¡Nos vamos de cabeza nada menos que al Monsacro!
CAPÍTULO
3
ENCUENTRO
DEL MONSACRO
Primavera
del año 712 d. C.
Pelayo
se volvió a santiguar. Había llegado al momento más difícil del descenso y sus
fuerzas comenzaban a flaquear. Ya le habían advertido de lo oscuro y
resbaladizo que se volvería el pasadizo que conducía a la cámara dolménica
interior, pero nadie en su sano juicio lo haría cargado con el peso que él
portaba en su espalda. El eco de sus pasos se perdía en lo más profundo de la
cripta, que no parecía tener fin. La oscuridad era tan densa que su pequeña
lámpara de aceite apenas bastaba para iluminar un par de pasos.
Las
instrucciones del obispo de Toledo, Urbano, habían sido muy claras: el último
trayecto de su viaje debía afrontarlo en solitario. El secreto de su misión
así lo exigía.
No
era más que un mozo, apenas cuatro arrobas de músculos fibrosos adornados por
un agraciado rostro imberbe; pero en
sus ojos ya encerraba recuerdos de los que marcaban a un hombre de por vida.
Primero la derrota en la batalla del Guadalete, en la bahía de Gades, sirviendo
como orgulloso espatario de su admirado rey Rodrigo. Después, la caída de
Toledo. Toda la élite visigoda —orgullo de todo un reino— batiéndose en
retirada. El bastión más representativo había caído y, con él, la ilusión de
muchos otros buenos cristianos.
Pelayo
intentó apartar esos pensamientos acomodando sobre sus hombros las correas del
macuto, que ya estaban manchadas con unos hilillos de sangre. El dolor le
resultaba reconfortante porque le recordaba que tenía una responsabilidad más
importante que él mismo. Sorprendido, ahogó una imprecación mientras una
nutrida bandada de murciélagos le frenaba en seco, azotándole el rostro y
arañándolo con sus alas. Olía a guano y a humedad, pero también a humo y a
orines de cabra montés. Una ráfaga de aire gélido apagó la llama de su diminuto
candil de barro. Una ráfaga antinatural que provenía de lo más profundo de la
grieta y no del exterior.
Pelayo
se estremeció, perlado su cuerpo de un sudor frío. Podía sentir su corazón latiéndole
alocado en las sienes. Por un segundo se sintió tentado de pedir ayuda a gritos
a su compañero de armas, Gumersindo, que se había quedado montando guardia a la
entrada de la cueva, herido en el costado por la punzada de una lanza bereber
cuando escapaban de Toledo. Les había prometido a Urbano y a él cumplir con su
deber, y enterrar en un lugar secreto las reliquias salvadas del fuego, pero
nunca se había parado a pensar que eso exigiría hacerlo en solitario. Mentiría
si no dijese que estaba aterrorizado.
Había
algo cerca. No sabría decir si era un animal, una persona o un demonio, pero
respiraba… Y los muertos no respiran —pensó mientras retiraba la mano del
pomo de la espada—.
—¿Quién
vive?
Estremecido,
Pelayo extendió las manos, tanteando las paredes de roca. De la parte superior
rezumaba un líquido espeso, cargado de líquenes y detritus, como si la tierra
misma se estuviera descomponiendo, rumiando en silencio las fértiles capas
vegetales de la superficie.
Entonces
la vio. Encajada en una de las esquinas más alejadas de la galería se acomodaba
entre raíces y rocas sueltas una anciana. Parecía empeñada en hurgar con
urgencia una talega de lana cruda tejida. Pequeños destellos de luz la
rodeaban. Eran insectos, que formaban una nube y que se dispersaron cuando la
huesuda mano de la anciana extrajo unos polvos del saquito. A un solo soplido,
la caverna se llenó de luz. Pelayo se arrodilló, buscando con urgencia la
protección de un crucifijo de plata que llevaba prendido del pecho.
—¡Brujería!
¡No os mováis de dónde estáis, bruja del infierno, o juro que os atravesaré con
la punta de mi espada!
La
diestra de Pelayo desenvainó el hierro, extendiendo con la zurda el crucifijo
hacia la vieja, que se limitó a soltar una carcajada, dejándolo aún más desconcertado.
—Guardad
eso, buen mozo, que esas cosas aquí no van a serviros de nada. Acercaos, os lo
ruego, que nada habéis de temer de nosotras…
Al
decir eso, Pelayo percibió que la anciana no estaba sola. A su lado, acurrucada
en el suelo, una niña jugueteaba distraída con una muñeca de azabache. No
sabría precisar su edad porque, a pesar de su aspecto aniñado, mostraba una
expresión que denotaba una inteligencia muy aguda. Se limitó a mirarlo sin
demasiado interés, retomando sus juegos infantiles en el suelo.
La
anciana sacó un trapo húmedo, extendiendo sobre un plato de madera una masa de
queso azul cargado de larvas.
—Acercaos,
Pelayo, y comed con nosotras. No tengáis miedo.
—¿Cómo
sabéis mi nombre? ¿Quién sois?
—Quienes
seamos nosotras carece de interés, pero creo que es justo que sepáis el nombre
por el que se nos conoce, ya que nosotras sabemos el vuestro. Los míos me
conocen por Dana, Señora y Guardiana de la Cueva de Nuestra Señora, y ella es
mi nieta, Anna. Os estábamos esperando. Vos sois el señor Pelayo; muchos hablan
de vos y de vuestra valentía. Vos aún no lo sabéis, pero tenéis la misión de
cargar con el peso de un futuro sin nombre, aunque he de admitir que me
decepciona un poco comprobar que aún no estáis preparado. No sois lo que yo me
imaginaba: os falta mucho aún para ser hombre, y mucho más para ser rey…
Pelayo hizo amago de romper el silencio, pero Dana le cortó en
seco:
—No,
no me interrumpáis, señor Pelayo. Sabemos que venís de muy lejos, del sur, y
que os acompañaba un cura, pero no un cura cualquiera: nada menos que Urbano,
el obispo de Toledo… No se molestéis en ocultar ese macuto. Sabemos que
protegéis con vuestra vida unas reliquias importantes para vuestro pueblo. No
somos enemigos; yo diría más bien que al contrario… No tengáis miedo, Acercaos
y reponed fuerzas, ya tendréis tiempo para esconder esos objetos. No os
preocupéis, confiad en mi palabra. Os prometo que aquí estarán a salvo.
La
anciana esparció el contenido de su zurrón, ofreciéndole a Pelayo unos
mendrugos de pan de escanda. La niña se acercó y, con una lasca de cuarzo,
extendió un poco de queso sobre una rebanada. La vieja hizo lo propio, untando
el queso con la uña de su índice derecho, que parecía una cuchilla afilada.
—No
os lo voy a repetir, mozo… —masculló mientras masticaba con evidente placer—.
Este queso lo elaboramos desde hace generaciones, y madura en una cueva
escondida en la garganta del Cares. No tendréis ocasión de disfrutar de un
manjar semejante en mucho tiempo, emboscado como os empeñáis en andar.
Pelayo
se frotó los ojos, incapaz de entender lo que estaba sucediendo. Alargó la
mano, aceptando el bocado que le ofrecía con una sonrisa la niña. La anciana no
se equivocaba: era el mejor queso que había probado en su vida. Alentado por la
sonrisa de sus anfitrionas, repitió hasta que dieron buena cuenta del resto.
Unas nueces con miel hicieron de postre. Mientras comían, todos guardaron
silencio, mirándose, dejando que sus instintos dejasen de estar en alerta.
Pelayo se sintió en deuda y echó mano al bolsillo interior de su túnica, donde
guardaba el saquito con las monedas, pero la vieja negó con la cabeza.
—Ese
metal aquí no vale nada, mozo. Eso son cosas heredadas de los romanos. ¿Cómo se
puede poner precio a los alimentos? Los dioses del bosque y de la tierra se
enfadarían, y con razón. A nosotras nos educan desde niñas a compartir, porque
quien comparte lo que tiene —por poco que sea— se honra a sí mismo. Además,
sois nuestro invitado.
Pelayo
asintió con la cabeza. La niña, ajena a su conversación, seguía tendida en el
suelo, jugando con su muñeca de azabache, a la que parecía contarle secretos.
El pelo de la niña olía a cuero húmedo, a sangre y a humo, como si en algún
momento cercano se hubiera estado entreteniendo en curtir la piel de algún
animal recién matado. La anciana pareció haberle leído el pensamiento a Pelayo,
porque añadió:
—Esta
mañana hemos dado muerte a un lobo en vuestro honor. El líder de su manada. Su
sacrificio ha despertado la voz de las ánimas más antiguas, que se muestran
dispuestas a aceptar esas reliquias en nuestra tierra sagrada. Ya os dije que
aquí estarían a salvo. Nadie con dos dedos de frente se atrevería jamás a
profanar este lugar. No pongáis esa cara de bobo, buen mozo, ni os toméis a la
ligera mis palabras. En este suelo descansan las cenizas de nuestros
antepasados. Nosotras venimos de una estirpe más antigua que la vuestra, godo.
Hay un vínculo de sangre que nos une a nuestro pueblo, que no es tan distinto
al vuestro, y nuestros caminos se cruzan ahora porque el destino así lo reclama.
Acercaos y escuchad con atención, porque vuestra propia vida dependerá de las
decisiones que toméis esta noche. Deberéis enterrar vuestro tesoro —indicó la
anciana— bajo la tercera losa, justo donde el agua se filtra buscando la grieta
de la roca. Marcaréis el lugar con un símbolo que no sea vuestro. Uno que nadie
aparte de nosotras sepa lo que significa: tres círculos concéntricos, formando
una espiral… Ellos lo buscarán, pero no lo encontrarán, porque solamente será
visible para los ojos entrenados. Es muy importante que ellos no lo encuentren
nunca, mi señor Pelayo, guardáoslo bien en vuestra cabeza.
—¿Ellos?
—Ellos,
los que aún no han nacido…
La
vieja se sentó en cuclillas. Sus huesos crujieron como cáscaras de avellana
mordidas por una ardilla gigante. A un chasquido de sus dedos algunos insectos
luminiscentes impactaron inmolándose contra las paredes de roca, dando
visibilidad con su sangre a docenas de marcas que parecían haber sido grabadas
hacía siglos. Pelayo ahogó un suspiro, impresionado.
—Ya
habéis cruzado el umbral, mozo. Veníais a esconder algo, pero habéis despertado
fuerzas muy poderosas con vuestra presencia aquí. Son marcas antiguas, de antes
del hierro, de Roma, incluso de antes de ese al que vosotros llamáis
Jesucristo. Son el lenguaje de las guardianas del mundo nuestro. El idioma del
pueblo que habla con el fuego, con la nube, con la roca y el bosque. Son los
símbolos que protegen nuestra memoria. No queráis entenderlo. Ni tan siquiera
nosotras sabemos su significado, porque cambia con cada persona. El mensaje no
siempre es el mismo para todos. Con vuestra llegada hemos visto un símbolo
nuevo. Vos no compartís nuestro linaje, godo. Ni siquiera compartís nuestras
creencias, pero habéis sido aceptado y, a partir de este momento, cargaréis con
esa responsabilidad. Vuestra familia goza de gran prestigio entre los clanes
astures, sobre todo entre los luggones, con los que compartís tierras y hacéis
buenos trueques. Habéis venido a salvar los restos de vuestro mundo en el lugar
que nosotros guardamos el recuerdo de todo cuanto somos como pueblo. Bajo estas
piedras descansarán unidos vuestro futuro y el nuestro.
—Que
así sea… —murmuró Pelayo, clavando su espada en el suelo—. Urbano me advirtió
del carácter sagrado de este lugar y, en el éxito de su misión encomendé mi
vida, que solamente a Jesucristo le pertenece.
Se
arrodilló, rezando en silencio un padrenuestro. Cuando terminó, visiblemente
afectado, se persignó, extendiendo su mano derecha para aferrar de nuevo su
espada, con la que trazó en el aire la señal de la Santa Cruz.
—Que
Dios bendiga y proteja este lugar. Haré cuanto esté en mi mano para mantener en
secreto el paradero de esta cueva.
Momentos
más tarde, Pelayo colocaba sudoroso la última de las piedras que ocultaría las
riquezas sagradas, esbozando en el aire nuevamente la señal de la Santa Cruz
con la mano. La anciana se acercó con paso lento, posando la palma de la mano
sobre la piedra que ocultaba el tesoro.
—Madres
de la Tierra, tomad esta ofrenda. Que la oscuridad y el eco de las ánimas,
presentes y ausentes protejan estos objetos hasta que este recién llegado
regrese reclamando su legítima pertenencia. Estas reliquias darán validez y
continuidad a la línea genética del aquí presente, el señor Pelayo. Que la
credibilidad de los suyos esté a salvo en estas rocas.
Apenas
un segundo después, señaló con su índice el juguete de la niña:
—Dámela,
Anna.
—¿La
muñeca?
—No.
Su mano. Quien no sacrifica, no medra.
La
niña no se movió. Debía ser mucho el afecto que le tenía a su juguete, porque
trataba de esconderla tras su cuerpo. Dana se acercó y, sin más explicaciones,
se la quitó de las manos.
—Esta
muñeca guarda parte del espíritu humano. Ha sido tallada por el hombre, pero le
pertenece a la tierra. Es negra como la noche, pero cálida como la sangre de
una madre. Tiene un gran poder, protege del miedo y aleja de la peste y del
metal traidor, pero no basta con tenerla. Hay que merecerla. Es el vínculo de
una niña con su mundo infantil. Una niña que hoy dejará de serlo… Para que
alguien gane algo, otro lo ha de perder. Así funciona el mundo nuestro.
La
niña asintió, sin moverse. Dana sostuvo la figura de azabache frente a ella y,
con un golpe seco, le astilló parte del brazo. La niña dio un respingo, pero no
gritó. Se limitó a bajar la cabeza con respeto, guardando silencio. Ni una sola
lágrima asomó a sus ojos, a pesar de que ese objeto debía de significar mucho
para ella.
—Pelayo
—añadió la anciana, tendiéndole el brazo mutilado—, esto os protegerá. En la
cigua negra luce el día; que la derrota sea convertida en victoria, y que la
piedra muerta traiga vida… Escuchad bien, mozo… Sin esta mano, la muñeca es aún
más fuerte. El sacrificio es lo que sella el vínculo entre carne y ánima… Para
levantar vuestro reino necesitaréis más que un ejército, necesitaréis que los
muertos os reconozcan. En esta piedra vive el trueno y el fuego… Cuando sintáis
que su contacto os abrasa la piel, habrá llegado el momento de cumplir con
vuestro destino.
Pelayo
aceptó la piedra. Al contacto de su cuerpo era fría, pero a la vez guardaba una
textura sedosa y cálida. Ya fuera por el pulido o por la perfección de la
talla, el hecho es que le resultaba agradable al tacto.
—No
es la piedra solamente lo que os dará la protección. Es el acto de sacrificio
de la guaja, que os entrega parte de
su juguete. Yo os ofrezco su pérdida…
—Y
yo… ¿yo qué pierdo a cambio? Antes lo habéis dicho, Señora: para que alguien
gane, otro ha de perder. ¿Cuál ha de ser mi pérdida?
—Vos
perdéis el miedo y ganáis la ofrenda de una niña inocente. Las mujeres de mi
sangre tenemos que perder para que otros ganen. Ese es nuestro destino.
—¿Y
si muero?
—Todos
moriremos. Yo antes que ninguno de los que estamos aquí presentes. ¿Qué
importancia tiene eso? Las cosas solo desaparecen cuando alguien las olvida.
Acércate, Anna —la anciana le acarició el pelo— no te sientas triste. Ya sé que
ahora la muñeca no podrá abrazar, pero la enseñanza de hoy es que cuando algo
se rompe no vuelve a ser lo mismo. Se hace más fuerte. Un árbol herido por un
rayo endurece su corteza. La muñeca no está rota, ni ha perdido su utilidad.
Está incompleta. Como tú. Como yo. Como él… —dijo la anciana señalando con su
mano huesuda a Pelayo.
El
joven se estremeció. Iba a contestar que no se sentía incompleto; estaba
perfectamente sano, fuerte, entero… La vieja lo cortó con una sonrisa
indulgente.
—No
escondáis la duda, mozo. Dudar es necesario a veces. De la duda nace la
sabiduría. Que este objeto os recuerde que el mundo no es perfecto. Nadie es
perfecto. Ni vos, ni yo, ni los futuros reyes…
—Yo
soy de los que piensan que las cosas rotas pueden arreglarse. He venido para
salvar lo poco que ha quedado de mi mundo. ¿Por qué ella no? —añadió Pelayo,
señalando los restos de la muñeca.
—Porque
entonces sería transformada en otra cosa. Lo roto se arregla cuando no queda
otro remedio, pero no vuelve a ser lo mismo. ¿Sabes, Anna? —dijo la hechicera
tratando de ocultar una sonrisa amarga—. Yo también estuve rota. Aún lo estoy.
Todos aprendemos a caminar con heridas, porque si esperas a estar entero para
avanzar, nunca te mueves. Yo también tuve algo que amaba y me fue arrebatado.
No fue un juguete ni una reliquia, como os preocupan ahora a vosotros, sino
algo más humano. Carne de mi carne. Sangre de mi sangre. Una parte de mí quedó
abandonada a su suerte cuando decidí ser lo que soy ahora. Algún día vosotros
tendréis que pasar por pruebas terribles, pero todos hemos sido jóvenes.
Incluso yo.
La
anciana hizo una pausa antes de continuar.
—Hubo
un tiempo en el que yo fui joven y bella. Tenía dos hijos recién nacidos, ambos
varones; un padre ciego, que me amaba con locura, y una madre que tenía la voz
más dulce que jamás haya escuchado nadie… Entonces murió mi abuela, y con su
muerte vino la invernada más oscura y fría que jamás haya conocido el hombre, y
con ella el hambre, y el miedo… El pueblo pedía señales, hacía sacrificios,
pero… yo tenía un hogar, y era feliz con mi familia. Las cosas empeoraron y la
gente empezó a morir. En ese momento tuve que elegir: cuidar de los míos o
aceptar mi don. Ser madre de sangre o ser la Madre de todos… Como podéis
comprobar elegí al pueblo y, arrastrándome como pude, subí a la montaña. Era
apenas una niña, pero no me dejaron otra opción.
La
anciana movió las manos, como si apartara unas telarañas invisibles. Ahogó un
pequeño suspiro antes de continuar, con la voz quebrada por la emoción.
—Fueron
unas semanas muy duras, en las que mi cuerpo se quedó consumido. Perdí la leche
de mis pechos, y regresé a mi aldea siendo casi una anciana. Cuando entré en mi
casa, ya no quedaba nadie con vida. Ese es el precio de guiar. A veces, para
salvar a muchos, es necesario perderse uno mismo.
Algo
parecido a una lágrima asomó a los ojos de la hechicera, que volvió a acariciar
conmovida a su nieta, meneando la cabeza con tristeza.
—Aprenderás
a hacer un hueco en lo más profundo del corazón, Anna. Un espacio en el que
ordenar las cosas importantes. Tendrás que hacer grandes sacrificios, pero ese
ha sido siempre nuestro legado. Y vos, mozo —añadió,
mirándolo con frialdad—, lideraréis a un pueblo, pero tened en cuenta
que reinar es ser capaz de tomar decisiones en nombre de otras personas. Es
sentirse vacío, perder para ganar en ocasiones, si eso es lo que el pueblo
necesita… No me dais envidia ninguno de los dos. Tenéis ante vosotros una
prueba de valor que excede con mucho lo que nadie haya soportado hasta ahora.
Pelayo
sintió un nudo en el estómago. Él también había perdido amigos, familiares,
compañeros de batalla, pero lo que acababa de confesar la anciana era distinto.
Había sido educado en las armas, y en su mundo los problemas se saldaban con
sangre, y la valentía se demostraba con la espada. El sacrificio que ella había
aceptado exigía un altruismo solitario y anónimo, alejado de las grandes gestas
llamadas a ser recordadas. La anciana giró su cuerpo de nuevo hacia él.
—Estáis
llamado a hacer grandes cosas, Pelayo, pero antes deberéis afrontar el mayor de
los retos. Tendréis que luchar contra vos mismo, y luchar contra uno mismo
siempre trae derrota en la batalla. Si los augures están en lo cierto, vuestro
destino os llevará a reinar y un rey no puede gobernar con miedo, pero eso no
os lo enseñará nadie. Deberéis aprenderlo cargando con vuestros silencios y con
los motivos que fundaron estos. Hay cosas que deben estar rotas para ser más
fuertes, pero siempre es mejor que se rompan por sí mismas, porque así se evita
el disgusto de tener que romperlas. Yo ya os he dado la clave: el que conoce la
herida es capaz de sanarla. Seréis rey; ese es vuestro destino. Seréis ejemplo
en la batalla y muchos os seguirán, de eso no os quepa la menor duda, pero un
rey no puede guiar nunca con miedo.
Un
agudo silbido interrumpió la conversación. Pelayo se levantó de un brinco.
—Hay
un compañero esperándome fuera. Algo grave ha de estar ocurriendo para que se
alarme de esta manera…
—Nada
os retiene aquí, mozo. Sois libre de iros cuando os plazca, pero antes tomad
estos tres puñados de tierra. En este pozo están enterradas las cenizas de
docenas de mujeres anteriores a mí, todas con las mismas habilidades. Esta
tierra tiene propiedades curativas. Aplicad una cataplasma con este barro en su
herida tres veces al día.
—¿Tres
puñados tres veces al día?
—El
tres es un número con grandes propiedades mágicas: uno por la carne, otro por
la sangre, y otro por la vida. Los cristianos lo llamáis de otra manera: el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Otros lo llaman tierra, cielo e inframundo.
Tendréis que suplicar por la sanación de vuestro amigo, por vos y por los que
luchan sin nombre en las sombras. Al tercer día notaréis la mejoría.
Pelayo
emergió de las entrañas de la tierra sudoroso y jadeante, desorientado como un
recién nacido. Gumersindo, sacando fuerzas de flaqueza, le hizo señas con una
antorcha para guiarlo en los últimos pasos. Aún estaba donde lo había dejado,
envuelto en su capa, pero su estado había empeorado. Con voz febril, gimiendo
apenas, el herido celebró la llegada de su amigo:
—Me
tenías preocupado. Hubo momentos en los que estuve a punto de bajar porque creí
escuchar voces, pero tengo tanto frío que no puedo ni mover un músculo de mi
cuerpo. ¿Crees que seré capaz de sobrevivir?
—No
sabría decirte, mi fiel Alonso. El que se ha muerto puede que sea yo. He visto
cosas que nadie creería, me han hablado en lenguas que no había escuchado nunca
y, a pesar de todo, hemos sido capaces de hacernos entender.
—Hablas
en plural… ¿Te ha visto alguien al bajar? ¿Has podido esconder nuestro tesoro
en lugar seguro?
—De
eso no tengas la menor duda, amigo mío; nadie podrá dar con él jamás.
Pelayo
se quedó pensativo, sopesando la conveniencia de continuar hablando.
—El
caso es, amigo mío, que había más personas conmigo ahí abajo. Te lo cuento como
contaría un secreto de confesión, porque en lo más profundo de esa cueva he
sido sometido a juicio por unos ojos invisibles, que no eran cristianos. No…
—protestó Pelayo, cubriendo la boca de su acompañante para impedirle
contestar—. Déjame continuar… Lo más extraño del caso es que he sentido en su
presencia una paz como la que siento en la iglesia delante de Nuestro Señor
Jesucristo crucificado.
—Pelayo,
eso que insinúas es peligroso. Me estás hablando de algo pagano…
—Escúchame,
Gúmer… Jesucristo dio la vida por los hombres. Todos sacrificamos algo. De los
sacrificios nace el poder. Las cosas no protegen por lo que son, sino por lo
que cuesta que sean lo que llegan a ser.
—Eso
no suena muy cristiano, Pelayo, amigo mío…
—Lo
sé, pero en mis palabras no hay influencias de ningún demonio. Eso lo tengo
claro. Allí abajo solamente había una vieja, y una niña. Lo sé, suena delirante,
pero ninguna parecía tener miedo ante nada ni ante nadie. La anciana hablaba
como los curas. ¡Qué digo los curas! ¡Hablaba como los profetas! Es como si
Dios en persona le susurrara las palabras a esa vieja…
El
herido trató de protestar, pero un gesto de dolor le impidió moverse. Pelayo
acercó la antorcha al costado de su amigo. La herida de don Alonso estaba
cubierta de pústulas, y emitía un desagradable olor a carne podrida. Pelayo
arrugó el ceño, extrayendo la pequeña bolsa de cuero con el barro que le había
dado la anciana. Con unas gotas de agua que rezumaban del techo preparó un
emplaste, que aplicó con cuidado en la herida. Gumersindo intentó revolverse,
pero las fuerzas le fallaron.
—¿Qué
haces? —gimió sobresaltado— ¡Esto es brujería!
Ajeno
a sus protestas, Pelayo extendió el resto del preparado. El simple contacto del
barro con la piel arrancó un suspiro de alivio en el herido, que abrió los ojos
con espanto.
—¿Qué
me has hecho?
Al
segundo, pareció sentirse reconfortado. Dejó de temblar. Se diría que la fiebre
estaba remitiendo.
—No
te lo hago yo, te lo hace la tierra. O Dios. O ambos… Ya lo dicen las
Escrituras: «En ocasiones el
mensaje de Dios llega por caminos indescifrables».
—Y
ahora… ¿qué?
—Ahora
bajaremos de este monte sagrado, y no contaremos lo sucedido a nadie.
Reuniremos a los que aún queden en pie, y rezaremos para que los moros no
puedan llegar hasta aquí jamás.
—Tu
secreto estará siempre a salvo conmigo, Pelayo. De sobra sabes que puedes
contar con mi silencio, pero esto que acabas de hacer conmigo no ha estado
bien. Los milagros vienen del Cielo, no del barro. Bien claro nos lo dejó
Urbano: «No hay poder fuera de
la cruz».
—No
seas necio, Alonso. ¿Acaso olvidas lo que nos dice la misma Biblia?: «Barro somos y en barro nos convertiremos».
—Adórnalo
como quieras, pero no sé si agradecértelo. ¿Cómo puedes decir eso tan
tranquilo?
—¿Qué
quieres que haga, amigo mío? Algo se mostró allá abajo. Algo que no era un
demonio. Algo a lo que aún no puedo ponerle nombre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Ayúdame a poner un poco de orden en este caótico desván. Exprésate, opina, discrepa, sugiere...