jueves, 10 de marzo de 2016

Las Reliquias del Silencio. Capitulo 43 (penúltimo)






Capítulo
43

P
enélope observó el reflejo de su rostro en el espejo de la habitación. Los oscuros cercos de los ojos no la favorecían demasiado; y el aspecto descuidado de su incipiente cabellera no era muy propio de ella; pero a pesar de todo allí estaba, esperando a que llegase el momento de reunirse con un padre del que no sabía nada en absoluto.
Trató de infundirse el valor necesario empapándose de nuevo en las cartas de su tía abuela y de su madre. Ambas coincidían en que Iñaki era un hombre extraordinario que merecía la pena conocer; pero ahora no estaba tan segura. Desde la distancia le había parecido que resultaría sencillo, pero cuanto menos tiempo faltaba para ese encuentro menos seguridad en sí misma tenía.
Abrió la puerta del balcón para que entrase un poco de aire fresco. Estaba oscureciendo, y el viento del atardecer transportó en su dirección miles de fragancias entremezcladas.
Olía a hierba recién cortada, a humedad…
Reconoció el inconfundible aroma de los galanes de noche, que la transportó a las lejanas noches de su infancia, cuando veraneaba en Huelva con Natalia. Recordó con nitidez las preocupaciones que las ocupaban a ambas por aquel entonces, reviviendo por un segundo las emociones propias de la adolescencia. Nunca se hubiese imaginado que la vida le fuese a cambiar de la manera en la que lo había hecho. Natalia y ella habían soñado despiertas con encontrar un amor verdadero, entregando a la noche infinidad de plegarias y promesas infantiles.
Natalia… Natalia había sido siempre una parte imprescindible en su vida; y ahora tampoco estaba. La noche había premiado sus promesas con un amor verdadero; pero se había dejado en el camino demasiadas cosas. Se arrepintió de no haber sido capaz de desear que ese amor verdadero hubiese de llegar acompañado de todas las cosas que le habían sido arrebatadas por la fuerza. ¡Como si fuese así se sencillo! ¡Ojalá las cosas se solucionasen con solamente desearlo, como en los cuentos para niños! arrastrando los pies se dejó caer en el pequeño camastro que hubiese ocupado su tía abuela con anterioridad. No sabía precisar el qué; pero había algo en esa habitación que la llenaba de paz. Era como si desde algún lado Ana María le enviase la fortaleza necesaria para hacerle frente a ese momento.
El reloj de pared marcó las nueve. Cada campanada sacudió su cuerpo con la exasperante y violenta certeza de que ya no había marcha atrás. Aún no se había extinguido el último de sus ecos cuando llegó Iñaki. Lo hizo con una prudencia exquisita, acariciando la puerta con los nudillos.
—Adelante. La puerta está abierta… —dijo, temblándole la voz como a una niña.
Desde la puerta la observaba visiblemente emocionado un anciano de mirada noble y serena. A pesar de la dureza de sus facciones la expresión de su rostro emanaba una emoción palpable. Penélope se incorporó con rapidez de la cama, saliéndole al encuentro. Se lo había tratado de imaginar miles de veces; pero nunca se lo hubiese representado tan distinto a ella. En sus proyecciones se lo imaginaba elegante y guapo, imponente de la cabeza a los pies. Se lo imaginaba como un príncipe de los cuentos de hadas. El resultado la decepcionó un poco, admitiendo a regañadientes una vez más que en la vida real los cuentos de hadas solo tienen sentido para los niños.
—¿Puedo pasar? —preguntó cohibido el anciano sin atreverse a mirarla a los ojos.
—Por favor —respondió ella, invitándole con un generoso gesto afirmativo.
El anciano entró con paso lento, notando en sus piernas todo el peso de la escrutadora mirada de Penélope, que hizo caso omiso de su intento de abrazarla y darle un beso de bienvenida.
—He estado esperando este momento muchos años, hija mía… ¿Puedo llamarte hija mía, Penélope?
—Llámeme usted como prefiera, señor Bengoechea —respondió Penélope con una fingida indiferencia, mientras sentía que un incendio se adueñaba de sus mejillas.
—Iñaki, por favor… Llámame Iñaki —suplicó ilusionado el político—. Ya que no soy digno merecedor de la palabra padre trátame al menos de tú, por favor.
—Me parece bien, Iñaki…
—No sé cómo empezar, hija mía. Llevo tanto tiempo soñando con esto que ahora que al fin puedo vivirlo me parece estar aun viviendo un sueño.
—A mí me sucede lo contrario —dijo Penélope nerviosa—. Yo nunca me hubiese imaginado ni por lo más remoto que me pudiera suceder una cosa semejante.
—No seas cruel conmigo, Penélope… No es necesario. Puedo hacerme una idea bastante aproximada de lo duro que tiene que ser para ti asimilar que un viejo como yo pueda ser tu padre. No puedes ni tan siquiera imaginarte lo que yo he luchado por ti. Me he pasado los últimos años de mi vida suplicándole a tu tía abuela Ana María una oportunidad de conocerte. Desde que he sabido de tu existencia he tratado inútilmente de saber tu paradero, tu identidad…
—Un amigo me lo ha dicho. Al parecer venías todos los 15 de agosto a visitarla. Ahora sé por qué lo hacías. Pareces un hombre honesto.
—En realidad venía dos veces al año a visitarla. Siempre me ha gustado honrar las fechas importantes. Hace mucho tiempo que este día es importante para mí. Siempre que he podido he venido a depositar flores en la tumba de tu madre en la fecha de su aniversario; y cada 15 de agosto he acudido aquí con la esperanza de que el corazón de tu tía abuela se ablandase.
—Aún no estoy preparada para ser tu hija, Iñaki. Estoy encerrada en un cuerpo que me asusta. Por mucho que nos pese somos dos extraños.
—Lo sé, y lo siento —contestó apesadumbrado el anciano—. Esto es para ti. Supongo que es tu decisión aceptarlo o recusarlo —dijo el empresario, tendiéndole un abultado paquete—. Son mis memorias. Aún están desordenadas y sin acabar de redactar; pero no sé de nadie mejor que tú para leerlas. Supongo que te lo mereces más que nadie.
Penélope no hizo ningún movimiento. El anciano se sintió decepcionado, pero no cejó en su empeño.
—Sé que llego con más de treinta años de retraso; pero he llegado, hija mía… te mereces una explicación. En esos diarios te dejo impresa la historia completa de mi vida. No debes juzgarme sin conocerme. Conóceme, te lo suplico.
—No hace falta pasar por eso —contestó Penélope, entristecida—. Soy consciente de todo lo que pasó entre mi madre y tú. Ella me lo dejó todo también por escrito. Si te soy sincera he accedido a conocerte a instancias de sus palabras. En sus líneas se traslucía un amor infinito hacia ti. Un amor que me intrigó profundamente.
—Cielo Santo… —murmuró el anciano, llevándose la mano al pecho—. Eres igual que ella… Sois como dos gotas de agua. Tenéis la misma fisonomía y hasta la misma voz… ¡Qué crueldad!
—¿Crueldad? —preguntó Penélope, un poco ofendida, sin llegar a entender del todo el comentario del empresario.
—Sí, hija mía, crueldad… Es una crueldad del Destino que no haya podido disfrutarte en todos estos años. Hasta ahora mismo no estaba seguro de ello, pero ahora sé que te hubiese amado desde el mismo instante en el que te hubiera puesto la vista encima. He arañado inútilmente el calendario hasta quedar exhausto, anhelando conocerte; y cuando ya desesperaba de encontrarte; en el crepúsculo de mi vida, apareces, de repente.
—Supongo que a veces la casualidad tiene estas cosas —respondió Penélope, tragándose un puñado de saliva seco como la arena—. A veces tienen que suceder cosas imprevisibles para hacernos ver la vida de una manera diferente. Yo he tenido que sacrificarlo todo para conocer la verdad. En tu caso no parece que hayas sacrificado nada.
No podría precisar si había sido el rencor que desprendía esa acusación, o la dureza de su mirada, pero el vasco se quedó sin palabras.
—Hija… —murmuró con voz suplicante—. Sé que la vida te ha manejado cruelmente. Yo mismo he sido víctima de sus torpes manos de gigante. Puedes malgastar tu saliva lubricando un rencor que considero inmerecido. No te culparé; pero eso no nos devolverá nada; al contrario… acabará arrebatándonos lo poco que aún tenemos el uno del otro.
—¿Cómo quieres que me sienta? No puedo abrirte los brazos como en las películas románticas, porque la vida no es así. Mi vida al menos no es así —matizó—. ¿Tú sabes todo lo que he tenido que pasar para llegar a este momento? No, no lo sabes. Ni tan siquiera puedes hacerte una idea…
—Tienes razón, hija mía… No te conozco. Nadie me ha dado nunca la oportunidad de conocerte. Solo pretendo que este amor dormido despierte ajeno a su desgracia; que su sonámbula mirada se desperece generosa, porque mi corazón está hambriento de ti desde el mismo día que fui consciente de tu existencia.
—Hablas como un poeta, Iñaki; pero mi realidad está muy lejos de ser poesía. No estoy segura de necesitar un padre a estas alturas de mi vida. Una parte de mí reclama con angustia tu presencia, pero aún no estoy preparada para asimilarte como padre. Necesito tiempo para conocerte, para vivirte, para añorarte.
—Si he sido capaz de esperar todos estos años puedes estar segura de que una pequeña prórroga no ha de ser impedimento. Solamente te pido que seas capaz de aceptar mi mano tendida. Este es el ofrecimiento más sincero que puedo hacerte. Yo también quiero conocerte, hija mía, y estoy dispuesto a poner todo lo que sea necesario de mi parte para facilitarte esa labor.
—Dame un poco más de tiempo, por favor. El primer paso ya está dado. Veamos qué sucede a partir de ahora. He decidido darle una oportunidad a mi pasado. Esta misma tarde he completado mi traslado a esta nueva residencia. Ahora estaremos un poco más cerca el uno del otro…
—¿Crees que podrías abrazarme? —suplicó el anciano con los ojos acuosos—. No es un padre quien te lo pide, sino un viejo; solamente un viejo que ha recuperado las ganas de vivir…



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