Bueno, creo que ha llegado el momento de hablar un poco de magia, de sucesos fantásticos, leyendas, mitología... A partir de aquí el relato ya no es mío, es vuestro...
CAPÍTULO
8
NOCHE
DE SAN JUAN
Vega
de Comeya, 23 de junio del año 718 d. C.
Los
primeros rayos del sol se filtraban entre la densa niebla, permitiendo a los
seis jinetes observar maravillados las evoluciones del halcón peregrino que,
haciendo muestra de un buen entrenamiento, giraba sobre sí mismo sin alejarse
demasiado de lo alto de la peña, estrechando sus círculos atento al movimiento
de una nueva presa, con suerte un faisán, o incluso un urogallo. Esa mañana
estaba resultando especialmente fructífera, tal y como esperaban, al tratarse
de una zona con especial abundancia de caza.
Pelayo
alzó el brazo enguantado, y el ave respondió con obediencia, en una maniobra de
descenso en picado mil veces ejecutada con éxito, pero justo antes de tocar el
cuero de su dueño, una bandada de cuervos surgió de lo más espeso del robledal
que estaban a punto de abordar. Sin dudarlo ni un segundo arremetieron contra
el halcón, que, sorprendido, fue capaz de esquivar el primer encontronazo por
un par de pulgadas. Buscando la protección de las alturas, se elevó en un
ascenso vertiginoso que los córvidos fueron incapaces de copiar, pero a los
pocos segundos le dieron alcance, acometiendo contra él con una ferocidad
inusitada.
La
lucha se volvió encarnizada. La agilidad del ave rapaz se veía deslucida por
los ataques coordinados de sus perseguidores. Una lluvia de plumas comenzó a
caer desde las alturas. El que llevaba la peor parte era el halcón, que no
tardó en estrellarse contra el suelo, malherido.
Pelayo
masculló una imprecación. Don Alonso, su hombre de confianza, se apeó de su
caballo, corriendo a recoger el ave herida.
—Dime
que estás viendo lo mismo que yo, Pelayo. Juraría que esos pajarracos no atacan
al azar. Es como si algo o alguien les diera órdenes.
—Ya
te dije, mi bravo amigo, que estamos atravesando tierras muy antiguas. Aquí
hasta los pájaros protegen lo suyo con bravura. Hace horas que siento un calor
extraño en mi amuleto de azabache.
—No
quería decirte nada, pero a mí me sucede lo mismo con la cicatriz que me
dejaron de recuerdo los moros en el costado.
Esa
última confidencia la habían intercambiado entre ellos en voz baja. No querían
que sus hombres se alarmaran sin motivos.
No
acababan de decir eso cuando ambos fueron conscientes de la presencia de una
mujer que los observaba desde un alto. Llevaba una capa de piel de lobo y el
pelo trenzado a la manera de las hechiceras astures. Un solo silbido bastó para
hacer regresar a la bandada de cuervos, que se posaron a su alrededor como en
una coreografía bien orquestada. Una pequeña manada de lobos observaba la
escena desde un cerro cercano, pero se mantenían más atentos a las indicaciones
de ella que a los movimientos de los recién llegados.
Pelayo
desmontó y, haciendo visera con las manos para evitar el reflejo del sol,
preguntó a gritos:
—¿Son
tuyos esos pájaros?
—Las
aves no son de nadie, pero escuchan a quienes saben qué decirles. Y los lobos
también. Hasta los hombres, cuando tienen el suficiente buen juicio. Seguidme,
hace tiempo que os estamos esperando.
Los
hombres se quedaron asombrados. A nadie habían indicado el itinerario de su
viaje, y ese último tramo habían viajado por pasos de montaña que solamente los
pastores trashumantes conocían. Vivían tiempos muy inciertos, en los que las
emboscadas estaban a la orden del día, y no era poca la carga que custodiaban.
Llevaban semanas viajando contra reloj, regresando a la tierra que los había
visto nacer a marchas forzadas, cargando con buena parte de la dote que el valí
Munuza había pactado para la celebración de sus futuras nupcias con Ermosinda,
la hermana de don Pelayo. Varias acémilas transportaban afeites, perfumes de
oriente y sedas de vistosos colores que estaban llamadas a causar sensación en
los ambientes nobles de Gigia. Un botín nada despreciable, que haría las
delicias de cualquier forajido montaraz.
Los
hombres dedicaron una mirada inquisitiva a su líder. Pelayo se tomó su tiempo
antes de contestar.
—Veamos
a dónde nos conduce esto… Las manos en las armas, y prestos a llevaros por
delante a cualquiera que nos busque las cosquillas…
Los
hombres asintieron, y ordenaron al puñado de sirvientes que los acompañaban que
pasaran a la retaguardia, enjaezando a las mulas con la brida corta y caminando
del ramal con sus monturas.
No
tardaron en darle alcance a la curiosa hechicera, que se había desprendido de
su escolta animal y se paraba de trecho en trecho a observar y recoger algunas
plantas.
—Que
no os engañe mi aspecto, nobles señores. A pesar de mi apariencia frágil, soy
intermediaria de fuerzas muy poderosas. Estamos llamados a entendernos, así que
podéis dejar de aferrar vuestras armas, que ningún efecto van a tener en esta
tierra, salvo el de servir de adorno. Mi nombre es Anna, y soy nieta y heredera
de Dana, la respetada Señora de la Cueva que vosotros llamáis Dominica. Puedo
entender la palabra escrita y hablo idiomas antiguos y presentes. No tenéis
nada que temer; nada tengo en contra vuestra, al menos de momento. Pero estos
bosques son antiguos, tienen sus reglas y hay que respetarlas. No podemos
ignorar sus exigencias. Ni vosotros ni yo. Si nos piden sangre, pagaremos con
sangre.
Pelayo
se acercó, ofreciendo sus manos desnudas en aceptación de la propuesta de paz,
pero llevaba un rato haciéndose una pregunta a sí mismo.
—Me
resultas familiar, bruja... Juraría que nuestros caminos se han cruzado en el
pasado, pero no soy capaz de recordar dónde ni cuándo. ¿Qué tipo de magia negra
manejas? Has dado muerte al mejor de mis halcones sin mediar provocación
nuestra de ningún tipo. Yo pensaba que el respeto a la vida es el primero de
los mandamientos de vuestros antepasados
—Vuestro
pájaro no tuvo nunca ninguna opción. Su muerte ya estaba prevista de antemano.
En cuanto a la magia…, no hay magia negra, ni blanca, mi buen señor; solamente
hay magia. Está presente en todo cuanto nos rodea. Es cuestión de escuchar y de
sentir. En nuestro mundo alguien tiene que perder algo para que otro lo gane.
Vuestro halcón ha ofrecido su vida para que vosotros podáis estar aquí hablando
conmigo, pero eso ya lo deberíais de saber, porque lo habéis vivido en el
pasado. El hombre que os acompaña puede dar fe de ello, pero ambos parecéis
tener mala memoria. Yo recuerdo perfectamente lo que sucedió esa noche, pero no
os preocupéis. Tiempo habrá de poner en orden nuestros recuerdos…
Pelayo
y Gumersindo cruzaron una mirada de complicidad, pero optaron por guardar
silencio. Ambos compartían un recuerdo que habían jurado guardar en el mayor de
los secretos.
—No
seas necia, niña… —exclamó el guerrero más veterano, don Alonso, sintiéndose
aludido—. Nuestros hombres están escuchando y saben perfectamente que para
nosotros no hay mayor poder que el de Nuestro Señor Jesucristo ni mayor
sacrificio que su martirio en la Cruz. Lo que acabamos de presenciar es un acto
de brujería.
—No
tenéis que justificar nada ante vuestros hombres. Llamadlo como queráis, pero
tened presente que ellos comparten más cosas conmigo que con vosotros. Ellos
llevan generaciones celebrando la llegada del sol con su calor reconfortante,
pero aceptando la oscuridad de la noche. Cada poder, cada energía, tiene un
principio y un final. El nacimiento de uno supone la muerte del otro, que
resurge fortalecido.
La
manera de hablar de la chica le resultaba familiar a Pelayo, que acarició el
pequeño colgante de azabache que pendía de su cuello, justo al lado del
crucifijo de plata. Diría que se mantenía más caliente que de costumbre. Una
teoría comenzaba a cobrar fuerza en su cabeza, pero se resistía a ponerle voz a
sus pensamientos, que le transportaban al episodio que él y su hombre de
confianza habían jurado olvidar.
La
chica se volvió hacia ellos, y en el mismo tono despegado, les hizo una
indicación:
—Y
ahora apretad el paso, mi buen Pelayo. Sí, sé vuestro nombre, y el de vuestros
acompañantes. Borrad esa cara de sorpresa, porque ya os he dicho que estáis a
punto de presenciar cosas difíciles de entender, pero es necesario que
lleguemos cuanto antes, porque nos están esperando a media jornada de aquí.
Esta noche se celebrará el solsticio… —añadió, enigmática, antes de espolear a
su asturcón—.
El
resto de la jornada transcurrió sin mayores incidencias, con simples
intercambios de palabras e indicaciones, hasta que acordaron hacer una parada
para almorzar, en la que Anna desgranó sin rodeos:
—Sé
que estáis desconcertados, Pelayo, y que este encuentro os está haciendo sentir
incómodos, pero todo tiene una explicación: esta tierra está cargada de magia
muy antigua. Mi labor, al igual que la de otras que me precedieron, y otras que
me han de suceder, es la de velar por la supervivencia de nuestras costumbres,
nuestro modo de vida, nuestras tradiciones… Eso incluye estar atenta a todos
los rumores y noticias que pueden poner en peligro ese equilibrio. A pesar de
vivir alejados de las fuentes de poder y de gobierno a las que vosotros estáis
acostumbrados, nunca falta alguien dispuesto a mantenernos informados. Aquí no
encontraréis curas ni iglesias, al menos de momento, porque estamos muy
alejados de los grandes pueblos, pero nadie os negará el derecho a rezar a ese
dios cristiano al que jurasteis obediencia en su momento. Aquí rigen las normas
del libre albedrío. Cada cual es libre de escoger sus creencias, pero dejadme
continuar… —añadió, advirtiendo que Pelayo estaba a punto de interrumpirla.
El
noble hizo caso omiso, interviniendo con evidente nerviosismo:
—Creo
que sé quién eres, Anna. El azabache que pende de mi cuello emite un extraño
calor cada vez que me acerco a ti. Es una sensación reconfortante, que me
empuja a recordar el momento en el que esta cigua formaba parte de un cuerpo
completo, tallado por las manos de un excelente artesano; pero las imágenes que
tengo de ti son muy confusas, y están cargadas de sombras. Te recuerdo al lado
de tu abuela, rodeada de oscuridad, siendo apenas una niña…
—Las
piedras tienen memoria, Pelayo… Tiempo habrá de poner en orden nuestros
recuerdos, pero antes vamos a hablar de temas más importantes. Sabemos que hace
tiempo fuisteis forzado a viajar a Córdoba con el pretexto de entregar los
tributos que nuestra tierra genera para estos extranjeros usureros, y que os
han mantenido, a vos y a varios parientes vuestros, como garantía de futuros
pagos, alojados en las estancias de los moros. Nuestra tierra es fértil y
nuestros hombres fuertes y trabajadores, pero esto tiene que cambiar. El fruto
de la tierra ha de ser para el que la trabaja, aunque eso signifique entregar
una parte a su señor como muestra de respeto y garantía de protección, pero
incluso vosotros, los nobles, sabéis que hay un período de fertilidad y otro de
escasez. El moro lo quiere todo para él y poco le importa que el pueblo pase
hambre. Se rumorea que este año volverán a subir los tributos, y no son pocos
los que han tenido que ceder sus mejores tierras… Cada día que pasa crece el
descontento en las familias poderosas, que buscan protección aquí, en las montañas,
y ahí es donde comienza nuestra responsabilidad… Estáis llamado a hacer grandes
cosas, Pelayo, pero aún no sois consciente de ello…
—Mi
único propósito es llegar cuanto antes a Gigia —musitó Pelayo con los ojos
ausentes—. Allí he de encontrarme con el gobernador Munuza, que ha de conocer
el fierro astur… Como bien sabrás, el
muy desgraciado se ha valido de mi ausencia para aprovecharse de mi hermana,
cortejándola y forzándola a un matrimonio que no cuenta con mi aprobación.
Antes de mi partida ella estaba prometida al señor Alonso, buen amigo mío, aquí
presente, al que ella amaba. En una de sus últimas cartas ella aseguraba que
Munuza la había hecho presa, separándola de la protección de mi familia bajo
amenazas de muerte. Esa afrenta ha de ser despachada, y mi espada hará justicia
o moriré en el intento.
Anna
le dejó hablar y cuando el noble se desahogó ella intervino con delicadeza:
—Dicen
que vuestra hermana le hizo promesas al moro, pero a cambio de vuestra
liberación… El gobernador necesita legitimidad para gobernar en el norte y
Ermosinda está en edad de darle buenos hijos. Tengo entendido que es buena
moza, de anchas caderas y generosos pechos. Muchos hombres la desposarían de
buen gusto.
—Ermosinda
será de don Alonso o de la tierra, bien lo sabe Dios. Munuza no es un rival a
la altura de mi espada, con ese cuerpo abandonado a los excesos y sus modales
afeminados. Ya nos hemos cruzado en el campo de batalla hace tiempo, cuando yo
era apenas un niño, pero él no me recordará, porque mientras yo estaba en
primera línea, él comandaba desde su retaguardia las tropas que nos obligaron a
huir en desbandada en la derrota de Guadalete. Disfrutaré escuchando sus
alaridos mientras le abro en canal como a un verraco. Mi hermana morirá o se
casará, si aún está de mi mano, pero no con esa abominación, sino con un noble
godo, y traerá al mundo hombres fuertes, guerreros con una salud de hierro,
anchos de espaldas y de manos fuertes para empuñar la espada.
—Que
así sea...
Con
esa amenaza, y con el beneplácito de la joven hechicera, decidieron ambos,
llegado el momento, reanudar la marcha. Anna se detenía a revisar altares de
piedra, colocando ofrendas en los lugares más variopintos. En algunos cruces de
caminos marcaba extraños símbolos, y dejaba en las raíces de los árboles peines
de hueso, huevos de gallina, leche, queso e incluso buenos bollos de escanda o
de cebada.
Al
caer la tarde por fin llegaron a las cercanías del monte Auseva. Una multitud
de gente les esperaba reunida en el prado. El ambiente era festivo, con varios
toneles de sidra espichando sobre grandes cuernos de vaca y zapicas de madera
de roble. De las marmitas, colgadas sobre el fuego con gruesas cadenas de
hierro, emanaban deliciosos aromas que prometían exquisitas y sofisticadas
recetas. En el centro del prado interminables largueros de roble ofrecían a los
recién llegados todo tipo de quesos, dulces, miel y hasta piezas de caza recién
asadas.
Un
grupo de aldeanos les hizo señas, invitándolos a jugar a un juego que parecía
tener mucha aceptación.
—Acérquense,
señores… Tres tiradas por ronda, nueve bolos de roble… El que más tire, gana.
Un
pequeño cofre de madera guardaba el premio: agujas de hueso, puntas de flecha,
queso curado...
Pelayo
fue el primero que aceptó el reto, apostando una fíbula de bronce con forma de
herradura. Tiró con toda su fuerza el primer canto rodado, que no llegó a rozar
ni tan siquiera uno de los bolos. Se escucharon varias carcajadas cuando un
niño de apenas quince años, a su lado, hizo estallar la mayoría de los suyos de
una sola pedrada. Los nobles venidos del sur chocaron sus zapicas de sidra,
celebrando con el resto del pueblo la habilidad de su jugada.
Pelayo,
herido en su amor propio, se concentró, y con un hábil lanzamiento, puso en
apuros al chiquillo en su siguiente tirada, pero este no falló. Con otra
certera pedrada certificó su victoria, alejándose al rato cuesta abajo, rodeado
de sus amigos, compartiendo su botín.
—Aquí
los guajes aprenden a cazar desde que
nacen. Donde ponen el ojo, ponen la piedra —celebró el aldeano que llevaba la
voz cantante. Su voz pastosa emitió un hipo antes de dejar escapar un
estruendoso eructo que olía a chorizo y a sidra—. ¡Coman y beban, señores, que
hoy es un día para festejar!
No
hizo falta más. Pelayo y sus acompañantes dieron rienda suelta a su apetito,
uniéndose a la celebración, cantando, bailando y bebiendo.
Al
caer la noche, mientras los más jóvenes recogían ramas secas y yesca para la
gran hoguera, Pelayo y Anna ascendían despreocupados hacia la entrada de la
cueva. Todo parecía estar dispuesto para la celebración.
—Estáis
a punto de adentraros en un lugar sagrado. Nadie puede entrar en esta caverna
sin permiso de mi abuela, la Señora, que está ansiosa por saludaros.
No
había acabado de decirlo, cuando una voz surgió de lo más oscuro de la caverna.
—Acercaos
un poco más, buen mozo, que mi vista ya no es lo que era, y necesito comprobar
que sois vos el indicado...
La
anciana se acercó. En su mano derecha llevaba un báculo de madera de tejo, del
que pendían varias figuras de hueso colgadas de cintas de cuero curtido. Un
ramo de hipérico hacía las veces de hisopo, con el que bendijo la entrada del
recién llegado. Pelayo se dejó hacer, un poco aturdido aún por el efecto de la
sidra.
La
venerada Señora de la cueva resultaba ser la vieja con la que recordaba haber
tenido el encuentro del Monsacro, pero su piel estaba visiblemente más
apergaminada y se movía con mayor dificultad. Sus extremidades acusaban una
deformidad evidente y arrastraba las palabras como si surgieran de lo más
profundo de sus vísceras. Anna ya le había advertido: «Tiene
principios de un mal muy temido entre las nuestras: el mal de la memoria. Está
en su último ciclo de vida, próxima a entregar sus conocimientos a su sucesora
en la línea de sangre —que voy a ser yo— y ha escogido esta noche precisamente
porque es lo correcto: quemar lo viejo, honrar lo nuevo, aceptar lo que haya de
venir…».
En
una esquina de la cueva estaba colocado el legado que Anna habría de recibir:
el manto de piel de loba albina, el collar de dientes de oso, las pulseras con
las rocas de sangre, el peine de hueso… En un pesado arcón de madera asomaban
los ingredientes —con toda probabilidad, secretos— para elaborar distintas
pócimas. Algunos eran bastante comunes y reconocibles a simple vista: grasa de
oso, dientes de jabalí, muérdago, belladona...
Anna
se agachó, colocando varios guijarros en perfecto círculo, y frotó dos piedras
hasta que saltó una chispa. El fuego no tardó en coger fuerza. Su abuela Dana
se acercó con paso vacilante, y dando inicio al acto, denunció:
—Habéis
pisado la piedra de los antiguos sin doblar la rodilla, mozo…
—Os
pido disculpas si os he ofendido, pero no soy hombre que se arrodille con
facilidad. Respondo al nombre de Pelayo, mi Señora, y como bien sabéis acudo a
vos con humildad, en calidad de hijo del norte, no como siervo de Córdoba. Os
pido permiso para ocupar un lugar a vuestro lado en esta hoguera.
A la
anciana le agradó la respuesta del noble. Su boca desdentada dibujó lo que
pretendía ser una sonrisa de amabilidad. Extendió las palmas de las manos, en
un claro gesto de bienvenida, amagando una pequeña reverencia antes de
continuar:
—¿Qué
traéis con vos, mozo, aparte de arrogancia y ropajes ostentosos?
—Traigo
la verdad y la razón, Señora. Y, para qué lo voy a negar, una buena carga de
rabia.
El
resto de los asistentes cruzaron entre ellos una mirada de complicidad, pero
nadie se atrevió a interrumpir la conversación. La anciana sopesó su respuesta
un par de segundos, creando un poco de tensión.
—Entonces
podéis cruzar, pero habéis de saber que esta noche es una noche sin sombras. El
mundo de los vivos y los muertos están más cerca que nunca en este altar
sagrado. Os recuerdo, señor Pelayo. Hace tiempo que fuisteis aceptado y nos
hicimos una promesa. Pero esta noche no será la piedra quien os juzgue, ni tan
siquiera yo, y si lo que juráis no es limpio, pesará en vuestra sangre y en
todos los que compartan con vos algún tipo de lazo de parentesco.
Pelayo
asumió la advertencia con una leve inclinación de la cabeza. No pudo evitar que
un gesto de alarma fuese captado por los ojos de la Guardiana, que estaba
atenta a todas sus reacciones.
—No
pongáis esa cara de circunstancias, hombre, que yo sé bien cómo huelen los
muertos antes de caerse desplomados y vuestro cuerpo aún huele a vida. Pero no
está de más la advertencia, porque no podréis alzar la espada sin antes
purificar vuestro espíritu ante estas llamas.
La
anciana se movía cojeando. Sus ojos tenían el velo que anunciaba la ceguera,
pero, a pesar de ello, recorría la cueva sin tropezar, tomándose su tiempo,
paseando las yemas de sus dedos por las paredes, acariciando las numerosas
inscripciones grabadas en la roca, como si en ese acto les ofreciera una cálida
despedida a sus muertos. Los asistentes guardaban silencio, alargando sus manos
para humedecer las palmas en el agua del arroyo antes de bendecirse frotándose
los cuerpos con ellas.
—Las
voces viejas han dado su consentimiento —declamó, enigmática—. Ha llegado el
momento de hacerme a un lado y ceder mi puesto a una guardiana con más vigor.
Todos los aquí presentes la conocéis, y sabéis que, a pesar de su juventud, ya
sabe cuándo sanar y cuándo enterrar… Yo ya no sueño con claridad; cada vez me
cuesta más distinguir la sangre de los partos y la de las guerras. —Meneó la
cabeza con pesar. Se tomó un par de segundos antes de seguir hablando—: Esta
noche podré retirarme a descansar y que mi cuerpo se funda con las raíces del
tejo. A ti, hija de mi hija, mujer nacida en la luna nueva, te dejo la lengua
de los antiguos, y la sabiduría de los nuestros. No los guíes con temor;
guíalos con prudencia y mira siempre de frente, incluso cuando lo que se te
presente no tenga rostro ni nombre…Y en cuanto a vosotros, hombres y mujeres,
dejad que ella os sirva de ejemplo y honradla en la medida que ella os lo
permita, porque su figura en este mundo se proyecta en vuestro mismo reflejo,
protegiéndoos como una sombra. La tierra hoy solo escuchará la verdad, y no
admitirá mentiras. Nunca lo ha hecho. Bienvenidos todos a esta noche sin
lindes. Mi tiempo termina. Que comience el vuestro. Arded. Cambiad. Naced.
El
fuego se avivó. Unas llamaradas de color azulado se acercaron a la anciana,
envolviendo su cuerpo. Con un gesto rápido, ella extrajo un pequeño cuchillo de
piedra, que utilizó para cortarse una trenza de su cabello lacio y canoso, que
entregó con solemnidad a su nieta. Anna no pudo evitar que una pequeña lágrima
rodase a través de su mejilla derecha, la que estaba más oculta a la vista de
los presentes.
La
anciana se hizo entonces a un lado, ofreciendo el trono de piedra rosada a la
que estaba llamada a continuar con su legado, y con voz cansada, proclamó sus
últimas voluntades.
—Que
arda lo viejo, y que se quede atrás lo que ya no sirve…
Y
dicho esto, se acercó al fuego, arrojando con respeto su cayado, que levantó
una enorme llamarada.
Le
llegó el turno a Anna, que depositó con tristeza una manta infantil de lana
abatanada a mano. Después de ella, Briana, que arrojó una pequeña trona de
madera de fresno. Luego, uno a uno, todos los asistentes fueron haciendo lo
propio. Eran tan solo una docena, escogidos por su relevancia en la comarca.
Pelayo no dudó en arrojar el pergamino con los acuerdos de la boda de su
hermana. En el valle, abajo, ya comenzaban a escucharse gritos; la gente había
comenzado sin duda a saltar por encima de sus fogatas.
—Tres
vueltas —indicó la anciana con autoridad, llevándose a la boca un pequeño
recipiente de barro. Todos los presentes se agarraron de las manos, haciendo un
corro alrededor de la hoguera.
—La
primera ronda es silenciosa —le susurró Anna al oído a Pelayo—. Dejar atrás lo
gastado. Que nazca lo que ha de renovar lo estéril. Quemar lo viejo.
La
segunda vuelta, siguiendo indicaciones de la anciana, fue un poco más rápida.
Los asistentes marcaban con sus pisadas un ritmo más firme. Comenzaron a sonar
los primeros cánticos.
—Lo
que se fue, que se aleje. Lo que duele, que se duerma. Memoria eterna a los que
se fueron. Que aporte su luz y su calor lo nuevo.
En
la tercera vuelta todos los presentes comenzaron a moverse de una manera más
frenética, subiendo y bajando sus manos entrelazadas al unísono, levantando
mucho los pies del suelo.
—Lo
que ha de venir, que despierte en llamas…
Llegados
a ese punto, todos comenzaron a cruzar la hoguera. Unos a grandes pasos, otros
a saltos, alguno arrastrando los pies descalzos por las brasas. Dana, la vieja
señora guardiana de lo sagrado, les esperaba arrodillada, sosteniendo con las
manos un cuenco de agua recién cogida del manantial.
Uno
a uno todos los presentes se iban acercando con solemnidad al lugar desde el
que Dana presidía la ceremonia, inclinándose para aceptar con humildad los
cuidados de la anciana, que recitaba una oración mientras les limpiaba las
quemaduras del fuego.
—Que
el fuego os marque, pero el agua os proteja. Que la curuxa vuele y el gallo cante. Que el río fluya y se lleve la
ponzoña de la sacavera, y que lo que
hoy se diga o haga nada ni nadie lo deshaga. Nadie volverá a ser el mismo. En
esta noche en la que el cielo se acerca y los muertos nos oyen, se hará un
nuevo juramento, y nada ni nadie lo evitará. Un poder nuevo nacerá y un poder
viejo se retirará a descansar. Así fue siempre y así será. Ante vosotros tenéis
a los encargados de velar por el futuro de nuestro pueblo, a los que deberéis
proteger y respetar...
Un
coro de gargantas exclamó al unísono:
—¡Aceptados
están!
Dos
cuerpos se desplomaron al unísono. El de la anciana fue recogido con mimo y
envuelto en una cálida piel de lobo. Su destino estaba escrito en las estrellas
que en ese instante iluminaban brillando con más fuerza los exteriores de la
cueva. El otro era el de Pelayo, que llevaba unos angustiosos momentos luchando
contra el vértigo. Su cuerpo y su mente flotaban por separado, luchando por no
desaparecer en planos distintos. El mundo había comenzado a girar a su alrededor
con los primeros compases de la danza prima, arrastrado su cuerpo en una
espiral de velocidad creciente, mientras cientos de voces le conducían de una
manera desconcertante a un lugar del que emanaba una paz absoluta.
Pelayo
podía reconocer la voz de Anna, pero sonaba distinta, lejana… Le estaba
resultando agotador el esfuerzo mental necesario para concentrarse y distinguir
su voz entre todas las demás.
—No
luches, mi buen señor… luchar contra uno mismo es perder siempre en la batalla.
Ya te lo advertí. Esta noche es una noche en la que todo es posible, no hay
límites entre nuestros mundos. Hay verdades que no tardarás en descubrir, pero
tienes que mantenerte relajado. Estás bajo los efectos de la belladona, y no
estás acostumbrado. Las primeras veces siempre cuesta dejarse conducir…
Pelayo
estaba aterrado, pero aun así procuró relajarse. El aire olía a sangre, a
musgo, a hierro; pero también a menta, a tierra mojada, a vida… Se sintió
pequeño, y buscó el contacto reconfortante del pequeño crucifijo de plata, pero
el metal se le antojó frío, sintiéndose más atraído por la calidez que emanaba
del amuleto de piedra negra. Respiró de manera entrecortada, mientras todo lo
que tenía de humano se separaba, deslizándose hacia el suelo hasta liberar su
conciencia en dirección a una fuente de luz de la que emanaba un poder
primitivo, pero que a él se le antojó celestial.
—Cristo,
dame fuerzas… —musitó.
—En
este lugar Cristo no te puede ayudar, Pelayo. Es la tierra misma quien te
invita a seguir respirando, es el mundo de los espíritus el que está a punto de
ofrecerte su aceptación como bestia viva y venerable que es, dueña y señora
temporal de estos dos mundos tan cercanos hoy entre sí. Esta noche el diálogo
con ellos es más fácil que nunca. No te resistas. Deja que entren en ti.
El
noble godo había perdido ya el control de sus extremidades. Quería huir
corriendo, pero una fuerza le mantenía anclado al suelo con firmeza. En el
centro de la cueva brotaba un manantial, y su cauce se desbordaba en una
cascada cristalina, formando una poza en la que descansaba tranquila una
doncella de cabellos de oro y gran belleza. Ella hablaba con las plantas,
recitando versos en una lengua extraña que él no era capaz de descifrar,
envueltos en una melodía cargada de tristeza. Un halo de fuego la rodeaba, y
ceñía su frente con una exuberante guirnalda de flores frescas. Era tan real,
que Pelayo podía reconocer sin ningún lugar a dudas el aroma de las favoritas
de su madre. Le surgieron unas irrefrenables ganas de llorar, y sin poder evitarlo
se volvió a sentir niño, y le pareció estar sentado frente al fuego escuchando
a su madre contarle la fábula de Amayama, l’ayalga
del Pozu de las Xanas, en Viego. Podría jurar que estaba ante la chica raptada
por el temido cuélebre que protegía
los Barrancos del Infierno. Recordaba que de niño fantaseaba con la posibilidad
de hacerse con las riquezas que ella protegía con tan solo liberarla de su
encantamiento, y en esas estaba cuando un rugido le sobresaltó. Con tantas
dudas había dejado pasar la oportunidad de dirigirse a la muchacha, y unas
enormes zarpas emergieron de la charca, aprisionando a la doncella. Ella no
gritó, aceptado su sino, pero Pelayo se sintió atrapado entre su deber como
soldado de proteger a esa muchacha virginal, y el miedo instintivo a los
reptiles. Todo cobró sentido en su cabeza cuando observó al cuélebre alejándose con su víctima. Era
como el pasaje que tanto le repetían de niño cuando leían la Biblia para
conciliar el sueño, ese en el que Eva se enfrentaba a las tentaciones antes de
ser expulsada del Edén.
Recordó
las advertencias de Anna. Podía sentirla cerca, aunque no la pudiera ver: «Luchar contra uno mismo es perder en la
batalla…». En ese momento
era él quien habría de luchar contra sí mismo. Su instinto así se lo hacía saber,
de manera que trató de relajarse, dejando que ese sueño pagano pudiera
reconocerle como hombre libre por primera vez en su vida.
En
las manos de la muchacha apareció una espada que centelleaba. Era evidente que
ese hierro no procedía de Roma, de Damasco ni de Toledo. Parecía un arma
forjada en las entrañas mismas de la Tierra. Los ojos oscuros de la bestia le
observaban con curiosidad, pero ya no centelleaban tanto como antes. Parecía
divertido. Pelayo tembló como una hoja a capricho del viento; quería huir, pero
su cuerpo no le respondía. El miedo le impedía el más leve movimiento. Entró de
nuevo en una fase de pánico, y un líquido templado comenzó a deslizarse por sus
muslos. Era la voz de Anna, nuevamente, quien le sacaba de su trance.
—Mi
buen señor Pelayo… ¿dónde estás ahora? Es un rey lo que tu pueblo necesitará, y
yo ante mí solo veo un niño débil e indefenso. No te dejes confundir, la
profecía no puede estar tan equivocada… Se me ha encomendado compartir contigo
las oraciones secretas de este manantial, y el nombre al que responde su
guardián, al que tú te empeñas en ver como a una bestia. Solamente un hombre
fuerte y honrado será capaz de empuñar esa arma, que ha de ofrecerse a un
verdadero hijo de la montaña.
La
cueva comenzó a temblar, y el manantial a hervir. El coro de voces volvió a
susurrar alborotado.
—Apresúrate,
Pelayo… El velo de la noche está a punto de caer; no nos queda mucho tiempo… La
pregunta es simple: ¿aceptas la responsabilidad de guiar y proteger el legado
de un pueblo o prefieres seguir escondiéndote de tu destino?
Pelayo
sintió de repente un vigor que hasta ese momento no creía poseer. Era como si
con las palabras de Anna algo nuevo hubiese cobrado vida en su interior.
Extendió las manos y la espada se posó en su diestra. Su hoja estaba muy bien
forjada. Era un arma equilibrada y robusta, pero liviana. De una manera extraña
parecía contagiar, además, una fuerza inexplicable. Una especie de corriente de
energía atravesó a Pelayo al empuñarla, que se dejó caer de rodillas, agotado.
El haz de luz comenzó a disiparse mientras el coro de voces se alejaba
murmurando, satisfecho. Fue Anna, una vez más, la que rompió el silencio:
—Tu
fe siempre ha sido y seguirá siendo tu escudo, Pelayo, pero no olvides nunca
que es la Tierra quien te ha elegido líder en esta lucha que tan inevitable se
nos presenta. Los montes no tardarán en arder. Debemos prepararnos.
Defenderemos con nuestra sangre y la de los nuestros este pacto que estamos a
punto de sellar, pero hemos de ser conscientes, ahora más que nunca, que el
rumbo de nuestras vidas cambiará para siempre. Estamos llamados a ser
protagonistas de grandes gestas, que perdurarán en la memoria colectiva, pero
eso implica grandes pérdidas y sacrificios. Tú y yo a partir de ahora no nos
deberemos obediencia, porque nuestros caminos están unidos por un propósito
común. Seremos iguales ante el pueblo, y que cada cual cargue con lo suyo.
¿Estás dispuesto a entregar tu vida por la causa?
Las
paredes de la cueva comenzaron a desprender un vapor caliente, como si las
entrañas mismas de la tierra estuvieran empeñadas en dar a luz una nueva
criatura, pero era el joven Pelayo, el futuro rey según las profecías, el que
pugnaba en esos momentos por salir del trance, jadeando a causa del esfuerzo.
Su frente estaba perlada de un sudor frio que goteaba sobre el pomo de una
espada que se mantenía firmemente clavada en el suelo ante él. Anna estaba de
pie a su espalda, sujetándole la frente, esbozando sobre su piel círculos y
espirales con ceniza y grasa de animales.
—Levántate
ahora —le ordenó—. Has visto cosas que no tienen explicación. Has sentido en tu
propio cuerpo cosas que tus sacerdotes llamarían herejía. Hoy, aquí, te
advierto del peligro que corremos todos si das muestras de debilidad en el
futuro. Borra pues de tu memoria todo lo aquí acaecido, porque todo ha sido un
sueño, y de todos es sabido que los sueños no forman parte de los secretos de
confesión.
—Esto
que ha sucedido —murmuró Pelayo, aún embotado— no tendrá lugar ni memoria en la
ley de Cristo. Esto formará parte de los secretos susurrados al calor del
hogar, en las fábulas que entretengan a los niños en los años de bonanza
venideros. Esto formará parte de esas cosas que la prudencia nos exigirá en el
futuro a ti y a mí, que jamás hayan de ser escritas.
—Veo
que nos vamos entendiendo, mi buen señor, pero escúchame con atención… Esta
tierra sagrada que ahora pisas no te exigirá demostraciones de fe. Este lugar
ha sido y será un altar en el que rendir culto al respeto y al entendimiento.
No olvides nunca que yo no te elegí. Fuiste arrastrado aquí por un juramento
anterior, el juramento de un pueblo que se resiste a morir. Unos hombres,
mujeres y niños que ya lucharon contra Roma, y contra muchos aún antes. Esta
espada que acabas de aceptar te vincula a un compromiso que aún no eres capaz
de entender, pero algún día, en este mismo lugar, todo un pueblo gritará tu
nombre.
—¿Y
si no resulto ser ese líder? Tú y yo no nos conocemos de casi nada, y a
nosotros nadie nos ha pedido nuestra opinión… ¿Quién dice que ese ha de ser
nuestro destino?
—Ya
es tarde para hacerse ese tipo de preguntas, Pelayo. Las montañas, los ríos y
los bosques han hablado. Aquí y ahora has de jurar que dedicarás tu vida a
proteger a nuestro pueblo. Vivirás para ellos y morirás por ellos. Flaquearás,
como todo hombre, pero aun así serás coronado, porque en casos de extrema
necesidad, como el que nos ocupa, no sería inteligente elegir al líder más
fuerte, ni al más cruel y despiadado. Lo más sensato e inteligente que se puede
hacer en momentos como estos, señor mío, es escoger de entre todos al hombre
más prudente y necesario, y hasta ahora todo nos indica que tú estás llamado a
serlo.
Anna
trazó en el aire varias espirales, dando por zanjada la cuestión y negándole el
derecho a réplica a Pelayo, que se quedó en silencio, aceptando con humildad la
reprimenda. A esas espirales siguieron varios símbolos de protección. La magia
en ella estaba en esos momentos tan presente que al moverse desprendía un
crepitar similar al de la leña cuando era arrojada al fuego.
—Con
los poderes que me han sido otorgados yo acepto guiar y proteger a este hombre,
y hago pública mi promesa aquí y ahora, delante de todos los representantes de
los clanes que nuestro pueblo tiene repartidos a lo largo y ancho de este mundo
nuestro. Que este sea nuestro pacto y a la vez nuestro secreto; y que el noble
aquí presente, que responde al nombre de Pelayo, pierda la lengua y el derecho
a transmitir su legado si incumple su promesa, y que su espada vuelva para
siempre a la tierra. Por las tumbas de las Madres, por la sangre de los caídos,
por los huesos de nuestros difuntos, por las rocas, el poder del aire, cielo,
agua, la madera…; por el equilibrio y la paz de todo cuanto nos rodea… Pelayo,
ya puedes despertar.
El
recién nombrado despertó emitiendo un quejido seco. El camastro de helechos
sobre el que descansaba estaba empapado en un sudor viscoso que le entumecía la
espalda. Una mancha de orina humedecía de manera vergonzosa sus polainas. A su
alrededor, todo era silencio. A su lado descansaba una espada envuelta en
musgo.
Pelayo
tenía la sensación de estar sufriendo una enorme resaca, pero no recordaba
haber bebido tanto. El pecho le ardía, cubierto de extraños símbolos
garabateados con sangre reseca y lo que parecían excrementos de animales.
Comprobó que la sangre no era suya, inspeccionando su cuerpo en búsqueda de
heridas, pero lo que más le preocupaba era un extraño zumbido, que se había
instalado en lo más profundo de su cerebro. Intentó ponerse en pie, pero un
ataque de vértigo se lo impidió. Su cuerpo protestaba sintiéndose vacío, como
si algo o alguien le hubiese practicado una brutal sangría.
Sobre
el altar de piedra, una especie de niebla flotaba suspendida. Reconocía las
formas de Dana, la señora de la Cueva, pero eso no era posible; no hacía tanto
que había visto cómo retiraban su cuerpo sin vida. La anciana se limitaba a
observarlo divertida, llevándose el índice a los labios para indicarle que
guardase silencio.
—Habéis
regresado con vida. Pocos pueden decir lo mismo, y ninguno con nada parecido a
lo que vos habéis aceptado. No pongáis esa cara de extrañeza, mozo. Esta noche
habéis sido invitado a probar la magia de verdad, y cuando uno cruza al otro
lado ya no hay marcha atrás, algo de uno queda allí para siempre, y algo de
allí nos acompañará.
—Señora,
estoy confuso. Tengo miedo de haber empeñado mi palabra en una empresa que me
viene grande.
—No
se os pide ser capaz. Se os pide obedecer y cumplir, nada más. Para hacerlo
posible ya estamos nosotras, y las que estuvieron antes que nosotras.
Un
leve roce de madreñas anunció la llegada de la nueva Señora de la Cueva. Los
zuecos de madera que calzaba estilizaban su figura, pero a pesar de ello se
movía como era habitual siempre en ella, en el más estricto silencio, casi como
si flotara de manera sobrenatural. Su aparición provocó un estremecimiento
involuntario en la zona lumbar de Pelayo. Anna había escogido de manera muy
acertada un tocado corniforme, que acentuaba la simbiosis entre su parte animal
y su aura espiritual. La sombra que proyectaba su figura hacia el exterior de
la cueva le confería una apariencia bestial y fantasmagórica. En sus manos
llevaba un pequeño recipiente de madera de nogal pulida, con un lacre de cera
virgen de abeja sellándolo.
—Este
es el elixir del sagrado árbol de los muertos. Ya que has sido aceptado como
uno de los nuestros, has de ser conocedor de las propiedades del tejo. Nuestra
gente conoce sus efectos desde tiempos inmemoriales, pero tú eres un recién
llegado, así que he de advertirte: de este líquido bebe quien necesita cruzar
el umbral de los vivos y los muertos. Unas gotas pueden confundir a los ojos
del enemigo, adormeciendo los lazos entre carne y espíritu, pero… ¡cuidado! Si
te pasas en la dosis ya no hay vuelta de ese viaje…
—¿Es
veneno?
—No,
no es veneno. Lo sería en las manos inapropiadas. Todo lo que puede dar vida
también la arrebata, pero en tus manos será un puente… Vienes desde muy lejos
con intención de llevar a cabo un acto de venganza, pero no has tenido la
prudencia de informarte. Ermosinda se ha sacrificado por salvarte la vida, pero
tú pareces más empeñado en quitársela a ella para salvar el honor de tu familia
que en hacer lo correcto. Habla con Ermosinda, sigue mis instrucciones al pie
de la letra y tu venganza tendrá un éxito que aún no eres capaz de comprender.
Pelayo
asintió, aturdido aún, sin llegar a comprender del todo las indicaciones que
ella le estaba dando.
—Es
necesario que tu hermana se administre un par de gotas de este bebedizo el
mismo día de su boda. Eso bastará para que sus latidos se duerman y su aliento
se desvanezca. También puede decidir tomar un trago. El efecto no será el
mismo, pero ella siempre es libre de decidir qué hacer con su vida. La sacarán
de la fortaleza convertida en cadáver, y aquí, en este lugar, será donde tú
mismo pedirás afligido por la pena y la culpa que sea enterrada, en esta misma
cueva. Nosotros la estaremos esperando, y le daremos cobijo y protección una
vez la hayamos devuelto a la vida, pero es importante que no se pase con la
dosis. Un par de gotas serán suficientes. Eso es muy importante.
—¿Por
qué me ayudas?
—Porque
no se puede construir un pueblo sobre una tumba vacía. Todo gesto heroico
necesita la figura de un mártir, y con Ermosinda nacerá la leyenda de los
tuyos, que recordarán quien fuiste cuando aún nadie pensaba que estabas llamado
a ser su rey. Necesitarás mucha ayuda, pero ahora vete, y haz lo que tienes que
hacer. Cuando sea el momento, volveré a hacerte llamar. Queda mucho trabajo por
hacer.
Poco
después salieron todos de las entrañas más profundas de la cueva. Anna iba la
primera, encabezando la comitiva. Briana caminaba detrás, erguida y orgullosa,
con Taranio asiéndole la mano con firmeza. Entre ambas, envuelta aún en su
cálido manto de loba, descansaba el cuerpo sin vida de Dana, la última
Guardiana. Nadie lloraba.
Colocaron
el cadáver de la anciana a los pies de un enorme roble centenario. Los poderes
encerrados en la cueva, respetuosos, no respondieron de inmediato. No fue hasta
pasado un buen rato cuando se comenzaron a deslizar desde la bóveda del techo
los primeros goterones de agua, que se estrellaron con timidez contra las
piedras del suelo como si fueran pequeñas lágrimas. Poco a poco la frecuencia y
el volumen de esas filtraciones se incrementaron hasta convertirse en un
verdadero acuífero, que buscaba una salida con violencia creciente, inundando
las grietas por las que se colaban las primeras aguas del Enna. La unión de
ambos manantiales hizo que el curso del Enna se acelerase un instante,
golpeando con fuerza las rocas que lo rodeaban, como si con esa demostración de
fuerza reconocieran la presencia de la difunta anciana. Un remolino se formó en
lo más profundo de la charca. Todos los presentes notaron un sabor metálico en
la punta de la lengua. Anna se adelantó, introduciendo con cuidado el cuerpo de
su abuela en el agua.
—Dioses
del agua, del aire, del fuego y de la tierra… Os hago entrega del cuerpo de mi
abuela, Dana, la última Señora de esta cueva… Nadie la retiene en este mundo, y
ha sido decisión suya irse libremente, dejando resuelto su legado.
Anna
hizo una pausa. El remolino giró alrededor de sus cuerpos, aceptándolas a
ambas.
—Ella
se va, pero nosotros nos quedamos. Recibidla. Acogedla, os lo ruego… Con estas
palabras yo proclamo que dejo suelto para siempre el hilo que me une a ella en
este mundo, pero de su espíritu no reniego, porque soy lo que ella fue, y ella
será lo que yo he sido, regresando cuando haya descansado lo suficiente.
Los
asistentes a la ceremonia de despedida mojaron sus manos en el manantial,
purificando sus cuerpos con ellas. Pelayo se mantenía alejado en un respetuoso
segundo plano, que no le impedía escuchar las palabras de Anna, que se inclinó
con la intención de susurrar al oído de su abuela una despedida menos formal.
—Te
doy las gracias por todo lo que me diste, güelita. Gracias por lo
vivido. Que tu retorno sea pleno. Descansa en paz, que ya te puedes ir.
Tranquila, que yo me quedo a cargo de todo.
Taranio
y Briana ayudaron a la joven hechicera a sacar de nuevo el cuerpo de Dana, que
volvieron a envolver en su mortaja. Anna ahogó un suspiro, adoptando una
posición erguida y autoritaria antes de hacerles una indicación a sus padres.
—Antes
de irse, me hizo saber que deseaba que sus cenizas fueran enterradas a los pies
del Texu de Bermiego, madre,
acompañada de sus respetadas voces
vieyas… Te dejo encargada de cumplir con esa última voluntad.
—Así
se hará, Señora Guardiana —musitó Briana.
—Padre…
—añadió, haciéndole una seña a Taranio.
—Es
mi decisión que el castro de Brigantia preste todo su apoyo a la causa del
señor Pelayo. Tarán —dijo, usando su nombre—, acompañarás a este hombre como
una sombra. Que no olvide nunca por qué pelea ni ante quién responde.
El
aludido asintió. Varios hombres de la aldea se ofrecieron voluntarios a
acompañarle.
—Si
Pelayo cae —afirmó Taranio con semblante aguerrido— caeré con él.
—No
—corrigió Anna— si él muere, volverás para contarlo. Sin Pelayo de nuestro lado
podemos dar la batalla por perdida.
Luego
añadió, bajando un poco el tono y suavizando la mirada:
—No
os lo digo como hija, sino como Guardiana.
En
ese momento todos tragaron saliva. Se hizo un profundo silencio. Anna sacó
entonces de entre los pliegues de su ropa un cuerno de uro. Estaba tallado con
unas incisiones que lo rodeaban formando una espiral infinita. Anna lo sostuvo
unos instantes como si lo mostrase a alguna fuerza invisible y después se lo
entregó a Briana.
—Este
cuerno no llama a la guerra, madre; llama a la resistencia, a la valentía y la
rebelión. Tenlo siempre a mano, y utilízalo cuando la batalla exija nuestras
mayores muestras de sacrificio.
Briana
lo aceptó, descolgando a su vez de su cuello un saquito que contenía el
antiquísimo y sagrado tótem familiar.
—Ten,
Anna, hija mía, Señora y Guardiana… Para que tu voz se escuche y nada ni nadie
te pueda hacer callar. Te doy la fuerza del urogallo, que no se esconde para
cantar, aunque ponga en peligro su vida. Alza tu voz con orgullo, hija mía,
porque para los nuestros no se me ocurre mejor reclamo.
Anna
se inclinó con respeto, dejando que su madre le colgara emocionada el amuleto.
—Nuestros
caminos nuevamente se separan, madre…
Briana
dio un paso hacia ella. No la abrazó; le apoyó la frente en la suya durante un
mínimo pestañeo.
—El
fuego ya está encendido. Que arda, a partir de ahora, lo que tenga que arder,
hija mía.
—El
fuego no destruye a los que le muestran respeto, madre. Camina tranquila; todos
hemos nacido para volver a ser cenizas.

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