domingo, 12 de abril de 2026

CAPÍTULO OCHO. LA NOCHE DE SAN JUAN

 


Bueno, creo que ha llegado el momento de hablar un poco de magia, de sucesos fantásticos, leyendas, mitología... A partir de aquí el relato ya no es mío, es vuestro... 









CAPÍTULO 8

NOCHE DE SAN JUAN

 

Vega de Comeya, 23 de junio del año 718 d. C.

 

Los primeros rayos del sol se filtraban entre la densa niebla, permitiendo a los seis jinetes observar maravillados las evoluciones del halcón peregrino que, haciendo muestra de un buen entrenamiento, giraba sobre sí mismo sin alejarse demasiado de lo alto de la peña, estrechando sus círculos atento al movimiento de una nueva presa, con suerte un faisán, o incluso un urogallo. Esa mañana estaba resultando especialmente fructífera, tal y como esperaban, al tratarse de una zona con especial abundancia de caza.

Pelayo alzó el brazo enguantado, y el ave respondió con obediencia, en una maniobra de descenso en picado mil veces ejecutada con éxito, pero justo antes de tocar el cuero de su dueño, una bandada de cuervos surgió de lo más espeso del robledal que estaban a punto de abordar. Sin dudarlo ni un segundo arremetieron contra el halcón, que, sorprendido, fue capaz de esquivar el primer encontronazo por un par de pulgadas. Buscando la protección de las alturas, se elevó en un ascenso vertiginoso que los córvidos fueron incapaces de copiar, pero a los pocos segundos le dieron alcance, acometiendo contra él con una ferocidad inusitada.

La lucha se volvió encarnizada. La agilidad del ave rapaz se veía deslucida por los ataques coordinados de sus perseguidores. Una lluvia de plumas comenzó a caer desde las alturas. El que llevaba la peor parte era el halcón, que no tardó en estrellarse contra el suelo, malherido.

Pelayo masculló una imprecación. Don Alonso, su hombre de confianza, se apeó de su caballo, corriendo a recoger el ave herida.

—Dime que estás viendo lo mismo que yo, Pelayo. Juraría que esos pajarracos no atacan al azar. Es como si algo o alguien les diera órdenes.

—Ya te dije, mi bravo amigo, que estamos atravesando tierras muy antiguas. Aquí hasta los pájaros protegen lo suyo con bravura. Hace horas que siento un calor extraño en mi amuleto de azabache.

—No quería decirte nada, pero a mí me sucede lo mismo con la cicatriz que me dejaron de recuerdo los moros en el costado.

Esa última confidencia la habían intercambiado entre ellos en voz baja. No querían que sus hombres se alarmaran sin motivos.

No acababan de decir eso cuando ambos fueron conscientes de la presencia de una mujer que los observaba desde un alto. Llevaba una capa de piel de lobo y el pelo trenzado a la manera de las hechiceras astures. Un solo silbido bastó para hacer regresar a la bandada de cuervos, que se posaron a su alrededor como en una coreografía bien orquestada. Una pequeña manada de lobos observaba la escena desde un cerro cercano, pero se mantenían más atentos a las indicaciones de ella que a los movimientos de los recién llegados.

Pelayo desmontó y, haciendo visera con las manos para evitar el reflejo del sol, preguntó a gritos:

—¿Son tuyos esos pájaros?

—Las aves no son de nadie, pero escuchan a quienes saben qué decirles. Y los lobos también. Hasta los hombres, cuando tienen el suficiente buen juicio. Seguidme, hace tiempo que os estamos esperando.

Los hombres se quedaron asombrados. A nadie habían indicado el itinerario de su viaje, y ese último tramo habían viajado por pasos de montaña que solamente los pastores trashumantes conocían. Vivían tiempos muy inciertos, en los que las emboscadas estaban a la orden del día, y no era poca la carga que custodiaban. Llevaban semanas viajando contra reloj, regresando a la tierra que los había visto nacer a marchas forzadas, cargando con buena parte de la dote que el valí Munuza había pactado para la celebración de sus futuras nupcias con Ermosinda, la hermana de don Pelayo. Varias acémilas transportaban afeites, perfumes de oriente y sedas de vistosos colores que estaban llamadas a causar sensación en los ambientes nobles de Gigia. Un botín nada despreciable, que haría las delicias de cualquier forajido montaraz.

Los hombres dedicaron una mirada inquisitiva a su líder. Pelayo se tomó su tiempo antes de contestar.

—Veamos a dónde nos conduce esto… Las manos en las armas, y prestos a llevaros por delante a cualquiera que nos busque las cosquillas…

Los hombres asintieron, y ordenaron al puñado de sirvientes que los acompañaban que pasaran a la retaguardia, enjaezando a las mulas con la brida corta y caminando del ramal con sus monturas.

No tardaron en darle alcance a la curiosa hechicera, que se había desprendido de su escolta animal y se paraba de trecho en trecho a observar y recoger algunas plantas.

—Que no os engañe mi aspecto, nobles señores. A pesar de mi apariencia frágil, soy intermediaria de fuerzas muy poderosas. Estamos llamados a entendernos, así que podéis dejar de aferrar vuestras armas, que ningún efecto van a tener en esta tierra, salvo el de servir de adorno. Mi nombre es Anna, y soy nieta y heredera de Dana, la respetada Señora de la Cueva que vosotros llamáis Dominica. Puedo entender la palabra escrita y hablo idiomas antiguos y presentes. No tenéis nada que temer; nada tengo en contra vuestra, al menos de momento. Pero estos bosques son antiguos, tienen sus reglas y hay que respetarlas. No podemos ignorar sus exigencias. Ni vosotros ni yo. Si nos piden sangre, pagaremos con sangre.

Pelayo se acercó, ofreciendo sus manos desnudas en aceptación de la propuesta de paz, pero llevaba un rato haciéndose una pregunta a sí mismo.

—Me resultas familiar, bruja... Juraría que nuestros caminos se han cruzado en el pasado, pero no soy capaz de recordar dónde ni cuándo. ¿Qué tipo de magia negra manejas? Has dado muerte al mejor de mis halcones sin mediar provocación nuestra de ningún tipo. Yo pensaba que el respeto a la vida es el primero de los mandamientos de vuestros antepasados

—Vuestro pájaro no tuvo nunca ninguna opción. Su muerte ya estaba prevista de antemano. En cuanto a la magia…, no hay magia negra, ni blanca, mi buen señor; solamente hay magia. Está presente en todo cuanto nos rodea. Es cuestión de escuchar y de sentir. En nuestro mundo alguien tiene que perder algo para que otro lo gane. Vuestro halcón ha ofrecido su vida para que vosotros podáis estar aquí hablando conmigo, pero eso ya lo deberíais de saber, porque lo habéis vivido en el pasado. El hombre que os acompaña puede dar fe de ello, pero ambos parecéis tener mala memoria. Yo recuerdo perfectamente lo que sucedió esa noche, pero no os preocupéis. Tiempo habrá de poner en orden nuestros recuerdos…

Pelayo y Gumersindo cruzaron una mirada de complicidad, pero optaron por guardar silencio. Ambos compartían un recuerdo que habían jurado guardar en el mayor de los secretos.

—No seas necia, niña… —exclamó el guerrero más veterano, don Alonso, sintiéndose aludido—. Nuestros hombres están escuchando y saben perfectamente que para nosotros no hay mayor poder que el de Nuestro Señor Jesucristo ni mayor sacrificio que su martirio en la Cruz. Lo que acabamos de presenciar es un acto de brujería.

—No tenéis que justificar nada ante vuestros hombres. Llamadlo como queráis, pero tened presente que ellos comparten más cosas conmigo que con vosotros. Ellos llevan generaciones celebrando la llegada del sol con su calor reconfortante, pero aceptando la oscuridad de la noche. Cada poder, cada energía, tiene un principio y un final. El nacimiento de uno supone la muerte del otro, que resurge fortalecido.

La manera de hablar de la chica le resultaba familiar a Pelayo, que acarició el pequeño colgante de azabache que pendía de su cuello, justo al lado del crucifijo de plata. Diría que se mantenía más caliente que de costumbre. Una teoría comenzaba a cobrar fuerza en su cabeza, pero se resistía a ponerle voz a sus pensamientos, que le transportaban al episodio que él y su hombre de confianza habían jurado olvidar.

La chica se volvió hacia ellos, y en el mismo tono despegado, les hizo una indicación:

—Y ahora apretad el paso, mi buen Pelayo. Sí, sé vuestro nombre, y el de vuestros acompañantes. Borrad esa cara de sorpresa, porque ya os he dicho que estáis a punto de presenciar cosas difíciles de entender, pero es necesario que lleguemos cuanto antes, porque nos están esperando a media jornada de aquí. Esta noche se celebrará el solsticio… —añadió, enigmática, antes de espolear a su asturcón—.

El resto de la jornada transcurrió sin mayores incidencias, con simples intercambios de palabras e indicaciones, hasta que acordaron hacer una parada para almorzar, en la que Anna desgranó sin rodeos:

—Sé que estáis desconcertados, Pelayo, y que este encuentro os está haciendo sentir incómodos, pero todo tiene una explicación: esta tierra está cargada de magia muy antigua. Mi labor, al igual que la de otras que me precedieron, y otras que me han de suceder, es la de velar por la supervivencia de nuestras costumbres, nuestro modo de vida, nuestras tradiciones… Eso incluye estar atenta a todos los rumores y noticias que pueden poner en peligro ese equilibrio. A pesar de vivir alejados de las fuentes de poder y de gobierno a las que vosotros estáis acostumbrados, nunca falta alguien dispuesto a mantenernos informados. Aquí no encontraréis curas ni iglesias, al menos de momento, porque estamos muy alejados de los grandes pueblos, pero nadie os negará el derecho a rezar a ese dios cristiano al que jurasteis obediencia en su momento. Aquí rigen las normas del libre albedrío. Cada cual es libre de escoger sus creencias, pero dejadme continuar… —añadió, advirtiendo que Pelayo estaba a punto de interrumpirla.

El noble hizo caso omiso, interviniendo con evidente nerviosismo:

—Creo que sé quién eres, Anna. El azabache que pende de mi cuello emite un extraño calor cada vez que me acerco a ti. Es una sensación reconfortante, que me empuja a recordar el momento en el que esta cigua formaba parte de un cuerpo completo, tallado por las manos de un excelente artesano; pero las imágenes que tengo de ti son muy confusas, y están cargadas de sombras. Te recuerdo al lado de tu abuela, rodeada de oscuridad, siendo apenas una niña…

—Las piedras tienen memoria, Pelayo… Tiempo habrá de poner en orden nuestros recuerdos, pero antes vamos a hablar de temas más importantes. Sabemos que hace tiempo fuisteis forzado a viajar a Córdoba con el pretexto de entregar los tributos que nuestra tierra genera para estos extranjeros usureros, y que os han mantenido, a vos y a varios parientes vuestros, como garantía de futuros pagos, alojados en las estancias de los moros. Nuestra tierra es fértil y nuestros hombres fuertes y trabajadores, pero esto tiene que cambiar. El fruto de la tierra ha de ser para el que la trabaja, aunque eso signifique entregar una parte a su señor como muestra de respeto y garantía de protección, pero incluso vosotros, los nobles, sabéis que hay un período de fertilidad y otro de escasez. El moro lo quiere todo para él y poco le importa que el pueblo pase hambre. Se rumorea que este año volverán a subir los tributos, y no son pocos los que han tenido que ceder sus mejores tierras… Cada día que pasa crece el descontento en las familias poderosas, que buscan protección aquí, en las montañas, y ahí es donde comienza nuestra responsabilidad… Estáis llamado a hacer grandes cosas, Pelayo, pero aún no sois consciente de ello…

—Mi único propósito es llegar cuanto antes a Gigia —musitó Pelayo con los ojos ausentes—. Allí he de encontrarme con el gobernador Munuza, que ha de conocer el fierro astur… Como bien sabrás, el muy desgraciado se ha valido de mi ausencia para aprovecharse de mi hermana, cortejándola y forzándola a un matrimonio que no cuenta con mi aprobación. Antes de mi partida ella estaba prometida al señor Alonso, buen amigo mío, aquí presente, al que ella amaba. En una de sus últimas cartas ella aseguraba que Munuza la había hecho presa, separándola de la protección de mi familia bajo amenazas de muerte. Esa afrenta ha de ser despachada, y mi espada hará justicia o moriré en el intento.

Anna le dejó hablar y cuando el noble se desahogó ella intervino con delicadeza:

—Dicen que vuestra hermana le hizo promesas al moro, pero a cambio de vuestra liberación… El gobernador necesita legitimidad para gobernar en el norte y Ermosinda está en edad de darle buenos hijos. Tengo entendido que es buena moza, de anchas caderas y generosos pechos. Muchos hombres la desposarían de buen gusto.

—Ermosinda será de don Alonso o de la tierra, bien lo sabe Dios. Munuza no es un rival a la altura de mi espada, con ese cuerpo abandonado a los excesos y sus modales afeminados. Ya nos hemos cruzado en el campo de batalla hace tiempo, cuando yo era apenas un niño, pero él no me recordará, porque mientras yo estaba en primera línea, él comandaba desde su retaguardia las tropas que nos obligaron a huir en desbandada en la derrota de Guadalete. Disfrutaré escuchando sus alaridos mientras le abro en canal como a un verraco. Mi hermana morirá o se casará, si aún está de mi mano, pero no con esa abominación, sino con un noble godo, y traerá al mundo hombres fuertes, guerreros con una salud de hierro, anchos de espaldas y de manos fuertes para empuñar la espada.

—Que así sea...

 

Con esa amenaza, y con el beneplácito de la joven hechicera, decidieron ambos, llegado el momento, reanudar la marcha. Anna se detenía a revisar altares de piedra, colocando ofrendas en los lugares más variopintos. En algunos cruces de caminos marcaba extraños símbolos, y dejaba en las raíces de los árboles peines de hueso, huevos de gallina, leche, queso e incluso buenos bollos de escanda o de cebada.

Al caer la tarde por fin llegaron a las cercanías del monte Auseva. Una multitud de gente les esperaba reunida en el prado. El ambiente era festivo, con varios toneles de sidra espichando sobre grandes cuernos de vaca y zapicas de madera de roble. De las marmitas, colgadas sobre el fuego con gruesas cadenas de hierro, emanaban deliciosos aromas que prometían exquisitas y sofisticadas recetas. En el centro del prado interminables largueros de roble ofrecían a los recién llegados todo tipo de quesos, dulces, miel y hasta piezas de caza recién asadas.

Un grupo de aldeanos les hizo señas, invitándolos a jugar a un juego que parecía tener mucha aceptación.

—Acérquense, señores… Tres tiradas por ronda, nueve bolos de roble… El que más tire, gana.

Un pequeño cofre de madera guardaba el premio: agujas de hueso, puntas de flecha, queso curado...

Pelayo fue el primero que aceptó el reto, apostando una fíbula de bronce con forma de herradura. Tiró con toda su fuerza el primer canto rodado, que no llegó a rozar ni tan siquiera uno de los bolos. Se escucharon varias carcajadas cuando un niño de apenas quince años, a su lado, hizo estallar la mayoría de los suyos de una sola pedrada. Los nobles venidos del sur chocaron sus zapicas de sidra, celebrando con el resto del pueblo la habilidad de su jugada.

Pelayo, herido en su amor propio, se concentró, y con un hábil lanzamiento, puso en apuros al chiquillo en su siguiente tirada, pero este no falló. Con otra certera pedrada certificó su victoria, alejándose al rato cuesta abajo, rodeado de sus amigos, compartiendo su botín.

—Aquí los guajes aprenden a cazar desde que nacen. Donde ponen el ojo, ponen la piedra —celebró el aldeano que llevaba la voz cantante. Su voz pastosa emitió un hipo antes de dejar escapar un estruendoso eructo que olía a chorizo y a sidra—. ¡Coman y beban, señores, que hoy es un día para festejar!

No hizo falta más. Pelayo y sus acompañantes dieron rienda suelta a su apetito, uniéndose a la celebración, cantando, bailando y bebiendo.

Al caer la noche, mientras los más jóvenes recogían ramas secas y yesca para la gran hoguera, Pelayo y Anna ascendían despreocupados hacia la entrada de la cueva. Todo parecía estar dispuesto para la celebración.

—Estáis a punto de adentraros en un lugar sagrado. Nadie puede entrar en esta caverna sin permiso de mi abuela, la Señora, que está ansiosa por saludaros.

No había acabado de decirlo, cuando una voz surgió de lo más oscuro de la caverna.

—Acercaos un poco más, buen mozo, que mi vista ya no es lo que era, y necesito comprobar que sois vos el indicado...

La anciana se acercó. En su mano derecha llevaba un báculo de madera de tejo, del que pendían varias figuras de hueso colgadas de cintas de cuero curtido. Un ramo de hipérico hacía las veces de hisopo, con el que bendijo la entrada del recién llegado. Pelayo se dejó hacer, un poco aturdido aún por el efecto de la sidra.

La venerada Señora de la cueva resultaba ser la vieja con la que recordaba haber tenido el encuentro del Monsacro, pero su piel estaba visiblemente más apergaminada y se movía con mayor dificultad. Sus extremidades acusaban una deformidad evidente y arrastraba las palabras como si surgieran de lo más profundo de sus vísceras. Anna ya le había advertido: «Tiene principios de un mal muy temido entre las nuestras: el mal de la memoria. Está en su último ciclo de vida, próxima a entregar sus conocimientos a su sucesora en la línea de sangre —que voy a ser yo— y ha escogido esta noche precisamente porque es lo correcto: quemar lo viejo, honrar lo nuevo, aceptar lo que haya de venir…».

En una esquina de la cueva estaba colocado el legado que Anna habría de recibir: el manto de piel de loba albina, el collar de dientes de oso, las pulseras con las rocas de sangre, el peine de hueso… En un pesado arcón de madera asomaban los ingredientes —con toda probabilidad, secretos— para elaborar distintas pócimas. Algunos eran bastante comunes y reconocibles a simple vista: grasa de oso, dientes de jabalí, muérdago, belladona...

Anna se agachó, colocando varios guijarros en perfecto círculo, y frotó dos piedras hasta que saltó una chispa. El fuego no tardó en coger fuerza. Su abuela Dana se acercó con paso vacilante, y dando inicio al acto, denunció:

—Habéis pisado la piedra de los antiguos sin doblar la rodilla, mozo…

—Os pido disculpas si os he ofendido, pero no soy hombre que se arrodille con facilidad. Respondo al nombre de Pelayo, mi Señora, y como bien sabéis acudo a vos con humildad, en calidad de hijo del norte, no como siervo de Córdoba. Os pido permiso para ocupar un lugar a vuestro lado en esta hoguera.

A la anciana le agradó la respuesta del noble. Su boca desdentada dibujó lo que pretendía ser una sonrisa de amabilidad. Extendió las palmas de las manos, en un claro gesto de bienvenida, amagando una pequeña reverencia antes de continuar:

—¿Qué traéis con vos, mozo, aparte de arrogancia y ropajes ostentosos?

—Traigo la verdad y la razón, Señora. Y, para qué lo voy a negar, una buena carga de rabia.

El resto de los asistentes cruzaron entre ellos una mirada de complicidad, pero nadie se atrevió a interrumpir la conversación. La anciana sopesó su respuesta un par de segundos, creando un poco de tensión.

—Entonces podéis cruzar, pero habéis de saber que esta noche es una noche sin sombras. El mundo de los vivos y los muertos están más cerca que nunca en este altar sagrado. Os recuerdo, señor Pelayo. Hace tiempo que fuisteis aceptado y nos hicimos una promesa. Pero esta noche no será la piedra quien os juzgue, ni tan siquiera yo, y si lo que juráis no es limpio, pesará en vuestra sangre y en todos los que compartan con vos algún tipo de lazo de parentesco.

Pelayo asumió la advertencia con una leve inclinación de la cabeza. No pudo evitar que un gesto de alarma fuese captado por los ojos de la Guardiana, que estaba atenta a todas sus reacciones.

—No pongáis esa cara de circunstancias, hombre, que yo sé bien cómo huelen los muertos antes de caerse desplomados y vuestro cuerpo aún huele a vida. Pero no está de más la advertencia, porque no podréis alzar la espada sin antes purificar vuestro espíritu ante estas llamas.

La anciana se movía cojeando. Sus ojos tenían el velo que anunciaba la ceguera, pero, a pesar de ello, recorría la cueva sin tropezar, tomándose su tiempo, paseando las yemas de sus dedos por las paredes, acariciando las numerosas inscripciones grabadas en la roca, como si en ese acto les ofreciera una cálida despedida a sus muertos. Los asistentes guardaban silencio, alargando sus manos para humedecer las palmas en el agua del arroyo antes de bendecirse frotándose los cuerpos con ellas.

—Las voces viejas han dado su consentimiento —declamó, enigmática—. Ha llegado el momento de hacerme a un lado y ceder mi puesto a una guardiana con más vigor. Todos los aquí presentes la conocéis, y sabéis que, a pesar de su juventud, ya sabe cuándo sanar y cuándo enterrar… Yo ya no sueño con claridad; cada vez me cuesta más distinguir la sangre de los partos y la de las guerras. —Meneó la cabeza con pesar. Se tomó un par de segundos antes de seguir hablando—: Esta noche podré retirarme a descansar y que mi cuerpo se funda con las raíces del tejo. A ti, hija de mi hija, mujer nacida en la luna nueva, te dejo la lengua de los antiguos, y la sabiduría de los nuestros. No los guíes con temor; guíalos con prudencia y mira siempre de frente, incluso cuando lo que se te presente no tenga rostro ni nombre…Y en cuanto a vosotros, hombres y mujeres, dejad que ella os sirva de ejemplo y honradla en la medida que ella os lo permita, porque su figura en este mundo se proyecta en vuestro mismo reflejo, protegiéndoos como una sombra. La tierra hoy solo escuchará la verdad, y no admitirá mentiras. Nunca lo ha hecho. Bienvenidos todos a esta noche sin lindes. Mi tiempo termina. Que comience el vuestro. Arded. Cambiad. Naced.

El fuego se avivó. Unas llamaradas de color azulado se acercaron a la anciana, envolviendo su cuerpo. Con un gesto rápido, ella extrajo un pequeño cuchillo de piedra, que utilizó para cortarse una trenza de su cabello lacio y canoso, que entregó con solemnidad a su nieta. Anna no pudo evitar que una pequeña lágrima rodase a través de su mejilla derecha, la que estaba más oculta a la vista de los presentes.

La anciana se hizo entonces a un lado, ofreciendo el trono de piedra rosada a la que estaba llamada a continuar con su legado, y con voz cansada, proclamó sus últimas voluntades.

—Que arda lo viejo, y que se quede atrás lo que ya no sirve…

Y dicho esto, se acercó al fuego, arrojando con respeto su cayado, que levantó una enorme llamarada.

Le llegó el turno a Anna, que depositó con tristeza una manta infantil de lana abatanada a mano. Después de ella, Briana, que arrojó una pequeña trona de madera de fresno. Luego, uno a uno, todos los asistentes fueron haciendo lo propio. Eran tan solo una docena, escogidos por su relevancia en la comarca. Pelayo no dudó en arrojar el pergamino con los acuerdos de la boda de su hermana. En el valle, abajo, ya comenzaban a escucharse gritos; la gente había comenzado sin duda a saltar por encima de sus fogatas.

—Tres vueltas —indicó la anciana con autoridad, llevándose a la boca un pequeño recipiente de barro. Todos los presentes se agarraron de las manos, haciendo un corro alrededor de la hoguera.

—La primera ronda es silenciosa —le susurró Anna al oído a Pelayo—. Dejar atrás lo gastado. Que nazca lo que ha de renovar lo estéril. Quemar lo viejo.

La segunda vuelta, siguiendo indicaciones de la anciana, fue un poco más rápida. Los asistentes marcaban con sus pisadas un ritmo más firme. Comenzaron a sonar los primeros cánticos.

—Lo que se fue, que se aleje. Lo que duele, que se duerma. Memoria eterna a los que se fueron. Que aporte su luz y su calor lo nuevo.

En la tercera vuelta todos los presentes comenzaron a moverse de una manera más frenética, subiendo y bajando sus manos entrelazadas al unísono, levantando mucho los pies del suelo.

—Lo que ha de venir, que despierte en llamas…

Llegados a ese punto, todos comenzaron a cruzar la hoguera. Unos a grandes pasos, otros a saltos, alguno arrastrando los pies descalzos por las brasas. Dana, la vieja señora guardiana de lo sagrado, les esperaba arrodillada, sosteniendo con las manos un cuenco de agua recién cogida del manantial.

Uno a uno todos los presentes se iban acercando con solemnidad al lugar desde el que Dana presidía la ceremonia, inclinándose para aceptar con humildad los cuidados de la anciana, que recitaba una oración mientras les limpiaba las quemaduras del fuego.

—Que el fuego os marque, pero el agua os proteja. Que la curuxa vuele y el gallo cante. Que el río fluya y se lleve la ponzoña de la sacavera, y que lo que hoy se diga o haga nada ni nadie lo deshaga. Nadie volverá a ser el mismo. En esta noche en la que el cielo se acerca y los muertos nos oyen, se hará un nuevo juramento, y nada ni nadie lo evitará. Un poder nuevo nacerá y un poder viejo se retirará a descansar. Así fue siempre y así será. Ante vosotros tenéis a los encargados de velar por el futuro de nuestro pueblo, a los que deberéis proteger y respetar...

Un coro de gargantas exclamó al unísono:

—¡Aceptados están!

Dos cuerpos se desplomaron al unísono. El de la anciana fue recogido con mimo y envuelto en una cálida piel de lobo. Su destino estaba escrito en las estrellas que en ese instante iluminaban brillando con más fuerza los exteriores de la cueva. El otro era el de Pelayo, que llevaba unos angustiosos momentos luchando contra el vértigo. Su cuerpo y su mente flotaban por separado, luchando por no desaparecer en planos distintos. El mundo había comenzado a girar a su alrededor con los primeros compases de la danza prima, arrastrado su cuerpo en una espiral de velocidad creciente, mientras cientos de voces le conducían de una manera desconcertante a un lugar del que emanaba una paz absoluta.

Pelayo podía reconocer la voz de Anna, pero sonaba distinta, lejana… Le estaba resultando agotador el esfuerzo mental necesario para concentrarse y distinguir su voz entre todas las demás.

—No luches, mi buen señor… luchar contra uno mismo es perder siempre en la batalla. Ya te lo advertí. Esta noche es una noche en la que todo es posible, no hay límites entre nuestros mundos. Hay verdades que no tardarás en descubrir, pero tienes que mantenerte relajado. Estás bajo los efectos de la belladona, y no estás acostumbrado. Las primeras veces siempre cuesta dejarse conducir…

Pelayo estaba aterrado, pero aun así procuró relajarse. El aire olía a sangre, a musgo, a hierro; pero también a menta, a tierra mojada, a vida… Se sintió pequeño, y buscó el contacto reconfortante del pequeño crucifijo de plata, pero el metal se le antojó frío, sintiéndose más atraído por la calidez que emanaba del amuleto de piedra negra. Respiró de manera entrecortada, mientras todo lo que tenía de humano se separaba, deslizándose hacia el suelo hasta liberar su conciencia en dirección a una fuente de luz de la que emanaba un poder primitivo, pero que a él se le antojó celestial.

—Cristo, dame fuerzas… —musitó.

—En este lugar Cristo no te puede ayudar, Pelayo. Es la tierra misma quien te invita a seguir respirando, es el mundo de los espíritus el que está a punto de ofrecerte su aceptación como bestia viva y venerable que es, dueña y señora temporal de estos dos mundos tan cercanos hoy entre sí. Esta noche el diálogo con ellos es más fácil que nunca. No te resistas. Deja que entren en ti.

El noble godo había perdido ya el control de sus extremidades. Quería huir corriendo, pero una fuerza le mantenía anclado al suelo con firmeza. En el centro de la cueva brotaba un manantial, y su cauce se desbordaba en una cascada cristalina, formando una poza en la que descansaba tranquila una doncella de cabellos de oro y gran belleza. Ella hablaba con las plantas, recitando versos en una lengua extraña que él no era capaz de descifrar, envueltos en una melodía cargada de tristeza. Un halo de fuego la rodeaba, y ceñía su frente con una exuberante guirnalda de flores frescas. Era tan real, que Pelayo podía reconocer sin ningún lugar a dudas el aroma de las favoritas de su madre. Le surgieron unas irrefrenables ganas de llorar, y sin poder evitarlo se volvió a sentir niño, y le pareció estar sentado frente al fuego escuchando a su madre contarle la fábula de Amayama, l’ayalga del Pozu de las Xanas, en Viego. Podría jurar que estaba ante la chica raptada por el temido cuélebre que protegía los Barrancos del Infierno. Recordaba que de niño fantaseaba con la posibilidad de hacerse con las riquezas que ella protegía con tan solo liberarla de su encantamiento, y en esas estaba cuando un rugido le sobresaltó. Con tantas dudas había dejado pasar la oportunidad de dirigirse a la muchacha, y unas enormes zarpas emergieron de la charca, aprisionando a la doncella. Ella no gritó, aceptado su sino, pero Pelayo se sintió atrapado entre su deber como soldado de proteger a esa muchacha virginal, y el miedo instintivo a los reptiles. Todo cobró sentido en su cabeza cuando observó al cuélebre alejándose con su víctima. Era como el pasaje que tanto le repetían de niño cuando leían la Biblia para conciliar el sueño, ese en el que Eva se enfrentaba a las tentaciones antes de ser expulsada del Edén.

Recordó las advertencias de Anna. Podía sentirla cerca, aunque no la pudiera ver: «Luchar contra uno mismo es perder en la batalla…». En ese momento era él quien habría de luchar contra sí mismo. Su instinto así se lo hacía saber, de manera que trató de relajarse, dejando que ese sueño pagano pudiera reconocerle como hombre libre por primera vez en su vida.

En las manos de la muchacha apareció una espada que centelleaba. Era evidente que ese hierro no procedía de Roma, de Damasco ni de Toledo. Parecía un arma forjada en las entrañas mismas de la Tierra. Los ojos oscuros de la bestia le observaban con curiosidad, pero ya no centelleaban tanto como antes. Parecía divertido. Pelayo tembló como una hoja a capricho del viento; quería huir, pero su cuerpo no le respondía. El miedo le impedía el más leve movimiento. Entró de nuevo en una fase de pánico, y un líquido templado comenzó a deslizarse por sus muslos. Era la voz de Anna, nuevamente, quien le sacaba de su trance.

—Mi buen señor Pelayo… ¿dónde estás ahora? Es un rey lo que tu pueblo necesitará, y yo ante mí solo veo un niño débil e indefenso. No te dejes confundir, la profecía no puede estar tan equivocada… Se me ha encomendado compartir contigo las oraciones secretas de este manantial, y el nombre al que responde su guardián, al que tú te empeñas en ver como a una bestia. Solamente un hombre fuerte y honrado será capaz de empuñar esa arma, que ha de ofrecerse a un verdadero hijo de la montaña.

La cueva comenzó a temblar, y el manantial a hervir. El coro de voces volvió a susurrar alborotado.

—Apresúrate, Pelayo… El velo de la noche está a punto de caer; no nos queda mucho tiempo… La pregunta es simple: ¿aceptas la responsabilidad de guiar y proteger el legado de un pueblo o prefieres seguir escondiéndote de tu destino?

Pelayo sintió de repente un vigor que hasta ese momento no creía poseer. Era como si con las palabras de Anna algo nuevo hubiese cobrado vida en su interior. Extendió las manos y la espada se posó en su diestra. Su hoja estaba muy bien forjada. Era un arma equilibrada y robusta, pero liviana. De una manera extraña parecía contagiar, además, una fuerza inexplicable. Una especie de corriente de energía atravesó a Pelayo al empuñarla, que se dejó caer de rodillas, agotado. El haz de luz comenzó a disiparse mientras el coro de voces se alejaba murmurando, satisfecho. Fue Anna, una vez más, la que rompió el silencio:

—Tu fe siempre ha sido y seguirá siendo tu escudo, Pelayo, pero no olvides nunca que es la Tierra quien te ha elegido líder en esta lucha que tan inevitable se nos presenta. Los montes no tardarán en arder. Debemos prepararnos. Defenderemos con nuestra sangre y la de los nuestros este pacto que estamos a punto de sellar, pero hemos de ser conscientes, ahora más que nunca, que el rumbo de nuestras vidas cambiará para siempre. Estamos llamados a ser protagonistas de grandes gestas, que perdurarán en la memoria colectiva, pero eso implica grandes pérdidas y sacrificios. Tú y yo a partir de ahora no nos deberemos obediencia, porque nuestros caminos están unidos por un propósito común. Seremos iguales ante el pueblo, y que cada cual cargue con lo suyo. ¿Estás dispuesto a entregar tu vida por la causa?

Las paredes de la cueva comenzaron a desprender un vapor caliente, como si las entrañas mismas de la tierra estuvieran empeñadas en dar a luz una nueva criatura, pero era el joven Pelayo, el futuro rey según las profecías, el que pugnaba en esos momentos por salir del trance, jadeando a causa del esfuerzo. Su frente estaba perlada de un sudor frio que goteaba sobre el pomo de una espada que se mantenía firmemente clavada en el suelo ante él. Anna estaba de pie a su espalda, sujetándole la frente, esbozando sobre su piel círculos y espirales con ceniza y grasa de animales.

—Levántate ahora —le ordenó—. Has visto cosas que no tienen explicación. Has sentido en tu propio cuerpo cosas que tus sacerdotes llamarían herejía. Hoy, aquí, te advierto del peligro que corremos todos si das muestras de debilidad en el futuro. Borra pues de tu memoria todo lo aquí acaecido, porque todo ha sido un sueño, y de todos es sabido que los sueños no forman parte de los secretos de confesión.

—Esto que ha sucedido —murmuró Pelayo, aún embotado— no tendrá lugar ni memoria en la ley de Cristo. Esto formará parte de los secretos susurrados al calor del hogar, en las fábulas que entretengan a los niños en los años de bonanza venideros. Esto formará parte de esas cosas que la prudencia nos exigirá en el futuro a ti y a mí, que jamás hayan de ser escritas.

—Veo que nos vamos entendiendo, mi buen señor, pero escúchame con atención… Esta tierra sagrada que ahora pisas no te exigirá demostraciones de fe. Este lugar ha sido y será un altar en el que rendir culto al respeto y al entendimiento. No olvides nunca que yo no te elegí. Fuiste arrastrado aquí por un juramento anterior, el juramento de un pueblo que se resiste a morir. Unos hombres, mujeres y niños que ya lucharon contra Roma, y contra muchos aún antes. Esta espada que acabas de aceptar te vincula a un compromiso que aún no eres capaz de entender, pero algún día, en este mismo lugar, todo un pueblo gritará tu nombre.

—¿Y si no resulto ser ese líder? Tú y yo no nos conocemos de casi nada, y a nosotros nadie nos ha pedido nuestra opinión… ¿Quién dice que ese ha de ser nuestro destino?

—Ya es tarde para hacerse ese tipo de preguntas, Pelayo. Las montañas, los ríos y los bosques han hablado. Aquí y ahora has de jurar que dedicarás tu vida a proteger a nuestro pueblo. Vivirás para ellos y morirás por ellos. Flaquearás, como todo hombre, pero aun así serás coronado, porque en casos de extrema necesidad, como el que nos ocupa, no sería inteligente elegir al líder más fuerte, ni al más cruel y despiadado. Lo más sensato e inteligente que se puede hacer en momentos como estos, señor mío, es escoger de entre todos al hombre más prudente y necesario, y hasta ahora todo nos indica que tú estás llamado a serlo.

Anna trazó en el aire varias espirales, dando por zanjada la cuestión y negándole el derecho a réplica a Pelayo, que se quedó en silencio, aceptando con humildad la reprimenda. A esas espirales siguieron varios símbolos de protección. La magia en ella estaba en esos momentos tan presente que al moverse desprendía un crepitar similar al de la leña cuando era arrojada al fuego.

—Con los poderes que me han sido otorgados yo acepto guiar y proteger a este hombre, y hago pública mi promesa aquí y ahora, delante de todos los representantes de los clanes que nuestro pueblo tiene repartidos a lo largo y ancho de este mundo nuestro. Que este sea nuestro pacto y a la vez nuestro secreto; y que el noble aquí presente, que responde al nombre de Pelayo, pierda la lengua y el derecho a transmitir su legado si incumple su promesa, y que su espada vuelva para siempre a la tierra. Por las tumbas de las Madres, por la sangre de los caídos, por los huesos de nuestros difuntos, por las rocas, el poder del aire, cielo, agua, la madera…; por el equilibrio y la paz de todo cuanto nos rodea… Pelayo, ya puedes despertar.

El recién nombrado despertó emitiendo un quejido seco. El camastro de helechos sobre el que descansaba estaba empapado en un sudor viscoso que le entumecía la espalda. Una mancha de orina humedecía de manera vergonzosa sus polainas. A su alrededor, todo era silencio. A su lado descansaba una espada envuelta en musgo.

Pelayo tenía la sensación de estar sufriendo una enorme resaca, pero no recordaba haber bebido tanto. El pecho le ardía, cubierto de extraños símbolos garabateados con sangre reseca y lo que parecían excrementos de animales. Comprobó que la sangre no era suya, inspeccionando su cuerpo en búsqueda de heridas, pero lo que más le preocupaba era un extraño zumbido, que se había instalado en lo más profundo de su cerebro. Intentó ponerse en pie, pero un ataque de vértigo se lo impidió. Su cuerpo protestaba sintiéndose vacío, como si algo o alguien le hubiese practicado una brutal sangría.

Sobre el altar de piedra, una especie de niebla flotaba suspendida. Reconocía las formas de Dana, la señora de la Cueva, pero eso no era posible; no hacía tanto que había visto cómo retiraban su cuerpo sin vida. La anciana se limitaba a observarlo divertida, llevándose el índice a los labios para indicarle que guardase silencio.

—Habéis regresado con vida. Pocos pueden decir lo mismo, y ninguno con nada parecido a lo que vos habéis aceptado. No pongáis esa cara de extrañeza, mozo. Esta noche habéis sido invitado a probar la magia de verdad, y cuando uno cruza al otro lado ya no hay marcha atrás, algo de uno queda allí para siempre, y algo de allí nos acompañará.

—Señora, estoy confuso. Tengo miedo de haber empeñado mi palabra en una empresa que me viene grande.

—No se os pide ser capaz. Se os pide obedecer y cumplir, nada más. Para hacerlo posible ya estamos nosotras, y las que estuvieron antes que nosotras.

Un leve roce de madreñas anunció la llegada de la nueva Señora de la Cueva. Los zuecos de madera que calzaba estilizaban su figura, pero a pesar de ello se movía como era habitual siempre en ella, en el más estricto silencio, casi como si flotara de manera sobrenatural. Su aparición provocó un estremecimiento involuntario en la zona lumbar de Pelayo. Anna había escogido de manera muy acertada un tocado corniforme, que acentuaba la simbiosis entre su parte animal y su aura espiritual. La sombra que proyectaba su figura hacia el exterior de la cueva le confería una apariencia bestial y fantasmagórica. En sus manos llevaba un pequeño recipiente de madera de nogal pulida, con un lacre de cera virgen de abeja sellándolo.

—Este es el elixir del sagrado árbol de los muertos. Ya que has sido aceptado como uno de los nuestros, has de ser conocedor de las propiedades del tejo. Nuestra gente conoce sus efectos desde tiempos inmemoriales, pero tú eres un recién llegado, así que he de advertirte: de este líquido bebe quien necesita cruzar el umbral de los vivos y los muertos. Unas gotas pueden confundir a los ojos del enemigo, adormeciendo los lazos entre carne y espíritu, pero… ¡cuidado! Si te pasas en la dosis ya no hay vuelta de ese viaje…

—¿Es veneno?

—No, no es veneno. Lo sería en las manos inapropiadas. Todo lo que puede dar vida también la arrebata, pero en tus manos será un puente… Vienes desde muy lejos con intención de llevar a cabo un acto de venganza, pero no has tenido la prudencia de informarte. Ermosinda se ha sacrificado por salvarte la vida, pero tú pareces más empeñado en quitársela a ella para salvar el honor de tu familia que en hacer lo correcto. Habla con Ermosinda, sigue mis instrucciones al pie de la letra y tu venganza tendrá un éxito que aún no eres capaz de comprender.

Pelayo asintió, aturdido aún, sin llegar a comprender del todo las indicaciones que ella le estaba dando.

—Es necesario que tu hermana se administre un par de gotas de este bebedizo el mismo día de su boda. Eso bastará para que sus latidos se duerman y su aliento se desvanezca. También puede decidir tomar un trago. El efecto no será el mismo, pero ella siempre es libre de decidir qué hacer con su vida. La sacarán de la fortaleza convertida en cadáver, y aquí, en este lugar, será donde tú mismo pedirás afligido por la pena y la culpa que sea enterrada, en esta misma cueva. Nosotros la estaremos esperando, y le daremos cobijo y protección una vez la hayamos devuelto a la vida, pero es importante que no se pase con la dosis. Un par de gotas serán suficientes. Eso es muy importante.

—¿Por qué me ayudas?

—Porque no se puede construir un pueblo sobre una tumba vacía. Todo gesto heroico necesita la figura de un mártir, y con Ermosinda nacerá la leyenda de los tuyos, que recordarán quien fuiste cuando aún nadie pensaba que estabas llamado a ser su rey. Necesitarás mucha ayuda, pero ahora vete, y haz lo que tienes que hacer. Cuando sea el momento, volveré a hacerte llamar. Queda mucho trabajo por hacer.

 

Poco después salieron todos de las entrañas más profundas de la cueva. Anna iba la primera, encabezando la comitiva. Briana caminaba detrás, erguida y orgullosa, con Taranio asiéndole la mano con firmeza. Entre ambas, envuelta aún en su cálido manto de loba, descansaba el cuerpo sin vida de Dana, la última Guardiana. Nadie lloraba.

Colocaron el cadáver de la anciana a los pies de un enorme roble centenario. Los poderes encerrados en la cueva, respetuosos, no respondieron de inmediato. No fue hasta pasado un buen rato cuando se comenzaron a deslizar desde la bóveda del techo los primeros goterones de agua, que se estrellaron con timidez contra las piedras del suelo como si fueran pequeñas lágrimas. Poco a poco la frecuencia y el volumen de esas filtraciones se incrementaron hasta convertirse en un verdadero acuífero, que buscaba una salida con violencia creciente, inundando las grietas por las que se colaban las primeras aguas del Enna. La unión de ambos manantiales hizo que el curso del Enna se acelerase un instante, golpeando con fuerza las rocas que lo rodeaban, como si con esa demostración de fuerza reconocieran la presencia de la difunta anciana. Un remolino se formó en lo más profundo de la charca. Todos los presentes notaron un sabor metálico en la punta de la lengua. Anna se adelantó, introduciendo con cuidado el cuerpo de su abuela en el agua.

—Dioses del agua, del aire, del fuego y de la tierra… Os hago entrega del cuerpo de mi abuela, Dana, la última Señora de esta cueva… Nadie la retiene en este mundo, y ha sido decisión suya irse libremente, dejando resuelto su legado.

Anna hizo una pausa. El remolino giró alrededor de sus cuerpos, aceptándolas a ambas.

—Ella se va, pero nosotros nos quedamos. Recibidla. Acogedla, os lo ruego… Con estas palabras yo proclamo que dejo suelto para siempre el hilo que me une a ella en este mundo, pero de su espíritu no reniego, porque soy lo que ella fue, y ella será lo que yo he sido, regresando cuando haya descansado lo suficiente.

Los asistentes a la ceremonia de despedida mojaron sus manos en el manantial, purificando sus cuerpos con ellas. Pelayo se mantenía alejado en un respetuoso segundo plano, que no le impedía escuchar las palabras de Anna, que se inclinó con la intención de susurrar al oído de su abuela una despedida menos formal.

—Te doy las gracias por todo lo que me diste, güelita. Gracias por lo vivido. Que tu retorno sea pleno. Descansa en paz, que ya te puedes ir. Tranquila, que yo me quedo a cargo de todo.

Taranio y Briana ayudaron a la joven hechicera a sacar de nuevo el cuerpo de Dana, que volvieron a envolver en su mortaja. Anna ahogó un suspiro, adoptando una posición erguida y autoritaria antes de hacerles una indicación a sus padres.

—Antes de irse, me hizo saber que deseaba que sus cenizas fueran enterradas a los pies del Texu de Bermiego, madre, acompañada de sus respetadas voces vieyas… Te dejo encargada de cumplir con esa última voluntad.

—Así se hará, Señora Guardiana —musitó Briana.

—Padre… —añadió, haciéndole una seña a Taranio.

—Es mi decisión que el castro de Brigantia preste todo su apoyo a la causa del señor Pelayo. Tarán —dijo, usando su nombre—, acompañarás a este hombre como una sombra. Que no olvide nunca por qué pelea ni ante quién responde.

El aludido asintió. Varios hombres de la aldea se ofrecieron voluntarios a acompañarle.

—Si Pelayo cae —afirmó Taranio con semblante aguerrido— caeré con él.

—No —corrigió Anna— si él muere, volverás para contarlo. Sin Pelayo de nuestro lado podemos dar la batalla por perdida.

Luego añadió, bajando un poco el tono y suavizando la mirada:

—No os lo digo como hija, sino como Guardiana.

En ese momento todos tragaron saliva. Se hizo un profundo silencio. Anna sacó entonces de entre los pliegues de su ropa un cuerno de uro. Estaba tallado con unas incisiones que lo rodeaban formando una espiral infinita. Anna lo sostuvo unos instantes como si lo mostrase a alguna fuerza invisible y después se lo entregó a Briana.

—Este cuerno no llama a la guerra, madre; llama a la resistencia, a la valentía y la rebelión. Tenlo siempre a mano, y utilízalo cuando la batalla exija nuestras mayores muestras de sacrificio.

Briana lo aceptó, descolgando a su vez de su cuello un saquito que contenía el antiquísimo y sagrado tótem familiar.

—Ten, Anna, hija mía, Señora y Guardiana… Para que tu voz se escuche y nada ni nadie te pueda hacer callar. Te doy la fuerza del urogallo, que no se esconde para cantar, aunque ponga en peligro su vida. Alza tu voz con orgullo, hija mía, porque para los nuestros no se me ocurre mejor reclamo.

Anna se inclinó con respeto, dejando que su madre le colgara emocionada el amuleto.

—Nuestros caminos nuevamente se separan, madre…

Briana dio un paso hacia ella. No la abrazó; le apoyó la frente en la suya durante un mínimo pestañeo.

—El fuego ya está encendido. Que arda, a partir de ahora, lo que tenga que arder, hija mía.

—El fuego no destruye a los que le muestran respeto, madre. Camina tranquila; todos hemos nacido para volver a ser cenizas.


 


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