miércoles, 8 de abril de 2026

Capítulo cuatro. La Primera Santa. La víspera del Samaín.

 


Samaín

SAMAÍN: Festividad de origen celta que celebra el final de la temporada de verano y el comienzo de la “estación oscura”. Se celebra estrictamente la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre, y para los antiguos pobladores de Asturias era una fecha mágica, ya que se creía que en esa noche se abrían los muros que separaban el mundo de los vivos y los muertos, a los que guiaban con hogueras ofreciéndoles un lugar agradable en sus hogares, compartiendo con ellos comida y bebida. Con el paso de los años se fue sacralizando, sincretizándose en el actual Día de Todos los Santos. Otras culturas, como la americana, celebran en esa misma fecha la noche de Halloween.








CAPÍTULO 4

LA VÍSPERA DEL SAMAÍN

 

Castro de Les Becerreres, finales de octubre del año 713 d. C.

 

En Brigantia, al contrario de lo que estaba sucediendo en otras zonas situadas al sur de Hispania, nada hacía peligrar aún el ciclo vital de los habitantes de las aldeas. Las cosechas habían sido atendidas y el ganado había medrado de manera satisfactoria en los pastos de verano. Ese año había resultado especialmente abundante la cosecha de nueces y castañas, que se apilaban de manera ordenada en los baldes más altos de los graneros, a buen recaudo de los ratones.

Corría el año 713, y mientras Anna crecía instruyéndose bajo la atenta supervisión de su abuela Dana, comenzaban a llegar con creciente urgencia los rumores de una guerra todavía lejana. A las luchas de poder habituales entre los señores de la zona se había sumado recientemente la peligrosa amenaza de un ejército invasor extranjero, que había borrado de un plumazo en Toledo a todos los representantes del poder visigodo. Muchos culpaban de esa situación al hasta entonces obispo de Sevilla, Oppa, hermano del difunto rey Witiza. Su búsqueda de apoyos en la lucha de su sobrino Akila por la sucesión al trono visigodo contra el rey Rodrigo había favorecido el cruce de numerosas tropas de origen bereber a través del estrecho de Gades. Las tropas mahometanas, comandadas por Tariq Ibn Ziyad y su lugarteniente, Munuza, avanzaban con rapidez aprovechando las viejas calzadas romanas sin encontrar apenas resistencia.

Los mercaderes y pastores trashumantes aseguraban que, por fortuna, los sarracenos se habían quedado estancados en las proximidades de Astúrica Augusta, merced a las oportunas ramificaciones de los pasos de puertos de montaña en la zona del territorio astur. Muchos daban gracias a Dios mientras rezaban en silencio, pero el atasco del ejército invasor no obedecía a ningún mandato divino, sino que era una simple cuestión de fortuna: las vías de La Carisa y el Camín de la Mesa se estrechaban a medida que avanzaban hacia el norte, haciendo muy difícil el movimiento de grandes contingentes armados.

El miedo hacía que muchos comerciantes comenzaran a esconder sus mercancías, provocando una recesión en el comercio, y el creciente belicismo enardecía las cada vez más frecuentes disputas taberneras. Era cuestión de tiempo que los sarracenos solventaran sus problemas logísticos y no escaseaban los nobles que decidían emigrar a las montañas del norte buscando refugio y protección.

Las noticias que llegaban a las zonas rurales, alejadas de los centros de gobierno e información, eran confusas, pero tenían un argumento en común: ciudades tomadas sin resistencia, nobles que juraban vasallaje a los nuevos señores de la guerra a cambio de tributos…

La crispación política se reflejaba en las actividades de todos los hogares dispersos por los valles astures, que no eran ajenos a los peligros que supondría la llegada de unos nuevos amos. Como matriarcas de Brigantia, Dana y su hija, Briana, no eran una excepción. A ellas también las estaba afectando esa incertidumbre. Tanto, que sus conversaciones se habían ido enquistando de manera progresiva, incapaces de establecer de mutuo acuerdo una estrategia a seguir. Sus experiencias como gestoras del autosuficiente castro de Brigantia nunca habían contemplado el pago de tributos a ningún señor, ya fuera un jefe tribal, un noble godo o un descendiente de romanos con avaricia. La supervivencia de su pueblo dependía, como siempre había sido, de la prosperidad de sus tierras y una guerra era lo que menos falta les hacía en esos momentos. Pero más que nada les pesaba la responsabilidad. Ellas no eran mujeres corrientes. Descendían de una respetada estirpe de Guardianas… Sabían que sus decisiones no tardarían en ser imitadas por sus vecinos, afectando al resto de poblados diseminados por la comarca. De ahí que sus desavenencias vinieran motivadas, en gran medida, por el impacto que sus acciones pudieran tener en el pueblo.

Fue Briana la que inició la conversación, absorta en sus pensamientos mientras revolvía la calderada de cordero con un palo de avellano. El delicioso aroma se escapaba ligado con los vapores, provocando en la anciana gruñidos de estómago involuntarios.

Creo, madre, que lo más conveniente sería hacer acopio de víveres; pero si lo ordena usted podrían entenderlo como una advertencia de la Gran Madre. En el castro ya están acostumbrados a mi prudencia habitual, pero su presencia en el valle siempre provoca nerviosismo. Muchos hablan de hacer nuevos sacrificios a los dioses, en previsión de una tragedia. Además continuó con tono arisco—, ha bajado usted del monte acompañada de mi hija. Muchos le tienen miedo a la niña. Murmuran que ella es la razón de todo, que su nombre va unido a esta guerra desde el mismo momento de su alumbramiento.

No metas a Anna en esto. Los aldeanos siempre murmuran cuando tienen miedo y más aún cuando están desocupados. Deberían estar más preocupados por los preparativos del amagüestu que por la presencia nuestra aquí en Brigantia. Además, si dejan de confiar en el mensaje de los antiguos, no creo que tengan cabida en estos muros, y eso es responsabilidad tuya, hija mía…

Yo no gobierno espíritus, madre. Eso lo dejo para las que habéis sido bendecidas con el dedo de la Madre. Yo me preocupo de las bocas que alimentar y de los turnos de siembra y pasto. Lo que necesitamos ahora, más que nunca, es orden y prudencia, y menos visiones mágicas, leyendas o sacrificios.

A la gente le gusta mucho sacar la lengua a pacer, Briana, y a ti más que a nadie, por lo que escucho… ¡Ah…! Y de ahora en adelante muéstrame un poco más de respeto, que bien sabes el motivo que nos ha traído a nosotras aquí. Esta noche es la víspera del Samaín, así que vete enterrando esta ofensiva indiferencia, que esta noche y la siguiente honraremos a los muertos, y no hay discusión posible. Tú deberías saber mejor que nadie que, para que un pueblo sobreviva, no basta con alimentar a la gente; hay que mantener vivas las tradiciones.

Lo siento, madre… Estoy un poco ofuscada. Tenemos mucho ganado todavía por los montes, en los pastos de verano, y Taranio...

La frase quedó suspendida en el aire, porque un ladrido lejano fue contestado por un toque de cuerno en lo alto de la montaña. Briana pegó un brinco, alejándose a grandes zancadas en dirección al umbral de la cabaña. Desde allí oteó nerviosa los alrededores del castro: los vigías se mantenían en sus puestos, patrullando el cercado de piedra que rodeaba las cabañas circulares, las tenadas, las cuadras y los graneros. No había movimiento en las cañadas que conducían a los pastos de montaña, pero tampoco en las trochas que descendían hacia el valle formando intrincadas encrucijadas. La niebla no tardaría en hacer acto de presencia con el atardecer.

La anciana balanceó el peso de su cuerpo, acurrucada frente al llar, pero no respondió de inmediato. Se limitó a escuchar también el sonido metálico de un cencerro lejano, tratando de ponerle nombre al propietario de ese ganado.

Sé lo que estás pensando, hija mía: Taranio y los suyos ya tendrían que haber bajado de las tierras altas. Tenemos mucho ganado en los pastos de verano, pero no estés nerviosa. Nunca se perderían el Samaín.

Hoy han llegado otros tres refugiados, madre: dos hermanos varones, huérfanos, apenas unos niños, acompañados por una mujer joven que se encarga de hacerles la comida. Dicen que vienen de la meseta; que sus señores han huido primero y que ellos se limitan a seguir su rastro, pero vienen con una mano delante y otra detrás. Les he acogido porque ella está encinta y ya me estoy arrepintiendo, porque no tardará en traer al mundo una nueva boca que alimentar. Les he acomodado en la vieja cuadra del Castañeu del Zardón, haciéndolos responsables de una veintena de ovejas xaldas y tres pitas roxas. Leche y huevos no les han de faltar, ni buenas truchas del río, así que hambre no han de pasar. Además, ellos me dijeron que tenían sobrada experiencia en el manejo de esos animales y se despidieron muy confiados, prometiendo una buena producción de lana y queso, aunque estas tierras sean tan distintas a las que ellos están acostumbrados.

Bien hecho, hija mía. Dales tiempo para que se asienten, aunque sea fuera de la protección de nuestros muros. No serán los últimos en acudir buscando amparo en nuestras tierras, pero eso nos conviene. La Gran Madre ha sido generosa con nosotros estas últimas cosechas y si nada cambia, necesitaremos manos fuertes para la próxima siembra. Además, la familia del noble señor Pelayo tiene muchas tierras desatendidas en la ribera del Sella, y más aún en las cuencas del Piloña: tierras fértiles, llanas y fáciles de trabajar. Seguro que estarían encantados de acoger nuevos sirvientes para sacarles buen provecho.

Estoy preocupada, madre… Ahora somos bastantes para mantener la actividad en el castro, pero, cuando llegue la guerra, ¿quién cuidará del ganado si los hombres son obligados a tomar las armas? ¿Habrá manos suficientes para la siega? Ya lo hemos comprobado con las epidemias de peste: un año perdido es suficiente para condenar a un pueblo a la hambruna y a la muerte…

La anciana meneó la cabeza de manera afirmativa. Ella también era consciente de las dificultades que estaban por llegar. Estudió con atención los posos del cuenco de madera que tenía entre las manos antes de tomar de nuevo la palabra. Su voz dejaba entrever un deje de cansancio.

Yo ya me estoy haciendo mayor y es voluntad de los dioses que a esta guerra le hagáis frente otros.

Después paseó la vista unos segundos por los techos de la casa. De la viga maestra colgaban unas espesas telas de araña, que se movieron a merced de una ráfaga de aire fresco. La anciana esbozó una sonrisa de complicidad y, para enmascarar el gesto, sacó de su refajo un mendrugo que esparció por el suelo. El gesto fue celebrado con gran alborozo por las gallinas, que paseaban indolentes hasta ese momento por la cocina. Un chirrido de insectos, imperceptible hasta ese momento, parecía empeñado en dar la voz de alarma ante la presencia de algún extraño. La vieja tomó aire y continuó:

Hablan ahora por los pueblos y las villas, sin descanso, de ese ejército tan poderoso que ocupa ciudades enteras, haciéndolas rendirse sin ser necesaria la lucha. Anna y yo ya habíamos escuchado el invierno pasado los nombres de algunos de esos generales extranjeros tan difíciles de pronunciar, y no eran comerciantes asustados quienes les nombraban, sino soldados que trataban de salvar los restos del reinado visigodo. Estarás de acuerdo conmigo en que no es buen momento para enemistades entre nosotras, Briana. El pueblo necesita vernos unidas. Esto que se acerca no son cuentos que deban tomarse a la ligera…

Tampoco lo fue Roma para nuestros antepasados, madre, y aun así, aquí estamos.

Dana se revolvió hacia ella, mirándola a los ojos con intensidad.

No es lo mismo, Briana. Roma llegó despacio. Aprendimos a vivir bajo su sombra. Esto es distinto… dicen que, de momento, se limitarán a pacificar las ciudades, exigiendo un vasallaje y un pago de tributos; pero «líbrennos las xanas de las pozas profundas, que de los ríos bravos ya me guardo yo».

Se miraron en silencio. Entre ellas había años de decisiones compartidas, de inviernos superados, de familiares enterrados.

Si hay guerra añadió la hechicera con pesar—, que la habrá, deberíamos acelerar el adiestramiento de la neña. Por todas partes se habla de resistencia, pero resistir siempre suena bien cuando son otros los que ponen los muertos. Nosotras no nos podemos permitir enviar a nuestros hombres a luchar, porque perderíamos las cosechas; así que me parece que lo más conveniente será resistir de otra manera. El castro ha de ser más eficiente que nunca a partir de ahora. Tenemos la responsabilidad de asegurar que haya suficiente ganado los próximos inviernos, que los niños coman y que nunca falte leche en las ubres de las madres.

Eso es fácil de decir para usted, madre. Se olvida que soy yo la que estará aquí si la guerra asoma a nuestros muros. Usted estará emboscada en algún rincón perdido de los montes, rogando por nosotros a los dioses, con Anna a su lado, como ha hecho siempre. ¡Dana, la gran Señora! ¡Dana, la gran Guardiana! ¡Anna, la niña elegida por los dioses! ¡Anna, la sucesora de la gran Guardiana! ¿Y los demás qué?

No esperaba esta aspereza de ti, hija mía, pero pierde el miedo, que cuando vengan los soldados no te buscarán a ti. Antes de venir se cuidarán de estar al tanto de quién manda, quién decide, quién responde… Y esa no serás tú, ni tan siquiera yo… Los que tienen el poder de decidir son ellos, y ellos creen en Anna…

La anciana extendió los brazos, haciendo una reverencia. Después arrojó el líquido que aún quedaba en el cuenco al fuego, que se avivó con intensas llamaradas de tonos azulados.

Siempre has sido débil, hija mía. Aún no han llegado los problemas y ya te estás preocupando, pero no te culpo a ti. Tu padre también era un hombre débil.

No meta usted a ningún hombre en esto, porque nunca se me ha dado la oportunidad de conocerle. Siempre ha sido generosa con todos menos conmigo, madre. Desde mi niñez ha sido siempre lo mismo: un día, una luna, un invierno… Me dejaba instrucciones para hacerme cargo de todo y al momento ya se estaba marchando.

Estamos obligadas a ser lo que somos, hija… Para mí tampoco ha sido nunca un camino de rosas. Ya te dije un ciento de veces que las mujeres como nosotras no podemos yacer con hombres de nuestro mismo castro. La mezcla de sangre entre parientes debilita los humores. Cuando los hijos nacen siempre de las mismas casas empiezan a salir frágiles. Como matrona tú lo has podido comprobar en infinidad de ocasiones: piernas torcidas, cabezas abombadas, cuerpos deformes… Una Guardiana es responsable de la memoria de su pueblo. No nos podemos permitir esa debilidad.

Hay cosas que se hacen por el castro, por la familia… continuó con voz cansada—. Yo también tuve que hacerlo cuando tomé la decisión de ser lo que soy. No me resultó fácil encontrar la simiente adecuada, asoladas nuestras tierras por la peste, pero eso no son cosas que se nombren en voz alta delante de nadie.

Madre… cuando yo era niña escuchaba a las ancianas afirmando que la habían visto copulando en repetidas ocasiones con un macho cabrío en la majada de Cuerres. Fueron muchos años los que viví avergonzada...

La anciana ahogó una carcajada, sonriendo mientras la memoria la acercaba a un momento muy agradable de su pasado.

Si tanto interés tienes te lo contaré… En Cuerres pasé una temporada muy intensa con Sabino, el pastor mayor de los lagos cercanos a la cueva de Nuestra Señora, que no puso ningún reparo en cubrirme a pesar de que yo ya hacía tiempo que había dejado de ser moza. Cabrío no sabría decirte si lo era, pero no te quepa duda de que se portó como un buen macho. Nos gustaba yacer en el prado, desnudos, cubiertos de pieles, pero no quiso nunca separarse de sus rebaños de ovejas y de cabras, y menos aún conocerte. Su debilidad eran sus animales; sentía más apego al monte y a sus rebaños que a una vida en familia encerrado entre los muros de este castro.

Briana iba a protestar, pero la anciana la frenó con un gesto.

Las Guardianas no podemos tener familia. Nuestras responsabilidades nos obligan a movernos libres de ataduras, dispuestas a viajar sin impedimentos. Esa es nuestra condena: debemos acostumbrarnos a vivir en soledad. Anna no será una excepción; ella también deberá hacer grandes sacrificios por el bien de nuestra comunidad.

De nuevo Briana quiso decir algo pero Dana continuó:

No me interrumpas, Briana… Este es un tema que yo creía zanjado contigo hace tiempo… A ti te dimos la opción de escoger, hija mía. A pesar de tu parentesco con Taranio, no nos negamos a tu enlace con él. Era algo positivo para ambos: tú pudiste formar el hogar con el que habías soñado siempre y él ganó autoridad en el castro uniéndose a una mujer poderosa y en edad de darle hijos.

Briana ahogó una lágrima. La anciana había tocado un tema extremadamente sensible para ella. El parto de Anna había quebrado su feminidad y, desde esa noche no sangraba con cada cambio de luna. De nada habían servido los bebedizos ni las oraciones a los antiguos. Su cuerpo había dejado de obedecer. Estaba tan resentida que hacía años ya que no podía mirar a la niña con cariño porque, en su caso particular, la derrota no había sido tan solo íntima; en el castro, la fertilidad era una demostración de fuerza y de equilibrio. Había muchas tierras que trabajar y, para eso, hacían falta muchos brazos en el poblado.

Taranio sabe que Anna no es hija suya, madre… —confesó, ahogando un suspiro de congoja—. Se lo tuve que contar cuando comenzó a exigirme cosas que yo ya no le podía dar. Hace años que soy consciente de haberle perdido, porque mis órganos ya no pueden traer a nadie más; mi cuerpo ya ha cerrado esa puerta. En cuanto puede, se escapa a la peña. Él dice que va a vigilar al ganado, pero vuelve siempre con olor a hembra y la leche de la primera mecida ya cuajada. El monte le ofrece lo que yo ya no le puedo dar.

Briana arrojó un puñado de ramas al fuego. Los maderos restallaron porque eran leños verdes, y se negaban a dejarse vencer por las llamas, ardiendo sin fuerza, limitándose a resistir las embestidas de las brasas, igual que muchas otras cosas en aquella casa.

Dana tardó en hablar, permitiendo que su silencio restara importancia a lo que Briana acababa de decir. Se tomó un tiempo en alisar las arrugas de su toquilla de lana y ladeó la cabeza, asintiendo despacio, como si la debilidad de su hija la hubiese dejado desprotegida a ella.

Eres todo lo que tengo, Briana, y no es poco. Si no eres suficiente para él, ya sabes lo que tienes que hacer. Tu sacrificio no ha sido en balde… Tu fertilidad, a cambio de Anna, me parece un precio razonable. Así funcionan las cosas en el mundo nuestro. La montaña te quitó algo que no podías quedarte, y es justo que ahora se lo ofrezca a otra. Ya lo dice el refrán: «Techo y lecho siempre dejan al hombre satisfecho».

Briana apartó el guiso del fuego, colgando el caldero de una pesada cadena que pendía del techo, a salvo de los ataques de los animales domésticos. Un gato maulló, zalamero, ronroneando mientras se frotaba entre sus piernas. Las telarañas del techo volvieron a temblar de manera casi imperceptible, pero lo suficiente para los entrenados ojos de la hechicera.

Ya puedes salir, neñadijo sin apenas levantar la voz la anciana—. Hace tiempo que sé que nos estás escuchando y, entre nosotras, sabes que no puede haber secretos…

La niña obedeció, saliendo de su escondite avergonzada, arrastrando compungida unos sucios pies descalzos. El suelo se le antojaba de repente más frío y húmedo que nunca. Su madre nunca llorabao al menos ella siempre la había creído incapaz de derramar una lágrima pero había estado a punto de hacerlo, y eso la había enternecido, porque la había hecho más madre que nunca, más humana.

Cuando estaba a punto de reunirse con ellas, la hechicera hizo un gesto que sorprendió a la niña aún más. Dana había extendido la mano, acariciando la frente de Briana.

Que no te vea yo sufrir jamás por ese hombre, Briana susurró emocionada—. Ya hace tiempo que sabemos que Taranio sube a Igena piafando como un asturcón y baja manso y vencido como un mulo viejo, y que es Dulce, esa que llaman la Quesada, quien se ocupa de mecerle la leche…

Briana se pasó el dorso de la mano por los ojos, sofocando un picor que la había pillado desprevenida, y recibió a su hija fundiéndose ambas en un caluroso abrazo.

Anna, hija mía… Sé que algún día sabrás perdonarme, pero no quiero que te sientas culpable de nada. Que no te engañe mi aparente debilidad, porque estoy dispuesta a ser ahora más fuerte que nunca. Algún día tendrás hermanos bastardos, si es eso lo que los dioses han planeado, pero no seré yo quien los alimente. Estoy harta de que las rapazas jóvenes cacareen sobre nosotras, infladas como gallinas cluecas. Eres y vas a seguir siendo mi única hija. Y, además, eres hembra. Nuestro linaje se mantendrá, aunque todos en Brigantia te miren sin acabar de entenderte, porque yo no dejaré nunca de sentirme bendecida con tu presencia. Has nacido con un propósito y no seré yo la que eche por tierra tantos años de sacrificio.

Así me gusta, Briana premió la vieja—, y deja ya de preocuparte, que Taranio está ahora mismo bajando por el colláu de Taraminguera. Esta noche te calentará el jergón, que una cosa es la herencia y otra la jodienda, de la que todos los machos son aficionados. Déjalo que suba y baje a Igena a entretenerse con la Quesada todas las veces que le venga en gana, que el invierno ya está llegando, y los hombres son como los perros: siempre vuelven a donde les ofrecen comida y cama. Mándalo pa la tenada cuando no te apetezca nada con él hasta la primavera y, para entonces, si la cosa no cambia, échalo de casa, y «que tanta paz se lleve como descanso deja».

Dana dedicó un guiño cómplice a su hija, que se limitó a encogerse de hombros, sin acabar de contagiarse por el optimismo de su madre, que continuó hablando con el mismo tono despreocupado.

Las propiedades que tenemos en Brigantia son todas tuyas, Briana, al menos hasta el día que sean de la neña; pero no tengas miedo, que cuando ese pájaro se canse de pasar fame amancebando las ubres de la Quesada, te pedirá volver arrastrándose de rodillas. Ya lo dice el refrán: «Si el casado a la vez quiere yacer y pacer, lo que diga la su muyer».

Escucha, Anna… añadió la abuela, dirigiéndose a la niña sin dramatismos innecesarios—: aún está lejano el día en el que nuestros enemigos crucen el Sella, pero debes estar preparada. Se avecinan tiempos difíciles y es posible que se produzca nuevamente una gran escasez de hombres en las aldeas a causa de la guerra. Lo que hizo Briana antes de unirse en matrimonio con tu padre ahora mismo puede que te parezca indefendible, pero es muy fácil de entender: algunas mujeres, en casos excepcionales como el nuestro, nos trasladamos desde siempre a otros castros respetuosos con las tradiciones. Los habitantes de nuestros poblados tienen comprometida, desde tiempos inmemoriales, la obligación de admitirnos como huéspedes. No siempre encontramos pretendientes adecuados, y tenemos que desplazarnos a lugares más distantes pero, entre tanto, ayudamos con nuestras habilidades a mantener la salud de las personas y los animales, y compartimos nuestros conocimientos con otras mujeres al calor del llar. Es una manera de socializar y de mantener vivas nuestras costumbres. Tu madre —siguió explicando Dana—, bebía los vientos por Taranio y él la correspondía, pero les unían lazos de sangre, así que, ante la ausencia de otros pretendientes más adecuados, el resto de guardianas de la zona y yo misma decidimos que ella se trasladase una temporada, en cuanto le llegase la menarquia, al castro de Rodiles, en lo alto del monte de Conejera. El hijo de la hechicera local era un mozo avispado y que cumplía todos los requisitos para conquistar a Briana, pero no me voy a extender… El caso es que, cuando se derritieron las nieves a principios de año, tu padre fue a buscarla para contraer matrimonio, incapaz de soportar su ausencia, pero nosotras ya sabíamos que venía preñada de ti. No lo veas como una traición. Es una cuestión de legado. Se necesitaba sangre nueva para que la vieja no se estancase.

Y, como si de una premonición se tratara, un hilillo de sangre descendió por los muslos de Anna, dando por finalizada la conversación.


 


martes, 7 de abril de 2026

LA PRIMERA SANTA. Capítulo tres--El encuentro del Monsacro


 Bueno... ya os he presentada a Dana, y a su nieta, Anna... Y, si, lo habéis adivinado, esta novela tiene protagonistas femeninas, o al menos eso parece... Pero no vamos a adelantar acontecimientos, que hoy está a punto de aparecer un personaje que está documentado, y se merece todos mis respetos.


¡Nos vamos de cabeza nada menos que al Monsacro!









CAPÍTULO 3

ENCUENTRO DEL MONSACRO

 

Primavera del año 712 d. C.

 

Pelayo se volvió a santiguar. Había llegado al momento más difícil del descenso y sus fuerzas comenzaban a flaquear. Ya le habían advertido de lo oscuro y resbaladizo que se volvería el pasadizo que conducía a la cámara dolménica interior, pero nadie en su sano juicio lo haría cargado con el peso que él portaba en su espalda. El eco de sus pasos se perdía en lo más profundo de la cripta, que no parecía tener fin. La oscuridad era tan densa que su pequeña lámpara de aceite apenas bastaba para iluminar un par de pasos.

Las instrucciones del obispo de Toledo, Urbano, habían sido muy claras: el último trayecto de su viaje debía afrontarlo en solitario. El secreto de su misión así lo exigía.

No era más que un mozo, apenas cuatro arrobas de músculos fibrosos adornados por un agraciado rostro imberbe; pero en sus ojos ya encerraba recuerdos de los que marcaban a un hombre de por vida. Primero la derrota en la batalla del Guadalete, en la bahía de Gades, sirviendo como orgulloso espatario de su admirado rey Rodrigo. Después, la caída de Toledo. Toda la élite visigoda —orgullo de todo un reino— batiéndose en retirada. El bastión más representativo había caído y, con él, la ilusión de muchos otros buenos cristianos.

Pelayo intentó apartar esos pensamientos acomodando sobre sus hombros las correas del macuto, que ya estaban manchadas con unos hilillos de sangre. El dolor le resultaba reconfortante porque le recordaba que tenía una responsabilidad más importante que él mismo. Sorprendido, ahogó una imprecación mientras una nutrida bandada de murciélagos le frenaba en seco, azotándole el rostro y arañándolo con sus alas. Olía a guano y a humedad, pero también a humo y a orines de cabra montés. Una ráfaga de aire gélido apagó la llama de su diminuto candil de barro. Una ráfaga antinatural que provenía de lo más profundo de la grieta y no del exterior.

Pelayo se estremeció, perlado su cuerpo de un sudor frío. Podía sentir su corazón latiéndole alocado en las sienes. Por un segundo se sintió tentado de pedir ayuda a gritos a su compañero de armas, Gumersindo, que se había quedado montando guardia a la entrada de la cueva, herido en el costado por la punzada de una lanza bereber cuando escapaban de Toledo. Les había prometido a Urbano y a él cumplir con su deber, y enterrar en un lugar secreto las reliquias salvadas del fuego, pero nunca se había parado a pensar que eso exigiría hacerlo en solitario. Mentiría si no dijese que estaba aterrorizado.

Había algo cerca. No sabría decir si era un animal, una persona o un demonio, pero respiraba… Y los muertos no respiran —pensó mientras retiraba la mano del pomo de la espada—.

—¿Quién vive?

Estremecido, Pelayo extendió las manos, tanteando las paredes de roca. De la parte superior rezumaba un líquido espeso, cargado de líquenes y detritus, como si la tierra misma se estuviera descomponiendo, rumiando en silencio las fértiles capas vegetales de la superficie.

Entonces la vio. Encajada en una de las esquinas más alejadas de la galería se acomodaba entre raíces y rocas sueltas una anciana. Parecía empeñada en hurgar con urgencia una talega de lana cruda tejida. Pequeños destellos de luz la rodeaban. Eran insectos, que formaban una nube y que se dispersaron cuando la huesuda mano de la anciana extrajo unos polvos del saquito. A un solo soplido, la caverna se llenó de luz. Pelayo se arrodilló, buscando con urgencia la protección de un crucifijo de plata que llevaba prendido del pecho.

—¡Brujería! ¡No os mováis de dónde estáis, bruja del infierno, o juro que os atravesaré con la punta de mi espada!

La diestra de Pelayo desenvainó el hierro, extendiendo con la zurda el crucifijo hacia la vieja, que se limitó a soltar una carcajada, dejándolo aún más desconcertado.

—Guardad eso, buen mozo, que esas cosas aquí no van a serviros de nada. Acercaos, os lo ruego, que nada habéis de temer de nosotras…

Al decir eso, Pelayo percibió que la anciana no estaba sola. A su lado, acurrucada en el suelo, una niña jugueteaba distraída con una muñeca de azabache. No sabría precisar su edad porque, a pesar de su aspecto aniñado, mostraba una expresión que denotaba una inteligencia muy aguda. Se limitó a mirarlo sin demasiado interés, retomando sus juegos infantiles en el suelo.

La anciana sacó un trapo húmedo, extendiendo sobre un plato de madera una masa de queso azul cargado de larvas.

—Acercaos, Pelayo, y comed con nosotras. No tengáis miedo.

—¿Cómo sabéis mi nombre? ¿Quién sois?

—Quienes seamos nosotras carece de interés, pero creo que es justo que sepáis el nombre por el que se nos conoce, ya que nosotras sabemos el vuestro. Los míos me conocen por Dana, Señora y Guardiana de la Cueva de Nuestra Señora, y ella es mi nieta, Anna. Os estábamos esperando. Vos sois el señor Pelayo; muchos hablan de vos y de vuestra valentía. Vos aún no lo sabéis, pero tenéis la misión de cargar con el peso de un futuro sin nombre, aunque he de admitir que me decepciona un poco comprobar que aún no estáis preparado. No sois lo que yo me imaginaba: os falta mucho aún para ser hombre, y mucho más para ser rey…

Pelayo hizo amago de romper el silencio, pero Dana le cortó en seco:

—No, no me interrumpáis, señor Pelayo. Sabemos que venís de muy lejos, del sur, y que os acompañaba un cura, pero no un cura cualquiera: nada menos que Urbano, el obispo de Toledo… No se molestéis en ocultar ese macuto. Sabemos que protegéis con vuestra vida unas reliquias importantes para vuestro pueblo. No somos enemigos; yo diría más bien que al contrario… No tengáis miedo, Acercaos y reponed fuerzas, ya tendréis tiempo para esconder esos objetos. No os preocupéis, confiad en mi palabra. Os prometo que aquí estarán a salvo.

La anciana esparció el contenido de su zurrón, ofreciéndole a Pelayo unos mendrugos de pan de escanda. La niña se acercó y, con una lasca de cuarzo, extendió un poco de queso sobre una rebanada. La vieja hizo lo propio, untando el queso con la uña de su índice derecho, que parecía una cuchilla afilada.

—No os lo voy a repetir, mozo… —masculló mientras masticaba con evidente placer—. Este queso lo elaboramos desde hace generaciones, y madura en una cueva escondida en la garganta del Cares. No tendréis ocasión de disfrutar de un manjar semejante en mucho tiempo, emboscado como os empeñáis en andar.

Pelayo se frotó los ojos, incapaz de entender lo que estaba sucediendo. Alargó la mano, aceptando el bocado que le ofrecía con una sonrisa la niña. La anciana no se equivocaba: era el mejor queso que había probado en su vida. Alentado por la sonrisa de sus anfitrionas, repitió hasta que dieron buena cuenta del resto. Unas nueces con miel hicieron de postre. Mientras comían, todos guardaron silencio, mirándose, dejando que sus instintos dejasen de estar en alerta. Pelayo se sintió en deuda y echó mano al bolsillo interior de su túnica, donde guardaba el saquito con las monedas, pero la vieja negó con la cabeza.

—Ese metal aquí no vale nada, mozo. Eso son cosas heredadas de los romanos. ¿Cómo se puede poner precio a los alimentos? Los dioses del bosque y de la tierra se enfadarían, y con razón. A nosotras nos educan desde niñas a compartir, porque quien comparte lo que tiene —por poco que sea— se honra a sí mismo. Además, sois nuestro invitado.

Pelayo asintió con la cabeza. La niña, ajena a su conversación, seguía tendida en el suelo, jugando con su muñeca de azabache, a la que parecía contarle secretos. El pelo de la niña olía a cuero húmedo, a sangre y a humo, como si en algún momento cercano se hubiera estado entreteniendo en curtir la piel de algún animal recién matado. La anciana pareció haberle leído el pensamiento a Pelayo, porque añadió:

—Esta mañana hemos dado muerte a un lobo en vuestro honor. El líder de su manada. Su sacrificio ha despertado la voz de las ánimas más antiguas, que se muestran dispuestas a aceptar esas reliquias en nuestra tierra sagrada. Ya os dije que aquí estarían a salvo. Nadie con dos dedos de frente se atrevería jamás a profanar este lugar. No pongáis esa cara de bobo, buen mozo, ni os toméis a la ligera mis palabras. En este suelo descansan las cenizas de nuestros antepasados. Nosotras venimos de una estirpe más antigua que la vuestra, godo. Hay un vínculo de sangre que nos une a nuestro pueblo, que no es tan distinto al vuestro, y nuestros caminos se cruzan ahora porque el destino así lo reclama. Acercaos y escuchad con atención, porque vuestra propia vida dependerá de las decisiones que toméis esta noche. Deberéis enterrar vuestro tesoro —indicó la anciana— bajo la tercera losa, justo donde el agua se filtra buscando la grieta de la roca. Marcaréis el lugar con un símbolo que no sea vuestro. Uno que nadie aparte de nosotras sepa lo que significa: tres círculos concéntricos, formando una espiral… Ellos lo buscarán, pero no lo encontrarán, porque solamente será visible para los ojos entrenados. Es muy importante que ellos no lo encuentren nunca, mi señor Pelayo, guardáoslo bien en vuestra cabeza.

—¿Ellos?

—Ellos, los que aún no han nacido…

La vieja se sentó en cuclillas. Sus huesos crujieron como cáscaras de avellana mordidas por una ardilla gigante. A un chasquido de sus dedos algunos insectos luminiscentes impactaron inmolándose contra las paredes de roca, dando visibilidad con su sangre a docenas de marcas que parecían haber sido grabadas hacía siglos. Pelayo ahogó un suspiro, impresionado.

—Ya habéis cruzado el umbral, mozo. Veníais a esconder algo, pero habéis despertado fuerzas muy poderosas con vuestra presencia aquí. Son marcas antiguas, de antes del hierro, de Roma, incluso de antes de ese al que vosotros llamáis Jesucristo. Son el lenguaje de las guardianas del mundo nuestro. El idioma del pueblo que habla con el fuego, con la nube, con la roca y el bosque. Son los símbolos que protegen nuestra memoria. No queráis entenderlo. Ni tan siquiera nosotras sabemos su significado, porque cambia con cada persona. El mensaje no siempre es el mismo para todos. Con vuestra llegada hemos visto un símbolo nuevo. Vos no compartís nuestro linaje, godo. Ni siquiera compartís nuestras creencias, pero habéis sido aceptado y, a partir de este momento, cargaréis con esa responsabilidad. Vuestra familia goza de gran prestigio entre los clanes astures, sobre todo entre los luggones, con los que compartís tierras y hacéis buenos trueques. Habéis venido a salvar los restos de vuestro mundo en el lugar que nosotros guardamos el recuerdo de todo cuanto somos como pueblo. Bajo estas piedras descansarán unidos vuestro futuro y el nuestro.

—Que así sea… —murmuró Pelayo, clavando su espada en el suelo—. Urbano me advirtió del carácter sagrado de este lugar y, en el éxito de su misión encomendé mi vida, que solamente a Jesucristo le pertenece.

Se arrodilló, rezando en silencio un padrenuestro. Cuando terminó, visiblemente afectado, se persignó, extendiendo su mano derecha para aferrar de nuevo su espada, con la que trazó en el aire la señal de la Santa Cruz.

—Que Dios bendiga y proteja este lugar. Haré cuanto esté en mi mano para mantener en secreto el paradero de esta cueva.

Momentos más tarde, Pelayo colocaba sudoroso la última de las piedras que ocultaría las riquezas sagradas, esbozando en el aire nuevamente la señal de la Santa Cruz con la mano. La anciana se acercó con paso lento, posando la palma de la mano sobre la piedra que ocultaba el tesoro.

—Madres de la Tierra, tomad esta ofrenda. Que la oscuridad y el eco de las ánimas, presentes y ausentes protejan estos objetos hasta que este recién llegado regrese reclamando su legítima pertenencia. Estas reliquias darán validez y continuidad a la línea genética del aquí presente, el señor Pelayo. Que la credibilidad de los suyos esté a salvo en estas rocas.

Apenas un segundo después, señaló con su índice el juguete de la niña:

—Dámela, Anna.

—¿La muñeca?

—No. Su mano. Quien no sacrifica, no medra.

La niña no se movió. Debía ser mucho el afecto que le tenía a su juguete, porque trataba de esconderla tras su cuerpo. Dana se acercó y, sin más explicaciones, se la quitó de las manos.

—Esta muñeca guarda parte del espíritu humano. Ha sido tallada por el hombre, pero le pertenece a la tierra. Es negra como la noche, pero cálida como la sangre de una madre. Tiene un gran poder, protege del miedo y aleja de la peste y del metal traidor, pero no basta con tenerla. Hay que merecerla. Es el vínculo de una niña con su mundo infantil. Una niña que hoy dejará de serlo… Para que alguien gane algo, otro lo ha de perder. Así funciona el mundo nuestro.

La niña asintió, sin moverse. Dana sostuvo la figura de azabache frente a ella y, con un golpe seco, le astilló parte del brazo. La niña dio un respingo, pero no gritó. Se limitó a bajar la cabeza con respeto, guardando silencio. Ni una sola lágrima asomó a sus ojos, a pesar de que ese objeto debía de significar mucho para ella.

—Pelayo —añadió la anciana, tendiéndole el brazo mutilado—, esto os protegerá. En la cigua negra luce el día; que la derrota sea convertida en victoria, y que la piedra muerta traiga vida… Escuchad bien, mozo… Sin esta mano, la muñeca es aún más fuerte. El sacrificio es lo que sella el vínculo entre carne y ánima… Para levantar vuestro reino necesitaréis más que un ejército, necesitaréis que los muertos os reconozcan. En esta piedra vive el trueno y el fuego… Cuando sintáis que su contacto os abrasa la piel, habrá llegado el momento de cumplir con vuestro destino.

Pelayo aceptó la piedra. Al contacto de su cuerpo era fría, pero a la vez guardaba una textura sedosa y cálida. Ya fuera por el pulido o por la perfección de la talla, el hecho es que le resultaba agradable al tacto.

—No es la piedra solamente lo que os dará la protección. Es el acto de sacrificio de la guaja, que os entrega parte de su juguete. Yo os ofrezco su pérdida…

—Y yo… ¿yo qué pierdo a cambio? Antes lo habéis dicho, Señora: para que alguien gane, otro ha de perder. ¿Cuál ha de ser mi pérdida?

—Vos perdéis el miedo y ganáis la ofrenda de una niña inocente. Las mujeres de mi sangre tenemos que perder para que otros ganen. Ese es nuestro destino.

—¿Y si muero?

—Todos moriremos. Yo antes que ninguno de los que estamos aquí presentes. ¿Qué importancia tiene eso? Las cosas solo desaparecen cuando alguien las olvida. Acércate, Anna —la anciana le acarició el pelo— no te sientas triste. Ya sé que ahora la muñeca no podrá abrazar, pero la enseñanza de hoy es que cuando algo se rompe no vuelve a ser lo mismo. Se hace más fuerte. Un árbol herido por un rayo endurece su corteza. La muñeca no está rota, ni ha perdido su utilidad. Está incompleta. Como tú. Como yo. Como él… —dijo la anciana señalando con su mano huesuda a Pelayo.

El joven se estremeció. Iba a contestar que no se sentía incompleto; estaba perfectamente sano, fuerte, entero… La vieja lo cortó con una sonrisa indulgente.

—No escondáis la duda, mozo. Dudar es necesario a veces. De la duda nace la sabiduría. Que este objeto os recuerde que el mundo no es perfecto. Nadie es perfecto. Ni vos, ni yo, ni los futuros reyes…

—Yo soy de los que piensan que las cosas rotas pueden arreglarse. He venido para salvar lo poco que ha quedado de mi mundo. ¿Por qué ella no? —añadió Pelayo, señalando los restos de la muñeca.

—Porque entonces sería transformada en otra cosa. Lo roto se arregla cuando no queda otro remedio, pero no vuelve a ser lo mismo. ¿Sabes, Anna? —dijo la hechicera tratando de ocultar una sonrisa amarga—. Yo también estuve rota. Aún lo estoy. Todos aprendemos a caminar con heridas, porque si esperas a estar entero para avanzar, nunca te mueves. Yo también tuve algo que amaba y me fue arrebatado. No fue un juguete ni una reliquia, como os preocupan ahora a vosotros, sino algo más humano. Carne de mi carne. Sangre de mi sangre. Una parte de mí quedó abandonada a su suerte cuando decidí ser lo que soy ahora. Algún día vosotros tendréis que pasar por pruebas terribles, pero todos hemos sido jóvenes. Incluso yo.

La anciana hizo una pausa antes de continuar.

—Hubo un tiempo en el que yo fui joven y bella. Tenía dos hijos recién nacidos, ambos varones; un padre ciego, que me amaba con locura, y una madre que tenía la voz más dulce que jamás haya escuchado nadie… Entonces murió mi abuela, y con su muerte vino la invernada más oscura y fría que jamás haya conocido el hombre, y con ella el hambre, y el miedo… El pueblo pedía señales, hacía sacrificios, pero… yo tenía un hogar, y era feliz con mi familia. Las cosas empeoraron y la gente empezó a morir. En ese momento tuve que elegir: cuidar de los míos o aceptar mi don. Ser madre de sangre o ser la Madre de todos… Como podéis comprobar elegí al pueblo y, arrastrándome como pude, subí a la montaña. Era apenas una niña, pero no me dejaron otra opción.

La anciana movió las manos, como si apartara unas telarañas invisibles. Ahogó un pequeño suspiro antes de continuar, con la voz quebrada por la emoción.

—Fueron unas semanas muy duras, en las que mi cuerpo se quedó consumido. Perdí la leche de mis pechos, y regresé a mi aldea siendo casi una anciana. Cuando entré en mi casa, ya no quedaba nadie con vida. Ese es el precio de guiar. A veces, para salvar a muchos, es necesario perderse uno mismo.

Algo parecido a una lágrima asomó a los ojos de la hechicera, que volvió a acariciar conmovida a su nieta, meneando la cabeza con tristeza.

—Aprenderás a hacer un hueco en lo más profundo del corazón, Anna. Un espacio en el que ordenar las cosas importantes. Tendrás que hacer grandes sacrificios, pero ese ha sido siempre nuestro legado. Y vos, mozo —añadió, mirándolo con frialdad—, lideraréis a un pueblo, pero tened en cuenta que reinar es ser capaz de tomar decisiones en nombre de otras personas. Es sentirse vacío, perder para ganar en ocasiones, si eso es lo que el pueblo necesita… No me dais envidia ninguno de los dos. Tenéis ante vosotros una prueba de valor que excede con mucho lo que nadie haya soportado hasta ahora.

Pelayo sintió un nudo en el estómago. Él también había perdido amigos, familiares, compañeros de batalla, pero lo que acababa de confesar la anciana era distinto. Había sido educado en las armas, y en su mundo los problemas se saldaban con sangre, y la valentía se demostraba con la espada. El sacrificio que ella había aceptado exigía un altruismo solitario y anónimo, alejado de las grandes gestas llamadas a ser recordadas. La anciana giró su cuerpo de nuevo hacia él.

—Estáis llamado a hacer grandes cosas, Pelayo, pero antes deberéis afrontar el mayor de los retos. Tendréis que luchar contra vos mismo, y luchar contra uno mismo siempre trae derrota en la batalla. Si los augures están en lo cierto, vuestro destino os llevará a reinar y un rey no puede gobernar con miedo, pero eso no os lo enseñará nadie. Deberéis aprenderlo cargando con vuestros silencios y con los motivos que fundaron estos. Hay cosas que deben estar rotas para ser más fuertes, pero siempre es mejor que se rompan por sí mismas, porque así se evita el disgusto de tener que romperlas. Yo ya os he dado la clave: el que conoce la herida es capaz de sanarla. Seréis rey; ese es vuestro destino. Seréis ejemplo en la batalla y muchos os seguirán, de eso no os quepa la menor duda, pero un rey no puede guiar nunca con miedo.

Un agudo silbido interrumpió la conversación. Pelayo se levantó de un brinco.

—Hay un compañero esperándome fuera. Algo grave ha de estar ocurriendo para que se alarme de esta manera…

—Nada os retiene aquí, mozo. Sois libre de iros cuando os plazca, pero antes tomad estos tres puñados de tierra. En este pozo están enterradas las cenizas de docenas de mujeres anteriores a mí, todas con las mismas habilidades. Esta tierra tiene propiedades curativas. Aplicad una cataplasma con este barro en su herida tres veces al día.

—¿Tres puñados tres veces al día?

—El tres es un número con grandes propiedades mágicas: uno por la carne, otro por la sangre, y otro por la vida. Los cristianos lo llamáis de otra manera: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Otros lo llaman tierra, cielo e inframundo. Tendréis que suplicar por la sanación de vuestro amigo, por vos y por los que luchan sin nombre en las sombras. Al tercer día notaréis la mejoría.

 

Pelayo emergió de las entrañas de la tierra sudoroso y jadeante, desorientado como un recién nacido. Gumersindo, sacando fuerzas de flaqueza, le hizo señas con una antorcha para guiarlo en los últimos pasos. Aún estaba donde lo había dejado, envuelto en su capa, pero su estado había empeorado. Con voz febril, gimiendo apenas, el herido celebró la llegada de su amigo:

—Me tenías preocupado. Hubo momentos en los que estuve a punto de bajar porque creí escuchar voces, pero tengo tanto frío que no puedo ni mover un músculo de mi cuerpo. ¿Crees que seré capaz de sobrevivir?

—No sabría decirte, mi fiel Alonso. El que se ha muerto puede que sea yo. He visto cosas que nadie creería, me han hablado en lenguas que no había escuchado nunca y, a pesar de todo, hemos sido capaces de hacernos entender.

—Hablas en plural… ¿Te ha visto alguien al bajar? ¿Has podido esconder nuestro tesoro en lugar seguro?

—De eso no tengas la menor duda, amigo mío; nadie podrá dar con él jamás.

Pelayo se quedó pensativo, sopesando la conveniencia de continuar hablando.

—El caso es, amigo mío, que había más personas conmigo ahí abajo. Te lo cuento como contaría un secreto de confesión, porque en lo más profundo de esa cueva he sido sometido a juicio por unos ojos invisibles, que no eran cristianos. No… —protestó Pelayo, cubriendo la boca de su acompañante para impedirle contestar—. Déjame continuar… Lo más extraño del caso es que he sentido en su presencia una paz como la que siento en la iglesia delante de Nuestro Señor Jesucristo crucificado.

—Pelayo, eso que insinúas es peligroso. Me estás hablando de algo pagano…

—Escúchame, Gúmer… Jesucristo dio la vida por los hombres. Todos sacrificamos algo. De los sacrificios nace el poder. Las cosas no protegen por lo que son, sino por lo que cuesta que sean lo que llegan a ser.

—Eso no suena muy cristiano, Pelayo, amigo mío…

—Lo sé, pero en mis palabras no hay influencias de ningún demonio. Eso lo tengo claro. Allí abajo solamente había una vieja, y una niña. Lo sé, suena delirante, pero ninguna parecía tener miedo ante nada ni ante nadie. La anciana hablaba como los curas. ¡Qué digo los curas! ¡Hablaba como los profetas! Es como si Dios en persona le susurrara las palabras a esa vieja…

El herido trató de protestar, pero un gesto de dolor le impidió moverse. Pelayo acercó la antorcha al costado de su amigo. La herida de don Alonso estaba cubierta de pústulas, y emitía un desagradable olor a carne podrida. Pelayo arrugó el ceño, extrayendo la pequeña bolsa de cuero con el barro que le había dado la anciana. Con unas gotas de agua que rezumaban del techo preparó un emplaste, que aplicó con cuidado en la herida. Gumersindo intentó revolverse, pero las fuerzas le fallaron.

—¿Qué haces? —gimió sobresaltado— ¡Esto es brujería!

Ajeno a sus protestas, Pelayo extendió el resto del preparado. El simple contacto del barro con la piel arrancó un suspiro de alivio en el herido, que abrió los ojos con espanto.

—¿Qué me has hecho?

Al segundo, pareció sentirse reconfortado. Dejó de temblar. Se diría que la fiebre estaba remitiendo.

—No te lo hago yo, te lo hace la tierra. O Dios. O ambos… Ya lo dicen las Escrituras: «En ocasiones el mensaje de Dios llega por caminos indescifrables».

—Y ahora… ¿qué?

—Ahora bajaremos de este monte sagrado, y no contaremos lo sucedido a nadie. Reuniremos a los que aún queden en pie, y rezaremos para que los moros no puedan llegar hasta aquí jamás.

—Tu secreto estará siempre a salvo conmigo, Pelayo. De sobra sabes que puedes contar con mi silencio, pero esto que acabas de hacer conmigo no ha estado bien. Los milagros vienen del Cielo, no del barro. Bien claro nos lo dejó Urbano: «No hay poder fuera de la cruz».

—No seas necio, Alonso. ¿Acaso olvidas lo que nos dice la misma Biblia?: «Barro somos y en barro nos convertiremos».

—Adórnalo como quieras, pero no sé si agradecértelo. ¿Cómo puedes decir eso tan tranquilo?

—¿Qué quieres que haga, amigo mío? Algo se mostró allá abajo. Algo que no era un demonio. Algo a lo que aún no puedo ponerle nombre.


 


lunes, 6 de abril de 2026

La Primera Santa. Capítulo dos.



Espero que os haya gustado el inicio de la novela. Un poco de paciencia, que no tardará en coger ritmo. Muchos ya lo habéis adivinado: vamos a movernos a través de un período fascinante y convulso de la Historia. Si, ficción histórica, pero no os asustéis, que no seré denso y aburrido. Los que me conocéis sabéis de sobra que me gusta el ritmo propio de los thriller y la acción propia de la novela negra. 



¡DESPEGAMOS!





CAPÍTULO 2.- EL MENSAJE DEL CUÉLEBRE Y EL NUBERU


Taranis (actual Toraño), primavera 710 d. C.
La fogata luchaba por mantener vivos los rescoldos a pesar de la niebla persistente, que cegaba la
vista como una cortina impenetrable, pero Anna no tenía miedo. Sus pies descalzos se hundían en el
musgo húmedo mientras corría excitada buscando a su abuela Dana. Todos sus juegos comenzaban
como un desafío y la niña disfrutaba comprobando que, a pesar de lo dificultoso de las pruebas,
siempre conseguía mantenerse victoriosa. Todos los poros de su piel podían captar el vivo palpitar
del bosque.
- Escucha el ritmo- le había dicho su abuela. Cada criatura que canta te envía mensajes, cada crujido
de la madera, cada cambio en la dirección del viento… déjate conducir. Escucha en silencio.
La niña cerró los ojos y se dejó guiar por su instinto. A sus apenas once años ya presentía cosas que
los adultos no podían ver. Unas veces eran las piedras del río, que le murmuraban peligros cercanos,
o la advertían sobre las pequeñas mentiras que alguien deslizaba en las asambleas del concejo;
otras, el viento cambiaba de dirección, y se volvía gélido para advertirla de la presencia de algún
tipo de alimaña.
Esa mañana se habían alejado del poblado más de lo habitual. Su abuela había insistido en la
necesidad de pasar la noche más allá aún del “Picu La Vieya”, haciendo noche en la Cueva del
Pescador. Esta vez la disculpa que habían buscado era la de comprobar la abundancia de pesca en
ese inicio de temporada. En ese tramo del río Sella eran ellas las encargadas de “tocar el campanu”
para advertir de la aparición del primer salmón del año. Esa primavera algo había adelantado la
migración de los peces, porque algunos ejemplares de gran tamaño ya habían comenzado a
remontar el río.
El toque de la campana no tardaría en atraer a los vecinos de las aldeas más cercanas, que
aprovecharían para capturar algunos ejemplares en una zona próxima de bajo calado. La anciana
había ordenado a la niña que se entretuviera explorando los matorrales cercanos en busca de algún
pato anidado, que sería presa fácil para una niña rápida como ella, pero algo parecía haberla hecho
cambiar de opinión. Su voz adquirió cierta gravedad, mientras le hacía señas para que se acercase.
-Táte quieta, y quédate cerca del fuego, neña… necesito buscar unas hierbas que crecen aquí cerca.
Creo que ya ha llegado el momento.
Su abuela era respetada en toda la comarca. Tenía una manera particular de actuar, y nunca decía las
cosas como los pastores, ni tan siquiera como los sabios. Tenía una manera de hablar mística,
cargada siempre de interrogantes. Anna era la única que nunca se extrañaba, ni hacía preguntas
innecesarias. Pasaron unos momentos hasta que la anciana regresó con un cuenco de madera entre
las manos.
-Sé que fuiste a mirar por dónde andaba, a pesar de haberte dicho que te quedaras al lado del fuego,
pero no lo voy a tener en cuenta, porque yo a tu edad tenía la misma curiosidad que tú, pero has
caminado todo ese tiempo de manera descuidada, descargando todo el peso del cuerpo sobre la
planta de los pies y los talones. Tienes que moverte como los ciervos, sin hacer apenas ruido,

~ 5 ~

apartando las hierbas y los helechos, moviéndote sin que nada ni nadie pueda alertarse con tu
presencia. El bosque es de todos, de las fieras, de las raíces, de las plantas… no puedes destrozar los
hongos a tu paso, ni romper las ramas frágiles de los árboles. Aún eres muy joven, pero algún día
entenderás que la tierra hay que acariciarla, y no aplastarla, pero dejémonos de cuentos… ha
llegado el momento de dar un paso adelante en tu iniciación.
La abuela siempre se refería a “su iniciación” como algo misterioso y necesario. Era un secreto del
que solo se hablaba en el más estricto ambiente familiar, porque muchos aldeanos jamás
entenderían el poder y la responsabilidad que acarreaba una tarea semejante.
-Tienes que beberte esta infusión, y dejar que los espíritus te guíen. No tengas miedo, porque,
aunque no me veas, yo estaré a tu lado. Yo siempre estaré a tu lado, mi neña.
Anna siempre acataba las órdenes de su abuela con sumisión, consciente de que nada malo habría
de sucederle estando bajo su tutela, pero en esa ocasión algo parecido al miedo la hizo titubear
cuando Dana le tendía el cuenco aún humeante. La poción olía a menta y manzanilla, pero en los
posos más densos del brebaje se percibía algo antiguo, primigenio, con olor a moho, como si algo
metálico reposara en el fondo del recipiente.
-No tengas miedo. Las primeras veces produce un poco de revoltura, porque huele a resina amarga,
a ceniza y a humo negro, pero cuando te acostumbras al sabor resulta reconfortante.
El cuenco estaba adornado con tallas toscas pero cargadas de simbolismo: círculos protectores,
espirales, cruces… el líquido mostraba unos reflejos dorados y verdes. La niña lo bebió sin
parpadear.
Primero fue un sonido amortiguado, una especie de siseo rítmico y acompasado. Al cabo de unos
segundos, la luz se descompuso en cientos de colores que dejaron a la niña boquiabierta. Un
pequeño vértigo la obligó a ponerse de cuclillas, mareada pero extasiada ante los sucesos que se
iban sucediendo. Ya casi estaba repuesta del todo cuando un leve temblor comenzó a sacudir las
grietas de la cueva, como si una corriente subterránea pugnara por abrirse paso a través de las rocas
de piedra. Y entonces, emergiendo del suelo como una aparición inesperada, surgió de la nada una
serpiente de un tamaño descomunal. Llegado ese momento, la niña emitió un chillido involuntario.
Algo primitivo la obligaba a mostrar respeto ante los reptiles, pero una caricia de sobras conocida
tuvo un efecto reconfortante. Una mano leñosa pero protectora masajeaba la base de su cráneo,
susurrando palabras en un lenguaje desconocido, pero balsámico.
El efecto fue inmediato, y la niña pudo al fin mirar de frente a la criatura. Medía más de nueve
pasos, y tenía unas escamas brillantes como arco iris, entreveradas de musgo, líquenes y restos de
barro. Su cabeza era triangular, y sus ojos rojos como carbones encendidos. Tenía una mirada que te
penetraba, pero no de una manera autoritaria e inquisitiva, sino de una manera prudente y cargada
de curiosidad. Anna no se movió. Sus rodillas temblaban, pero sabía que nada malo habría de
sucederle estando con su abuela. Se armó de coraje y extendió las manos con las palmas abiertas, tal
como ella le había enseñado a hacer cuando estaba en presencia de alguna fiera, o de algún espíritu
poderoso.
-Ssshhhs… Sha… -siseó el cuélebre en un idioma áspero y desconocido, pero comprensible para
ella. No tenía muy claros los matices, pero la niña lo entendía. No con la mente, como hacía con las
personas de la aldea, sino con el cuerpo. Una especie de escalofrío en la médula espinal transmitía
una serie de instrucciones al cerebro que éste (de manera totalmente inexplicable) era capaz de
traducir, de manera que así estuvieron un buen rato. El cuélebre le hablaba de antiguos tratados con
los humanos, cuando éstos aún no nombraban a las cosas por su nombre, sino que simplemente las
indicaban con el dedo y ella atendía con interés a cada explicación, a cada detalle, a cada enseñanza.

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El reptil le habló de cosas que hasta ese momento eran desconocidas para ella, como la identidad de
sentirse un pueblo, la necesidad de honrar a los ancestros, la importancia de mantener con vida su
lengua madre. Y le habló del sur, y de la llegada de algo aterrador, de la amenaza de un ejército sin
raíces, de un pueblo que sobrevivía en la arena reseca.
-Un día llegará alguien que está llamado a cambiar tu mundo, y el de todos. Lo hará acompañado de
un viento reseco y cargado de augurios de muerte, y lo hará acompañado de hombres que no
conocen el bosque, que no lo respetan ni lo temen, porque no se puede temer lo que no se conoce.
Su ignorancia y desprecio por nuestra tierra los llevará al desastre, pero aún es pronto para sentir
miedo. Tu linaje está llamado a perpetuar nuestras costumbres, pero no puedes hacerlo sin ayuda.
Nosotros te ayudaremos, llegado el momento.
-¿Quién me ayudará?
-Cuando lo creas todo perdido deberás invocar al cielo. Aún no lo sabes, pero algún día podrás
invocar el rayo y al trueno.
-El Nuberu… -susurró Anna, temblando de emoción. Su abuela le había hablado muchas veces
acerca de esa figura mitológica. A su lado, el cuélebre inclinó la cabeza.
-Veo que la Señora te tiene bien aleccionada. A ella debemos nuestra supervivencia, y algún día tú
ocuparás su lugar. Escúchame, niña protectora del musgo y de la piedra. No olvides jamás esta
visión. El desierto avanza en dirección a nuestros bosques, el sol se arrastra a través de las arenas,
condenando a la tierra a una muerte lenta y angustiosa. Somos los guardianes de nuestro mundo y
del vuestro, y debemos convivir en armonía. La sangre correrá por el río Deva una primavera, lo
sabrás cuando los cuervos luchen contra los halcones, expulsándolos de sus nidos; pero aún falta
mucho para eso, y la Señora ya habrá tenido tiempo suficiente para instruirte.
- ¿Cómo voy a ser capaz de detener algo así? Nada ni nadie puede tener tanto poder…
-Ahora eres solamente una niña, pero con el paso de los años serás la grieta por donde escapen las
fuerzas de la tierra, el viento que acompañe a las tormentas, la noche eterna para los cientos de
condenados… tienes la magia del bosque corriendo por tus venas y algún día serás la que descifre
los mensajes que nuestros mundos han de compartir.
El cuélebre alargó su lengua sibilante hacia la niña, posándola sobre su mano derecha. Una especie
de quemazón dejó una marca perfectamente visible.
-Nuestro vínculo está sellado. Mi carne y tu carne forman ya una sola. Cuando requieras mi
presencia solamente es necesario que apliques un poco de saliva sobre la cicatriz y yo acudiré. Da
igual que sea de día, de noche, invierno o verano. Tú, al igual que tu abuela, y la abuela de ella
antes que ésta, tenéis la capacidad de unir el mundo subterráneo y el terrenal. Recuerda siempre lo
que eres.
Cuando las luces desaparecieron la niña estaba aún aturdida y somnolienta. El cuélebre había
desaparecido y en su lugar solamente estaba su abuela, vestida con la túnica oscura, el cuerpo
erguido y los ojos llameantes como fuego.
-¿Qué me has hecho? -susurró la niña.
-Yo no te he hecho nada. Has sido reconocida. Eso no lo decido yo, ni tan siquiera ella…
-De eso si he podido darme cuenta. Pensaba que el cuélebre era un macho, pero la serpiente era una
hembra.
-Nuestro mundo se recita en femenino, mi querida nieta… Somos la fuente de fertilidad, la savia
nueva. Los hombres no lo saben, pero somos las guardianas de nuestra tierra y nuestro pueblo.
Nosotras, con nuestros pechos y nuestros vientres. Nosotras somos la Tierra. No lo olvides nunca,
mi neña… De los hombres es la muerte, de los hombres son las guerras. De nosotras el futuro, el

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renacer, la primavera. Somos las que traemos vida y esperanza. Las que tenemos el poder más
absoluto, el de dar vida. Pero aún más importante que eso, todo lo que da vida es capaz de dar
muerte… Eso, mi neña, solo podemos hacerlo las mujeres, en el mundo de los hombres, y en el de
los animales, sus hembras.