martes, 7 de abril de 2026

LA PRIMERA SANTA. Capítulo tres--El encuentro del Monsacro


 Bueno... ya os he presentada a Dana, y a su nieta, Anna... Y, si, lo habéis adivinado, esta novela tiene protagonistas femeninas, o al menos eso parece... Pero no vamos a adelantar acontecimientos, que hoy está a punto de aparecer un personaje que está documentado, y se merece todos mis respetos.


¡Nos vamos de cabeza nada menos que al Monsacro!









CAPÍTULO 3

ENCUENTRO DEL MONSACRO

 

Primavera del año 712 d. C.

 

Pelayo se volvió a santiguar. Había llegado al momento más difícil del descenso y sus fuerzas comenzaban a flaquear. Ya le habían advertido de lo oscuro y resbaladizo que se volvería el pasadizo que conducía a la cámara dolménica interior, pero nadie en su sano juicio lo haría cargado con el peso que él portaba en su espalda. El eco de sus pasos se perdía en lo más profundo de la cripta, que no parecía tener fin. La oscuridad era tan densa que su pequeña lámpara de aceite apenas bastaba para iluminar un par de pasos.

Las instrucciones del obispo de Toledo, Urbano, habían sido muy claras: el último trayecto de su viaje debía afrontarlo en solitario. El secreto de su misión así lo exigía.

No era más que un mozo, apenas cuatro arrobas de músculos fibrosos adornados por un agraciado rostro imberbe; pero en sus ojos ya encerraba recuerdos de los que marcaban a un hombre de por vida. Primero la derrota en la batalla del Guadalete, en la bahía de Gades, sirviendo como orgulloso espatario de su admirado rey Rodrigo. Después, la caída de Toledo. Toda la élite visigoda —orgullo de todo un reino— batiéndose en retirada. El bastión más representativo había caído y, con él, la ilusión de muchos otros buenos cristianos.

Pelayo intentó apartar esos pensamientos acomodando sobre sus hombros las correas del macuto, que ya estaban manchadas con unos hilillos de sangre. El dolor le resultaba reconfortante porque le recordaba que tenía una responsabilidad más importante que él mismo. Sorprendido, ahogó una imprecación mientras una nutrida bandada de murciélagos le frenaba en seco, azotándole el rostro y arañándolo con sus alas. Olía a guano y a humedad, pero también a humo y a orines de cabra montés. Una ráfaga de aire gélido apagó la llama de su diminuto candil de barro. Una ráfaga antinatural que provenía de lo más profundo de la grieta y no del exterior.

Pelayo se estremeció, perlado su cuerpo de un sudor frío. Podía sentir su corazón latiéndole alocado en las sienes. Por un segundo se sintió tentado de pedir ayuda a gritos a su compañero de armas, Gumersindo, que se había quedado montando guardia a la entrada de la cueva, herido en el costado por la punzada de una lanza bereber cuando escapaban de Toledo. Les había prometido a Urbano y a él cumplir con su deber, y enterrar en un lugar secreto las reliquias salvadas del fuego, pero nunca se había parado a pensar que eso exigiría hacerlo en solitario. Mentiría si no dijese que estaba aterrorizado.

Había algo cerca. No sabría decir si era un animal, una persona o un demonio, pero respiraba… Y los muertos no respiran —pensó mientras retiraba la mano del pomo de la espada—.

—¿Quién vive?

Estremecido, Pelayo extendió las manos, tanteando las paredes de roca. De la parte superior rezumaba un líquido espeso, cargado de líquenes y detritus, como si la tierra misma se estuviera descomponiendo, rumiando en silencio las fértiles capas vegetales de la superficie.

Entonces la vio. Encajada en una de las esquinas más alejadas de la galería se acomodaba entre raíces y rocas sueltas una anciana. Parecía empeñada en hurgar con urgencia una talega de lana cruda tejida. Pequeños destellos de luz la rodeaban. Eran insectos, que formaban una nube y que se dispersaron cuando la huesuda mano de la anciana extrajo unos polvos del saquito. A un solo soplido, la caverna se llenó de luz. Pelayo se arrodilló, buscando con urgencia la protección de un crucifijo de plata que llevaba prendido del pecho.

—¡Brujería! ¡No os mováis de dónde estáis, bruja del infierno, o juro que os atravesaré con la punta de mi espada!

La diestra de Pelayo desenvainó el hierro, extendiendo con la zurda el crucifijo hacia la vieja, que se limitó a soltar una carcajada, dejándolo aún más desconcertado.

—Guardad eso, buen mozo, que esas cosas aquí no van a serviros de nada. Acercaos, os lo ruego, que nada habéis de temer de nosotras…

Al decir eso, Pelayo percibió que la anciana no estaba sola. A su lado, acurrucada en el suelo, una niña jugueteaba distraída con una muñeca de azabache. No sabría precisar su edad porque, a pesar de su aspecto aniñado, mostraba una expresión que denotaba una inteligencia muy aguda. Se limitó a mirarlo sin demasiado interés, retomando sus juegos infantiles en el suelo.

La anciana sacó un trapo húmedo, extendiendo sobre un plato de madera una masa de queso azul cargado de larvas.

—Acercaos, Pelayo, y comed con nosotras. No tengáis miedo.

—¿Cómo sabéis mi nombre? ¿Quién sois?

—Quienes seamos nosotras carece de interés, pero creo que es justo que sepáis el nombre por el que se nos conoce, ya que nosotras sabemos el vuestro. Los míos me conocen por Dana, Señora y Guardiana de la Cueva de Nuestra Señora, y ella es mi nieta, Anna. Os estábamos esperando. Vos sois el señor Pelayo; muchos hablan de vos y de vuestra valentía. Vos aún no lo sabéis, pero tenéis la misión de cargar con el peso de un futuro sin nombre, aunque he de admitir que me decepciona un poco comprobar que aún no estáis preparado. No sois lo que yo me imaginaba: os falta mucho aún para ser hombre, y mucho más para ser rey…

Pelayo hizo amago de romper el silencio, pero Dana le cortó en seco:

—No, no me interrumpáis, señor Pelayo. Sabemos que venís de muy lejos, del sur, y que os acompañaba un cura, pero no un cura cualquiera: nada menos que Urbano, el obispo de Toledo… No se molestéis en ocultar ese macuto. Sabemos que protegéis con vuestra vida unas reliquias importantes para vuestro pueblo. No somos enemigos; yo diría más bien que al contrario… No tengáis miedo, Acercaos y reponed fuerzas, ya tendréis tiempo para esconder esos objetos. No os preocupéis, confiad en mi palabra. Os prometo que aquí estarán a salvo.

La anciana esparció el contenido de su zurrón, ofreciéndole a Pelayo unos mendrugos de pan de escanda. La niña se acercó y, con una lasca de cuarzo, extendió un poco de queso sobre una rebanada. La vieja hizo lo propio, untando el queso con la uña de su índice derecho, que parecía una cuchilla afilada.

—No os lo voy a repetir, mozo… —masculló mientras masticaba con evidente placer—. Este queso lo elaboramos desde hace generaciones, y madura en una cueva escondida en la garganta del Cares. No tendréis ocasión de disfrutar de un manjar semejante en mucho tiempo, emboscado como os empeñáis en andar.

Pelayo se frotó los ojos, incapaz de entender lo que estaba sucediendo. Alargó la mano, aceptando el bocado que le ofrecía con una sonrisa la niña. La anciana no se equivocaba: era el mejor queso que había probado en su vida. Alentado por la sonrisa de sus anfitrionas, repitió hasta que dieron buena cuenta del resto. Unas nueces con miel hicieron de postre. Mientras comían, todos guardaron silencio, mirándose, dejando que sus instintos dejasen de estar en alerta. Pelayo se sintió en deuda y echó mano al bolsillo interior de su túnica, donde guardaba el saquito con las monedas, pero la vieja negó con la cabeza.

—Ese metal aquí no vale nada, mozo. Eso son cosas heredadas de los romanos. ¿Cómo se puede poner precio a los alimentos? Los dioses del bosque y de la tierra se enfadarían, y con razón. A nosotras nos educan desde niñas a compartir, porque quien comparte lo que tiene —por poco que sea— se honra a sí mismo. Además, sois nuestro invitado.

Pelayo asintió con la cabeza. La niña, ajena a su conversación, seguía tendida en el suelo, jugando con su muñeca de azabache, a la que parecía contarle secretos. El pelo de la niña olía a cuero húmedo, a sangre y a humo, como si en algún momento cercano se hubiera estado entreteniendo en curtir la piel de algún animal recién matado. La anciana pareció haberle leído el pensamiento a Pelayo, porque añadió:

—Esta mañana hemos dado muerte a un lobo en vuestro honor. El líder de su manada. Su sacrificio ha despertado la voz de las ánimas más antiguas, que se muestran dispuestas a aceptar esas reliquias en nuestra tierra sagrada. Ya os dije que aquí estarían a salvo. Nadie con dos dedos de frente se atrevería jamás a profanar este lugar. No pongáis esa cara de bobo, buen mozo, ni os toméis a la ligera mis palabras. En este suelo descansan las cenizas de nuestros antepasados. Nosotras venimos de una estirpe más antigua que la vuestra, godo. Hay un vínculo de sangre que nos une a nuestro pueblo, que no es tan distinto al vuestro, y nuestros caminos se cruzan ahora porque el destino así lo reclama. Acercaos y escuchad con atención, porque vuestra propia vida dependerá de las decisiones que toméis esta noche. Deberéis enterrar vuestro tesoro —indicó la anciana— bajo la tercera losa, justo donde el agua se filtra buscando la grieta de la roca. Marcaréis el lugar con un símbolo que no sea vuestro. Uno que nadie aparte de nosotras sepa lo que significa: tres círculos concéntricos, formando una espiral… Ellos lo buscarán, pero no lo encontrarán, porque solamente será visible para los ojos entrenados. Es muy importante que ellos no lo encuentren nunca, mi señor Pelayo, guardáoslo bien en vuestra cabeza.

—¿Ellos?

—Ellos, los que aún no han nacido…

La vieja se sentó en cuclillas. Sus huesos crujieron como cáscaras de avellana mordidas por una ardilla gigante. A un chasquido de sus dedos algunos insectos luminiscentes impactaron inmolándose contra las paredes de roca, dando visibilidad con su sangre a docenas de marcas que parecían haber sido grabadas hacía siglos. Pelayo ahogó un suspiro, impresionado.

—Ya habéis cruzado el umbral, mozo. Veníais a esconder algo, pero habéis despertado fuerzas muy poderosas con vuestra presencia aquí. Son marcas antiguas, de antes del hierro, de Roma, incluso de antes de ese al que vosotros llamáis Jesucristo. Son el lenguaje de las guardianas del mundo nuestro. El idioma del pueblo que habla con el fuego, con la nube, con la roca y el bosque. Son los símbolos que protegen nuestra memoria. No queráis entenderlo. Ni tan siquiera nosotras sabemos su significado, porque cambia con cada persona. El mensaje no siempre es el mismo para todos. Con vuestra llegada hemos visto un símbolo nuevo. Vos no compartís nuestro linaje, godo. Ni siquiera compartís nuestras creencias, pero habéis sido aceptado y, a partir de este momento, cargaréis con esa responsabilidad. Vuestra familia goza de gran prestigio entre los clanes astures, sobre todo entre los luggones, con los que compartís tierras y hacéis buenos trueques. Habéis venido a salvar los restos de vuestro mundo en el lugar que nosotros guardamos el recuerdo de todo cuanto somos como pueblo. Bajo estas piedras descansarán unidos vuestro futuro y el nuestro.

—Que así sea… —murmuró Pelayo, clavando su espada en el suelo—. Urbano me advirtió del carácter sagrado de este lugar y, en el éxito de su misión encomendé mi vida, que solamente a Jesucristo le pertenece.

Se arrodilló, rezando en silencio un padrenuestro. Cuando terminó, visiblemente afectado, se persignó, extendiendo su mano derecha para aferrar de nuevo su espada, con la que trazó en el aire la señal de la Santa Cruz.

—Que Dios bendiga y proteja este lugar. Haré cuanto esté en mi mano para mantener en secreto el paradero de esta cueva.

Momentos más tarde, Pelayo colocaba sudoroso la última de las piedras que ocultaría las riquezas sagradas, esbozando en el aire nuevamente la señal de la Santa Cruz con la mano. La anciana se acercó con paso lento, posando la palma de la mano sobre la piedra que ocultaba el tesoro.

—Madres de la Tierra, tomad esta ofrenda. Que la oscuridad y el eco de las ánimas, presentes y ausentes protejan estos objetos hasta que este recién llegado regrese reclamando su legítima pertenencia. Estas reliquias darán validez y continuidad a la línea genética del aquí presente, el señor Pelayo. Que la credibilidad de los suyos esté a salvo en estas rocas.

Apenas un segundo después, señaló con su índice el juguete de la niña:

—Dámela, Anna.

—¿La muñeca?

—No. Su mano. Quien no sacrifica, no medra.

La niña no se movió. Debía ser mucho el afecto que le tenía a su juguete, porque trataba de esconderla tras su cuerpo. Dana se acercó y, sin más explicaciones, se la quitó de las manos.

—Esta muñeca guarda parte del espíritu humano. Ha sido tallada por el hombre, pero le pertenece a la tierra. Es negra como la noche, pero cálida como la sangre de una madre. Tiene un gran poder, protege del miedo y aleja de la peste y del metal traidor, pero no basta con tenerla. Hay que merecerla. Es el vínculo de una niña con su mundo infantil. Una niña que hoy dejará de serlo… Para que alguien gane algo, otro lo ha de perder. Así funciona el mundo nuestro.

La niña asintió, sin moverse. Dana sostuvo la figura de azabache frente a ella y, con un golpe seco, le astilló parte del brazo. La niña dio un respingo, pero no gritó. Se limitó a bajar la cabeza con respeto, guardando silencio. Ni una sola lágrima asomó a sus ojos, a pesar de que ese objeto debía de significar mucho para ella.

—Pelayo —añadió la anciana, tendiéndole el brazo mutilado—, esto os protegerá. En la cigua negra luce el día; que la derrota sea convertida en victoria, y que la piedra muerta traiga vida… Escuchad bien, mozo… Sin esta mano, la muñeca es aún más fuerte. El sacrificio es lo que sella el vínculo entre carne y ánima… Para levantar vuestro reino necesitaréis más que un ejército, necesitaréis que los muertos os reconozcan. En esta piedra vive el trueno y el fuego… Cuando sintáis que su contacto os abrasa la piel, habrá llegado el momento de cumplir con vuestro destino.

Pelayo aceptó la piedra. Al contacto de su cuerpo era fría, pero a la vez guardaba una textura sedosa y cálida. Ya fuera por el pulido o por la perfección de la talla, el hecho es que le resultaba agradable al tacto.

—No es la piedra solamente lo que os dará la protección. Es el acto de sacrificio de la guaja, que os entrega parte de su juguete. Yo os ofrezco su pérdida…

—Y yo… ¿yo qué pierdo a cambio? Antes lo habéis dicho, Señora: para que alguien gane, otro ha de perder. ¿Cuál ha de ser mi pérdida?

—Vos perdéis el miedo y ganáis la ofrenda de una niña inocente. Las mujeres de mi sangre tenemos que perder para que otros ganen. Ese es nuestro destino.

—¿Y si muero?

—Todos moriremos. Yo antes que ninguno de los que estamos aquí presentes. ¿Qué importancia tiene eso? Las cosas solo desaparecen cuando alguien las olvida. Acércate, Anna —la anciana le acarició el pelo— no te sientas triste. Ya sé que ahora la muñeca no podrá abrazar, pero la enseñanza de hoy es que cuando algo se rompe no vuelve a ser lo mismo. Se hace más fuerte. Un árbol herido por un rayo endurece su corteza. La muñeca no está rota, ni ha perdido su utilidad. Está incompleta. Como tú. Como yo. Como él… —dijo la anciana señalando con su mano huesuda a Pelayo.

El joven se estremeció. Iba a contestar que no se sentía incompleto; estaba perfectamente sano, fuerte, entero… La vieja lo cortó con una sonrisa indulgente.

—No escondáis la duda, mozo. Dudar es necesario a veces. De la duda nace la sabiduría. Que este objeto os recuerde que el mundo no es perfecto. Nadie es perfecto. Ni vos, ni yo, ni los futuros reyes…

—Yo soy de los que piensan que las cosas rotas pueden arreglarse. He venido para salvar lo poco que ha quedado de mi mundo. ¿Por qué ella no? —añadió Pelayo, señalando los restos de la muñeca.

—Porque entonces sería transformada en otra cosa. Lo roto se arregla cuando no queda otro remedio, pero no vuelve a ser lo mismo. ¿Sabes, Anna? —dijo la hechicera tratando de ocultar una sonrisa amarga—. Yo también estuve rota. Aún lo estoy. Todos aprendemos a caminar con heridas, porque si esperas a estar entero para avanzar, nunca te mueves. Yo también tuve algo que amaba y me fue arrebatado. No fue un juguete ni una reliquia, como os preocupan ahora a vosotros, sino algo más humano. Carne de mi carne. Sangre de mi sangre. Una parte de mí quedó abandonada a su suerte cuando decidí ser lo que soy ahora. Algún día vosotros tendréis que pasar por pruebas terribles, pero todos hemos sido jóvenes. Incluso yo.

La anciana hizo una pausa antes de continuar.

—Hubo un tiempo en el que yo fui joven y bella. Tenía dos hijos recién nacidos, ambos varones; un padre ciego, que me amaba con locura, y una madre que tenía la voz más dulce que jamás haya escuchado nadie… Entonces murió mi abuela, y con su muerte vino la invernada más oscura y fría que jamás haya conocido el hombre, y con ella el hambre, y el miedo… El pueblo pedía señales, hacía sacrificios, pero… yo tenía un hogar, y era feliz con mi familia. Las cosas empeoraron y la gente empezó a morir. En ese momento tuve que elegir: cuidar de los míos o aceptar mi don. Ser madre de sangre o ser la Madre de todos… Como podéis comprobar elegí al pueblo y, arrastrándome como pude, subí a la montaña. Era apenas una niña, pero no me dejaron otra opción.

La anciana movió las manos, como si apartara unas telarañas invisibles. Ahogó un pequeño suspiro antes de continuar, con la voz quebrada por la emoción.

—Fueron unas semanas muy duras, en las que mi cuerpo se quedó consumido. Perdí la leche de mis pechos, y regresé a mi aldea siendo casi una anciana. Cuando entré en mi casa, ya no quedaba nadie con vida. Ese es el precio de guiar. A veces, para salvar a muchos, es necesario perderse uno mismo.

Algo parecido a una lágrima asomó a los ojos de la hechicera, que volvió a acariciar conmovida a su nieta, meneando la cabeza con tristeza.

—Aprenderás a hacer un hueco en lo más profundo del corazón, Anna. Un espacio en el que ordenar las cosas importantes. Tendrás que hacer grandes sacrificios, pero ese ha sido siempre nuestro legado. Y vos, mozo —añadió, mirándolo con frialdad—, lideraréis a un pueblo, pero tened en cuenta que reinar es ser capaz de tomar decisiones en nombre de otras personas. Es sentirse vacío, perder para ganar en ocasiones, si eso es lo que el pueblo necesita… No me dais envidia ninguno de los dos. Tenéis ante vosotros una prueba de valor que excede con mucho lo que nadie haya soportado hasta ahora.

Pelayo sintió un nudo en el estómago. Él también había perdido amigos, familiares, compañeros de batalla, pero lo que acababa de confesar la anciana era distinto. Había sido educado en las armas, y en su mundo los problemas se saldaban con sangre, y la valentía se demostraba con la espada. El sacrificio que ella había aceptado exigía un altruismo solitario y anónimo, alejado de las grandes gestas llamadas a ser recordadas. La anciana giró su cuerpo de nuevo hacia él.

—Estáis llamado a hacer grandes cosas, Pelayo, pero antes deberéis afrontar el mayor de los retos. Tendréis que luchar contra vos mismo, y luchar contra uno mismo siempre trae derrota en la batalla. Si los augures están en lo cierto, vuestro destino os llevará a reinar y un rey no puede gobernar con miedo, pero eso no os lo enseñará nadie. Deberéis aprenderlo cargando con vuestros silencios y con los motivos que fundaron estos. Hay cosas que deben estar rotas para ser más fuertes, pero siempre es mejor que se rompan por sí mismas, porque así se evita el disgusto de tener que romperlas. Yo ya os he dado la clave: el que conoce la herida es capaz de sanarla. Seréis rey; ese es vuestro destino. Seréis ejemplo en la batalla y muchos os seguirán, de eso no os quepa la menor duda, pero un rey no puede guiar nunca con miedo.

Un agudo silbido interrumpió la conversación. Pelayo se levantó de un brinco.

—Hay un compañero esperándome fuera. Algo grave ha de estar ocurriendo para que se alarme de esta manera…

—Nada os retiene aquí, mozo. Sois libre de iros cuando os plazca, pero antes tomad estos tres puñados de tierra. En este pozo están enterradas las cenizas de docenas de mujeres anteriores a mí, todas con las mismas habilidades. Esta tierra tiene propiedades curativas. Aplicad una cataplasma con este barro en su herida tres veces al día.

—¿Tres puñados tres veces al día?

—El tres es un número con grandes propiedades mágicas: uno por la carne, otro por la sangre, y otro por la vida. Los cristianos lo llamáis de otra manera: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Otros lo llaman tierra, cielo e inframundo. Tendréis que suplicar por la sanación de vuestro amigo, por vos y por los que luchan sin nombre en las sombras. Al tercer día notaréis la mejoría.

 

Pelayo emergió de las entrañas de la tierra sudoroso y jadeante, desorientado como un recién nacido. Gumersindo, sacando fuerzas de flaqueza, le hizo señas con una antorcha para guiarlo en los últimos pasos. Aún estaba donde lo había dejado, envuelto en su capa, pero su estado había empeorado. Con voz febril, gimiendo apenas, el herido celebró la llegada de su amigo:

—Me tenías preocupado. Hubo momentos en los que estuve a punto de bajar porque creí escuchar voces, pero tengo tanto frío que no puedo ni mover un músculo de mi cuerpo. ¿Crees que seré capaz de sobrevivir?

—No sabría decirte, mi fiel Alonso. El que se ha muerto puede que sea yo. He visto cosas que nadie creería, me han hablado en lenguas que no había escuchado nunca y, a pesar de todo, hemos sido capaces de hacernos entender.

—Hablas en plural… ¿Te ha visto alguien al bajar? ¿Has podido esconder nuestro tesoro en lugar seguro?

—De eso no tengas la menor duda, amigo mío; nadie podrá dar con él jamás.

Pelayo se quedó pensativo, sopesando la conveniencia de continuar hablando.

—El caso es, amigo mío, que había más personas conmigo ahí abajo. Te lo cuento como contaría un secreto de confesión, porque en lo más profundo de esa cueva he sido sometido a juicio por unos ojos invisibles, que no eran cristianos. No… —protestó Pelayo, cubriendo la boca de su acompañante para impedirle contestar—. Déjame continuar… Lo más extraño del caso es que he sentido en su presencia una paz como la que siento en la iglesia delante de Nuestro Señor Jesucristo crucificado.

—Pelayo, eso que insinúas es peligroso. Me estás hablando de algo pagano…

—Escúchame, Gúmer… Jesucristo dio la vida por los hombres. Todos sacrificamos algo. De los sacrificios nace el poder. Las cosas no protegen por lo que son, sino por lo que cuesta que sean lo que llegan a ser.

—Eso no suena muy cristiano, Pelayo, amigo mío…

—Lo sé, pero en mis palabras no hay influencias de ningún demonio. Eso lo tengo claro. Allí abajo solamente había una vieja, y una niña. Lo sé, suena delirante, pero ninguna parecía tener miedo ante nada ni ante nadie. La anciana hablaba como los curas. ¡Qué digo los curas! ¡Hablaba como los profetas! Es como si Dios en persona le susurrara las palabras a esa vieja…

El herido trató de protestar, pero un gesto de dolor le impidió moverse. Pelayo acercó la antorcha al costado de su amigo. La herida de don Alonso estaba cubierta de pústulas, y emitía un desagradable olor a carne podrida. Pelayo arrugó el ceño, extrayendo la pequeña bolsa de cuero con el barro que le había dado la anciana. Con unas gotas de agua que rezumaban del techo preparó un emplaste, que aplicó con cuidado en la herida. Gumersindo intentó revolverse, pero las fuerzas le fallaron.

—¿Qué haces? —gimió sobresaltado— ¡Esto es brujería!

Ajeno a sus protestas, Pelayo extendió el resto del preparado. El simple contacto del barro con la piel arrancó un suspiro de alivio en el herido, que abrió los ojos con espanto.

—¿Qué me has hecho?

Al segundo, pareció sentirse reconfortado. Dejó de temblar. Se diría que la fiebre estaba remitiendo.

—No te lo hago yo, te lo hace la tierra. O Dios. O ambos… Ya lo dicen las Escrituras: «En ocasiones el mensaje de Dios llega por caminos indescifrables».

—Y ahora… ¿qué?

—Ahora bajaremos de este monte sagrado, y no contaremos lo sucedido a nadie. Reuniremos a los que aún queden en pie, y rezaremos para que los moros no puedan llegar hasta aquí jamás.

—Tu secreto estará siempre a salvo conmigo, Pelayo. De sobra sabes que puedes contar con mi silencio, pero esto que acabas de hacer conmigo no ha estado bien. Los milagros vienen del Cielo, no del barro. Bien claro nos lo dejó Urbano: «No hay poder fuera de la cruz».

—No seas necio, Alonso. ¿Acaso olvidas lo que nos dice la misma Biblia?: «Barro somos y en barro nos convertiremos».

—Adórnalo como quieras, pero no sé si agradecértelo. ¿Cómo puedes decir eso tan tranquilo?

—¿Qué quieres que haga, amigo mío? Algo se mostró allá abajo. Algo que no era un demonio. Algo a lo que aún no puedo ponerle nombre.


 


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