jueves, 9 de abril de 2026

LA PRIMERA SANTA. CAPITULO CINCO: LA NOCHE DE HONRAR A LOS MUERTOS.

 


SEGUIMOS AVANZANDO... DANA YA ES CONSCIENTE DE SU RESPONSABILIDAD. AHORA ES EL CASTRO DE BRIGANTIA, PERO... RECORDEMOS QUE NOS MOVEMOS EN UN PERÍODO HISTÓRICO MUY CONVULSO...





CAPÍTULO 4

LA VÍSPERA DEL SAMAÍN

 

Castro de Les Becerreres, finales de octubre del año 713 d. C.

 

En Brigantia, al contrario de lo que estaba sucediendo en otras zonas situadas al sur de Hispania, nada hacía peligrar aún el ciclo vital de los habitantes de las aldeas. Las cosechas habían sido atendidas y el ganado había medrado de manera satisfactoria en los pastos de verano. Ese año había resultado especialmente abundante la cosecha de nueces y castañas, que se apilaban de manera ordenada en los baldes más altos de los graneros, a buen recaudo de los ratones.

Corría el año 713, y mientras Anna crecía instruyéndose bajo la atenta supervisión de su abuela Dana, comenzaban a llegar con creciente urgencia los rumores de una guerra todavía lejana. A las luchas de poder habituales entre los señores de la zona se había sumado recientemente la peligrosa amenaza de un ejército invasor extranjero, que había borrado de un plumazo en Toledo a todos los representantes del poder visigodo. Muchos culpaban de esa situación al hasta entonces obispo de Sevilla, Oppa, hermano del difunto rey Witiza. Su búsqueda de apoyos en la lucha de su sobrino Akila por la sucesión al trono visigodo contra el rey Rodrigo había favorecido el cruce de numerosas tropas de origen bereber a través del estrecho de Gades. Las tropas mahometanas, comandadas por Tariq Ibn Ziyad y su lugarteniente, Munuza, avanzaban con rapidez aprovechando las viejas calzadas romanas sin encontrar apenas resistencia.

Los mercaderes y pastores trashumantes aseguraban que, por fortuna, los sarracenos se habían quedado estancados en las proximidades de Astúrica Augusta, merced a las oportunas ramificaciones de los pasos de puertos de montaña en la zona del territorio astur. Muchos daban gracias a Dios mientras rezaban en silencio, pero el atasco del ejército invasor no obedecía a ningún mandato divino, sino que era una simple cuestión de fortuna: las vías de La Carisa y el Camín de la Mesa se estrechaban a medida que avanzaban hacia el norte, haciendo muy difícil el movimiento de grandes contingentes armados.

El miedo hacía que muchos comerciantes comenzaran a esconder sus mercancías, provocando una recesión en el comercio, y el creciente belicismo enardecía las cada vez más frecuentes disputas taberneras. Era cuestión de tiempo que los sarracenos solventaran sus problemas logísticos y no escaseaban los nobles que decidían emigrar a las montañas del norte buscando refugio y protección.

Las noticias que llegaban a las zonas rurales, alejadas de los centros de gobierno e información, eran confusas, pero tenían un argumento en común: ciudades tomadas sin resistencia, nobles que juraban vasallaje a los nuevos señores de la guerra a cambio de tributos…

La crispación política se reflejaba en las actividades de todos los hogares dispersos por los valles astures, que no eran ajenos a los peligros que supondría la llegada de unos nuevos amos. Como matriarcas de Brigantia, Dana y su hija, Briana, no eran una excepción. A ellas también las estaba afectando esa incertidumbre. Tanto, que sus conversaciones se habían ido enquistando de manera progresiva, incapaces de establecer de mutuo acuerdo una estrategia a seguir. Sus experiencias como gestoras del autosuficiente castro de Brigantia nunca habían contemplado el pago de tributos a ningún señor, ya fuera un jefe tribal, un noble godo o un descendiente de romanos con avaricia. La supervivencia de su pueblo dependía, como siempre había sido, de la prosperidad de sus tierras y una guerra era lo que menos falta les hacía en esos momentos. Pero más que nada les pesaba la responsabilidad. Ellas no eran mujeres corrientes. Descendían de una respetada estirpe de Guardianas… Sabían que sus decisiones no tardarían en ser imitadas por sus vecinos, afectando al resto de poblados diseminados por la comarca. De ahí que sus desavenencias vinieran motivadas, en gran medida, por el impacto que sus acciones pudieran tener en el pueblo.

Fue Briana la que inició la conversación, absorta en sus pensamientos mientras revolvía la calderada de cordero con un palo de avellano. El delicioso aroma se escapaba ligado con los vapores, provocando en la anciana gruñidos de estómago involuntarios.

Creo, madre, que lo más conveniente sería hacer acopio de víveres; pero si lo ordena usted podrían entenderlo como una advertencia de la Gran Madre. En el castro ya están acostumbrados a mi prudencia habitual, pero su presencia en el valle siempre provoca nerviosismo. Muchos hablan de hacer nuevos sacrificios a los dioses, en previsión de una tragedia. Además continuó con tono arisco—, ha bajado usted del monte acompañada de mi hija. Muchos le tienen miedo a la niña. Murmuran que ella es la razón de todo, que su nombre va unido a esta guerra desde el mismo momento de su alumbramiento.

No metas a Anna en esto. Los aldeanos siempre murmuran cuando tienen miedo y más aún cuando están desocupados. Deberían estar más preocupados por los preparativos del amagüestu que por la presencia nuestra aquí en Brigantia. Además, si dejan de confiar en el mensaje de los antiguos, no creo que tengan cabida en estos muros, y eso es responsabilidad tuya, hija mía…

Yo no gobierno espíritus, madre. Eso lo dejo para las que habéis sido bendecidas con el dedo de la Madre. Yo me preocupo de las bocas que alimentar y de los turnos de siembra y pasto. Lo que necesitamos ahora, más que nunca, es orden y prudencia, y menos visiones mágicas, leyendas o sacrificios.

A la gente le gusta mucho sacar la lengua a pacer, Briana, y a ti más que a nadie, por lo que escucho… ¡Ah…! Y de ahora en adelante muéstrame un poco más de respeto, que bien sabes el motivo que nos ha traído a nosotras aquí. Esta noche es la víspera del Samaín, así que vete enterrando esta ofensiva indiferencia, que esta noche y la siguiente honraremos a los muertos, y no hay discusión posible. Tú deberías saber mejor que nadie que, para que un pueblo sobreviva, no basta con alimentar a la gente; hay que mantener vivas las tradiciones.

Lo siento, madre… Estoy un poco ofuscada. Tenemos mucho ganado todavía por los montes, en los pastos de verano, y Taranio...

La frase quedó suspendida en el aire, porque un ladrido lejano fue contestado por un toque de cuerno en lo alto de la montaña. Briana pegó un brinco, alejándose a grandes zancadas en dirección al umbral de la cabaña. Desde allí oteó nerviosa los alrededores del castro: los vigías se mantenían en sus puestos, patrullando el cercado de piedra que rodeaba las cabañas circulares, las tenadas, las cuadras y los graneros. No había movimiento en las cañadas que conducían a los pastos de montaña, pero tampoco en las trochas que descendían hacia el valle formando intrincadas encrucijadas. La niebla no tardaría en hacer acto de presencia con el atardecer.

La anciana balanceó el peso de su cuerpo, acurrucada frente al llar, pero no respondió de inmediato. Se limitó a escuchar también el sonido metálico de un cencerro lejano, tratando de ponerle nombre al propietario de ese ganado.

Sé lo que estás pensando, hija mía: Taranio y los suyos ya tendrían que haber bajado de las tierras altas. Tenemos mucho ganado en los pastos de verano, pero no estés nerviosa. Nunca se perderían el Samaín.

Hoy han llegado otros tres refugiados, madre: dos hermanos varones, huérfanos, apenas unos niños, acompañados por una mujer joven que se encarga de hacerles la comida. Dicen que vienen de la meseta; que sus señores han huido primero y que ellos se limitan a seguir su rastro, pero vienen con una mano delante y otra detrás. Les he acogido porque ella está encinta y ya me estoy arrepintiendo, porque no tardará en traer al mundo una nueva boca que alimentar. Les he acomodado en la vieja cuadra del Castañeu del Zardón, haciéndolos responsables de una veintena de ovejas xaldas y tres pitas roxas. Leche y huevos no les han de faltar, ni buenas truchas del río, así que hambre no han de pasar. Además, ellos me dijeron que tenían sobrada experiencia en el manejo de esos animales y se despidieron muy confiados, prometiendo una buena producción de lana y queso, aunque estas tierras sean tan distintas a las que ellos están acostumbrados.

Bien hecho, hija mía. Dales tiempo para que se asienten, aunque sea fuera de la protección de nuestros muros. No serán los últimos en acudir buscando amparo en nuestras tierras, pero eso nos conviene. La Gran Madre ha sido generosa con nosotros estas últimas cosechas y si nada cambia, necesitaremos manos fuertes para la próxima siembra. Además, la familia del noble señor Pelayo tiene muchas tierras desatendidas en la ribera del Sella, y más aún en las cuencas del Piloña: tierras fértiles, llanas y fáciles de trabajar. Seguro que estarían encantados de acoger nuevos sirvientes para sacarles buen provecho.

Estoy preocupada, madre… Ahora somos bastantes para mantener la actividad en el castro, pero, cuando llegue la guerra, ¿quién cuidará del ganado si los hombres son obligados a tomar las armas? ¿Habrá manos suficientes para la siega? Ya lo hemos comprobado con las epidemias de peste: un año perdido es suficiente para condenar a un pueblo a la hambruna y a la muerte…

La anciana meneó la cabeza de manera afirmativa. Ella también era consciente de las dificultades que estaban por llegar. Estudió con atención los posos del cuenco de madera que tenía entre las manos antes de tomar de nuevo la palabra. Su voz dejaba entrever un deje de cansancio.

Yo ya me estoy haciendo mayor y es voluntad de los dioses que a esta guerra le hagáis frente otros.

Después paseó la vista unos segundos por los techos de la casa. De la viga maestra colgaban unas espesas telas de araña, que se movieron a merced de una ráfaga de aire fresco. La anciana esbozó una sonrisa de complicidad y, para enmascarar el gesto, sacó de su refajo un mendrugo que esparció por el suelo. El gesto fue celebrado con gran alborozo por las gallinas, que paseaban indolentes hasta ese momento por la cocina. Un chirrido de insectos, imperceptible hasta ese momento, parecía empeñado en dar la voz de alarma ante la presencia de algún extraño. La vieja tomó aire y continuó:

Hablan ahora por los pueblos y las villas, sin descanso, de ese ejército tan poderoso que ocupa ciudades enteras, haciéndolas rendirse sin ser necesaria la lucha. Anna y yo ya habíamos escuchado el invierno pasado los nombres de algunos de esos generales extranjeros tan difíciles de pronunciar, y no eran comerciantes asustados quienes les nombraban, sino soldados que trataban de salvar los restos del reinado visigodo. Estarás de acuerdo conmigo en que no es buen momento para enemistades entre nosotras, Briana. El pueblo necesita vernos unidas. Esto que se acerca no son cuentos que deban tomarse a la ligera…

Tampoco lo fue Roma para nuestros antepasados, madre, y aun así, aquí estamos.

Dana se revolvió hacia ella, mirándola a los ojos con intensidad.

No es lo mismo, Briana. Roma llegó despacio. Aprendimos a vivir bajo su sombra. Esto es distinto… dicen que, de momento, se limitarán a pacificar las ciudades, exigiendo un vasallaje y un pago de tributos; pero «líbrennos las xanas de las pozas profundas, que de los ríos bravos ya me guardo yo».

Se miraron en silencio. Entre ellas había años de decisiones compartidas, de inviernos superados, de familiares enterrados.

Si hay guerra añadió la hechicera con pesar—, que la habrá, deberíamos acelerar el adiestramiento de la neña. Por todas partes se habla de resistencia, pero resistir siempre suena bien cuando son otros los que ponen los muertos. Nosotras no nos podemos permitir enviar a nuestros hombres a luchar, porque perderíamos las cosechas; así que me parece que lo más conveniente será resistir de otra manera. El castro ha de ser más eficiente que nunca a partir de ahora. Tenemos la responsabilidad de asegurar que haya suficiente ganado los próximos inviernos, que los niños coman y que nunca falte leche en las ubres de las madres.

Eso es fácil de decir para usted, madre. Se olvida que soy yo la que estará aquí si la guerra asoma a nuestros muros. Usted estará emboscada en algún rincón perdido de los montes, rogando por nosotros a los dioses, con Anna a su lado, como ha hecho siempre. ¡Dana, la gran Señora! ¡Dana, la gran Guardiana! ¡Anna, la niña elegida por los dioses! ¡Anna, la sucesora de la gran Guardiana! ¿Y los demás qué?

No esperaba esta aspereza de ti, hija mía, pero pierde el miedo, que cuando vengan los soldados no te buscarán a ti. Antes de venir se cuidarán de estar al tanto de quién manda, quién decide, quién responde… Y esa no serás tú, ni tan siquiera yo… Los que tienen el poder de decidir son ellos, y ellos creen en Anna…

La anciana extendió los brazos, haciendo una reverencia. Después arrojó el líquido que aún quedaba en el cuenco al fuego, que se avivó con intensas llamaradas de tonos azulados.

Siempre has sido débil, hija mía. Aún no han llegado los problemas y ya te estás preocupando, pero no te culpo a ti. Tu padre también era un hombre débil.

No meta usted a ningún hombre en esto, porque nunca se me ha dado la oportunidad de conocerle. Siempre ha sido generosa con todos menos conmigo, madre. Desde mi niñez ha sido siempre lo mismo: un día, una luna, un invierno… Me dejaba instrucciones para hacerme cargo de todo y al momento ya se estaba marchando.

Estamos obligadas a ser lo que somos, hija… Para mí tampoco ha sido nunca un camino de rosas. Ya te dije un ciento de veces que las mujeres como nosotras no podemos yacer con hombres de nuestro mismo castro. La mezcla de sangre entre parientes debilita los humores. Cuando los hijos nacen siempre de las mismas casas empiezan a salir frágiles. Como matrona tú lo has podido comprobar en infinidad de ocasiones: piernas torcidas, cabezas abombadas, cuerpos deformes… Una Guardiana es responsable de la memoria de su pueblo. No nos podemos permitir esa debilidad.

Hay cosas que se hacen por el castro, por la familia… continuó con voz cansada—. Yo también tuve que hacerlo cuando tomé la decisión de ser lo que soy. No me resultó fácil encontrar la simiente adecuada, asoladas nuestras tierras por la peste, pero eso no son cosas que se nombren en voz alta delante de nadie.

Madre… cuando yo era niña escuchaba a las ancianas afirmando que la habían visto copulando en repetidas ocasiones con un macho cabrío en la majada de Cuerres. Fueron muchos años los que viví avergonzada...

La anciana ahogó una carcajada, sonriendo mientras la memoria la acercaba a un momento muy agradable de su pasado.

Si tanto interés tienes te lo contaré… En Cuerres pasé una temporada muy intensa con Sabino, el pastor mayor de los lagos cercanos a la cueva de Nuestra Señora, que no puso ningún reparo en cubrirme a pesar de que yo ya hacía tiempo que había dejado de ser moza. Cabrío no sabría decirte si lo era, pero no te quepa duda de que se portó como un buen macho. Nos gustaba yacer en el prado, desnudos, cubiertos de pieles, pero no quiso nunca separarse de sus rebaños de ovejas y de cabras, y menos aún conocerte. Su debilidad eran sus animales; sentía más apego al monte y a sus rebaños que a una vida en familia encerrado entre los muros de este castro.

Briana iba a protestar, pero la anciana la frenó con un gesto.

Las Guardianas no podemos tener familia. Nuestras responsabilidades nos obligan a movernos libres de ataduras, dispuestas a viajar sin impedimentos. Esa es nuestra condena: debemos acostumbrarnos a vivir en soledad. Anna no será una excepción; ella también deberá hacer grandes sacrificios por el bien de nuestra comunidad.

De nuevo Briana quiso decir algo pero Dana continuó:

No me interrumpas, Briana… Este es un tema que yo creía zanjado contigo hace tiempo… A ti te dimos la opción de escoger, hija mía. A pesar de tu parentesco con Taranio, no nos negamos a tu enlace con él. Era algo positivo para ambos: tú pudiste formar el hogar con el que habías soñado siempre y él ganó autoridad en el castro uniéndose a una mujer poderosa y en edad de darle hijos.

Briana ahogó una lágrima. La anciana había tocado un tema extremadamente sensible para ella. El parto de Anna había quebrado su feminidad y, desde esa noche no sangraba con cada cambio de luna. De nada habían servido los bebedizos ni las oraciones a los antiguos. Su cuerpo había dejado de obedecer. Estaba tan resentida que hacía años ya que no podía mirar a la niña con cariño porque, en su caso particular, la derrota no había sido tan solo íntima; en el castro, la fertilidad era una demostración de fuerza y de equilibrio. Había muchas tierras que trabajar y, para eso, hacían falta muchos brazos en el poblado.

Taranio sabe que Anna no es hija suya, madre… —confesó, ahogando un suspiro de congoja—. Se lo tuve que contar cuando comenzó a exigirme cosas que yo ya no le podía dar. Hace años que soy consciente de haberle perdido, porque mis órganos ya no pueden traer a nadie más; mi cuerpo ya ha cerrado esa puerta. En cuanto puede, se escapa a la peña. Él dice que va a vigilar al ganado, pero vuelve siempre con olor a hembra y la leche de la primera mecida ya cuajada. El monte le ofrece lo que yo ya no le puedo dar.

Briana arrojó un puñado de ramas al fuego. Los maderos restallaron porque eran leños verdes, y se negaban a dejarse vencer por las llamas, ardiendo sin fuerza, limitándose a resistir las embestidas de las brasas, igual que muchas otras cosas en aquella casa.

Dana tardó en hablar, permitiendo que su silencio restara importancia a lo que Briana acababa de decir. Se tomó un tiempo en alisar las arrugas de su toquilla de lana y ladeó la cabeza, asintiendo despacio, como si la debilidad de su hija la hubiese dejado desprotegida a ella.

Eres todo lo que tengo, Briana, y no es poco. Si no eres suficiente para él, ya sabes lo que tienes que hacer. Tu sacrificio no ha sido en balde… Tu fertilidad, a cambio de Anna, me parece un precio razonable. Así funcionan las cosas en el mundo nuestro. La montaña te quitó algo que no podías quedarte, y es justo que ahora se lo ofrezca a otra. Ya lo dice el refrán: «Techo y lecho siempre dejan al hombre satisfecho».

Briana apartó el guiso del fuego, colgando el caldero de una pesada cadena que pendía del techo, a salvo de los ataques de los animales domésticos. Un gato maulló, zalamero, ronroneando mientras se frotaba entre sus piernas. Las telarañas del techo volvieron a temblar de manera casi imperceptible, pero lo suficiente para los entrenados ojos de la hechicera.

Ya puedes salir, neñadijo sin apenas levantar la voz la anciana—. Hace tiempo que sé que nos estás escuchando y, entre nosotras, sabes que no puede haber secretos…

La niña obedeció, saliendo de su escondite avergonzada, arrastrando compungida unos sucios pies descalzos. El suelo se le antojaba de repente más frío y húmedo que nunca. Su madre nunca llorabao al menos ella siempre la había creído incapaz de derramar una lágrima pero había estado a punto de hacerlo, y eso la había enternecido, porque la había hecho más madre que nunca, más humana.

Cuando estaba a punto de reunirse con ellas, la hechicera hizo un gesto que sorprendió a la niña aún más. Dana había extendido la mano, acariciando la frente de Briana.

Que no te vea yo sufrir jamás por ese hombre, Briana susurró emocionada—. Ya hace tiempo que sabemos que Taranio sube a Igena piafando como un asturcón y baja manso y vencido como un mulo viejo, y que es Dulce, esa que llaman la Quesada, quien se ocupa de mecerle la leche…

Briana se pasó el dorso de la mano por los ojos, sofocando un picor que la había pillado desprevenida, y recibió a su hija fundiéndose ambas en un caluroso abrazo.

Anna, hija mía… Sé que algún día sabrás perdonarme, pero no quiero que te sientas culpable de nada. Que no te engañe mi aparente debilidad, porque estoy dispuesta a ser ahora más fuerte que nunca. Algún día tendrás hermanos bastardos, si es eso lo que los dioses han planeado, pero no seré yo quien los alimente. Estoy harta de que las rapazas jóvenes cacareen sobre nosotras, infladas como gallinas cluecas. Eres y vas a seguir siendo mi única hija. Y, además, eres hembra. Nuestro linaje se mantendrá, aunque todos en Brigantia te miren sin acabar de entenderte, porque yo no dejaré nunca de sentirme bendecida con tu presencia. Has nacido con un propósito y no seré yo la que eche por tierra tantos años de sacrificio.

Así me gusta, Briana premió la vieja—, y deja ya de preocuparte, que Taranio está ahora mismo bajando por el colláu de Taraminguera. Esta noche te calentará el jergón, que una cosa es la herencia y otra la jodienda, de la que todos los machos son aficionados. Déjalo que suba y baje a Igena a entretenerse con la Quesada todas las veces que le venga en gana, que el invierno ya está llegando, y los hombres son como los perros: siempre vuelven a donde les ofrecen comida y cama. Mándalo pa la tenada cuando no te apetezca nada con él hasta la primavera y, para entonces, si la cosa no cambia, échalo de casa, y «que tanta paz se lleve como descanso deja».

Dana dedicó un guiño cómplice a su hija, que se limitó a encogerse de hombros, sin acabar de contagiarse por el optimismo de su madre, que continuó hablando con el mismo tono despreocupado.

Las propiedades que tenemos en Brigantia son todas tuyas, Briana, al menos hasta el día que sean de la neña; pero no tengas miedo, que cuando ese pájaro se canse de pasar fame amancebando las ubres de la Quesada, te pedirá volver arrastrándose de rodillas. Ya lo dice el refrán: «Si el casado a la vez quiere yacer y pacer, lo que diga la su muyer».

Escucha, Anna… añadió la abuela, dirigiéndose a la niña sin dramatismos innecesarios—: aún está lejano el día en el que nuestros enemigos crucen el Sella, pero debes estar preparada. Se avecinan tiempos difíciles y es posible que se produzca nuevamente una gran escasez de hombres en las aldeas a causa de la guerra. Lo que hizo Briana antes de unirse en matrimonio con tu padre ahora mismo puede que te parezca indefendible, pero es muy fácil de entender: algunas mujeres, en casos excepcionales como el nuestro, nos trasladamos desde siempre a otros castros respetuosos con las tradiciones. Los habitantes de nuestros poblados tienen comprometida, desde tiempos inmemoriales, la obligación de admitirnos como huéspedes. No siempre encontramos pretendientes adecuados, y tenemos que desplazarnos a lugares más distantes pero, entre tanto, ayudamos con nuestras habilidades a mantener la salud de las personas y los animales, y compartimos nuestros conocimientos con otras mujeres al calor del llar. Es una manera de socializar y de mantener vivas nuestras costumbres. Tu madre —siguió explicando Dana—, bebía los vientos por Taranio y él la correspondía, pero les unían lazos de sangre, así que, ante la ausencia de otros pretendientes más adecuados, el resto de guardianas de la zona y yo misma decidimos que ella se trasladase una temporada, en cuanto le llegase la menarquia, al castro de Rodiles, en lo alto del monte de Conejera. El hijo de la hechicera local era un mozo avispado y que cumplía todos los requisitos para conquistar a Briana, pero no me voy a extender… El caso es que, cuando se derritieron las nieves a principios de año, tu padre fue a buscarla para contraer matrimonio, incapaz de soportar su ausencia, pero nosotras ya sabíamos que venía preñada de ti. No lo veas como una traición. Es una cuestión de legado. Se necesitaba sangre nueva para que la vieja no se estancase.

Y, como si de una premonición se tratara, un hilillo de sangre descendió por los muslos de Anna, dando por finalizada la conversación.


 


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