CAPÍTULO 1
CASTRO DE LES BECERRERES
Brigantia (actual Peruyes), 25 de diciembre del año 699 d. C.
El aire del valle llevaba días inmóvil, como si los dioses de la montaña contuvieran el aliento. Ni
tan siquiera los cuervos osaban cruzar el cielo, y el río, que solía bajar rugiendo, se había vuelto
silencioso. Todos en el castro lo sabían: cuando la naturaleza guardaba ese tipo de silencio era
porque algo muy poderoso estaba a punto de despertar.
Dana, última guardiana de la Cueva de la Señora, caminaba con el ceño fruncido y los dedos
agarrotados. Llevaba horas acallando a las bestias, trazando espirales protectoras en torno al jergón
de paja de su hija.
Volvió a empapar unas ramas de laurel con agua del Oyu La Madre. De esa poza manaba todo
cuanto tenía vida, y no había mayor garantía de protección en caso de partos difíciles, como al que
estaba a punto de asistir. A pesar de su dilatada experiencia como matrona y sanadora, Dana estaba
nerviosa. Sabía que su sangre estaba a punto de encenderse en otra, y que el ciclo debía cumplirse.
Allí, entre los ecos de las plegarias de las mujeres del castro, luchaba por abrirse camino la que
estaba llamada a darle descanso a ella en un futuro. Ese nuevo latido aún no era perceptible para la
gente corriente, pero las guardianas anteriores se presentaban desde hacía meses en sus sueños,
afirmando con solemnidad que su poder no tendría parangón.
No había nacido aún, pero los lobos la olían en los vientos húmedos y cargados de salitre que
venían de la zona de Riba del Sella. Los pájaros que migraban huyendo del frío del norte
confundían los caminos, estrellándose contra las sombras de los árboles, que parecían inclinarse
hacia el suelo en búsqueda de algún tipo de señal. Incluso la tierra temblaba un poco, como si las
entrañas palpitantes de Briana (que así se llamaba su hija, encinta) formaran parte de un volcán de
lava a punto de entrar en erupción.
Dana se alzó de la tayuela donde estaba sentada y miró hacia el oriente con preocupación. Una
bola de fuego rasgó la oscuridad de la noche, cruzando el cielo en una trayectoria lineal perfecta en
dirección al monte Auseva. Era un buen augurio. Suspiró, aliviada. Las nubes se abrieron como una
herida sobre las cumbres más lejanas en la peña de Parda. El agua que reposaba en el cuenco de
madera comenzó a borbotear, adquiriendo una tonalidad rosácea.
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—Ya viene —susurró—. Los vates no se equivocaron. Nunca había sentido una magia tan
poderosa…
Dana no temía a los presagios. Había nacido entre ellos. La habían educado para ello; desde niña
escuchaba las voces del bosque y los susurros cargados de consejos de los ancestros. Hablaba el
lenguaje de las bestias y comprendía los signos del fuego, del viento, de la tierra, pero lo que se
acercaba excedía con creces todo lo que había experimentado hasta entonces.
Los aldeanos del castro asistían a la escena en silencio. La presencia de una mujer tan poderosa
como ella en los valles siempre anticipaba hechos extraordinarios y, por ello, la miraban con una
mezcla de miedo y de respeto. La llamaban de muchas formas: la Guardiana del manantial, la Que
No Envejece, la Señora de la Sagrada Cueva… A nadie criado en esas tierras se le escapaba que su
poder era herencia de un linaje tan viejo como las montañas.
Se les permitía su presencia en la cabaña porque algo excepcional iba a suceder esa noche. Algo
digno de entrar en los relatos más solemnes de su memoria colectiva. Estaban a punto de asistir a un
momento trascendental. La Señora estaba a punto de iniciar su último ciclo de vida. Cada dos
generaciones, una guardiana de su misma sangre recibía el don. La siguiente en la línea sucesoria lo
custodiaba en silencio, y la que venía después lo despertaba con mayor poder aún, si cabía. Así
había sido siempre, y así habría de ser mientras el hombre fuera hombre.
—Encended las velas. Tenemos que guiarla hasta aquí. Ella será capaz de responder a nuestra
llamada. Madres antiguas —murmuró hacia su pecho—, he notado el cambio, puedo sentir su
presencia. Decidme si es ella.
En las paredes, cientos de sombras comenzaron a agitarse, iniciando una danza rítmica y
pausada.
—Encended más velas. Necesitamos más luz. ¡La niña ya está aquí! —vociferó Dana, alarmada.
Las sombras incrementaron su vaivén, que se volvió frenético. Una chispa de luz salió disparada
de una de las velas, aterrizando en el vientre de la parturienta, que comenzó a gritar nada más
romper aguas.
Dana sujetaba la mano de su hija, que se retorcía sobre el lecho de paja empapada en sudor. La
muchacha jadeaba con los ojos muy abiertos, perdida la vista en algún lugar invisible.
—Respira conmigo, Briana. Esto mismo lo has hecho tú muchas veces con otras. Escúchame,
hija. ¡Respira!
Pero el cuerpo de la joven no obedecía. Las contracciones llegaban como olas en un temporal de
invierno: demasiado descontroladas, muy seguidas, demasiado violentas.
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—Esta niña tiene muchas ganas de vivir. Es demasiado fuerte… Tenemos que ayudar a mi hija, o
las perderemos a las dos. Todo lo que trae vida es capaz de quitarla. La luz y las sombras nacen del
mismo fuego. Apagad algunas velas; las vamos a perder —trató de transmitir sus instrucciones sin
que le temblara demasiado la voz—. Ten, hija, bebe de este cuenco. Este no es un parto común.
Vamos a necesitar toda la ayuda posible.
La chica bebió el brebaje de un solo trago, y el efecto balsámico de la bebida no tardó en
manifestarse. Las contracciones se fueron debilitando. Tanto, que por un momento el ciclo de la
vida se detuvo. No se apreciaba ningún movimiento muscular.
—Esto no es natural —susurró una anciana matrona, que ejercía como ayudante,
santiguándose—. La criatura es demasiado grande para salir por ahí…
Dana le dedicó una mirada glacial.
—No digas eso. Ni se te ocurra pensarlo.
Unos gemidos agonizantes las interrumpieron. La parturienta estaba perdiendo la batalla. La
tensión de sus músculos se había ido relajando. Todo su cuerpo parecía haberse quedado
peligrosamente flácido.
—Madre… no puedo…
Dana se inclinó sobre ella, sintiendo cómo el calor que desprendía el cuerpo de su hija a causa de
la fiebre la abrasaba.
—Sí, sí que puedes. Mírame. Estoy aquí. Ayúdala a ella; puedes hacerlo... guía su cuerpo, ábrele
paso…
Una vez dicho eso, Dana colocó las manos sobre el vientre de su hija. El bebé no estaba bien
encajado, venía de nalgas. Ambas sabían que no iba a ser un parto fácil, pero no esperaba tener que
escoger entre una vida u otra. Desesperaba, echó mano de un pequeño cuchillo. Dedicó una mirada
de lástima a su hija y se agachó, palpando su bajo vientre.
—Lucha, puedes hacerlo, neña... Hemos suplicado mucho por ti. El mundo te reclama. ¡Sal!
El chillido enloquecido de su hija precedió a un gesto preciso y calculado. El cuchillo se abrió
paso a través de la carne, rasgando, abriendo vísceras. Un torrente de sangre se escapó, empapando
las mantas de lana del jergón. Algo se retorció entre las manos de la experimentada sanadora, que se
abrían paso, ajenas a los alaridos, al dolor y a la sangre. Y entonces… entonces, la nada más
devastadora y absoluta. Lo que nadie se esperaba: el silencio.
El viento ululaba, colándose entre las rendijas de paja y adobe de la cabaña, provocando
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temblores en las llamas de las velas. Un trueno resonó en la distancia. Los gemidos de la parturienta
se volvieron cada vez más débiles. La vida parecía abandonar su cuerpo. A su lado, envuelta en
líquidos y sangre, descansaba el cuerpo de una niña.
—No respira —indicó desolada la anciana de antes, volviendo a santiguarse—. Ya lo decía yo,
que esto son cosas de brujas…
Dana recogió con cuidado ese cuerpo diminuto y le limpió el rostro con el borde de su túnica,
susurrándole al oído unas palabras en una lengua antigua. Todos los presentes aguantaron la
respiración. Y entonces, la niña tosió. Una pequeña bocanada de aire precedió a un llanto agudo,
claro; un llanto que estremecía, porque parecía que la montaña entera respirase a través de su piel.
—Por todos los santos…
Dana no la dejó terminar.
—No. No invoques a tus santos en una noche como esta. Hoy, aquí, mandamos nosotras. Cuando
una nueva guardiana llega a este mundo, todos los espíritus, vivos y muertos le dan la bienvenida.
La sangre vieja celebra la llegada de la sangre nueva, y el mundo, alrededor, debe guardar silencio.
Hay poderes muy antiguos que se merecen respeto…
—Esta es Anna. ¡Mi nieta! —anunció, mostrándola a todos los presentes con orgullo—. De su
mano volverá la fertilidad a esta tierra. Los hombres se unirán recordando los nombres que
olvidaron y, cuando llegue la hora, su fuerza dará la victoria a los nuestros en la batalla.
Con un gesto rápido cortó con sus propios dientes el cordón umbilical, que pinzó con unos husos
de hueso heredados de sus antecesoras. El trozo restante lo guardó con gran ceremonia en una urna
de azabache, que sería custodiada por las suyas hasta el momento que fuera necesario hacer uso de
ella como reliquia de gran poder mágico en el futuro.
—Madres del agua y del fuego, ancestros, guardianes del aire y de la piedra… Ha nacido una
nueva hija. El vínculo de vida con su madre ya ha sido cortado. Anna es ahora de todos. Es pueblo,
bosque, manantial, montaña… Yo os suplico que sea recibida, reconocedla. Que las raíces
enterradas más profundas de la tierra recuerden su origen; que las bestias la sigan sin temor; que el
trueno la proteja… No la dejéis indefensa, y que su paso despierte las aguas dormidas, que sus ojos
abran los cielos cerrados. Yo le enseñaré todo lo que vosotros, los antiguos, me enseñasteis a mí y,
si llega la guerra, que su voz llame al Cuélebre y al Nuberu, y que su nombre y el nuestro sean uno
solo, como dicta nuestra ley.
Un extraño chasquido arrancó aullidos a los perros. El ganado, inquieto, comenzó a mugir en las
cuadras, como si un rayo invisible amenazara con incendiar las tenadas. Los pastores más jóvenes,
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influenciados por las nuevas corrientes del cristianismo que habían experimentado en sus viajes
trashumantes, comenzaron a invocar santos que aún no tenían altares en esas tierras. Los más viejos,
en cambio, guardaban silencio, a sabiendas de que el mundo antiguo y el moderno estaban en plena
renovación. Los niños más pequeños, maquillados sus rostros con cenizas de difuntos, lloraban sin
saber aún si lo que acababa de nacer traería luz u oscuridad a sus vidas.
Cuando Dana terminó su plegaria, la niña ya no lloraba. Tenía los ojos abiertos, fijos en ella,
serenos, como si fuera capaz de entender todo cuanto de ella se estaba diciendo, y entonces sucedió
la cosa más inexplicable de todas: su madre recobró la consciencia y, aunque debilitada por la
pérdida de sangre, la acercó a su pecho, guiándola, y sonrió satisfecha.

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