sábado, 11 de abril de 2026

LA PRIMERA SANTA. CAPÍTULO SIETE: EL ENCUENTRO DE PELAYO Y EL DUQUE PEDRO DE CANTABRIA

 


Volvamos al personaje de Pelayo. Una figura mítica, de sobra conocido por la mayoría de asturianos, pero... ¿Cómo te lo imaginas en su juventud? Con vuestro permiso yo voy a fantasear un poco, que es lo que más me gusta hacer con los personajes históricos. 



CAPÍTULO 7

ENCUENTRO DE PELAYO Y EL DUQUE PEDRO DE CANTABRIA

 

Frontera oriental astur-cántabra, invierno del año 715 d. C.

 

El valle estaba cubierto de niebla, y las escarpadas pendientes, cargadas de nieve, amenazaban con sepultar a los dos exhaustos viajeros, que ascendían resoplando los últimos tramos hacia los pasos del puerto de Liébana. Nadie en su sano juicio se hubiera embarcado en una empresa de semejante riesgo, pero ahí estaban Pelayo y su acompañante, con la vista fija en el penacho de humo que se escapaba de la vieja cabaña de piedra en la que se habían citado con el duque Pedro de Cantabria. Por su parte, este se limitaba a esperar con paciencia la llegada de los guerreros asturianos, reclinado en un jergón.

Cuando Pelayo cruzó el cercado de madera apenas podía dar un paso más. Podría decirse lo mismo de su compañero, que cojeaba de una manera preocupante. A primera vista, al duque no le parecieron gran cosa, al menos en lo referente a su corpulencia. Su fama como hombres de armas les precedía, y se esperaba la llegada de dos gigantes, pero un detalle le frenó la lengua antes de hacer ningún comentario a sus hombres. Ellos también habían sufrido las penalidades de ascender en esa época del año por los traicioneros acantilados con ese temporal tan inclemente, y no habían llegado en mejores condiciones que los recién llegados; pero estos, a pesar de haber viajado a la intemperie por zonas más que inhóspitas, ocultaban el rictus del cansancio con una sonrisa contagiosa, y aún desde esa distancia se podía reconocer que tenían el fuego en la mirada de los hombres tenaces, aquellos que nunca contemplarían la rendición como una opción.

Dos hombres de aspecto fiero y espada al cinto salieron a recibirles, atentos a una señal del duque (que nunca se produjo) para comprobar que no accedieran con armas. El noble cántabro se disculpó por el exceso de celo de sus hombres.

—Esta es una reunión de amigos. Mis hombres se preocupan demasiado por mi seguridad. Daos por bienvenidos.

Pelayo respondió con una sonrisa agradecida. Don Alonso se hizo a un lado para cederle el paso a Pelayo. Después, ambos estrecharon la diestra del cántabro con afecto sincero. Fue el duque quien tomó la iniciativa:

—Así que vos sois el hombre de quien mi sobrina no cesa de hablar. Acomodaos, vos y vuestro compañero, el señor…

—Don Alonso, mi dux. Le decimos el Joven porque es hijo del señor Alonso el Viejo, conde de Olalíes. Es uno de mis hombres de confianza. Nos hemos criado juntos, y venimos de combatir en el sur. Es lo más parecido a un hermano que un humilde soldado como yo se puede permitir. Podemos hablar con libertad; es de toda confianza, pondría mi supervivencia en sus manos sin dudarlo, aunque no sea de mi misma sangre. Pero dejémonos de formalidades y tratémonos de tú a tú, que no estamos en la corte de Toledo.

—Os lo agradezco, señor Pelayo… Y hablando de eso… Dicen que fuisteis guardia de palacio y que visteis caer la ciudad con vuestros propios ojos.

—Así es, mi señor, y también pude ver cómo los nuestros entregaban las llaves de la ciudad sin combate. Hubo lucha, y sangre, sí, pero muchos se vendieron a los moros para salvar la vida, y con ella sus negocios. Nosotros escogimos el camino del norte, buscando refugio en las montañas.

—Lo sé, Pelayo. De Amaya, mi pueblo, no hace tanto también se llevaron el oro, los caballos y los hombres; pero lo que jamás nos podrán arrebatar es nuestro orgullo. Los cántabros, igual que estáis haciendo los astures, no doblaremos la rodilla jamás ante este enjambre de parásitos infieles. Dicen que recorréis estos montes en busca de alianzas. ¿Qué puedo ofreceros yo que no tengáis ya? Sois de cuna noble y habéis sido educado en los círculos más elitistas de la corte visigoda. Por vuestras venas corre sangre de reyes y vuestros hombres os siguen a ciegas… Tierras no os faltan, ni amistades con los grandes terratenientes hispano-romanos donde se ha criado vuestra familia… Y tengo entendido que hasta los clanes tribales más poderosos, como los luggones, aceptan la convivencia pacífica con los vuestros…

—Dios me sea testigo, duque Pedro, que no vengo en son de súplica, sino buscando colaboración. Hombres y tierras no bastan. Necesito un estandarte que nos unifique y oídos fieles que aún crean en la victoria. Los cántabros y vascones compartís lazos de parentesco y amistades con muchos de mis aliados. Ambos sabemos que Toledo ha caído, pero no todo está perdido, aunque hará falta aceptar muchos sacrificios.

—Aquí también llegan los rumores. Dicen que no escapasteis de allí con las manos vacías y que escondisteis algo en las sierras del Monsacro…

Pelayo se llevó el índice a la boca, silenciando al cántabro.

—No se puede llamar algo a las reliquias de las que he sido custodio, mi señor duque… Con nosotros —y señaló a Gumersindo, que parecía más preocupado en dar con el origen del aroma a tortos de escanda y tocino recién frito que en las evoluciones de su conversación— viajaba el mismísimo obispo Urbano de Toledo. Hemos puesto a buen recaudo lo más sagrado que hemos podido salvar del saqueo mahometano. Las reliquias de nuestros santos y el orgullo de nuestra fe cristiana se encuentran a salvo en las entrañas de la tierra, y si de algo depende la supervivencia de nuestros montes, será de ellas.

—Os olvidáis de un detalle importante, mozo… —añadió el noble cántabro bajando la voz en tono reservado—. Me consta que en las cuevas del Monsacro habéis dejado más secretos encerrados. Podemos hablar con libertad de vuestro encuentro con Dana. Ella misma me lo ha hecho saber…

La piel de Pelayo se volvió pálida. Notó que se le escapaba el aliento. Su respiración se aceleró. El duque continuó, divertido.

—¿Sorprendido? No seáis ingenuo, mi buen Pelayo. Nada ni nadie se escapa de su vigilancia. Ni tan siquiera los duques… Ella y otras como ella han protegido nuestras tierras desde tiempos inmemoriales… Contáis con su beneplácito, Pelayo, que no es poca cosa. Las Madres no suelen entrometerse en temas de hombres ni de armas, pero con vos han hecho una excepción. Tenéis que ser alguien realmente importante para vuestro pueblo, ya lo creo que sí… Con ellas de nuestro lado tenemos una oportunidad única de formar un ejército formidable. Bendita sea la reina de nuestras montañas. Que ella nos proteja… Dios la salve, reina y madre…

—Estoy un poco confundido, señor duque. Os creía más comprometido con la causa de Nuestro Señor… De todos es sabido que los hombres que siguen a mujeres suelen acabar mal. Nuestra fe está en Cristo, y solamente luchando por su nombre obtendremos su favor y, con él, la salvación de nuestro pueblo.

—No habéis entendido nada todavía, mi buen Pelayo. No dudo que algún día llegaréis a ser respetado como rey, pero os quedan muchas cosas increíbles por vivir todavía. Nadie habla de seguirla, sino de entender su mensaje. Los astures creen en ella, y ella cree en vos. Si unimos estas dos fuerzas —la del linaje y la de la fe—, habrá un nuevo comienzo para todos. Sé que sois un hombre de acción y que vuestro carisma es capaz de encender los ánimos de cualquiera, pero necesitáis unas clases de política: los moros están sufriendo un auténtico quebradero de cabeza para recaudar los tributos locales aquí en el norte. Cada aldea se gestiona de manera independiente, como bien sabéis, y pueden pasar meses e incluso años sin necesitar nada entre ellas. Además, no hay muchas calzadas que permitan grandes movimientos de tropas, como en el sur. Incluso el idioma cambia de una zona a otra… No tenemos casi nada en común —o al menos no lo teníamos hasta ahora—.

 Pelayo agradeció la indirecta, asintiendo con la cabeza.

—El caso es, mi querido Pelayo, que estos infieles ya se han adueñado con facilidad de media Hispania y se han propuesto ahora invadir nuestras tierras; pero ambos sabemos que no se conformarán con lo nuestro, porque tienen las miras puestas aún más al norte, en los francos. Si aún no lo han hecho es porque les retienen estas montañas, que ralentizan su avance y dificultan su logística tan lejos de sus depósitos de armas y víveres. Somos la última esperanza de varios pueblos.

Pelayo asintió con gravedad. El duque Pedro estaba en lo cierto. Las líneas de suministro de los sarracenos se debilitaban cuanto más se adentraban en el norte. Si les daban tiempo a reunir fuerzas de reserva, los musulmanes no tardarían en aplastarlos con una fuerza de choque imparable. El cántabro meneó la cabeza, chasqueando la lengua con fastidio.

—No tenemos mucho tiempo. No tardarán en darse cuenta de nuestra debilidad y, a menos que nos pongamos de acuerdo, nos barrerán como a briznas de paja. Me acusáis de estar poco comprometido con la causa, pero apostaría esta mano derecha a que, al lado de los árabes más ricos, cabalgarán representantes cristianos para facilitar el entendimiento entre conquistados y conquistadores. No olvidéis que ellos están tan necesitados de instalarse en las capitales de provincia como los propios moros. No seáis ingenuo: si luchamos, lo haremos por la supervivencia de los nuestros, más allá de la gloria de Dios.

La conversación quedó estancada en un punto muerto. Ambos se quedaron en silencio sopesando sus próximas palabras, conscientes de las implicaciones políticas que los habían llevado hasta esa cabaña perdida en medio de las montañas.

En esas estaban cuando comenzó a descender por las escaleras una figura femenina, haciéndolo con una lentitud deliberada. Llevaba el cabello recogido en dos largas trenzas de color azabache, y escondía su figura rolliza bajo una ajustada túnica de lana, que se mantenía prendida a uno de los hombros con una fíbula de oro con forma de asturcón. Un escote generoso insinuaba el nacimiento de unos pechos turgentes, que se contoneaban amenazando rebosar la tela a cada paso, provocando en Pelayo un estremecimiento involuntario. Era evidente que esa mujer ejercía una gran atracción para él, porque se quedó boquiabierto, con la mandíbula torcida como una cortina mal colgada. El duque sonrió divertido.

—Gaudiosa, no es apropiado para una mujer interrumpir un consejo de hombres.

—Os pido disculpas, mi querido tío, pero estaba muy preocupada. Seguro que vos también habéis sido joven alguna vez… —añadió ella en un tono infantil y zalamero.

El duque entornó los ojos, conciliador, invitándola con un ademán cariñoso a ocupar un lugar a su lado en el jergón. Entre dientes, le susurró al oído un cumplido.

—Pelayo —continuó el duque señalando a su sobrina—, tenéis ante vos a la mujer más inteligente de mi familia. Le he permitido acompañarnos en esta reunión porque sé que ella os guarda un afecto sincero, y me parece evidente que vos mismo estáis en su misma situación, pero no voy a tolerar comportamientos inadecuados bajo mi techo…

Ruborizada, Gaudiosa se ajustó el vestido, depositando un beso cariñoso en la frente de su tío antes de dedicarle una graciosa reverencia que dejó nuevamente al descubierto el nacimiento de sus pechos. Pelayo resoplaba como un fuelle viejo. Ella, traviesa, le regaló una mirada cargada de intención antes de dirigirle la palabra:

—Habéis tardado, hijo de Favila. Me habíais prometido estar aquí antes de la llegada de las nieves. Ya estaba perdiendo la confianza en vos, la verdad… Sois el primer hombre que me ha hecho esperar por él en todo lo que llevo de vida.

—Si es así os pido disculpas, Gaudiosa. No era mi intención teneros preocupada, pero los caminos más transitados están ahora siempre vigilados. Hemos tenido que movernos en secreto, viajando de noche por los pasos de montaña. Nos hemos retrasado, es cierto, pero un hombre como yo no faltaría jamás a su palabra.

—Me teníais desvelada, Pelayo. De una manera inexplicable podía sentir vuestra cercanía en sueños, pero cuando despertaba nunca estabais a mi lado. Muchos se empeñaban en decir que te habían hecho preso los moros, pero yo jamás he cedido a esas fábulas.

El duque Pedro se vio obligado a intervenir. El cambio de tercio de la conversación había dejado de interesarle desde la aparición de su sobrina. Lo que había comenzado siendo una negociación política se estaba convirtiendo poco a poco en una cita romántica.

—Habláis con demasiado fervor, Gaudiosa. Refrenad vuestras palabras… ¿Hay algo que yo deba saber de vuestra relación con este hombre?

—Nada que pueda escandalizar a los hombres ni ofender a Dios, mi querido tío. Como ya os había contado nos conocimos en Toledo, cuando aún había corte. Él estaba a cargo del cuerpo de guardia que protegía a las doncellas en sus desplazamientos para asistir a la sagrada misa y, entre paseo y paseo, surgió nuestra amistad. Tenemos muchas cosas en común y su presencia siempre me resultó agradable. Fue él quien me salvó de caer prisionera. Es mucho lo que le debo…

Pelayo bajó la mirada, azorado. Un intenso rubor quedó enmascarado por su tupida barba de días, pero el gesto no le pasó inadvertido al duque Pedro, que le taladró con la mirada. El silencio se volvió incómodo por momentos. Pelayo carraspeó, antes de tomar la palabra.

—No hay nada que agradecer, Gaudiosa. Yo solamente cumplí con mi deber como hombre y como soldado. Si había una deuda ya está saldada con esta reunión. No estoy aquí para cobrarme nada, no me malinterpretéis. Vine porque yo también estaba en compromiso con vos. Me prometisteis la atención de vuestro tío y hasta ahora no hemos tenido queja; creo que ambos podríamos llegar a cerrar un buen acuerdo.

—Creo que lo más acertado ahora sería que os retiraseis a descansar un rato, Pelayo —indicó el duque Pedro con autoridad—. Seguro que el señor Alonso y vos mismo estáis agotados. En la cocina hay comida preparada de esta mañana, seguro que agradeceréis meter algo sólido en el cuerpo.

Fue Gumersindo el que intervino, al comprobar que su compañero Pelayo aún seguía azorado, incapaz de desviar la mirada de Gaudiosa, que le respondía en los mismos términos.

—Vámonos, Pelayo. Agradecemos vuestro refugio y hospitalidad, señor duque; no pretendemos ser un estorbo ni, mucho menos, haceros sentir incómodo. La verdad es que yo, al menos, llevo un rato con ganas de meterle el diente a un buen tasajo de tocino acompañado de unos buenos tortos de escanda.

Gumersindo empujó con suavidad a su amigo en dirección a la estancia contigua. No hacía falta adivinar que era la cocina, porque de allí emanaban aromas muy prometedores. El duque les indicó que ya no les necesitaba allí con un gesto de la mano, pero antes añadió, en un tono conciliador:

—Todos sabemos que nuestros pueblos celebrarían con gozo una futura alianza. Yo no veo nada que nos haga incapaces de llegar a ella, pero estas decisiones no han de ser tomadas a la ligera. El sacrificio y la sangre de muchos hombres, mujeres y niños depende de nuestras decisiones.

Luego añadió, en tono seco:

—Dejadme hablar a solas con mi sobrina, os lo ruego. Antes del anochecer tendréis mi respuesta, y podréis reanudar vuestro camino.

Pelayo se inclinó despidiéndose en silencio de Gaudiosa, que le dedicó un mohín divertido. Fuera, el viento ululaba introduciéndose por las rendijas del adobe de los tejados. Resignado, acompañó a don Alonso a la cocina, dando buena cuenta de lo que aún restaba del desayuno. No tardaron en retirarse a las cuadras, quedando ambos profundamente dormidos, acurrucados al lado de sus caballos.

Fue Gaudiosa, al cabo de unas horas, la que se acercó a hurtadillas, despertando a Pelayo antes de hacerle señas para que la acompañase en silencio a la cocina.

—Pelayo, no puedes venir así, con los ojos llenos de fuego, y esperar que mi tío no lo note…

—¿Qué ha notado?

—Que aún me miras como me mirabas en Toledo, y que yo… que yo no te he olvidado.

—Lo que pasó en Toledo volvería a repetirlo una y mil veces, Gaudiosa. Un beso, un simple beso me ha dado las fuerzas para no dejar de pensar en ti en todos estos días.

—¿Y qué es lo que le estás ofreciendo a mi tío, Pelayo? ¿Otra locura de las tuyas?

—No lo sé aún, Gaudiosa, pero déjame creer en ello. Si ha de haber un futuro entre nosotros deberemos luchar por ello. Ahora mismo poco puedo ofrecerte aparte de mi compromiso de hacerte mía en cuanto pueda. No he dejado de pensar en ti, Gaudiosa... Entre ruinas, entre muertos, cuando las fuerzas me fallaban solamente tenía que recordar tu voz y la salud me renacía con energías renovadas. Se avecinan tiempos difíciles y esos cambios implicarán lucha, muerte y sangre. Si muero, que sea luchando; pero que todos digan que tú estabas a mi lado.

—Hablas como si ya me tuvieras. No soy uno de tus caballos, al que puedes domar antes de montarlo para cabalgar a tu antojo. Tienes mi atención, y mi respeto, Pelayo, y de momento habrás de conformarte con eso; de sobra sabes que iría contigo a la lucha. A la muerte, incluso; pero antes has de ganarte la confianza de mi tío.

—Esa ya la tengo, Gaudiosa... Mi reputación habla por sí misma. Estoy seguro de que tu tío aceptará ayudarme, pero pedirá algo a cambio. Algo más poderoso que las armas y las tierras. Pedirá lazos.

—¿Qué lazos?

—De sangre, espero. Ese es el propósito de mi viaje: que tu tío me pida que unamos nuestras casas.

Los pasos del duque Pedro a sus espaldas interrumpieron esa última confesión. Se acercaba con el manto ceñido, el rostro grave y las manos crispadas. Pelayo tomó la iniciativa:

—¿Habéis decidido?

—He decidido. Mis hombres se irán al amanecer. No me cabe duda de su lealtad a nuestra tierra, pero no puedo exigirles que rindan cuentas a ningún caudillo astur… He resuelto que no van a luchar dos pueblos, sino uno. Los cántabros y astures derramarán su sangre en el mismo campo de batalla, pero un pacto sellado con palabras se lo llevaría el viento. Dejadme continuar, por favor, no me interrumpáis —añadió el duque con firmeza, advirtiendo la alarma en el rostro del asturiano—. Mi decisión ya está tomada.

El semblante del terrateniente cántabro se dulcificó un poco al desviar la mirada en dirección a su sobrina, pero su tono de voz seguía manifestando cierta gravedad. Miró fijamente a los ojos de Pelayo antes de continuar:

—Mi sobrina ha estado hablando de vos todos estos días con una pasión que me ha hecho sentir cierta envidia. Ella cree en vos y yo creo en su buen juicio. Siempre me ha parecido una mujer sensata e inteligente, y aunque muchos no lo quieran admitir, de no ser por mujeres como ella los hombres solamente pensaríamos en la lucha y en la guerra. Parece ser que ambos compartís el sueño de poder disfrutar juntos de un futuro cargado de bonanza, del deseo de una paz que se nos niega generación tras generación; así que es mi decisión que os unáis, y no por mi propia conveniencia, sino porque vuestra unión puede dar credibilidad y fe a un pueblo que ahora mismo está a punto de perderlo todo.

—Señor… Juro protegerla con mi vida, y no apartarme de ella ni en la guerra ni en el destierro, llegado el caso. Gracias por confiar en nosotros. Lo que de aquí nazca no ha de temer al cielo ni al pasado. Será algo nuevo y fuerte. Honesto, como nosotros… —añadió, visiblemente emocionado—. Nuestra humildad será la base de nuestra grandeza.

—Sois un hombre valiente, asturiano. Gaudiosa me contó que, cuando todos se escondían ante la llegada de los moros, vos defendíais con la espada lo poco que quedaba de los nuestros. No busco tan solo promesas de guerra, Pelayo. Os entrego a mi sobrina porque sé que el hombre que hay en vos no morirá bajo el soldado. Que no buscaréis gloria ni riqueza, porque antes que caudillo, seréis padre; y antes que rey, esposo.

—Duque Pedro, quedo en deuda con vos. Muchas cosechas se perdieron en las guerras anteriores a la que aún está por librarse, pero juro ante Dios y ante estas montañas que yo no quiero un trono: quiero un pueblo en el que nunca falte el pan. Haremos correr la sangre por nuestros ríos pero, cuando todo haya pasado, nuestros hijos podrán volver a bañarse y a beber de ellos sin miedo. No vengo a buscar guerras, sino a terminarlas. Para traer la paz serán necesarias muchas tumbas, pero asumiré la carga que eso supone.

—Que así sea —sentenció con solemnidad el cántabro, antes de acariciar con ternura la mano de su sobrina—. Os daré todo mi apoyo. Hombres, armas y víveres, pero no juraré vasallaje a nadie.

—Nadie os lo pide. Que la espada y la fe sean nuestro pacto. Juntos ganaremos algo que ni el oro ni las tierras pueden dar a nadie: memoria. Si nos vencen, todo lo que somos y todo lo que fuimos desaparecerá. Si resistimos, vuestros hijos —y los hijos de vuestros hijos— recordarán quién fuisteis. Quiénes fuimos. Y si el mundo olvida todo lo demás, cuando nuestra tierra vuelva a dar sus frutos nadie podrá negar que aquí se hizo algo grande; que no se luchó por avaricia, sino por libertad.


 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Ayúdame a poner un poco de orden en este caótico desván. Exprésate, opina, discrepa, sugiere...