neña; pero no
tengas miedo, que cuando ese pájaro se canse de pasar fame amancebando las ubres de la Quesada, te pedirá volver
arrastrándose de rodillas. Ya lo dice el refrán: «Si el casado a la vez quiere yacer y pacer, lo que
diga la su muyer».
—Escucha,
Anna… —añadió
la abuela, dirigiéndose a la niña sin dramatismos innecesarios—: aún está lejano el día en
el que nuestros enemigos crucen el Sella, pero debes estar preparada. Se
avecinan tiempos difíciles y es posible que se produzca nuevamente una gran
escasez de hombres en las aldeas a causa de la guerra. Lo que hizo Briana antes
de unirse en matrimonio con tu padre ahora mismo puede que te parezca
indefendible, pero es muy fácil de entender: algunas mujeres, en casos
excepcionales como el nuestro, nos trasladamos desde siempre a otros castros
respetuosos con las tradiciones. Los habitantes de nuestros poblados tienen
comprometida, desde tiempos inmemoriales, la obligación de admitirnos como
huéspedes. No siempre encontramos pretendientes adecuados, y tenemos que
desplazarnos a lugares más distantes pero, entre tanto, ayudamos con nuestras
habilidades a mantener la salud de las personas y los animales, y compartimos
nuestros conocimientos con otras mujeres al calor del llar. Es una manera de
socializar y de mantener vivas nuestras costumbres. Tu madre —siguió explicando
Dana—, bebía los
vientos por Taranio y él la correspondía, pero les unían lazos de sangre, así
que, ante la ausencia de otros pretendientes más adecuados, el resto de
guardianas de la zona y yo misma decidimos que ella se trasladase una
temporada, en cuanto le llegase la menarquia, al castro de Rodiles, en lo alto
del monte de Conejera. El hijo de la hechicera local era un mozo avispado y que
cumplía todos los requisitos para conquistar a Briana, pero no me voy a
extender… El caso es que, cuando se derritieron las nieves a principios de año,
tu padre fue a buscarla para contraer matrimonio, incapaz de soportar su
ausencia, pero nosotras ya sabíamos que venía preñada de ti. No lo veas como
una traición. Es una cuestión de legado. Se necesitaba sangre nueva para que la
vieja no se estancase.
Y, como si de una premonición se tratara, un
hilillo de sangre descendió por los muslos de Anna, dando por finalizada la
conversación.

