Espero que os haya gustado el inicio de la novela. Un poco de paciencia, que no tardará en coger ritmo. Muchos ya lo habéis adivinado: vamos a movernos a través de un período fascinante y convulso de la Historia. Si, ficción histórica, pero no os asustéis, que no seré denso y aburrido. Los que me conocéis sabéis de sobra que me gusta el ritmo propio de los thriller y la acción propia de la novela negra.
¡DESPEGAMOS!
CAPÍTULO 2.- EL MENSAJE DEL CUÉLEBRE Y EL NUBERU
Taranis (actual Toraño), primavera 710 d. C.
La fogata luchaba por mantener vivos los rescoldos a pesar de la niebla persistente, que cegaba la
vista como una cortina impenetrable, pero Anna no tenía miedo. Sus pies descalzos se hundían en el
musgo húmedo mientras corría excitada buscando a su abuela Dana. Todos sus juegos comenzaban
como un desafío y la niña disfrutaba comprobando que, a pesar de lo dificultoso de las pruebas,
siempre conseguía mantenerse victoriosa. Todos los poros de su piel podían captar el vivo palpitar
del bosque.
- Escucha el ritmo- le había dicho su abuela. Cada criatura que canta te envía mensajes, cada crujido
de la madera, cada cambio en la dirección del viento… déjate conducir. Escucha en silencio.
La niña cerró los ojos y se dejó guiar por su instinto. A sus apenas once años ya presentía cosas que
los adultos no podían ver. Unas veces eran las piedras del río, que le murmuraban peligros cercanos,
o la advertían sobre las pequeñas mentiras que alguien deslizaba en las asambleas del concejo;
otras, el viento cambiaba de dirección, y se volvía gélido para advertirla de la presencia de algún
tipo de alimaña.
Esa mañana se habían alejado del poblado más de lo habitual. Su abuela había insistido en la
necesidad de pasar la noche más allá aún del “Picu La Vieya”, haciendo noche en la Cueva del
Pescador. Esta vez la disculpa que habían buscado era la de comprobar la abundancia de pesca en
ese inicio de temporada. En ese tramo del río Sella eran ellas las encargadas de “tocar el campanu”
para advertir de la aparición del primer salmón del año. Esa primavera algo había adelantado la
migración de los peces, porque algunos ejemplares de gran tamaño ya habían comenzado a
remontar el río.
El toque de la campana no tardaría en atraer a los vecinos de las aldeas más cercanas, que
aprovecharían para capturar algunos ejemplares en una zona próxima de bajo calado. La anciana
había ordenado a la niña que se entretuviera explorando los matorrales cercanos en busca de algún
pato anidado, que sería presa fácil para una niña rápida como ella, pero algo parecía haberla hecho
cambiar de opinión. Su voz adquirió cierta gravedad, mientras le hacía señas para que se acercase.
-Táte quieta, y quédate cerca del fuego, neña… necesito buscar unas hierbas que crecen aquí cerca.
Creo que ya ha llegado el momento.
Su abuela era respetada en toda la comarca. Tenía una manera particular de actuar, y nunca decía las
cosas como los pastores, ni tan siquiera como los sabios. Tenía una manera de hablar mística,
cargada siempre de interrogantes. Anna era la única que nunca se extrañaba, ni hacía preguntas
innecesarias. Pasaron unos momentos hasta que la anciana regresó con un cuenco de madera entre
las manos.
-Sé que fuiste a mirar por dónde andaba, a pesar de haberte dicho que te quedaras al lado del fuego,
pero no lo voy a tener en cuenta, porque yo a tu edad tenía la misma curiosidad que tú, pero has
caminado todo ese tiempo de manera descuidada, descargando todo el peso del cuerpo sobre la
planta de los pies y los talones. Tienes que moverte como los ciervos, sin hacer apenas ruido,
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apartando las hierbas y los helechos, moviéndote sin que nada ni nadie pueda alertarse con tu
presencia. El bosque es de todos, de las fieras, de las raíces, de las plantas… no puedes destrozar los
hongos a tu paso, ni romper las ramas frágiles de los árboles. Aún eres muy joven, pero algún día
entenderás que la tierra hay que acariciarla, y no aplastarla, pero dejémonos de cuentos… ha
llegado el momento de dar un paso adelante en tu iniciación.
La abuela siempre se refería a “su iniciación” como algo misterioso y necesario. Era un secreto del
que solo se hablaba en el más estricto ambiente familiar, porque muchos aldeanos jamás
entenderían el poder y la responsabilidad que acarreaba una tarea semejante.
-Tienes que beberte esta infusión, y dejar que los espíritus te guíen. No tengas miedo, porque,
aunque no me veas, yo estaré a tu lado. Yo siempre estaré a tu lado, mi neña.
Anna siempre acataba las órdenes de su abuela con sumisión, consciente de que nada malo habría
de sucederle estando bajo su tutela, pero en esa ocasión algo parecido al miedo la hizo titubear
cuando Dana le tendía el cuenco aún humeante. La poción olía a menta y manzanilla, pero en los
posos más densos del brebaje se percibía algo antiguo, primigenio, con olor a moho, como si algo
metálico reposara en el fondo del recipiente.
-No tengas miedo. Las primeras veces produce un poco de revoltura, porque huele a resina amarga,
a ceniza y a humo negro, pero cuando te acostumbras al sabor resulta reconfortante.
El cuenco estaba adornado con tallas toscas pero cargadas de simbolismo: círculos protectores,
espirales, cruces… el líquido mostraba unos reflejos dorados y verdes. La niña lo bebió sin
parpadear.
Primero fue un sonido amortiguado, una especie de siseo rítmico y acompasado. Al cabo de unos
segundos, la luz se descompuso en cientos de colores que dejaron a la niña boquiabierta. Un
pequeño vértigo la obligó a ponerse de cuclillas, mareada pero extasiada ante los sucesos que se
iban sucediendo. Ya casi estaba repuesta del todo cuando un leve temblor comenzó a sacudir las
grietas de la cueva, como si una corriente subterránea pugnara por abrirse paso a través de las rocas
de piedra. Y entonces, emergiendo del suelo como una aparición inesperada, surgió de la nada una
serpiente de un tamaño descomunal. Llegado ese momento, la niña emitió un chillido involuntario.
Algo primitivo la obligaba a mostrar respeto ante los reptiles, pero una caricia de sobras conocida
tuvo un efecto reconfortante. Una mano leñosa pero protectora masajeaba la base de su cráneo,
susurrando palabras en un lenguaje desconocido, pero balsámico.
El efecto fue inmediato, y la niña pudo al fin mirar de frente a la criatura. Medía más de nueve
pasos, y tenía unas escamas brillantes como arco iris, entreveradas de musgo, líquenes y restos de
barro. Su cabeza era triangular, y sus ojos rojos como carbones encendidos. Tenía una mirada que te
penetraba, pero no de una manera autoritaria e inquisitiva, sino de una manera prudente y cargada
de curiosidad. Anna no se movió. Sus rodillas temblaban, pero sabía que nada malo habría de
sucederle estando con su abuela. Se armó de coraje y extendió las manos con las palmas abiertas, tal
como ella le había enseñado a hacer cuando estaba en presencia de alguna fiera, o de algún espíritu
poderoso.
-Ssshhhs… Sha… -siseó el cuélebre en un idioma áspero y desconocido, pero comprensible para
ella. No tenía muy claros los matices, pero la niña lo entendía. No con la mente, como hacía con las
personas de la aldea, sino con el cuerpo. Una especie de escalofrío en la médula espinal transmitía
una serie de instrucciones al cerebro que éste (de manera totalmente inexplicable) era capaz de
traducir, de manera que así estuvieron un buen rato. El cuélebre le hablaba de antiguos tratados con
los humanos, cuando éstos aún no nombraban a las cosas por su nombre, sino que simplemente las
indicaban con el dedo y ella atendía con interés a cada explicación, a cada detalle, a cada enseñanza.
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El reptil le habló de cosas que hasta ese momento eran desconocidas para ella, como la identidad de
sentirse un pueblo, la necesidad de honrar a los ancestros, la importancia de mantener con vida su
lengua madre. Y le habló del sur, y de la llegada de algo aterrador, de la amenaza de un ejército sin
raíces, de un pueblo que sobrevivía en la arena reseca.
-Un día llegará alguien que está llamado a cambiar tu mundo, y el de todos. Lo hará acompañado de
un viento reseco y cargado de augurios de muerte, y lo hará acompañado de hombres que no
conocen el bosque, que no lo respetan ni lo temen, porque no se puede temer lo que no se conoce.
Su ignorancia y desprecio por nuestra tierra los llevará al desastre, pero aún es pronto para sentir
miedo. Tu linaje está llamado a perpetuar nuestras costumbres, pero no puedes hacerlo sin ayuda.
Nosotros te ayudaremos, llegado el momento.
-¿Quién me ayudará?
-Cuando lo creas todo perdido deberás invocar al cielo. Aún no lo sabes, pero algún día podrás
invocar el rayo y al trueno.
-El Nuberu… -susurró Anna, temblando de emoción. Su abuela le había hablado muchas veces
acerca de esa figura mitológica. A su lado, el cuélebre inclinó la cabeza.
-Veo que la Señora te tiene bien aleccionada. A ella debemos nuestra supervivencia, y algún día tú
ocuparás su lugar. Escúchame, niña protectora del musgo y de la piedra. No olvides jamás esta
visión. El desierto avanza en dirección a nuestros bosques, el sol se arrastra a través de las arenas,
condenando a la tierra a una muerte lenta y angustiosa. Somos los guardianes de nuestro mundo y
del vuestro, y debemos convivir en armonía. La sangre correrá por el río Deva una primavera, lo
sabrás cuando los cuervos luchen contra los halcones, expulsándolos de sus nidos; pero aún falta
mucho para eso, y la Señora ya habrá tenido tiempo suficiente para instruirte.
- ¿Cómo voy a ser capaz de detener algo así? Nada ni nadie puede tener tanto poder…
-Ahora eres solamente una niña, pero con el paso de los años serás la grieta por donde escapen las
fuerzas de la tierra, el viento que acompañe a las tormentas, la noche eterna para los cientos de
condenados… tienes la magia del bosque corriendo por tus venas y algún día serás la que descifre
los mensajes que nuestros mundos han de compartir.
El cuélebre alargó su lengua sibilante hacia la niña, posándola sobre su mano derecha. Una especie
de quemazón dejó una marca perfectamente visible.
-Nuestro vínculo está sellado. Mi carne y tu carne forman ya una sola. Cuando requieras mi
presencia solamente es necesario que apliques un poco de saliva sobre la cicatriz y yo acudiré. Da
igual que sea de día, de noche, invierno o verano. Tú, al igual que tu abuela, y la abuela de ella
antes que ésta, tenéis la capacidad de unir el mundo subterráneo y el terrenal. Recuerda siempre lo
que eres.
Cuando las luces desaparecieron la niña estaba aún aturdida y somnolienta. El cuélebre había
desaparecido y en su lugar solamente estaba su abuela, vestida con la túnica oscura, el cuerpo
erguido y los ojos llameantes como fuego.
-¿Qué me has hecho? -susurró la niña.
-Yo no te he hecho nada. Has sido reconocida. Eso no lo decido yo, ni tan siquiera ella…
-De eso si he podido darme cuenta. Pensaba que el cuélebre era un macho, pero la serpiente era una
hembra.
-Nuestro mundo se recita en femenino, mi querida nieta… Somos la fuente de fertilidad, la savia
nueva. Los hombres no lo saben, pero somos las guardianas de nuestra tierra y nuestro pueblo.
Nosotras, con nuestros pechos y nuestros vientres. Nosotras somos la Tierra. No lo olvides nunca,
mi neña… De los hombres es la muerte, de los hombres son las guerras. De nosotras el futuro, el
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renacer, la primavera. Somos las que traemos vida y esperanza. Las que tenemos el poder más
absoluto, el de dar vida. Pero aún más importante que eso, todo lo que da vida es capaz de dar
muerte… Eso, mi neña, solo podemos hacerlo las mujeres, en el mundo de los hombres, y en el de
los animales, sus hembras.

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