Volvamos al personaje de Pelayo. Una figura mítica, de sobra conocido por la mayoría de asturianos, pero... ¿Cómo te lo imaginas en su juventud? Con vuestro permiso yo voy a fantasear un poco, que es lo que más me gusta hacer con los personajes históricos.
CAPÍTULO
7
ENCUENTRO
DE PELAYO Y EL DUQUE PEDRO DE CANTABRIA
Frontera
oriental astur-cántabra, invierno del año 715 d. C.
El
valle estaba cubierto de niebla, y las escarpadas pendientes, cargadas de
nieve, amenazaban con sepultar a los dos exhaustos viajeros, que ascendían
resoplando los últimos tramos hacia los pasos del puerto de Liébana. Nadie en
su sano juicio se hubiera embarcado en una empresa de semejante riesgo, pero
ahí estaban Pelayo y su acompañante, con la vista fija en el penacho de humo
que se escapaba de la vieja cabaña de piedra en la que se habían citado con el
duque Pedro de Cantabria. Por su parte, este se limitaba a esperar con
paciencia la llegada de los guerreros asturianos, reclinado en un jergón.
Cuando
Pelayo cruzó el cercado de madera apenas podía dar un paso más. Podría decirse
lo mismo de su compañero, que cojeaba de una manera preocupante. A primera
vista, al duque no le parecieron gran cosa, al menos en lo referente a su
corpulencia. Su fama como hombres de armas les precedía, y se esperaba la
llegada de dos gigantes, pero un detalle le frenó la lengua antes de hacer
ningún comentario a sus hombres. Ellos también habían sufrido las penalidades
de ascender en esa época del año por los traicioneros acantilados con ese
temporal tan inclemente, y no habían llegado en mejores condiciones que los
recién llegados; pero estos, a pesar de haber viajado a la intemperie por zonas
más que inhóspitas, ocultaban el rictus del cansancio con una sonrisa contagiosa,
y aún desde esa distancia se podía reconocer que tenían el fuego en la mirada
de los hombres tenaces, aquellos que nunca contemplarían la rendición como una
opción.
Dos
hombres de aspecto fiero y espada al cinto salieron a recibirles, atentos a una
señal del duque (que nunca se produjo) para comprobar que no accedieran con
armas. El noble cántabro se disculpó por el exceso de celo de sus hombres.
—Esta
es una reunión de amigos. Mis hombres se preocupan demasiado por mi seguridad.
Daos por bienvenidos.
Pelayo
respondió con una sonrisa agradecida. Don Alonso se hizo a un lado para cederle
el paso a Pelayo. Después, ambos estrecharon la diestra del cántabro con afecto
sincero. Fue el duque quien tomó la iniciativa:
—Así
que vos sois el hombre de quien mi sobrina no cesa de hablar. Acomodaos, vos y
vuestro compañero, el señor…
—Don
Alonso, mi dux. Le decimos el Joven porque es hijo del señor Alonso el Viejo, conde de Olalíes. Es uno de
mis hombres de confianza. Nos hemos criado juntos, y venimos de combatir en el
sur. Es lo más parecido a un hermano que un humilde soldado como yo se puede
permitir. Podemos hablar con libertad; es de toda confianza, pondría mi
supervivencia en sus manos sin dudarlo, aunque no sea de mi misma sangre. Pero
dejémonos de formalidades y tratémonos de tú a tú, que no estamos en la corte
de Toledo.
—Os
lo agradezco, señor Pelayo… Y hablando de eso… Dicen que fuisteis guardia de
palacio y que visteis caer la ciudad con vuestros propios ojos.
—Así
es, mi señor, y también pude ver cómo los nuestros entregaban las llaves de la
ciudad sin combate. Hubo lucha, y sangre, sí, pero muchos se vendieron a los
moros para salvar la vida, y con ella sus negocios. Nosotros escogimos el
camino del norte, buscando refugio en las montañas.
—Lo
sé, Pelayo. De Amaya, mi pueblo, no hace tanto también se llevaron el oro, los
caballos y los hombres; pero lo que jamás nos podrán arrebatar es nuestro
orgullo. Los cántabros, igual que estáis haciendo los astures, no doblaremos la
rodilla jamás ante este enjambre de parásitos infieles. Dicen que recorréis
estos montes en busca de alianzas. ¿Qué puedo ofreceros yo que no tengáis ya?
Sois de cuna noble y habéis sido educado en los círculos más elitistas de la
corte visigoda. Por vuestras venas corre sangre de reyes y vuestros hombres os
siguen a ciegas… Tierras no os faltan, ni amistades con los grandes
terratenientes hispano-romanos donde se ha criado vuestra familia… Y tengo
entendido que hasta los clanes tribales más poderosos, como los luggones,
aceptan la convivencia pacífica con los vuestros…
—Dios
me sea testigo, duque Pedro, que no vengo en son de súplica, sino buscando
colaboración. Hombres y tierras no bastan. Necesito un estandarte que nos
unifique y oídos fieles que aún crean en la victoria. Los cántabros y vascones
compartís lazos de parentesco y amistades con muchos de mis aliados. Ambos
sabemos que Toledo ha caído, pero no todo está perdido, aunque hará falta
aceptar muchos sacrificios.
—Aquí
también llegan los rumores. Dicen que no escapasteis de allí con las manos
vacías y que escondisteis algo en las sierras del Monsacro…
Pelayo
se llevó el índice a la boca, silenciando al cántabro.
—No
se puede llamar algo a las reliquias
de las que he sido custodio, mi señor duque… Con nosotros —y señaló a
Gumersindo, que parecía más preocupado en dar con el origen del aroma a tortos
de escanda y tocino recién frito que en las evoluciones de su conversación—
viajaba el mismísimo obispo Urbano de Toledo. Hemos puesto a buen recaudo lo
más sagrado que hemos podido salvar del saqueo mahometano. Las reliquias de
nuestros santos y el orgullo de nuestra fe cristiana se encuentran a salvo en
las entrañas de la tierra, y si de algo depende la supervivencia de nuestros
montes, será de ellas.
—Os
olvidáis de un detalle importante, mozo… —añadió el noble cántabro bajando la
voz en tono reservado—. Me consta que en las cuevas del Monsacro habéis dejado
más secretos encerrados. Podemos hablar con libertad de vuestro encuentro con
Dana. Ella misma me lo ha hecho saber…
La
piel de Pelayo se volvió pálida. Notó que se le escapaba el aliento. Su
respiración se aceleró. El duque continuó, divertido.
—¿Sorprendido?
No seáis ingenuo, mi buen Pelayo. Nada ni nadie se escapa de su vigilancia. Ni
tan siquiera los duques… Ella y otras como ella han protegido nuestras tierras
desde tiempos inmemoriales… Contáis con su beneplácito, Pelayo, que no es poca
cosa. Las Madres no suelen entrometerse en temas de hombres ni de armas, pero
con vos han hecho una excepción. Tenéis que ser alguien realmente importante
para vuestro pueblo, ya lo creo que sí… Con ellas de nuestro lado tenemos una
oportunidad única de formar un ejército formidable. Bendita sea la reina de
nuestras montañas. Que ella nos proteja… Dios la salve, reina y madre…
—Estoy
un poco confundido, señor duque. Os creía más comprometido con la causa de
Nuestro Señor… De todos es sabido que los hombres que siguen a mujeres suelen
acabar mal. Nuestra fe está en Cristo, y solamente luchando por su nombre
obtendremos su favor y, con él, la salvación de nuestro pueblo.
—No
habéis entendido nada todavía, mi buen Pelayo. No dudo que algún día llegaréis
a ser respetado como rey, pero os quedan muchas cosas increíbles por vivir
todavía. Nadie habla de seguirla, sino de entender su mensaje. Los astures creen
en ella, y ella cree en vos. Si unimos estas dos fuerzas —la del linaje y la de
la fe—, habrá un nuevo comienzo para todos. Sé que sois un hombre de acción y
que vuestro carisma es capaz de encender los ánimos de cualquiera, pero
necesitáis unas clases de política: los moros están sufriendo un auténtico
quebradero de cabeza para recaudar los tributos locales aquí en el norte. Cada
aldea se gestiona de manera independiente, como bien sabéis, y pueden pasar
meses e incluso años sin necesitar nada entre ellas. Además, no hay muchas
calzadas que permitan grandes movimientos de
tropas, como en el sur. Incluso el idioma cambia de una zona a otra… No tenemos
casi nada en común —o al menos no lo teníamos hasta ahora—.
Pelayo agradeció la indirecta, asintiendo con
la cabeza.
—El
caso es, mi querido Pelayo, que estos infieles ya se han adueñado con facilidad
de media Hispania y se han propuesto ahora invadir nuestras tierras; pero ambos
sabemos que no se conformarán con lo nuestro, porque tienen las miras puestas
aún más al norte, en los francos. Si aún no lo han hecho es porque les retienen
estas montañas, que ralentizan su avance y dificultan su logística tan lejos de
sus depósitos de armas y víveres. Somos la última esperanza de varios pueblos.
Pelayo
asintió con gravedad. El duque Pedro estaba en lo cierto. Las líneas de
suministro de los sarracenos se debilitaban cuanto más se adentraban en el
norte. Si les daban tiempo a reunir fuerzas de reserva, los musulmanes no
tardarían en aplastarlos con una fuerza de choque imparable. El cántabro meneó
la cabeza, chasqueando la lengua con fastidio.
—No
tenemos mucho tiempo. No tardarán en darse cuenta de nuestra debilidad y, a
menos que nos pongamos de acuerdo, nos barrerán como a briznas de paja. Me
acusáis de estar poco comprometido con la causa, pero apostaría esta mano
derecha a que, al lado de los árabes más ricos, cabalgarán representantes
cristianos para facilitar el entendimiento entre conquistados y conquistadores.
No olvidéis que ellos están tan necesitados de instalarse en las capitales de
provincia como los propios moros. No seáis ingenuo: si luchamos, lo haremos por
la supervivencia de los nuestros, más allá de la gloria de Dios.
La
conversación quedó estancada en un punto muerto. Ambos se quedaron en silencio
sopesando sus próximas palabras, conscientes de las implicaciones políticas que
los habían llevado hasta esa cabaña perdida en medio de las montañas.
En
esas estaban cuando comenzó a descender por las escaleras una figura femenina,
haciéndolo con una lentitud deliberada. Llevaba el cabello recogido en dos
largas trenzas de color azabache, y escondía su figura rolliza bajo una
ajustada túnica de lana, que se mantenía prendida a uno de los hombros con una
fíbula de oro con forma de asturcón. Un escote generoso insinuaba el nacimiento
de unos pechos turgentes, que se contoneaban amenazando rebosar la tela a cada
paso, provocando en Pelayo un estremecimiento involuntario. Era evidente que
esa mujer ejercía una gran atracción para él, porque se quedó boquiabierto, con
la mandíbula torcida como una cortina mal colgada. El duque sonrió divertido.
—Gaudiosa,
no es apropiado para una mujer interrumpir un consejo de hombres.
—Os
pido disculpas, mi querido tío, pero estaba muy preocupada. Seguro que vos
también habéis sido joven alguna vez… —añadió ella en un tono infantil y
zalamero.
El
duque entornó los ojos, conciliador, invitándola con un ademán cariñoso a
ocupar un lugar a su lado en el jergón. Entre dientes, le susurró al oído un
cumplido.
—Pelayo
—continuó el duque señalando a su sobrina—, tenéis ante vos a la mujer más
inteligente de mi familia. Le he permitido acompañarnos en esta reunión porque
sé que ella os guarda un afecto sincero, y me parece evidente que vos mismo
estáis en su misma situación, pero no voy a tolerar comportamientos inadecuados
bajo mi techo…
Ruborizada,
Gaudiosa se ajustó el vestido, depositando un beso cariñoso en la frente de su
tío antes de dedicarle una graciosa reverencia que dejó nuevamente al
descubierto el nacimiento de sus pechos. Pelayo resoplaba como un fuelle viejo.
Ella, traviesa, le regaló una mirada cargada de intención antes de dirigirle la
palabra:
—Habéis
tardado, hijo de Favila. Me habíais prometido estar aquí antes de la llegada de
las nieves. Ya estaba perdiendo la confianza en vos, la verdad… Sois el primer
hombre que me ha hecho esperar por él en todo lo que llevo de vida.
—Si
es así os pido disculpas, Gaudiosa. No era mi intención teneros preocupada,
pero los caminos más transitados están ahora siempre vigilados. Hemos tenido
que movernos en secreto, viajando de noche por los pasos de montaña. Nos hemos
retrasado, es cierto, pero un hombre como yo no faltaría jamás a su palabra.
—Me
teníais desvelada, Pelayo. De una manera inexplicable podía sentir vuestra
cercanía en sueños, pero cuando despertaba nunca estabais a mi lado. Muchos se
empeñaban en decir que te habían hecho preso los moros, pero yo jamás he cedido
a esas fábulas.
El
duque Pedro se vio obligado a intervenir. El cambio de tercio de la
conversación había dejado de interesarle desde la aparición de su sobrina. Lo
que había comenzado siendo una negociación política se estaba convirtiendo poco
a poco en una cita romántica.
—Habláis
con demasiado fervor, Gaudiosa. Refrenad vuestras palabras… ¿Hay algo que yo deba
saber de vuestra relación con este hombre?
—Nada
que pueda escandalizar a los hombres ni ofender a Dios, mi querido tío. Como ya
os había contado nos conocimos en Toledo, cuando aún había corte. Él estaba a
cargo del cuerpo de guardia que protegía a las doncellas en sus desplazamientos
para asistir a la sagrada misa y, entre paseo y paseo, surgió nuestra amistad.
Tenemos muchas cosas en común y su presencia siempre me resultó agradable. Fue
él quien me salvó de caer prisionera. Es mucho lo que le debo…
Pelayo
bajó la mirada, azorado. Un intenso rubor quedó enmascarado por su tupida barba
de días, pero el gesto no le pasó inadvertido al duque Pedro, que le taladró
con la mirada. El silencio se volvió incómodo por momentos. Pelayo carraspeó,
antes de tomar la palabra.
—No
hay nada que agradecer, Gaudiosa. Yo solamente cumplí con mi deber como hombre
y como soldado. Si había una deuda ya está saldada con esta reunión. No estoy
aquí para cobrarme nada, no me malinterpretéis. Vine porque yo también estaba
en compromiso con vos. Me prometisteis la atención de vuestro tío y hasta ahora
no hemos tenido queja; creo que ambos podríamos llegar a cerrar un buen
acuerdo.
—Creo
que lo más acertado ahora sería que os retiraseis a descansar un rato, Pelayo
—indicó el duque Pedro con autoridad—. Seguro que el señor Alonso y vos mismo
estáis agotados. En la cocina hay comida preparada de esta mañana, seguro que
agradeceréis meter algo sólido en el cuerpo.
Fue
Gumersindo el que intervino, al comprobar que su compañero Pelayo aún seguía
azorado, incapaz de desviar la mirada de Gaudiosa, que le respondía en los
mismos términos.
—Vámonos,
Pelayo. Agradecemos vuestro refugio y hospitalidad, señor duque; no pretendemos
ser un estorbo ni, mucho menos, haceros sentir incómodo. La verdad es que yo,
al menos, llevo un rato con ganas de meterle el diente a un buen tasajo de
tocino acompañado de unos buenos tortos de escanda.
Gumersindo
empujó con suavidad a su amigo en dirección a la estancia contigua. No hacía
falta adivinar que era la cocina, porque de allí emanaban aromas muy
prometedores. El duque les indicó que ya no les necesitaba allí con un gesto de
la mano, pero antes añadió, en un tono conciliador:
—Todos
sabemos que nuestros pueblos celebrarían con gozo una futura alianza. Yo no veo
nada que nos haga incapaces de llegar a ella, pero estas decisiones no han de
ser tomadas a la ligera. El sacrificio y la sangre de muchos hombres, mujeres y
niños depende de nuestras decisiones.
Luego
añadió, en tono seco:
—Dejadme
hablar a solas con mi sobrina, os lo ruego. Antes del anochecer tendréis mi
respuesta, y podréis reanudar vuestro camino.
Pelayo
se inclinó despidiéndose en silencio de Gaudiosa, que le dedicó un mohín
divertido. Fuera, el viento ululaba introduciéndose por las rendijas del adobe
de los tejados. Resignado, acompañó a don Alonso a la cocina, dando buena
cuenta de lo que aún restaba del desayuno. No tardaron en retirarse a las
cuadras, quedando ambos profundamente dormidos, acurrucados al lado de sus
caballos.
Fue
Gaudiosa, al cabo de unas horas, la que se acercó a hurtadillas, despertando a
Pelayo antes de hacerle señas para que la acompañase en silencio a la cocina.
—Pelayo,
no puedes venir así, con los ojos llenos de fuego, y esperar que mi tío no lo
note…
—¿Qué
ha notado?
—Que
aún me miras como me mirabas en Toledo, y que yo… que yo no te he olvidado.
—Lo
que pasó en Toledo volvería a repetirlo una y mil veces, Gaudiosa. Un beso, un
simple beso me ha dado las fuerzas para no dejar de pensar en ti en todos estos
días.
—¿Y
qué es lo que le estás ofreciendo a mi tío, Pelayo? ¿Otra locura de las tuyas?
—No
lo sé aún, Gaudiosa, pero déjame creer en ello. Si ha de haber un futuro entre
nosotros deberemos luchar por ello. Ahora mismo poco puedo ofrecerte aparte de
mi compromiso de hacerte mía en cuanto pueda. No he dejado de pensar en ti,
Gaudiosa... Entre ruinas, entre muertos, cuando las fuerzas me fallaban
solamente tenía que recordar tu voz y la salud me renacía con energías
renovadas. Se avecinan tiempos difíciles y esos cambios implicarán lucha,
muerte y sangre. Si muero, que sea luchando; pero que todos digan que tú
estabas a mi lado.
—Hablas
como si ya me tuvieras. No soy uno de tus caballos, al que puedes domar antes
de montarlo para cabalgar a tu antojo. Tienes mi atención, y mi respeto,
Pelayo, y de momento habrás de conformarte con eso; de sobra sabes que iría
contigo a la lucha. A la muerte, incluso; pero antes has de ganarte la
confianza de mi tío.
—Esa
ya la tengo, Gaudiosa... Mi reputación habla por sí misma. Estoy seguro de que
tu tío aceptará ayudarme, pero pedirá algo a cambio. Algo más poderoso que las
armas y las tierras. Pedirá lazos.
—¿Qué
lazos?
—De
sangre, espero. Ese es el propósito de mi viaje: que tu tío me pida que unamos
nuestras casas.
Los
pasos del duque Pedro a sus espaldas interrumpieron esa última confesión. Se
acercaba con el manto ceñido, el rostro grave y las manos crispadas. Pelayo
tomó la iniciativa:
—¿Habéis
decidido?
—He
decidido. Mis hombres se irán al amanecer. No me cabe duda de su lealtad a nuestra
tierra, pero no puedo exigirles que rindan cuentas a ningún caudillo astur… He
resuelto que no van a luchar dos pueblos, sino uno. Los cántabros y astures
derramarán su sangre en el mismo campo de batalla, pero un pacto sellado con
palabras se lo llevaría el viento. Dejadme continuar, por favor, no me
interrumpáis —añadió el duque con firmeza, advirtiendo la alarma en el rostro
del asturiano—. Mi decisión ya está tomada.
El
semblante del terrateniente cántabro se dulcificó un poco al desviar la mirada
en dirección a su sobrina, pero su tono de voz seguía manifestando cierta
gravedad. Miró fijamente a los ojos de Pelayo antes de continuar:
—Mi
sobrina ha estado hablando de vos todos estos días con una pasión que me ha
hecho sentir cierta envidia. Ella cree en vos y yo creo en su buen juicio.
Siempre me ha parecido una mujer sensata e inteligente, y aunque muchos no lo
quieran admitir, de no ser por mujeres como ella los hombres solamente
pensaríamos en la lucha y en la guerra. Parece ser que ambos compartís el sueño
de poder disfrutar juntos de un futuro cargado de bonanza, del deseo de una paz
que se nos niega generación tras generación; así que es mi decisión que os
unáis, y no por mi propia conveniencia, sino porque vuestra unión puede dar
credibilidad y fe a un pueblo que ahora mismo está a punto de perderlo todo.
—Señor…
Juro protegerla con mi vida, y no apartarme de ella ni en la guerra ni en el
destierro, llegado el caso. Gracias por confiar en nosotros. Lo que de aquí
nazca no ha de temer al cielo ni al pasado. Será algo nuevo y fuerte. Honesto,
como nosotros… —añadió, visiblemente emocionado—. Nuestra humildad será la base
de nuestra grandeza.
—Sois
un hombre valiente, asturiano. Gaudiosa me contó que, cuando todos se escondían
ante la llegada de los moros, vos defendíais con la espada lo poco que quedaba
de los nuestros. No busco tan solo promesas de guerra, Pelayo. Os entrego a mi
sobrina porque sé que el hombre que hay en vos no morirá bajo el soldado. Que
no buscaréis gloria ni riqueza, porque antes que caudillo, seréis padre; y
antes que rey, esposo.
—Duque
Pedro, quedo en deuda con vos. Muchas cosechas se perdieron en las guerras
anteriores a la que aún está por librarse, pero juro ante Dios y ante estas
montañas que yo no quiero un trono: quiero un pueblo en el que nunca falte el
pan. Haremos correr la sangre por nuestros ríos pero, cuando todo haya pasado,
nuestros hijos podrán volver a bañarse y a beber de ellos sin miedo. No vengo a
buscar guerras, sino a terminarlas. Para traer la paz serán necesarias muchas
tumbas, pero asumiré la carga que eso supone.
—Que
así sea —sentenció con solemnidad el cántabro, antes de acariciar con ternura
la mano de su sobrina—. Os daré todo mi apoyo. Hombres, armas y víveres, pero
no juraré vasallaje a nadie.
—Nadie
os lo pide. Que la espada y la fe sean nuestro pacto. Juntos ganaremos algo que
ni el oro ni las tierras pueden dar a nadie: memoria. Si nos vencen, todo lo
que somos y todo lo que fuimos desaparecerá. Si resistimos, vuestros hijos —y
los hijos de vuestros hijos— recordarán quién fuisteis. Quiénes fuimos. Y si el
mundo olvida todo lo demás, cuando nuestra tierra vuelva a dar sus frutos nadie
podrá negar que aquí se hizo algo grande; que no se luchó por avaricia, sino
por libertad.

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